El Vitalismo

El 5 de julio de 1687, cuando Isaac Newton se decidió a publicar su ingente obra titulada Los Principios matemáticos de la filosofía natural, la revolución científica iniciada por Nicolás Copérnico en 1543 con la publicación de De revolutionibus orbium coelestium, había llegado a su cenit

…esencialmente por el desarrollo de la llamada Ley de gravitación universal, que establecía las bases de la mecánica cuántica que hacían inteligible el fenómeno de por qué se sostienen los planetas, el sol y demás astros sin caer a las inmensidades del espacio y, por el contrario, se mantienen orbitando alrededor de astros con mayor masa formando pequeños conjuntos que se integran en otros conjuntos mayores formando sistemas solares, constelaciones y galaxias. 

Hasta ese momento la mayoría de filósofos de la ciencia se había preocupado y ocupado en desentrañar los secretos de la creación y funcionamiento del universo. Así lo hicieron los grandes clásicos de la antigüedad como Platón, que se atrevió a concebir al universo como si se tratara de un ser vivo o Tolomeo que, ya en el siglo II antes de Cristo ideó un modelo de universo donde la Tierra permanecía inmóvil en el centro del mismo y todos los demás astros, incluidos el sol y la luna, giraban a su alrededor. Curiosamente la Iglesia Cristiana establecía un modelo parecido y todavía en los siglos XVI-XVIII se oponía a las teorías científicas de Copérnico y Galileo.

En tal sentido, se podría afirmar que hasta mediados del siglo XVIII en que aparecieron los trabajos de Newton, los filósofos de la naturaleza y los físicos se habían centrado en el estudio del universo sin dar demasiada importancia al homo sapiens. Por ello, cuando a mediados del siglo XIX es publicado El origen de las especies, obra cumbre del naturalista inglés Charles Darwin, la interpretación de la aparición del hombre en la Tierra sufre un cambio radical, ya que hasta ese momento era la Iglesia quien se ocupaba de su interpretación a través del estudio de las Sagradas Escrituras y la Biblia por medio de los teólogos.

Sin embargo, la historia del pensamiento siempre nos ha enseñado que las eras y las distintas corrientes casi nunca tienen las mismas fechas y lo más normal es que convivan corrientes solapadas o interconectadas en décadas anteriores y posteriores a dichos periodos. Una de esas corrientes, en parte filosófica, en parte científica, fue el Vitalismo, concebida como una filosofía de la vida que se subdivide en dos corrientes: una biológica y la otra histórica.

La corriente biológica está representada por el médico francés Paul Joseph Barthez (1734-1806) y fue llamada el vitalismo de Montpellier por haber nacido en dicha ciudad francesa, Georg Ernst Stahl (1659-1734), médico alemán y también químico y al que algunos consideran el iniciador de dicha corriente. Ambos tenían la creencia de que, aunque la fisiología del hombre era similar a la de muchos animales, había algo que los diferenciaba y a lo cual ellos llamaban “ánima” por representar el valor supremo de la vida.

Pero, es el vitalismo filosófico el verdaderamente importante con tres representantes de altura como el filósofo y escritor francés Henri Bergson, (1859-1941), el filósofo español contemporáneo José Ortega y Gasset (1883-1955) y el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900); en especial este último, los que idearon y crearon una corriente filosófica, que como ya hemos dicho convivió y se desarrolló entre o a caballo del Racionalismo.

Y en esos momentos de incertidumbre algunos pensadores y científicos se empezaron a dar cuenta de que si el mundo y su sociedad querían progresar, era imprescindible que se fuera abandonando al Dios cristiano y empezara a confiar más en sí mismo. Había nacido un movimiento intelectual y cultural llamado Ilustración, que comenzó a desarrollarse en Francia hacia el siglo XVIII y que combatía la ignorancia y la incapacidad de que el hombre avanzara sin la ayuda de un ser superior a su lado. Un siglo antes, ya Descartes había intentado convencer al hombre de su capacidad para desarrollarse por sí mismo, al establecer la corriente del dualismo que preconizaba dos realidades del homo sapiens. Por un lado, el cuerpo incluido su cerebro que funciona con las herramientas del mecanicismo, sometidas a las leyes físicas de la fisiología y por otra parte la mente, que sería inmaterial. En todo caso, la mente es quien da las órdenes, el cerebro las transmite y el cuerpo las ejecuta.

En líneas generales, la sociedad, después de la revolución científica, empezó a darse cuenta de que su vida dependía más de su trabajo e inteligencia y menos de un Dios vigilante de sus buenas o malas obras, recordemos aquel refrán del castellano antiguo: “si las mieses no lo han, los santos no lo dan”. Sin embargo, los pensadores e incluso una parte importante de la sociedad empezaron a darse cuenta que, a pesar de todo, el hombre poseía inteligencia y sabía discernir, mientras que los animales no, por lo que comenzaron a percibir que el hombre debía poseer un alma o una fuerza vital que lo diferenciaba del resto de animales, incluso después del origen de las especies de Darwin en el siglo XIX, pues incluso aceptando la teoría de la evolución de éste, les era muy difícil aceptar cuándo o en qué momento de la evolución aparecía el alma que convirtiera a los animales en humanos, lo que les llevaba a pensar que debía existir una fuerza vital que diferenciaba a las dos especies y que ellos llamaron “vitalismo”.

El filósofo francés y a la vez gran escritor con premio Nobel de literatura incluido, en 1927, Henri Bergson es uno de los representantes más importante del Vitalismo posterior a la publicación del Origen de las especies de Charles Darwin, que había sido publicada hacia la mitad del siglo XIX, y lo hizo con su obra La evolución creadora en el 1907 desarrollando una teoría divulgativa en la que defiende el pensamiento de que los organismos vivos, además de su cuerpo, poseen un impulso vital y sobre todo espiritual procedente de una fuerza inagotable de vida y que el animal evolutivo podría adquirir en la fase evolutiva de la teoría de Darwin y lo hará a partir de dos mecanismos: mecanicismo y finalidad, imposibles de separar y donde la inteligencia entendería sin dificultad todo el entorno geométrico donde se desarrolla la vida, pero incapaz de entender la vida y su evolución en conjunto, pues para que se produzca esa vida es necesario un soplo o élan vital como un principio creador y a la vez organizador de la materia que dirigirá esa evolución.

Por otro lado, el gran filósofo español José Ortega y Gasset había desarrollado la teoría basada en el problema de la vida donde la vida está por encima de la razón pues el hombre piensa porque vive, no vive porque piensa. Así pues, escribe Ortega: “se trata de consagrar la vida, que hasta ahora era solo un hecho nudo y como un azar, haciendo de ella un principio y un derecho”. Además estaba convencido de que el intelecto y  el pensamiento pueden ser inmateriales pero en el fondo realizan funciones biológicas, aunque la vida esté en la raíz de ellos; recordemos su famosa frase “yo soy yo y mi circunstancia”, que viene a significar que la vida fluye tanto en el hombre como en todo lo que le rodea en forma física y a la vez espiritual y el sentido de la vida en nuestra conciencia es fragmentario, por lo que es necesario encontrar un sentido de la misma en el ser fundamental o en el todo. En ese sentido, el filósofo madrileño considera a la vida en el centro de cualquier investigación.

Y por último, el vitalista más importante a decir de muchos: Friedrich Nietzsche, que considera la vida como la forma más radical de identificación con el “Absoluto”. En dicho sentido, la vida no tendrá ningún fundamento exterior a ella y solo tendría valor considerada en sí misma.

Considerará a la vida como un proceso evolutivo material u orgánico sin creadores externos y sin espíritu sobrenatural. Además, considera la vida humana como un cuerpo donde lo orgánico y lo irracional es lo más importante y sin necesidad de un Dios creador y la razón no puede ponerle límites o cortapisas, pues está fluyendo y cambiando a cada instante como el humo de una chimenea o el torrente espumoso de un río, de forma que la razón no puede reducir, limitar o paralizar su contenido, ya que la realidad de la vida está sometida a continuas contradicciones, siendo la voluntad de poder la idea del hombre de ir más allá de sí mismo, darse cuenta de que Dios ha muerto y no depender de su infinita bondad para ayudarnos a vivir. Ahora la sociedad moderna se ha liberado del yugo de la religión que prohíbe ser felices en la Tierra, aunque con la promesa incierta de que algún día lo seremos en el más allá. Por eso necesitamos que el ser humano reconozca su capacidad creadora y empiece a confiar en sí mismo para desenvolvernos en un mundo muy cambiante que a veces nos presenta hechos, cuando solo son interpretaciones de la realidad. Respecto a la vida, se debe asumir que es única y breve, por lo tanto, hay que disfrutarla todos los días como si se tratara del último día de existencia. Ese será el momento en que empiece a nacer el superhombre y su voluntad de poder no se basará en el poder de unos sobre otros, sino como un afán de mejora del individuo que busca la excelencia en el devenir de su vida.

ALBERTO VÁZQUEZ BRAGADO

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Alberto Vázquez Bragado. Residente en Barcelona. Licenciado en historia, UB 2007; Máster en Historia de la ciencia, UAB 2008; estudios de literatura, UB 2015.
Puedes seguir a Alberto Vázquez Bragado en Twitter como @BragVazquez

 

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