Rousseau íntimo y éxtimo

Rousseau-interior

Rousseau es uno de esos autores controvertidos que despierta tantas fobias como filias, y ello tanto en sus días como en los siglos posteriores a su muerte, poco después de haber acabado el volumen autobiográfico que hoy me convoca en esteDiario, y no es de extrañar, porque, al margen de su psicología de resistente existencial, con una vida sumamente compleja, llena de complejas decisiones, sus teorías han alimentado polémicas inagotables que aún hoy tienen cierta actualidad. Salvo fragmentos y citas de críticos y apologetas, nunca había leído nada completo de él, aunque siempre supe que un título tan poderoso como Ensoñaciones de un paseante solitario me acabaría incitando a la lectura. Creo que lo hago en un momento adecuado, porque coincide con mi propia dedicación autobiográfica, lo cual permite un grado de reflexión que nace directamente de mi implicación emocional en ese género tan poliédrico. Vale decir que tanto estas Ensoñacionescomo Las confesiones… fueron publicadas póstumamente, las primeras en 1781, tres años después de su muerte y las segundas en 1788, diez años después de su muerte. De hecho, las Ensoñaciones podrían considerarse como una suerte de apostilla final de Las Confesiones, aunque tienen entidad propia y se redactan en un momento en que en Rousseau se acentúa la paranoia que desarrolló al final de su vida: La conclusión que puedo sacar de todas estas reflexiones es que nunca he sido realmente idóneo para la sociedad civil donde todo es malestar, obligación, deber, y que mi natural independiente me volvió siempre incapaz de las servidumbres necesarias para quien quiere vivir con los hombres, escribe. Y de ahí que se le imponga como una necesidad el refugio en su propio criterio exclusivo: En la situación en que me hallo no tengo otra regla de conducta salvo la de seguir en todo mi inclinación sin cortapisas, a pesar de que ello lo reduzca a una soledad, a un aislamiento de cuya necesidad él sabrá hacer virtud, obviamente, como es propio de los espíritus fuertes, y aun sentimentales: Me he vuelto solitario o, como ellos dicen, insociable y misántropo, porque la soledad más salvaje me parece preferible a una sociedad de malvados que solo se nutre de traiciones y odio. El defensor de las emociones, del sentimiento, el precursor del Romanticismo,  nos ha legado con sus Ensoñaciones un modelo de escrito autobiográfico que se opone, a su propio juicio, al “amañado” de Montaigne, al que le reprocha una complacencia excesiva, una suerte de intento de no “hurgar en la herida” propia; un talante, pues,  muy distinto del suyo, que no duda en exhibir la gangrena moral que lo devora, al tiempo que no disimula su aversión a cuantos enemigos, ¡por suerte!, ya no pueden hacer mella en él con sus malas artes. La sinceridad “a calzón quitado” de Jean-Jacques contrasta con la autoprotección de D Miguel de la Montaña, que traducía Quevedo: Pongo a Montaigne a la cabeza de estos falsos sinceros que quieren engañar diciendo la verdad. Se muestra con defectos, pero solo se atribuye los amables; no hay ningún hombre que no tenga algo de odioso. Montaigne se describe con cierta semejanza, pero de perfil. Quién sabe si algún rasgo del lado que nos ha ocultado no cambiaría totalmente su fisonomía.

Harto de ser perseguido por sus detractores, que lo ignoran todo de él y dan pábulo a juicios que se repiten sin tener en cuenta ninguna circunstancia ni explicación, Rousseau se mete en la libérrima composición de sus Ensoñaciones como una reafirmación de su individualidad y un rechazo frontal de los férreos códigos de la vida social. Las Ensoñaciones, así pues, son una suerte de canto a la individualidad radical y un elogio sincero de quien, como él hizo, es capaz de sustraerse a las impías exigencias de esa vida social y sabe construirse una vida que, como es su caso, tuvo en el cultivo de la botánica el aliado perfecto para resistir los embates de incluso quienes fueron, en otro tiempo, sinceros amigos, porque Rousseau acabó enemistado con todos los ilustrados, y Voltaire mismo acabará convencido de que su paranoia  lo ha trastornado definitivamente. Es curioso que el campeón de la bondad natural de la persona acabe sus días sumido en una suerte de misantropía que solo halla consuelo en la elaboración de sus álbumes de botánica y en la divagación libérrima sobre lo divino y lo humano, principalmente lo último.

Ningún libro, sin embargo, más humano, espontáneo, sincero y directo que este: Heme aquí, pues, solo sobre la tierra. Con esta declaración se abre el libro, cuyos ecos nos recuerdan el salmo quevediano: Vive sólo para ti si pudieres, pues sólo para ti si mueres, mueres. Para sí solo escribe Rousseau y se congratula de ello repetidamente a lo largo del libro. Estamos ante una obra confesional pura y dura, en la que el autor detalla con total sinceridad su manera de vivir, de hacer, de pensar, de escribir, de relacionarse…, aunque, como demuestran los manuscritos, llenos de tachaduras, de  rectificaciones, de vacilaciones, se trate de una sinceridad que le cuesta expresar, por más que el tono general de las Ensoñaciones sea el complaciente de quien, ¡por fin!, hace exclusivamente lo que le viene en gana y no paga ninguna deuda social ni se somete a ninguna exigencia que condicione su libertad. Ello no quiere decir, no obstante, que Rousseau eluda incluso hacer frente a decisiones vitales suyas tan polémicas como la entrega a la inclusa de sus cinco hijos. Como él dice: Entre mis contemporáneos hay pocos hombres cuyo nombre sea más conocido en Europa y cuyo individuo sea más ignorado. Las Ensoñaciones, pues, lo que pretenden es dar a conocer al individuo, el mismo que se defiende con estas razones de la acusación de padre sin entrañas: Comprendo que el reproche de haber llevado a mis hijos al hospicio haya degenerado fácilmente, con un pequeño sesgo, en el de ser un padre desnaturalizado y odiar a los niños. Sin embargo, es muy cierto que fue el temor a un destino mil veces peor para ellos y casi inevitable por cualquier otra vía lo que me determinó a hacerlo así. Si hubiera sido más indiferente hacia lo que sería de ellos y, al estar fuera de cuestión educarlos yo mismo, en mi situación tendría que haberlos dejado educar por su madre, que los habría echado a perder, y por su familia, que los habría convertido en unos monstruos. Todavía tiemblo al pensar en ello. La referencia al terror que le producía que sus hijos hubieran sido educados por su mujer estará en consonancia con la concepción de la mujer que Rousseau detalla en el libro V de su Emilio o De la educación a través, paradójicamente, del modelo encarnado en Sofía contra el que luchó  Mary Wollstonecraft en una apasionante obra que, azar de azares, estoy leyendo estos días (noches de insomnio incluidas): Vindicación de los derechos de la mujer, y sobre la que traeré noticia  este Diario en su momento.

Las Ensoñaciones constituyen una radiografía apasionante en la que no sé qué apreciar más, si los detalles o el conjunto, porque como obra compacta, sin llegar a las Confesiones de San Agustín, ni tampoco a sus propias Confesiones, de las que dicen que son algo tediosas, y que, en consecuencia, no me atraen como sí me han atraído las Ensoñaciones, constituye un sólido ejemplo de obra autobiográfica, pero en sus muchos detalles se nos revelan apreciaciones de muy alto valor psicológico y emocional. Sí, probablemente sea absurdo distinguir entre el todo y las partes, pero a veces no todas las partes suman un todo que nos convenza, como ocurre, por ejemplo, en el cine: una excelente fotografía, una buena banda sonora o unas interpretaciones sólidas no son garantía alguna de que veamos una excelente película, si sucede que tenga un guion deleznable o errático, o una puesta en escena chata, anodina. Lo que si convencerá a los lectores de que nos hallamos ante una obra extraordinaria es el argumentum ad passiones que desarrolla el autor a lo largo de toda la obra: La difamación, el abatimiento, el escarnio, el oprobio con los que me han cubierto ya no son susceptibles de seguir aumentando o mermando; hemos quedado igualmente al margen: ni ellos pueden agravarlos ni yo sustraerme a ello. Estaban tan urgidos por colmar la medida de mi miseria que todo el poder humano auxiliado por todos los ardides del infierno no sabría añadir nada más. El propio dolor físico, en lugar de incrementar mis penas, las distraería. Al hacerme gritar quizá me ahorrase gemidos y los desgarros de mi cuerpo suspenderían los de mi corazón. Estamos ante el sello personal de la obra de Rousseau esa suerte desiento, luego existo, que lo caracteriza frente a quienes endiosaron la razón. LasEnsoñaciones está teñida de una melancolía propia del alma apaciguada, del alma que ya no se deja arrastrar ni al conflicto embrutecedor ni a la polémica estéril, es una obra de postrimerías en la que el autor, sin lamentar el paso del tiempo o su veloz huida, no deja de reflexionar sobre cierta ironía última de sus enseñanzas:La juventud es el tiempo de estudiar la sabiduría; la vejez es el tiempo de practicarla. La experiencia siempre instruye, lo confieso; pero solo resulta provechosa para el espacio que uno tiene por delante. ¿Acaso el momento en que hay que morir es el de aprender cómo se habría debido vivir? ¿De qué me sirven unas luces tan tardías como dolorosamente adquiridas acerca de mi destino y de las pasiones ajenas que lo han fraguado? Solo he aprendido a conocer mejor a los hombres para sentir con una mayor intensidad la miseria en que han sumido, sin que ese conocimiento al descubrirme todas sus trampas me haya podido hacer evitar ninguna. Con todo, y por no desmentir el dicho de Solón de que no hay edad en la que no se pueda aprender algo, Rousseau se recuerda que la paciencia, la benignidad, la resignación, la integridad, la justicia imparcial son un bien que uno se lleva consigo y del que puede enriquecerse sin cesar, sin temer que la propia muerte nos haga perder su valor. Este es el único y útil estudio al que consagro el resto de mi vejez. Dichoso si merced a mis progresos sobre mí mismo aprendo a salir de la vida, no mejor, porque esto es imposible, pero sí más virtuoso de lo que vine a ella.

Las Ensoñaciones abundan en reflexiones de orden moral e intelectual que recogen, como aforismos al final del camino de la vida, una sabiduría destilada gota a gota de sufrimientos e incomprensiones que siempre jalonaron la peripecia vital de Rousseau, huérfano de madre desde inmediatamente después de ser alumbrado e imposible cuidador de su propia prole: entregada al hospicio para garantizarles la supervivencia. Jamás he creído que la libertad del hombre consista en hacer lo que quiere, sino más bien en no hacer nunca lo que no quiere, y esta es la libertad que yo siempre he reclamado, a menudo conservado, y por la que he sido el mayor escándalo para mis contemporáneos: esta afirmación de la individualidad del autor es una de las constantes a lo largo de las páginas del libro: Mi temperamento ha influido mucho sobre mis máximas, o más bien sobre mis hábitos; porque casi no he actuado conforme a reglas o casi no he seguido otra regla en cualquier asunto que los impulsos de mi natural. No empero, nos confiesa que Plutarco fue siempre una de sus lecturas favoritas; un autor que, como confiesa en su correspondencia, cayó en sus manos a los seis años y a los ocho se lo sabía de memoria: Plutarco es quien más me atrae y más provechoso me resulta. Fue la primera lectura de mi infancia y será la última de mi vejez; casi es el único autor al que nunca he leído sin sacar algún provecho.  Pero llama mucho la atención, tratándose de él, el hincapié que hace en el esfuerzo que siempre le ha supuesto la labor reflexiva: A veces he pensado con bastante profundidad, pero raramente con placer, casi siempre a regañadientes y como a la fuerza; la ensoñación me relaja y me divierte, la reflexión me fatiga y me entristece; pensar siempre supuso para mí una ocupación penosa y sin encanto. De ahí, sin duda, su peculiar modo de escritura: en papeles sueltos y en interminables paseos: La marcha tiene algo que anima y aviva mis ideas: cuando estoy quieto apenas puedo pensar. Y lanzo mis pensamientos esparcidos y sin continuidad sobre trozos de papel, a continuación coso todo eso mal que bien y así es como hago un libro. Algo que, como veremos más adelante, se manifiesta de lleno en la creación de uno de sus libros más famosos, El contrato social, cuya lectura nos ilumina, desde aquella época de apasionado racionalismo y  profunda sentimentalidad, buena parte de las retorcidas raíces de nuestro desconcertante presente político. En este de las Ensoñaciones, sin embargo, dicho método casa perfectamente con el género, porque Rousseau se entrega a ellas fiado en la absoluta libertad con que puede hablar de cualquier cosa, sea la pasión última que sintió por la botánica, sea la necesidad de concluir que no los tiempos felices son los que se prefiere recordar: a través de las vicisitudes de una larga vida, he observado que las épocas de gozos más dulces y placeres más vivos no son, sin embargo, aquellas cuyo recuerdo me atrae y me afecta más. El desengaño está muy presente en sus últimos años, porque la sabiduría, ciertamente, no le ha acercado a la vida plena con que sueña cualquier idealista como él: no hay nada sólido a lo que pueda aferrarse el corazón. Aquí abajo solo impera el placer efímero; dudo que sea conocida la felicidad duradera. ¿Cómo puede llamarse felicidad a un estado fugitivo que además nos deja el corazón inquieto y vacío, que nos hace añorar alguna cosa antes o desear aún alguna cosa después? Es, desde esa convicción, desde la que evoca una anécdota que recorre el cuerpo con un escalofrío de horror:  Espartano dice que Similos, cortesano de Trajano, tras abandonar sin disgusto personal alguno la corte y todos sus empleos para ir a vivir apaciblemente al campo, hizo poner sobre su tumba estas palabras: ‘He morado setenta y seis años sobre la tierra, pero he vivido siete’. Algo parecido puedo decir de mí, aun cuando mi sacrificio haya sido menor. Yo no he comenzado a vivir sino el 9 de abril de 1756. Sin embargo, las Ensoñacionesactúan, en su microcosmos como un reducto de libertad absoluta donde poder conquistar, por fin, esa suerte de ataraxia que, en su caso, adopta el nombre de indiferencia: no es poca cosa, sobre todo a mi edad, haber aprendido a ver la vida y la muerte, la enfermedad y la salud, la riqueza y la miseria, la gloria y la difamación con idéntica indiferencia. Todos los demás ancianos se inquietan por todo; yo no me inquieto por nada. Esa es su última y definitiva victoria.


El contrato social

         
Si el propio Rousseau, en confidencia postal a Jean Dussaulx, traductor de Juvenal y admirador suyo, ya defendía que en cuanto al Contrato social, los que se alaben de entenderlo por entero son más hábiles que yo. Es un libro a rehacer; pero yo no tengo ni fuerzas ni tiempo para ello, lo cual remacha en el pórtico del tercer libro de este singular tratado totalitario: Advierto al lector que este capítulo debe ser leído despacio, y que yo no conozco el arte de ser claro para quien no quiere prestar atención, pronto se echará de ver que nos hallamos ante una reflexión -sí, una de esas que le hacían poco menos que sudar sangre al sensible Jean-Jacques- de orden social que, por falta de suficiente y continuado esfuerzo intelectual se ha quedado a medio camino de la teoría política, de un proyecto de utopía e incluso del inicio de la nueva ciencia sociológica, que aún tardaría lo suyo en llegar. El propio Rousseau anunciaba que lo publicado era una parte de un proyecto mucho más ambicioso que llevaba por título Institutions politiques, del cual lo presente no es más que una selección que el autor ordenó y compuso en forma de libro para darlo a la imprenta, destruyendo el resto de material sobre el que no estaba dispuesto a seguir trabajando para cumplir el proyecto original.

Así pues, buena parte de El contrato social no pasa de ser una colección de ideas sobre los fundamentos de las sociedades humanas y el mejor modo de organizarlas políticamente para ponerlas al servicio de lo que él denomina “el bien común”. Rousseau representa una concepción social diametralmente opuesta a la de Hobbes, y la sociedad fundada en el contrato social dista mucho del Leviatán del inglés. Frente a la intrínseca maldad del hombre que defiende Hobbes, Rousseau apela a la bondad natural propia del hombre que solo es corrompida por la sociedad. Se trataría, en consecuencia, a través del contrato social de recuperar lo mejor de la naturaleza y esquivar lo peor de la civilización corrupta creada por el hombre en su apartamiento de esa devoción natural. La teoría fundamental delContrato la expone Rousseau apenas iniciado el libro, porque, una vez sentado que la única agrupación “natural” humana es la familia, hace falta dar un salto contractual para fundamentar la “voluntad popular”, la “soberanía”: Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y recibimos en cuerpo a cada miembro como parte indivisible del todo. En el mismo instante, en lugar de a persona particular de cada contratante este acto de asociación produce un cuerpo moral y colectivo compuesto de tantos miembros como votos tiene la asamblea,  el cual recibe de este mismo acto su unidad, su yo común, su vida y su voluntad. Esta persona pública que se forma así por la unión de todas las demás, tomaba en otro tiempo el hombre de Ciudad, y toma ahora el de República o el de cuerpo político, al cual llaman sus miembros Estado cuando es pasivo, Soberano cuando es activo, Poder cuando lo comparan con otros de su misma especie. Por lo que se refiere a los asociados, toman colectivamente el nombre de Pueblo, y se llaman en particular Ciudadanos como participantes en la autoridad soberana, y Súbditos como sometidos a las leyes del Estado. Pero estos términos suelen confundirse y tomarse uno por otro; basta saber distinguirlos cuando son empleados en su sentido preciso. Adviértase la apostilla a su propia teoría: la radical indeterminación terminológica que alimenta este campo, motivo de enfrentamientos y posicionamientos políticos enconados que derivan, en un quítame allá esas pajas, en enfrentamiento civil. Lo que construye Rousseau es una antropomorfización de la voluntad popular, algo así como un Golem al que se le ha de rendir el tributo de la propia vida, porque el individuo, para firmar el contrato social que le permite la supervivencia, ha de someter vida y hacienda a ese soberano máximo que dispone de todo y de todos, porque el bien común, bien que sutilmente interpretado por el poder ejecutivo, se antepone a todo, la libertad individual incluida, por más que Rousseau cimente el poder de la voluntad popular en esa suerte de cesión de la libertad individual con que se construye la libertad general. Si no lo he entendido mal, dado que el autor sugiere que puede ser fácilmente malinterpretado, Rousseau establece en El Contrato social los fundamentos del totalitarismo político: Si el Estado o la ciudad no es más que una persona moral cuya vida consiste en la unión de sus miembros, y su cuidado más importante es el de su propia conservación, le es necesaria una fuerza universal y compulsiva para mover y disponer a cada parte de la manera más conveniente al todo. Así como la Naturaleza da a cada hombre un poder absoluto sobre todos sus miembros, el pacto social da al cuerpo político un poder absoluto sobre todos los suyos, y es este poder el que, dirigido por la voluntad general, lleva, como he dicho, el nombre de Soberanía. La defensa de la soberanía, que para Rousseau es “indivisible”, se pierde a veces en una cierta ambigüedad que le lleva a Rousseau a sospechar de la facilidad con que esa “voluntad general” puede ser traicionada: La voluntad general es siempre recta, pero el juicio que la guía no siempre es claro. Continuamente el autor oscila entre el polo de la libertad individual que incluso justificaría la posibilidad de “salir” pacíficamente, con todos los bienes propios, de ese “contrato y el poder omnímodo de la voluntad popular. En cualquier caso, y eso es importante dentro del sistema que propone el autor, cualquier organización social pasa necesariamente por el establecimiento de las leyes que la hacen posible, requisito imprescindible para que esa voluntad popular sea indiscutible y propia. La legitimación es imprescindible. Y de ahí el encumbramiento del poder legislativo como el verdadero poder popular, por encima, incluso, del ejecutivo o el judicial. De hecho, en un razonamiento que despertará la curiosidad, sin duda, de cuantos suelen enfrentar en nuestro país la idealizada segunda república a la actual monarquía constitucional, Rousseau se descuelga con este razonamiento singular:  Llamo república a todo Estado regido por leyes, cualquiera que sea su forma de administración; pues solo entonces gobierna el interés público y la cosa pública representa algo. Todo gobierno legítimo es republicano. No siempre entiendo por esta palabra una aristocracia o una democracia, sino en general todo gobierno guiado por la voluntad general, que es a ley. Para ser legítimo, no debe el gobierno confundirse con el soberano, sino ser el ministro del mismo; en este caso la monarquía misma es república. No somos pocos, creo, lo que hablamos, en el caso de España, de una monarquía federal, dado nuestro sistema autonómico, y aun no me importaría hablar de una monarquía republicana, siguiendo el razonamiento de Rousseau. Con todo, y damos, de nuevo, un volantazo hacia el totalitarismo que garantiza la supervivencia de la república: Para que el pacto social no sea un formulario vano, implica tácitamente el compromiso, único que puede dar fuerza a los otros, de que el que se niegue a obedecer la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo, algo que, teóricamente, hemos de entender que es congruente con su defensa de que la fuerza no hace el derecho, y que no estamos obligados a obedecer más que a los poderes legítimos. Hay implícita, en la fundamentación del contrato social, una teoría antropológica que enlaza con la famosa del “hombre nuevo” del marxismo soviético: El que se atreve a emprender la formación de un pueblo debe sentirse capaz de cambiar, por decirlo así, la naturaleza humana.; de transformar a cada individuo, que en sí mismo es un todo perfecto y solitario, en una parte de un todo mayor , del que este individuo recibe en cierto modo su vida y su ser; de alterar la constitución del hombre para mejorarla; de sustituir por una existencia parcial y moral la existencia física e independiente que todos hemos recibido de la Naturaleza. ¿Cuál otro es el propósito de los atávicos nacionalismos identitarios que bullen en nuestro Estado, sino el de crear un catalán, un vasco, un gallego, un canario o un asturiano prototípicos, encarnaciones de la emanación determinante del suelo patrio en el que se arraiga su concepción telúrica, puestos al servicio del gran tótem nacional de la tribu: Cataluña, Euskal Herría, Galicia, Canarias, Asturias…?

El Contrato social explora también no solo formas de gobierno, sino que se adentra en un revisión histórica de los modelos griego y romano e incluso se arriesga a la elaboración de una sociología política rudimentaria cuyos postulados, con la perspectiva desde la que escribimos hoy, el siglo XXI, casi nos parecen auténticas supersticiones de aquellas contra las que luchaba el padre Feijoo. Me ha parecido interesante la crítica de la sobrerrepresentación política, porque es posible que en ella ancle sus raíces la tradición del secular centralismo francés: La administración resulta más difícil en las grandes distancias, como un peso resulta más pesado en el extremo de una palanca mayor. Resulta también más onerosa a medida que se multiplican los grados; pues cada ciudad tiene primero su propia administración, que paga el pueblo, cada distrito la suya, que también paga el pueblo; luego, cada provincia; después los grandes gobiernos, las satrapías, los virreinatos, que hay que pagar cada vez más caros a medida que se va ascendiendo y siempre a expensas del desdichado pueblo; por último viene la administración suprema, que lo aplasta todo. Tantas sobrecargas agotan continuamente a los súbditos; lejos de ser mejor gobernados por todos estos diferentes órdenes, lo son peor que si no hubiera nada más que uno por encima de ellos. Entre tanto, apenas quedan recursos para los casos extraordinarios, y cuando hay que recurrir a ellos, el Estado está siempre en vísperas de su ruina. Como dice más adelante, con harta clarividencia económica: El Estado civil no puede subsistir sino cuando el trabajo de los hombres produce un excedente sobre sus propias necesidades, de ahí, pues, que estamos endeudados hasta las cejas para “mantener” bastante por encima de nuestras posibilidades una superestructura política que no se corresponde con el grado de pobreza del país: Por poco que el pueblo dé, cuando ese poco no vuelve a él, dando siempre se agota pronto. El Estado no es nunca rico, y el pueblo es siempre mísero

Para hacernos una idea del diletantismo sociológico de Rousseau, basta leer las siguientes líneas, llenas de un candor, de una ingenuidad, que raya en lo seráfico: aun cuando todo el Sur llegara a estar lleno de repúblicas y todo el Norte de estados despóticos, no por ello sería menos cierto que, por efecto del clima, el despotismo corresponde a los países cálidos, la barbarie a los países fríos y la buena política a las regiones intermedias. (…) Cuanto más cerca del ecuador, con menos viven los pueblos. (…) Las mismas sensibles diferencias vemos en Europa en cuanto al apetito entre los pueblos del Norte y los del sur. Un español vivirá ocho días con una sola comida de un alemán. En los países donde los hombres son más voraces, el lujo existe también en las cosas de comer. En Inglaterra se muestra en una mesa llena de manjares; en Italia, os obsequian con dulces y flores. Lo del español comiendo ocho días con una sola comida del alemán es, realmente, de antología… Se ve que Jean-Jacques no conoció los guisos patrios: el cocido, la fabada, la escudella…

Coherente con su teoría del bien común y amante de la política grecolatina, sobre todo de la lacedemónica, por la que Rousseau sentía viva admiración, como compendio de las virtudes humanas en la administración del bien social, el filósofo del sentimiento opta por un sistema asambleario que permita un control individual estricto de la “ortodoxia” de la voluntad popular: además de las asambleas extraordinarias que ciertos casos imprevistos pueden exigir ha de haberlas fijas y periódicas sin que nada pueda abolirlas ni prorrogarlas, de tal modo que un día señalado sea el pueblo convocado por la ley sin que haga falta para ello ninguna otra convocatoria formal. Para Rousseau es evidente que desde el instante en que el servicio público deja de ser el principal interés de los ciudadanos y que prefieren servir con su bolsa antes que con su persona, el Estado se encuentra ya cerca de su ruina. (…) Desde el momento en que alguien dice de los negocios del Estado: ¿a mí qué me importa?, se debe saber que el Estado está perdido. Se trata, así pues, de un contrato de participación social, muy al estilo del de los traicionados círculos de Podemos, porque, alcanzada la representatividad y organizados como el resto de la casta, ¿qué diferencia hay entre los cerdos de Podemos y los humanos de la casta? Ya lo dice el propio Rousseau: como quiera que sea, desde el momento en que un pueblo nombra representantes, ya no es libre, ya no existe. Puede parecernos una “salida de tono” del ginebrino, pero todo El Contrato social está lleno de afirmaciones de esa naturaleza radical. Hay una proclamación casi deísta de la voluntad popular y Rousseau es su profeta, oscuro, como buen profeta, pero perfecto retratista de esa suerte de utopía que él construye a partir de las leyes y de la cesión gratuita de la libertad individual en aras del bien común. La lectura deEl contrato social es estimulante, porque Rousseau es un hombre apasionado, y salpica su texto constantemente de reflexiones morales de mucho provecho y no poco ingenio, así como de anécdotas que me ha recordado mucho la infinita facilidad y felicidad en el arte de la cita oportuna del maestro indiscutible que es  Fernando Savater: Dicen que los charlatanes del Japón despedazan a un niño a la vista de los espectadores; luego, echando al aire todos sus miembros uno tras otro, vuelve a caer el niño vivo y entero. Tales son, aproximadamente, los juegos de manos de nuestros políticos; después de desembrar el cuerpo social con una prestidigitación digna de feria, vuelven a juntar las piezas no se sabe cómo. Lo que sucede igualmente en este apunte antropológico de inestimable valor y absoluta verdad: Una vez establecidas las costumbres y los prejuicios arraigados, es empresa peligrosa y vana querer reformarlos; el pueblo no puede siquiera tolerar que se toque a sus males para acabar con ellos, como esos enfermos estúpidos y sin valor que tiemblan al ver al médico. A pesar de sus extravíos doctrinales, desde el punto de vista de la praxis es evidente que a Rousseau no se le escapan ciertas realidades que siguen teniendo vigencia en nuestros días, como ha puesto de manifiesto Piketty en sus estudios sobre la desigualdad de las rentas: Si queréis, pues, dar al Estado consistencia, aproximad los grados extremos todo lo posible, no toleréis ni gentes opulentas ni pordioseros. Estos dos estados, naturalmente inseparables, son igualmente funestos al bien común. Prefiero acabar, con todo, con la interpretación aguda y paradójica del clásico por excelencia de la politología: Maquiavelo: Fingiendo dar lecciones a los reyes, las da muy grandes a los pueblos. El Príncipe, de Maquiavelo, es el libro de los republicanos.

 

Autor- Juan Poz

Juan Poz forma parte del elenco de escritores que da forma semanalmente a Ataraxia Magazine. Puedes seguirle en Twitter como @JuanPoz9  y en sus excelentes páginas de crítica cinematográfica «El Ojo Cosmológico de Juan Poz» y literaria «Diario de un artista desencajado»

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