Robinson Crusoe

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«Robinson Crusoe», de Daniel Defoe: el *longario piadoso de un converso solitario. Robinson Crusoe o la imposible novela juvenil de la aventura espiritual de un náufrago que se convierte al cristianismo, coloniza una isla y se proclama rey del lugar.

POR JUAN POZ

Haberme iniciado en el arte de leer tan tarde como a los quince años significa que me he perdido una buena parte de las lecturas que, supuestamente, son prescriptivas a ciertas edades. No tengo, por lo tanto, un cielo protector de lecturas que me hayan “marcado” o que hayan contribuido a cimentar ya mi actual pasión intelectora, ya el mundo mítico de los héroes que acompaña el desarrollo de la personalidad en los primeros años de la pubertad y la adolescencia posterior. De igual modo que leí Platero y yo a los 50 años, y concluí que esa era la edad adecuada para acercarse a él, sin poder entender, desde ningún punto de vista razonable que tal obra de JRJ esté catalogada como “lectura infantil”, me he acercado, a mis 65, a Robinson Crusoe, y ello a pesar de haber sido convocado a leerlo mucho antes, cuando, en las páginas inmortales de La piedra lunar, de Wilkie Collins, me tropecé, ¡bendito encuentro!, con uno de los personajes, narrador y protagonista,  más sólidos y entrañables, a pesar de todos los pesares, que me ha sido dado conocer: Gabriel Betteredge. A su juicio, como lo recoge Emilio Pascual en el fundado epílogo que sigue a la obra, No ha sido ni podrá ser escrito jamás otro libro como este. A tal punto lleva Betteredge su admiración por la obra de Defoe que incurre en la extravagancia de la bibliomancia, esto es, abrir al azar el libro de Defoe para leer en la página así escogida la solución al problema que se le ha presentado. Robinson Crusoe, teniendo en cuenta que Betteredge encarna una de las grandes instituciones de los británicos: el mayordomo-jefe, cuyos descendientes, tanto en la literatura como en el cine forman un género propio dentro de las letras y el cine británicos, y ahí está Lo que queda del día, de Ishiguro, por ejemplo, o la gran creación televisiva de la serie Downton Abbey, el mayordomo Carson, interpretado por Jim Carter, entre muchos otros, asume, pues, una categoría mítica como representante del self made man británico o poco menos.

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Captura de pantalla 2019-02-26 a las 11.25.30Lo he leído con la atención con que siempre suelo hacerlo, y más si se trata de obras consagradas que diríase que no admiten refutación posible, y sigo sin entender, como en el caso de Platero y yo, la adscripción a la literatura juvenil de esta obra tan poco atractiva, en principio para un lector de esas edades comprendidas entre los 12 y los 16. De hecho, y salvo la aventura contra los marineros que han llevado a cabo el motín en el buque que ancla en la bahía donde él ha estado viviendo solo casi 30 años, una victoria que le permitirá, ¡por fin!, huir de sus “dominios”, quizás las páginas de acción más interesantes de la novela sean las que transcurren en las montañas nevadas entre Navarra y España, cuando la expedición que se dirige a Calais -para sortear una travesía que pudiera depararles, a Robinson y Viernes, un naufragio no deseado- es atacada primero por un oso, del que se libran con una treta insólita de Viernes, y luego por una numerosa manada de lobos hambrientos que ven en los caballos de los expedicionarios una apetitosa fuente de calorías. Y tras eso, la placidez de las explicaciones finales, que incluyen un viaje a su isla, donde dejó a marineros ingleses delincuentes y españoles que convivían con una tribu aborigen a la que pertenecía Viernes. Robinson Crusoe, así pues, pasa por ser la encarnación de las virtudes emblemáticas del pragmatismo británico, forjador de su imperio y virtud máxima que les ha permitido ser considerados, desde siempre, una de las grandes potencias del mundo. Al decir de Betteredge y de no pocos estudiosos, Crusoe es el legítimo representante de la iniciativa británica, siempre activa y dispuesta para “emprender”, sean cuales sean las circunstancias. A ese respecto, son ejemplares, sin duda, tantas y tantas páginas en que Crusoe se organiza en “su” reino para ordenarse la vida de tal manera que se la haga lo más llevadera posible, dado que ignora cuánto tiempo habrá de permanecer en ese islote perdido no sabe dónde. Lo primero a lo que atiende es al modo de garantizar el cómputo de los días. Y poco después inicia la redacción de un diario -recordemos que ha rescatado muchos bienes del barco en que naufraga- en el que nos irá relatando los pormenores de su vida cotidiana, sus progresos y sus fracasos. Desde la construcción de bienes muebles, hasta el cultivo de la tierra, pasando por la cerámica, la sastrería, la cestería – en aquella ocasión fue de gran utilidad para mí el hecho de que, cuando niño, solía experimentar gran placer observando cómo trabajaba el cestero del pueblo donde vivía mi padre -¡como en el Eusebio, de Pedro Montengón, en el que se exige al infante que aprenda un oficio manual antes de ejercitarse en el adiestramiento cultural! y el que sale elegido es el de cestero-, la cría de ganado, las cabras autóctonas de la isla, la forja, la pastelería y la construcción naval, no hay capítulo en el que el genio riguroso del orden metódico no nos sorprenda con alguna conquista que le pueden llevar meses o años de aprendizaje, eso sí, pero el protagonista está convencido de que a pesar de que nunca en mi vida había manejado una herramienta (…), al cabo de un tiempo, con trabajo, aplicación e ingenio, llegué a la conclusión de que no había cosa que necesitara que no me fuera posible hacer, si contaba con unas herramientas. Hasta aquí, todo transcurre como es de esperar en un caso de náufrago como el suyo.

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Captura de pantalla 2019-02-26 a las 10.16.31Pero no tarda en aparecer lo que podríamos llamar la cuestión religiosa, esto es, el proceso de conversión de un agnóstico radical, como lo era Crusoe, en un ferviente cristiano a través de una suerte de “caída del caballo” paulina que ocupará buena parte del libro en adelante. Hasta el momento del naufragio, la vida de Robinson Crusoe tiene algunos aspectos muy llamativos. El primero, que el gran héroe británico, quien encarna las virtudes de un pueblo, resulta ser hijo nada menos que de un alemán, de nombre Kreutznaer (literalmente, “el que está cerca de la cruz”), cuyo apellido adapta al inglés por la facilidad de pronunciación, básicamente, lo cual, hasta el presente, jamás lo había visto destacado; el segundo, que nada más huir de casa para seguir una vida aventurera, naufraga en el puerto, antes de ponerse en camino; y el tercero, que en una de las aventuras marítimas es apresado y convertido en criado de un árabe en la costa atlántica, un cautiverio que dura un par de años y del que escapa con una pequeña barca y otro criado con el que se compincha, un episodio de raigambre cervantina muy marcada. La aventura vital de Crusoe, la que lo llevará al naufragio y a la “colonización” de “su” isla, se inicia, tras haberse establecido en Brasil y alcanzar un cierto estatus social mediante la compra de unas plantaciones, con la idea de embarcarse en un buque para pasar a África y traficar con esclavos. Teniendo en cuenta su deficiente formación, sobre todo entre marineros y gente de semejante ralea, Crusoe carecía de todo conocimiento religioso; las lecciones que había recibido de la buena instrucción de mi padre se habían agotado en ocho años consecutivos de ininterrumpidos desarreglos, propios de la gente de mar, y la sola frecuentación de incrédulos y profanos en sumo grado, como yo mismo. (…) Era la criatura más empedernida, caprichosa y perversa entre todos los marinos, sin el menor sentimiento ni temor de Dios en el peligro ni la gratitud en la salvación. Poco a poco, no obstante, a medida que se agudiza su capacidad reflexiva, comienza a plantearse las típicas preguntas sobre el ser, la procedencia y el destino, una ontología y una escatología que le hacen desembocar en la, para su formación y en aquella época, única respuesta: Dios. Se inicia, entonces, la historia de una conversión en toda regla. Se autoimpone la lectura de la Biblia, comenzando por el Nuevo Testamento. Poco a poco, a partir de ese movimiento piadoso, va adentrándose en las respuestas, más que en los misterios, de la fe, como consigna el 4 de julio: Dejé el libro y elevé mi corazón y mis manos al cielo en una especie de éxtasis, exclamando en voz alta: -¡Jesús, Tú, hijo de David, Jesús, Tú que eres glorificado como Príncipe y Salvador, concédeme el arrepentimiento y el perdón! Es de tal magnitud su inmersión religiosa, tan acendrado su nuevo sentimiento espiritual que, en un momento dado de su cautiverio forzado, este deja de parecerle tal:  En cuanto a mi vida  solitaria, ya no era nada: ya no rogaba a Dios que me salvara de ella ni lo pensaba, puesto que no significaba nada en comparación con aquello. Y agrego esto aquí para sugerir a quien lo lea que, cuando se llega a aceptar el verdadero sentido de las cosas, el perdón por el pecado es una bendición más grande que la liberación del dolor. Desde esta nueva perspectiva, está claro que la visión de su situación cambia radicalmente, cuando entra en posesión de ese bálsamo precioso para todas las adversidades que es la confianza en Cristo y la esperanza en su promesa redentora. De hecho, incluso se atreve a agradecer lo que le ha ocurrido, si tenemos en cuenta la vida pecaminosa que llevaba antes de naufragar. La cita es larga, pero nos habla claramente de esta perspectiva piadosa que asume la narración y que tan lejos está de lo que solemos entender por “literatura juvenil”:  Di humildes y fervientes gracias a Dios por haberme concedido la capacidad de descubrir que acaso podía sentirme más feliz en esta situación solitaria que gozando de libertad en la vida social, rodeado por todos los placeres del mundo. (…) Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de cuánto más feliz era mi vida, pese a todas las lamentables circunstancias, que la existencia sórdida, perversa y abominable que había llevado en el pasado. (…) Ahora comenzaba a ejercitarme con nuevos pensamientos Todos los días leía la palabra de Dios y aplicaba si consuelo a mi situación. Una mañana, sintiéndome muy triste, abrí la Biblia y mis ojos recayeron sobre estas palabras: Nunca jamás te dejaré, ni te abandonaré. Inmediatamente pensé que ella se dirigían a mí, ¿a quién si no podían referirse en forma tan pertinente , en el preciso instante en que me sentía tan triste y abandonado por Dios y por los hombres? (…)  Si no puedo decir que me sentía agradecido a Dios por estar allí, sinceramente le daba las gracias por haberme abierto los ojos -aunque las providencias de las cuales se había servido eran muy dolorosas- induciéndome a considerar mi vida anterior bajo otra luz, y a purgar su vileza con mi arrepentimiento. No abrí ni cerré nunca la Biblia sin bendecir a Dios desde lo más profundo de mi alma, por haber inspirado a mi amigo de Inglaterra a incluirla entre mis cosas, sin que yo se lo hubiese pedido, y por haberme ayudado luego a rescatarla del naufragio del barco. Su pasado, así pues, lo contempla, antes bien, como una fuente de pecado del que el naufragio le ha liberado. La nueva vida que lleva, revelada a partir del conocimiento de la religión, acaba dándole auténtico sentido a su existencia: Ahora contemplaba el mundo como algo remoto, con lo que no tenía nada en común, en lo que no depositaba esperanza alguna y, ciertamente, de lo cual no tenía deseos; en una palabra, algo con lo que no tenía nada que ver, ni tendría nunca, de modo que se me aparecía como algo que acaso se podía considerar desde el más allá, es decir, como un lugar donde había vivido, pero al que había abandonado. (…) Me encontraba lejos de la perversidad del mundo. (…) En una palabra, al cabo de una justa reflexión, comprendí que la naturaleza y la experiencia me habían enseñado que todas las cosas buenas de este mundo no son buenas más que por el uso que hacemos de ellas; y que las disfrutamos tanto cuando nos sirven como cuando las juntamos para dárselas a otros, pero no más.

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La esperada aparición de Viernes, por la que cualquier lector que ya conoce el argumento  suspira, se produce hacia el final de la novela, cuando Robinson incluso tiene casa de campo y un sistema de escapatoria, en caso de ser asediado, que incluye la posibilidad de disponer de un segundo aprisco con cabras que le puedan servir de Síguenos en Twitteralimento. El encuentro gira en torno al agradecimiento que siente quien devendrá Viernes un poco más adelante respecto de quien se presenta, sin más, como su “amo”, tras matar este a sus perseguidores. La adopción del caníbal, porque Viernes también lo es, es progresiva, pero, en términos narrativos, muy rápida. Tanto que en muy pocas páginas consumimos los dos años a través de los cuales Robinson le ha enseñado el idioma y ha progresado en la evangelización del agradecido salvaje, lo que da pie, sin duda, a uno de los momentos más “comprometidos” y, al tiempo, graciosos del libro: los intentos de Viernes de racionalizar los absurdos religiosos de la doctrina cristiana, como cuando Robinson trata de explicarle la existencia de Satanás y la tensa relación casi de tú a tú entre quienes, sin embargo, son totalmente desiguales, pues Dios está muy por encima del poder de Satán: -Pero si Dios es mucho más fuerte-añadió Viernes-, mucho más poderoso que el diablo, ¿por qué no mata al diablo para que no haga más el mal? -Al final Dios lo va a castigar severamente. Él lo tiene reservado para el día del juicio, en que será arrojado a un abismo sin fondo, donde permanecerá en el fuego eternoAl final lo tiene reservado, mí no entender. Razonamientos impecables que llevan a Crusoe a la única conclusión posible: Había, Dios lo sabe, más sinceridad que sabiduría en todos los métodos que adopte para la instrucción de esta pobre criatura.

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El libro, desde el punto de vista del lector español, sin estar tocado por ninguna devoción patriótica ni nada por el estilo, por fuerza ha de chocarle, porque Defoe consigna en él una réplica exacta y contundente del descrédito español por la leyenda negra iniciada, como a nadie se le oculta, por la encendida defensa de los indios hecha por Fray Síguenos en FacebookBartolomé de las Casas. Defoe repite punto por punto ese planteamiento y arremete contra la obra colonizadora en América que, ciertamente, no estuvo exenta de abusos en todo punto comparables a los de cualquier otra potencia europea que se moviera por aquellos ámbitos y más al norte: Esto justificaría la conducta de los españoles y todas las atrocidades que practicaban en América, donde exterminaron millones de estos seres, pese a ser bárbaros e idólatras y observar varios ritos sangrientos en sus costumbres, como el sacrificio de seres humanos a sus ídolos, con relación a los españoles eran inocentes. Así es que hoy los mismos españoles y todas las otras naciones cristianas de Europa hablan de este exterminio como de una verdadera masacre, de una sangrienta y monstruosa muestra de crueldad, injustificable ante los ojos de Dios y de los hombres. Por ello, el nombre de español se ha vuelto odioso y terrible, para todas las almas plenas de humanidad o compasión cristiana; como si España se hubiese destacado por haber producido un raza de hombres sin principios de piedad y sin entrañas para con los infelices; sentimiento que con razón es considerado como el signo esencial de la generosidad humana. Con todo, cuando aparece un español en la trama, Crusoe habla de él llenándolo de elogios y apreciando su valor y su capacidad de lucha contra los caníbales. Luego, además, los deja en posesión de su isla para que disfruten de ella y, junto con los delincuentes ingleses, se la cuiden y acrecienten, porque Crusoe sigue considerándose el rey y dueño de la misma. 35 años dan para mucho, desde luego, y desde esa perspectiva ha de agradecerse a Defoe que haya tenido tan buena mano para la síntesis y que la novela se lea en un suspiro, aunque sea conventual, por supuesto. Buena parte del libro está dedicada a la conversión religiosa, como ya vengo repitiendo, sin duda porque me parece lo más llamativo de esta extraña aventura espiritual sobre la que tenía formada una vaga idea que, en el recuerdo de lo leído al respecto, no como ahora el original, destacaba otros aspectos más propios del espíritu del capitalismo. En realidad, de lo que ahora me doy cuenta es de que  este libro es algo así como el perfecto ejemplo del libro de Weber: La ética protestante y el espíritu del capitalismo, cuya recensión puede consultarse también en el Diario de un Artista desencajado. Parte no poco importante de ese proceso religioso y capitalista de Robinson Crusoe son las continuas llamadas de atención a los lectores para que saquen provecho, espiritual y material, de la experiencia individual suya que nos relata en el libro, el cual se nos presenta, en consecuencia, como un prontuario de consejos, avisos y normas para bien vivir, con un criterio utilitario perfectamente adecuado al espíritu emprendedor de quien la redacta. Tomemos nota, pues:

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Desde entonces [Decidirse a volver a casa tras el “fiasco” de su huida…],he podido observar a menudo cuán incongruente e irracional es la índole humana, especialmente la juventud, cuando se enfrenta a la razón que debería guiarla en circunstancias de este tipo. A saber, que el hombre no se avergüenza del pecado, sino de su arrepentimiento; que no se avergüenza de los actos por los cuales, con justicia, será considerado como un necio, sino de volver atrás, lo cual les valdría en cambio la reputación de hombres prudentes.

O los consabidos tópicos:

Aprendí a considerar más el aspecto brillante de mi situación que su lado sombrío, y a valorar más lo que disfrutaba que lo que me faltaba, y este recurso, a veces, me proporciono tan inefable consuelo, que apenas puedo expresarlo. (…) Me parecía que todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de nuestra falta de gratitud por lo que tenemos.

La gratitud no suele ser una virtud inherente a la naturaleza del hombre: los hombres suelen evaluar menos su conducta por los favores recibidos que por las ventajas que puedan esperar de ellos.

Además de lo extraído directamente de la experiencia propia:

¡Qué extraña y variada obra de la providencia es la vida de un hombre! ¡Y qué secretos y contradictorios impulsos mueven nuestros afectos, según las diferentes circunstancias! Hoy amamos lo que mañana odiamos. Hoy buscamos lo que mañana evitamos; hoy deseamos lo que mañana nos dará miedo; más aún, lo que mañana nos hará temblar de horror.

¡Oh, qué absurdas resoluciones adopta un hombre poseído por el miedo! Este le priva del uso de los medios que la razón le proporciona para su alivio.

El miedo al peligro es diez mil veces más terrible que el peligro mismo, y el peso de la ansiedad es mayor que el mal que la provoca. Pero aún peor que todo aquello era que en mi inquietud no podía encontrar alivio en la resignación, cosa que antes solía practicar, y de la cual me creía capaz.

En fin, a día de hoy, una provechosa lectura que desvela la naturaleza religiosa de un texto que imaginé exclusivamente de “aventuras”, aunque no cabe duda de que en la civilización europea la aventura espiritual es de tal naturaleza que nada tiene que envidiar a las de otra naturaleza, como la mística o la ascética se encargas perfectamente de demostrar. Vale.

Juan Poz-firma

Juan Poz forma parte del elenco de escritores que da forma semanalmente a Ataraxia Magazine. Puedes seguirle en Twitter como @JuanPoz9 y también en su excelente blog de crítica cinematográfica «El Ojo Cosmológico de Juan Poz» y en su blog de crítica literaria «Diario de un artista desencajado»

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