El hombre inteligente

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El hombre como viviente

No sabemos si la vida originada en la Tierra procede del primer intento o de infinitas veces. Sin embargo, cada día estamos más seguros de que ese principio de vida se produjo muchas veces a lo largo de los miles de milenios. Es muy probable que surgieran “infinitas” líneas evolutivas que, por una razón u otra, iban desapareciendo en callejones sin salida o en cataclismos cósmicos y geológicos. Ahora bien, lo que parece claro en todo esto, es el hecho de que sólo un linaje hereditario es el responsable de toda la vida que actualmente existe en el planeta azul. Así pues, utilizando nuestro conocimiento y técnicas actuales al remontarnos al pasado, vemos con claridad que aquellas clases de moléculas que se copiaban a sí mismas, no podían ser tan perfectas y refinadas como el ADN o el ARN contemporáneo. Ello nos lleva a pensar que, si el hombre no hubiera existido o desapareciera de repente de la faz de la tierra por causas ajenas al devenir diario, como catástrofes cósmicas o cataclismos terrestres; es seguro que a la larga hubiera aparecido una especie animal, de las ya existentes o bien nueva que hubiera evolucionado para, de forma inteligente y con un cierto lenguaje, se hubiera hecho con el control coherente del planeta. En tal sentido, hemos de ser conscientes que en la fauna terrestre ya existen animales que apuntan hacia un cierto grado de inteligencia, como por ejemplo delfines y orcas, que logran entenderse por medio de unos sonidos que emiten y por lo tanto, podemos suponer que están en un proceso de evolución inteligente. Sin embargo, estamos convencidos de que, precisamente el hombre, con su dominio y control del globo terráqueo; puede impedir cualquier atisbo de evolución animal, al haber quitado a éstos su entorno y hábitat natural.

Sobre el mismo particular François Jacob (1982), en su libro, El juego de lo posible, nos dice lo siguiente: La selección natural ofrece una dirección al cambio, orienta el azar, elabora lenta y progresivamente estructuras cada vez más complejas, órganos nuevos, especies nuevas. La concepción darwinista tiene, por tanto, una consecuencia ineludible: el mundo actual de los seres vivos, tal como aparece alrededor de nosotros, solo es uno de los muchos posibles. Su estructura actual es el resultado de la historia de la Tierra. Hubiese podido ser muy diferente. ¡Incluso podría no haber existido! No obstante, en relación a ese texto, me gustaría poner de relieve que la interpretación que hace François Jacob sobre la teoría de Darwin se basa en encontrar una dirección al cambio continuo, desde el inicio de todo.

Pero mucho antes, algunos científicos ya habían reflexionado sobre los vivientes y se había observado que no existía relación aparente entre la vida del hombre y la de los vegetales de las huertas o los árboles y yerbas del bosque. No obstante, poco a poco se fueron realizando estudios e hipótesis que iban dejando claro, que tanto los vegetales, los animales y el hombre, procedían de una vida única que se desarrollaba gracias al Sol como fuente inagotable de energía y una atmósfera que había ido cambiando progresivamente para ofrecer un medio —el aire—-, capaz de facilitar la aparición de la vida. En síntesis, es un sistema en el que el aire es el medio y el sol la fuente de energía que a partir de un incesante cambio de moléculas y átomos llegan a producir el inicio de la vida universal. En realidad, todos esos seres están constituidos por las mismas moléculas que de forma indistinta y sucesiva, pasan de unos seres a otros, por lo que se podría afirmar que, a nadie le pertenece su cuerpo en propiedad pues en realidad las moléculas y átomos, solo se pueden alquilar y nos pertenecen mientras vivimos, después pasan a otros seres u a otros cuerpos materiales u orgánicos

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En realidad, el cuerpo de los animales y de los humanos está continuamente cambiando sus moléculas. Ello se realiza a través de los alimentos que se incorporan a los organismos por medio de la digestión para renovar los elementos perdidos por las excreciones y secreciones del cuerpo de forma sucesiva y continuada; por lo que se puede afirmar, sin miedo a equivocarse, que probablemente en el plazo de poco más de 30 días se llega a producir un cambio completo de materia. Una renovación del individuo que físicamente ya no es el mismo, pero que gracias a este cambio conserva la vida. O visto de otra manera, el cuerpo de un individuo de ochenta o noventa años, se podría considerar hasta cierto punto como el de un bebé de algo más de un mes. ¡Asombroso! La misma edad que la de un niño lactante… Es la forma en que la naturaleza actúa, siempre de forma sencilla, pero admirable, cambiar para volver a empezar. Y la muerte no es más que un empobrecimiento de los órganos, músculos y huesos que conforman el individuo que, en muchos casos, es un verdadero trauma para el individuo que no acaba de entender como un ser inteligente pueda morir como cualquier otro viviente después de casi haber tocado la inmortalidad con los dedos. Además, en la mayoría de personas subyace la macabra fijación de que su cuerpo va a desaparecer comido por los gusanos, por lo cual son muchos los que prefieren ser incinerados por parecerles más espiritual. A fin de cuentas, el espíritu o alma, si existiera, no estaría formado de la corrupta materia. En dicho sentido nos gustaría ayudar a eliminar el pánico de mucha gente en todo este escabroso asunto, y pensar que poco después de nuestra muerte, son precisamente nuestras bacterias intestinales, que nos han servido fielmente durante nuestra vida, las que verdaderamente purificarán nuestro cuerpo al salir de los intestinos en número de miles de millones y alimentarse de las materias blandas de nuestro organismo, produciendo una paradoja muy interesante en el mundo de los vivientes puesto que, probablemente, nuestra vida se inició por la evolución de algún tipo de bacterias hace millones de años, y finalmente nuestro cuerpo alimentará a otras bacterias que forman parte de nosotros. Entonces ¿por qué preocuparse si solo se ha producido un cambio de moléculas?

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El secreto de la vida

 En los orígenes, la atmósfera de la Tierra, carecía prácticamente de moléculas de oxígeno. Con el correr del tiempo hace ahora unos 3.500 millones de años, aparecieron las bacterias y otros organismos unicelulares, muchos de los cuales empezaron a recoger la luz del Sol en forma de energía y dióxido de carbono, muy abundante en la atmósfera de aquella época. La reacción química que se producía, consistía en descomponer las moléculas del agua de los mares y océanos, donde vivían, utilizar el carbono como nutriente y expulsar al exterior el oxígeno que les sobraba, el cual iba a parar a una incipiente atmósfera, junto con el nitrógeno y otros gases para ir formando una atmósfera parecida a la actual, compuesta del 21% de oxígeno, el 78% de nitrógeno y pequeñas cantidades de helio, neón, ozono y otros gases. Hoy en día el oxígeno es imprescindible para la vida animal y vegetal, pero no siempre fue así puesto que es un gas tremendamente activo, por ejemplo: una chispa de fuego, sea del origen que sea, es imposible que produzca un fuego, sino se encuentra en presencia del oxígeno del aire. Por ello se piensa, que las primeras formas vivas no podían respirar oxígeno al ser nocivo y mortal para ellas, lo que pudo ocasionar una enorme crisis en la historia de la vida en la Tierra; como algunos piensan: se pudo ocasionar el “holocausto del oxígeno”.

En esas circunstancias muchos organismos murieron, otros se refugiaron en el subsuelo o en el fondo de los océanos y otros consiguieron cambiar o mutar dotándose de unos mecanismos que podían reparar los daños químicos que el oxígeno producía. Pero no todo eran calamidades y problemas cuando los vivientes lograron adaptarse al oxígeno y hallaron grandes ventajas en su uso, pues éste tenía la propiedad de oxidar los alimentos extrayendo la energía de éstos para nutrir las células del organismo necesarias para vivir y funcionar eficazmente.

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 Resumiendo, se podría afirmar que los primeros indicios de vida se debieron originar en charcas, lagunas, mares u océanos. Se trataría de un organismo unicelular que fue evolucionando hacia vivientes más perfectos y dotados, para terminar en la aparición de un ser primitivo con cierto grado de inteligencia que evolucionó hasta convertirse en el homo sapiens y finalmente, en el hombre actual de inteligencia superior.

No obstante, para llegar a esa situación el hombre hubo de soportar una lenta evolución proveniente de algún tipo de chimpancé o mono que, en un momento dado, dio un salto evolutivo de cierta importancia. Situar como nuestro antepasado al homo erectus originario de África en su emigración hacia Eurasia hace más de un millón de años, es algo que dan por cierto algunos de los más eminentes paleontólogos de la actualidad a través del análisis y estudio de los distintos fósiles procedentes de esa época, al considerar que el aspecto más importante de la evolución de los homínidos estuvo en el bipedismo, o sea, la capacidad de los simios de elevarse, sosteniéndose solo en las patas traseras, a fin de utilizar las de delante para coger y trasladar objetos, en vez de depender de otros aspectos, aparentemente más importantes, como el tamaño y forma del cráneo. Por lo tanto, dicho momento fue crucial para el actual hombre inteligente, pues a partir de dicho momento del erectus, el avance hacia el homo sapiens fue imparable. Se había dejado atrás a los simios y se avanzaba hacia un ser inteligente como el hombre actual. ¿Por qué se ha de considerar el bipedismo fundamental en la evolución humana por encima de otras características más profundas? Las respuestas podrán parecernos más o menos convincentes, pero así lo atestigua el análisis y estudio de los fósiles. Sin embargo, a nosotros también nos parece interesante el sentimiento que muestran algunas especies de monos y chimpancés, desde que nacen, abrazándose a menudo a sus progenitores, hermanos y cuidadores, usando las manos para tocarlo todo; da la sensación de que quieren poseer y aprehender todo lo que hay a su alrededor. Un postulado parecido hemos encontrado en el libro de Carl Sagan y Ann Druyan donde sostienen que desde el momento de nacer, los chimpancés tienen la tendencia de agarrarse al cuello de sus madres y piden a éstas que les peinen y cuiden su pelo. Quieren querer y sentirse queridos, disfrutando con el contacto físico del cual obtienen profundas ventajas psicológicas… Tampoco es raro comprobar como el grupo –madre, hijos, hermanos-, mantienen vínculos de ayuda mutua a lo largo de sus vidas. Muy parecido, todo ello, al comportamiento sentimental de los humanos que, además, a lo largo de su dilatada evolución, han desbordado curiosidad, y su afán investigador no tiene límites. Todo lo cual, a lo largo de los milenios les trajo muchos problemas y accidentes, pues parece faltarles el instinto animal de supervivencia. Luego ¿No pudo ser que alguna especie de simios sufriera alguna variación importante, debida a un efecto combinado genotipo-fenotipo, incrementando inteligencia en detrimento de instinto, y no tuviera más remedio que buscar un equivalente al instinto perdido, a base de reflexión y razonamiento?

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En los primeros momentos, el hombre inteligente se encuentra en un entorno hostil, rodeado de animales peligrosos con los que no puede luchar cuerpo a cuerpo, pues carece de garras, dentadura adecuada y su piel es más débil y menos consistente. Quiere dominar el entorno, pero no tiene medios aparentes. “Algo tenemos que hacer”, pensarían nuestros antepasados y, probablemente, a partir de reflexiones y auto preguntas, buscaran fórmulas de lenguaje o de comunicación con su grupo, que hiciera más eficaz la competencia con los demás vivientes, a la vez que buscaban soluciones a todos los problemas que tenían en base a un debate dialéctico con su grupo. La fabricación de útiles de caza y defensa usando las rocas y piedras que tenían a su alrededor, —“industria lítica”—, les convertiría, poco a poco, en cazadores nómadas que disputaban sus presas y alimentos a muchos animales peligrosos de la época, así como el cobijo consistente en cuevas protegidas por los accidentes del terreno.

El cambio, como tal, fue demasiado lento hasta que, hace unos 10.000 años se produce la primera revolución o cambio brusco, que representa un enorme salto cualitativo y eleva al hombre por encima de los demás vivientes, incluidas las “fieras”. Dicha revolución denominada neolítica, todavía es considerada por muchos hombres de ciencia como una de las principales revoluciones que catapultó al hombre hacia el progreso. ¿En qué consistía? nada más, ni nada menos, que la transformación radical de la sociedad de entonces que era eminentemente depredadora –caza, pesca, recolección-, además de nómada, que pasa a ser una sociedad sedentaria con una economía productiva basada en la agricultura y ganadería. Se había descubierto la agricultura, y se conseguía domesticar cierto tipo de ganado como cabras, ovejas y vacas… La economía de consumo estaba en marcha y el hombre pensante seguiría buscando su identidad, primero hallar un dios protector que les preservara de las inclemencias del tiempo, de los fenómenos destructivos de la naturaleza; como maremotos, terremotos, volcanes de lava incandescente, tormentas, guerras…

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Hasta que, por fin, se llega a otra gran revolución en el periodo de la ilustración del siglo XVII, llamada “científica” por el gran salto que supuso para la ciencia averiguar y explicar de forma científica cuestiones tales, como que la Tierra era redonda – de forma esferoide-, que giraba sobre sí misma, además, la Tierra no era el centro del mundo por lo que el sol y las estrellas no giraban sobre ella, sino que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol. Todo lo cual ponía en entredicho la historia bíblica y la doctrina de las iglesias cristianas… Es el momento en que surgen razonamientos y teorías de todo tipo sin parar. Será el momento en que el gran filósofo alemán Immanuel Kant afirmaría que “la Ilustración es el abandono de la culpable minoría de edad de la razón” o cuando posteriormente el también filósofo Nietzsche escribiría que “Dios ha muerto”. Ahora el hombre ya no puede depender de fuerzas exteriores que le protejan, sabe que está sólo y que nada más puede confiar en su fuerza, y que el avance hacia el progreso y la modernidad van a depender cada vez más de sí mismo, de sus necesidades de supervivencia, de su capacidad, de su voluntad y de su ilusión.

Alberto Vázquez-Firma

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Autor- AlbertoVázquez BragadoImagen de cierre de artículos