Historias de Filadelfia. Los inconvenientes de la perfección

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Historias Filadelfia

EL BAILE

Ser perfecto tiene sus inconvenientes. Que se lo digan al hombre perfecto, C. K. Dexter Haven (Cary Grant), cuando tiene la dichosa mala suerte de topar con la mujer perfecta, Tracy Lord (Katharine Hepburn). Tan perfecta que, mujer bella, elegante, exquisita, cultivada, sensible y temperamental como es, exige que cuantos la rodean sean tan perfectos e irreprochables como ella. Demasiado para un hombre solo, por perfecto que sea, y el bueno de C. K. Dexter Haven se pone a beber como un descosido y se vuelve agresivo (maltratador, dirían ahora), según se desprende del memorable prólogo que nos introduce en nuestro diamante de hoy.

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Historias de Filadelfia (The Philadephia Story, 1939) de George Cukor se abre con una secuencia muda. O no exactamente. Porque está la música. Y la música será importante en los cambios de pareja que van a tener lugar durante este baile a la vieja usanza, el que se celebrará en los palacios de la alta burguesía norteamericana, la aristocracia del Nuevo Mundo, ya que este, damas y caballeros, va a ser un baile de sentimientos profundos, confusos, graves y hasta contradictorios bailado con la elegancia de la ligereza, sentimientos ataviados con los deslumbrantes ropajes de la ironía, los que la más exquisita y refinada inteligencia conseguirá hacer refulgir a la luz de la luna. Un baile que, de momento, empieza como un combate en que el esposo abandona el hogar y la esposa le despide dejando caer a sus pies su colección de pipas y rompiendo uno de sus palos de golf con gesto tan determinado como grácil y gracioso. El hombre, fuera de sí, amenaza con asestar un puñetazo a la mujer pero finalmente la empuja por la barbilla y la hace caer al suelo. ¿Creen que es una guerra que se acaba? No se engañen. Para nuestro deleite no ha hecho más que empezar.

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DIOSA Y REINA

“Un hombre de espíritu elevado, un artista, puede admirarte como a una diosa o a una reina, hacer de ti una estatua de bronce y colocarte en un pedestal”, le dice en un momento dado C. K. Dexter Haven a su exesposa. Se lo dice porque ella no es aún la mujer real, el ser humano que merece ser amado. De momento, sólo merece ser adorado, idolatrado, maldición de la que la altiva dama huye como de la peste aunque aún no lo sepa. Ahí reside su posible redención y Dexter lo sabe, por lo que aprovecha la nueva oportunidad que le brinda la vida cuando la dama de alta alcurnia decide volver a casarse con George Kitteridge (John Howard), un triunfador surgido del pueblo que ha forjado su propio camino hasta alcanzar la cumbre a base de esfuerzo, no como el pijo de Dexter, que nació entre algodones… como ella misma. Tracy no disimula su anhelo de convertirse en dama y sierva de ese nuevo “amo y señor” que, ¡ay!, la admira como a una diosa y una reina, cosa que es justo lo que ella no quiere ser para ese hombre presuntamente sencillo y voluntarioso. C. K. Dexter Haven puede parecer duro, pero no puede ser más sincero -y noble y tierno- cuando le dice a su exmujer que su futuro marido es tan sólo un arribista mediocre que no la merece porque ella es realmente una reina y una diosa, pero a la que lo único que le falta es un corazón capaz de comprender y perdonar las debilidades humanas, como son beber hasta caer muerto, en su caso, o largarse con su joven amante, como ha hecho el padre de Tracy (John Halliday), traición a la madre que la hija perfecta asegura que no le perdonará nunca por fidelidad a su estricto e intachable código moral.

Sin perder la compostura, el padre admite un pecado que su resignada esposa le ha perdonado desde antes de regresar inesperadamente a casa para la boda de su hija, con quien se muestra especialmente duro cuando le dice, de una forma que parece altiva pero no es sino expresión de una madurez sólo apta para adultos, que esperaba la comprensión de su hija ante el hombre que envejece y no ha encontrado en ella la calidez que su espíritu extraviado y declinante necesitaba para no sentirse definitivamente excluido del mundo de los sentimientos. De una tacada que por arte de magia nos lleva del día a la noche, el exmarido le ha confesado el amor que se le reveló cuando la descubrió paseando a la luz de la luna por el tejado de la mansión familiar borracha y desnuda, anécdota nada anecdótica que ella asegura no recordar, y el padre le ha dejado claro, simple y llanamente, que nadie es perfecto. Porque esta es la emocionante historia de una mujer perfecta que aprenderá a perdonar los defectos y errores de los demás a través de sus propias imperfecciones.

EL ARTISTA

El riesgo para C. K. Dexter Haven surge cuando entra en escena el artista de elevado espíritu, el escritor Macaulay Connor (James Stewart), que con verbo apasionado, sensual y regado en champán convertirá a Tracy, esta vez sí, en la Diosa, en la Reina, en el ser mítico y eterno, pero “hecho de carne y hueso” y no de bronce. Palabras, palabras, sólo palabras. Macaulay (¿qué clase de nombre es ese?) se gana la vida escribiendo en una revista de cotilleos, Spy, dirigida por un chantajista llamado Sidney Kidd (Henry Daniell), para el que también trabaja Dexter. Es este último quien ayuda a Macaulay a colarse en la casa de los Lord bajo una falsa identidad para cubrir clandestinamente la boda, labor que se dispone a realizar en compañía de la fiel Elizabeth (Ruth Hussey), una fotógrafa que está enamorada de él pero que se mantiene en un discreto segundo plano porque sabe que su amado aún tiene que descubrir que lo único que debe hacer en esta vida para ser él mismo es escribir grandes libros aunque se muera de hambre. Pero el sarcástico Mike está lleno de prejuicios: detesta a la clase alta y glorifica a la clase trabajadora, argumento del que se vale para justificar ante sí mismo y ante el resto del mundo el haber abandonado la “alta” literatura para sobrevivir en el mezquino mundo de la prensa rosa. A lo largo de una peripecia en la que se adentra con indisimulada desgana, descubrirá que hay pijos adorables y proletarios mezquinos, además de proletarios con alma de noble caballero porque en realidad no pueden evitar ser poetas por mucho que huyan de sí mismos… como, por ejemplo, él. Pijos adorables como esa diosa y reina Tracy que le anima a dedicarse a la escritura porque al leer (en secreto) el libro de Macaulay ve en él a un hombre sensible que malgasta su talento, empecinado como está en envolver su corazón vulnerable en un duro caparazón forjado de cínico desencanto y sarcasmo.  Tracy llega incluso a ofrecerse como mecenas, proposición que el orgulloso Connor rechaza con brusquedad. Sí, para C. K. Dexter Haven el único hombre capaz de arrebatarle a su amada Tracy es el artista sensible y profundo que pasa así de ser cómplice a rival sin dejar de ser un aliado, delicado equilibrio pese al cual vale la pena correr el riesgo, porque, como dice el poeta, Tracy es una diosa y una reina hecha de carne y hueso. Dex y Mike lo saben. Sólo falta que ella lo descubra por sí misma.

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EL EXTRAÑO COMPLOT

¿Por qué C. K. Dexter Haven ha caído tan bajo al ponerse al servicio del pérfido Sidney Kidd? Macaulay y Elizabeth creen que lo hace para vengarse de su “ex” exhibiendo la ridícula vida privada de los ricos y poderosos que una vez destruyeron su dignidad en una de esas revistas del corazón que la altiva Tracy desprecia, pero Dexter tarda poco en confesar a los Lord, incluida Tracy, que Kidd amenaza con publicar el “desliz” del padre con su joven corista si no consigue el preciado reportaje sobre la boda y deja al descubierto la verdadera identidad de los periodistas sin que estos lo sepan. Por su parte, al futuro marido no parece molestarle la presencia de los periodistas porque pueden ayudarle a blindar el prestigio social que tanto le ha costado erigir. ¿Se casa George para dar el último y definitivo paso en su ascensión a las altas esferas? Tiene toda la pinta, pero nunca lo sabremos del todo porque una noche aciaga y luminosa, Tracy y Macaulay bailarán a la luz de la luna, espíritu y sentidos obnubilados por las burbujas pero también por la inmensa, inalcanzable belleza de Tracy y el inesperado atractivo del desgarbado Macaulay, al que el esmoquin le sienta maravillosamente. Pero ya sabemos que nada es lo que parece y esa es la única verdad de la que podemos estar seguros.

A LA LUZ DE LA LUNA

Este baile a la luz de la luna elegante y apasionado, antológico, cumbre de un cine tan sensual como romántico vendrá a desestabilizar todo un mundo, vendrá a arrasar todos los prejuicios al poner también en riesgo los sentimientos más auténticos y profundos. Vendrá a desnudar la falsa moral y aportará libertad, ternura y comprensión al selecto círculo de una aristocracia convertida esta bendita noche en el reflejo del mundo, en la metáfora más hermosa de la eternidad del Mundo. Elegancia, siempre elegancia, también porque aunque cuantos participan en el baile saben que se lo juegan todo a una sola carta lo hacen sin violentar jamás al ser amado. No se puede obligar a nadie a amar, pero sí se puede ayudar a alguien a aprender a amar.

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ELEGANCIA EN EL FILO DE LA NAVAJA

Intuir las verdaderas motivaciones de los personajes, sin jamás poder afirmar con certeza que las conozcamos del todo: es ahí donde radica la grandeza de una trama endiabladamente sencilla de Philip Barry adaptada y dialogada a la perfección por el exquisito Donald Ogden Stewart, en la que poco a poco van surgiendo los espíritus de unos personajes melancólicos y delicadamente heridos: un hombre que no soporta envejecer, un alcohólico destruido por el desamor del Amor Verdadero (nombre de ese balandro “dúctil” que diseñó y construyó para que sólo lo navegara su amada), un escritor fracasado y amargado, una mujer enamorada en silencio que resiste con la fuerza del socarrón, un oportunista que no carece de encanto… Personajes dignos de un melodrama casi trágico que se transforman en espíritus etéreos, volátiles en una comedia que sabe hablar de cuanto es realmente importante sin aparentarlo en ningún momento, elegancia suprema a la que debería aspirar cualquier obra de arte que quiera ser considerada como tal. Porque en esta comedia en la que nos dejamos llevar encantados por no hallar un asidero lo suficientemente seguro al que agarrarnos, en la que todo es rápido y aparentemente desordenado pero jamás brusco, lo único que deseamos es bailar al son de sentimientos eternos. Y para escenificar con toda la sutileza necesaria su fuerza y su fragilidad hace falta una galería de gigantes. Están ahí: Cary, Kate y Jimmy, tan humanos, tan divinos, tan cercanos, tan inalcanzables. Y para que cada uno de sus gestos, sus sonrisas o sus silencios digan cuanto tienen que decir hacía falta un coreógrafo que les hiciera bailar ante una cámara discreta y humilde que sabe atrapar cada uno de esos detalles que en verdad cuentan.

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EL GENIO ELEGANTE

Desde que por primera vez Griffith retratase el rostro de Lillian Gish y después de que Dreyer dialogase con Dios penetrando en la piel y los ojos de la Falconetti, quedó claro que donde se la juega un cineasta de ley es en el primer plano. De entre los mil herederos de estos dos pioneros de genio, sus más aventajados alumnos han sido también los que para mí son aun hoy los dos mejores directores de actores de la Historia del Cine: Ingmar Bergman y George Cukor, con permiso de Elia Kazan y los amantes del método. Sin duda el gran Joseph Leo Mankiewicz, productor de Historias de Filadelfia, heredó de Cukor el amor por los actores, valga su obra completa para dar fe de ello, pero Cukor alcanzó unos niveles estratosféricos al explorar los matices de cualquier intérprete que se plantase ante su cámara y extraer de él el más exquisito jugo, tanto en el terreno de la gestualidad corporal como en la expresividad facial. Ahí están Joan Crawford (Un rostro de mujer) Judy Garland (Ha nacido una estrella) o Marilyn Monroe (El multimillonario) cantando y bailando para Cukor casi exclusivamente en primer plano. O la memorable Judy Holliday, grandiosa actriz de comedia con la que el maestro alcanzó el esplendor. Además de con Kate, claro.

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Más que flotar, la correosa Tracy de Katharine Hepburn levita literalmente en cada fotograma de Historias de Filadelfia, incluso vuela, como cuando se lanza a la piscina en un momento deslumbrante, homenaje en toda regla a la belleza y el poderío del cuerpo femenino. Homosexual reconocido, Cukor exploró con extrema delicadeza la energía, la personalidad y la conmovedora vulnerabilidad de las mujeres fuertes. Lo consiguió como ningún otro cineasta lo ha logrado. En cuanto al rostro, si se fijan bien, cada primer plano de Cukor -y Filadelfia no es una excepción- es estremecedor, sobrecoge porque aparece en el momento preciso, ese en el que no se puede descubrir, describir ni desnudar de otro modo el alma del personaje, en el milagroso instante en que conocimiento y amor se funden y confunden. Ineludible deber del gran artista atrapar ese instante.

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Sabemos, porque él nos lo ha contado, que Dexter se da cuenta de que ama de verdad a Tracy la noche en que la ve perder los papeles bajo los efectos del alcohol. Nosotros vamos a tener el privilegio de asistir en su compañía a la ocasión en que los pierde por segunda vez, momento indescriptible que empieza con Tracy dormitando borracha en un coche que está aparcado ante la casa de Dex. Ella viene del fastuoso baile que precede al día de su boda y se dirige sin saberlo al delicioso y culminante escándalo que puede acabar de un plumazo con la que se espera que sea una brillante ceremonia. Al enterarse de la presencia de la mujer, Dexter no duda en subirse al coche. Sin brusquedad, se acomoda y apoya la cabeza cerca de la de Tracy, a la distancia suficiente para poder admirar su rostro. Es electrizante constatar cómo lo que es una invitación a un beso furtivo que podría cambiar radicalmente el rumbo de los acontecimientos se convierte en el pudoroso instante de intimidad en que todo se detiene para convertirse única y exclusivamente en un acto de contemplación, amor y belleza. “¡Detente, instante! ¡Eres tan hermoso!”, exclamaba Fausto al descubrir a Margarita. A su modo, Dexter no hace más que admirar a Tracy sin dejar de ironizar acerca de su borrachera, pero en voz baja, ya que es todo un caballero y detesta aprovecharse de las damas cuando tienen las defensas bajas. Son estos pequeños detalles -que pueden pasar de largo con una facilidad letal- los que distinguen a un gran cineasta del resto. Es en un humilde paréntesis como este donde el amor, el pudor, la sabiduría y la extrema elegancia imponen su autoridad. Donde la modernidad se convierte en ese clasicismo majestuoso, perpetuo e imperecedero que sabe renacer a cada instante.

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EPÍLOGO CAPRICHOSO

Hay espectadores que han desarrollado una afición casi obsesiva por el hecho de descubrir los fallos de racord que hay en las películas. Por ejemplo, cuando en un plano-contraplano ven que a un personaje le aparecen y desaparecen las gafas a capricho, enseguida sueltan la antipática sentencia: “¡Qué mal hecho está esto!”. Prácticamente todas las películas llevan dentro algún que otro fallo de racord. Las razones suelen ser múltiples, más de las que el listo de turno puede imaginar. También en muchas películas de Cukor se notan algunos saltos de continuidad en los cambios de plano. Historias de Filadelfia no es una excepción. Jamás malgasté un segundo en darle importancia a esos defectos para no despistarme de lo esencial, a saber: el ritmo musical del verbo grácil, el baile majestuoso de los cuerpos y la inmensa ternura que se oculta tras cada sonrisa, cada caricia y cada miedo. Los dioses bendigan a cuantos dieron forma a esta grácil loa a la belleza de la debilidad humana, desbordante de humor y compasión, y a quienes, agradecidos, la disfrutan como bellacos al saborearla. Porque unos y otros han ido un paso más allá de cualquier límite para alcanzar el estado de Gracia.

(Continuará…)

JAVIER ARAZOLA

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Foto Ataraxia

JAVIER ARAZOLA
(Barcelona, 1961)
A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

 

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