Puño de hierro, mandíbula de cristal

Me permito la licencia de insistir en este asunto una vez más, aun a riesgo de hacerme pesado, pero creo que muchos de los que optan por la política como modus vivendi, nutricional, como vía de escape a su supina incompetencia, y como forma de medrar en la vida, han perdido el oremus, el Norte, el sosiego y la razón. Por completo.

​​Me permito la licencia de insistir en este asunto una vez más, aun a riesgo de hacerme pesado, pero creo que muchos de los que optan por la política como modus vivendi, nutricional, como vía de escape a su supina incompetencia, y como forma de medrar en la vida, han perdido el oremus, el Norte, el sosiego y la razón. Por completo. Lo hacen cada vez que atraviesan, con absoluto desprecio y evidente inconsciencia todas las líneas rojas que les salen al paso, y se enzarzan en rifirrafes que lejos de mejorar la vida de los ciudadanos la envenenan a base de bilis, provocando rubor y creando una atmósfera irrespirable.

Vamos al asunto, que la cosa está que arde. Irene Montero es, por antonomasia, el arquetipo áureo de esa clase de políticos con cargo estelar que termina convirtiéndose, por su discurso trufado de ponzoña, por su sectarismo reiterado, en algo que roza lo odioso. Si lo de odioso les suena duro de leer, lean aborrecible, o reprobable. Lo que quieran. Es lo mismo. No vaya a ser que desde la Mesa del Congreso me insulten y apaguen el micro. Porque se diría que estamos cada vez más cerca de un «Estado mordaza» orwelliano. Nos llaman al orden. Rectifiquen ustedes o abandonen la tribuna, porque los defensores de etarras no son filoterroristas, ahora son adalides de la democracia. O dicho de otro modo: el pan ya no es pan, ni el vino es vino. Y aunque sea blanco y vaya en botella, no es leche.

A lo que íbamos. Que conste que Irene no está sola. Siguiendo alborozados, y sandalia en mano, a nuestra Ninistra con cartera, ahí está Pablo Echenique, el cizañero motorizado especialista en andanadas envenenadas a babor y a estribor; o Mónica García, la médica y madre abrasiva que susurra odio a Isabel Ayuso a todas horas, y que tiene una pistolita de mano –ya saben: índice y pulgar en ángulo recto– con la que hace pim-pam-pum a todo cuanto mueve; también Alberto Garzón, el vendedor de gusanos y grillos fritos, caramelizados en salsa teriyaki, que nos salvará del apocalipsis climático mientras se zampa a dos carrillos chuletones de El Barco de Ávila; y por descontado, doña Ada Colau, la abejita zumbante, activista que hizo colmena y pudo reinar entre zánganos. Todos ellos, y unos cuantos más que aquí no me caben, son de manual; representan el abecé de la demagogia del chamarilero, la verborrea propia del sofista de tercera división regional. Una pandilla de fanáticos e indocumentados con ínfulas de catedrático. Pero la reina de las nieves es, no les quepa duda, Irene Montero. Se lo ha ganado a pulso.

Creo que nadie ignora –porque nadie con dos dedos de frente puede ser tan zoquete como para no verlo y admitirlo– que en todos los partidos, a izquierda y a derecha, cuecen habas. No nos equivoquemos, que no es esta solo una actitud y un problema intrínseco de la izquierda más deplorable, maledicente y descerebrada. En esta tómbola hay premios para todos. Para el nene y la nena. Pero es innegable que si hay que elegir, por su praxis reiterada, por su forma de hacer, y decir, y señalar, y acusar, y maldecir, y estigmatizar al prójimo, que Irene y sus felices podemitas –y el resto de formaciones a la izquierda del PSOE–, baten récords y ganan al resto por goleada. Son peor que el gas Sarín de la supremacía moral. Cada vez que abren la boca nos dejan a todos verdes, viendo estrellitas y con los pelos de punta.

A ver, vayamos por partes… De ser yo Carla Toscano, la diputada de Vox, habría evitado a toda costa –como periodista que ya peina canas y se lo mira todo desde el burladero– la invectiva de la que se sirvió a la hora de ironizar acerca de las pocas luces, bagaje intelectual y sesera de la Ministra de (des)Igualdad. Dar respuesta a la inaceptable descalificación de Montero de que los jueces son una pandilla de inútiles, machistas y heteropatriarcales a la hora de aplicar con coherencia la ley del «Sólo Sí es Sí» –cuando escribo estas líneas diez condenados por delitos sexuales han sido excarcelados y casi cincuenta han visto rebajadas sus condenas gracias a una ley llena de agujeros de gusano–, recriminándole que en su caso su único «y muy profundo» conocimiento y experiencia es Pablo Iglesias, está fuera de lugar. A mí me hizo rememorar aquella película taquillera del cine porno, protagonizada por la pornstar Linda Lovelace, llamada «Garganta Profunda, volamos hacia Moscú»… ¿Se titulaba así, no?

¿Era necesario bajar de los palacios a las cabañas del intelecto para evidenciar que nuestra Ministra está donde está no por méritos sino por sus muchos trágalas y genuflexiones? Diría que no, porque cebarse en algo que es de dominio público se me antoja penoso y vil; roza el mal gusto y no tiene nada de original. Además, a la vista está, logra que una insoportable «Pucheritos de Berjusa» acabe convirtiéndose en una Juana de Arco camino de la hoguera en Rouen, una víctima sin arte ni parte en el desastre que ha propiciado. Ahí tienen, ahora mismo, a Echenique, acusando a todo hijo de vecino de participar en una cacería vomitiva contra Santa Irene, doncella de Galapagar.

Lo mejor ante fanáticas de ese calibre es enfrentarlas al espejo de su supina estulticia y alelamiento, y siempre con guante blanco y de seda. La negativa a descender al lodo debería diferenciar la forma de hacer política entre unos y otros; sabiendo como sabemos que nos enfrentamos a una horda de cenutrios cum laude que ha llegado tarde y mal a la Historia: sin discurso alguno, sin ideas, sin Guerra Fría, sin Muro de Berlín, y sin Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. De ahí que necesiten subsistir a base de exhumar a dictadores que ya a nadie le importan un maldito bledo; a base de revisionismo histórico e hispanofobia vergonzosa; a base de fomentar el odio a la familia, como núcleo esencial de la sociedad; a base de reivindicar a todas horas y de forma exasperante la diversidad sexual y la ginecocracia como nuevo orden social. Ante dialéctica semejante casi sería mejor subir a la tribuna y espetarle a la Ministra, siquiera retóricamente: «¿Cuándo dejará usted de odiar a los hombres?; ¿cuándo respetará la presunción de inocencia de los hombres y admitirá que las mujeres no son siempre seres de luz?; ¿cuándo abandonará esa repugnante misandria que la caracteriza?; ¿cuándo aprobará una ley que garantice la patria potestad igualitaria, y la custodia compartida entre progenitores en caso de separación? ¿Cuándo…?

Sí, ya sé, ya sé, les oigo en lontananza reír a mandíbula batiente… Es verdad. De poco o de nada servirá esa táctica destinada a evidenciar las tremendas contradicciones en que incurre gente así. Porque se han apoderado del discurso, son superiores, son dueños de la nueva moral y de la nueva ética, son los árbitros de la elegancia. Y usted y yo unos malditos fascistas.

Si en lo referido a las agresiones sexuales a alguien del PP se le ocurre recomendar a las mujeres –en una campaña en Galicia y en Madrid– ser precavidas, ir con prudencia y tiento, y evitar el exceso de copas en noches de parranda, se encontrará, por toda respuesta, que su comentario no solo reprime el derecho de la mujer a volver a casa sola, borracha como una cuba y haciendo eses, sino que promueve la cultura de la violación. Toma ya. Cultura de la violación. Es exasperante, tremendo, desolador. Mientras tanto, en el Ministerio de (des)Igualdad se gastan un millón de euros en una campaña que pone a parir al machista de Pablo Motos por preguntarle a Elsa Pataky, en medio de una entrevista en la que ella promocionaba lencería femenina para una conocida marca, si prefería meterse en la cama con lencería cómoda o sexy… ¡Sacrilegio, infamia, machismo!

Al lado de los de Podemos, el dominico Torquemada era un imberbe de mucho cuidado. Son la inquisición, el totalitarismo, la dictadura de extrema izquierda, la demagogia, la incultura y la sinrazón marxista. Gracias, Pedro Sánchez. Estaban hundidos, en las últimas, aferrados a la Balsa de Medusa, y les insuflaste oxígeno por un tubo. Olé tus huevos. No pasarás a la Historia por exhumar a una momia que nada representa para nadie, sino por rodearte de una cohorte de mentecatos que ningún bien ha hecho a nadie.

Podemos es ese partido que llegó a la política en época de indignación y desastre económico colectivo, dispuesto a regenerarlo todo. Pero pronto supimos en qué consistía lo que ellos entendían por «jarabe democrático»: básicamente descalificaciones, insultos, odio, acoso y derribo del disidente, escraches, hispanofobia, guillotina para el Borbón –atención: palabras de Montero–, azotes, nepotismo, chiringuitos y derroche a mansalva.

Decía Irene Montero que a la política se debe venir bien llorado de casa, dispuesto a todo, preparado para lidiar con la adversidad del día. Pero lo único que ha demostrado es ser una empecinada de puño de hierro y mandíbula de cristal de Bohemia. De ese cristal de mírame y no me toques, que me descompongo, sollozo, hago pucheros, gimo, me hago añicos y sale la arpía que me habita.

JULIO MURILLO

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