Levantarle el velo a la democracia

La protesta de las mujeres iraníes contra la tiranía islamista nos puede servir como acicate no para «levantar el velo» a las mujeres occidentales, sino para alzar el de nuestro sistema político.

La doctrina del «levantamiento del velo»

«Levantar el velo» es un símbolo de libertad para las persas y también una doctrina jurisprudencial originaria de Norteamérica, creada en el siglo XIX con la finalidad de evitar que las personas jurídicas (las sociedades mercantiles) sirvan para burlar la ley o quebrantar obligaciones contractuales.

Su recepción en España bajo esta denominación no se produce hasta la sentencia del Tribunal Supremo de 28 de mayo de 1984, donde se dice lo siguiente: «se ha decidido por aplicar la tesis y práctica de penetrar en el «substratum» personal de las entidades a las que la ley confiere personalidad jurídica propia, con el fin de evitar que, al socaire de esa ficción o forma legal, se puedan perjudicar intereses privados o públicos o bien ser utilizada como camino del fraude, admitiéndose la posibilidad de que los jueces puedan «levantar el velo jurídico» en el interior de esas personas cuando sea preciso para evitar el abuso de esa independencia en daño ajeno, es decir, para impedir un mal uso de su personalidad». 

En definitiva, si una sociedad mercantil se utiliza como mecanismo de fraude, el Juez puede entrar a conocer los dueños reales («descorrer el velo de las personas jurídicas») para evitar que éstos actúen contra el Derecho impunemente, en los casos en los que la estructura corporativa es una “mera fachada”, esto es, cuando se interpone la forma societaria para eludir la responsabilidad de los propietarios de la empresa en la comisión de un fraude. 

                       La democracia como velo antidemocrático

Huelga decir que esta doctrina jurisprudencial cabe aplicarla a cualquier sistema político, pues el hermetismo que rodea el funcionamiento del poder (la «razón de Estado») es una fuente de abusos constantes que sólo con mayor transparencia se puede controlar.

Pero no vamos a ocuparnos tanto de lo que oculta el velo sino del velo mismo.

¿Qué significa? ¿cuál es su función?

Etimológicamente, procede del latín «velum», cortina o tela que cubre algo sin ocultarlo totalmente, con la finalidad de esconder sus rasgos más polémicos o descarados porque el velo dulcifica lo real.

En términos teológicos, separa al hombre o al mundo de Dios.

Por analogía, el velo es lo que separa al Estado del pueblo.

Y lo que separa a los ciudadanos del Estado es, precisamente, la democracia, el sistema de elección de políticos mediante votación popular, que vela con sus ideales de soberanía nacional la realidad del Poder oligárquico y demagógico.

La democracia no es el instrumento que garantiza el cumplimiento de la voluntad general, sino la nube que disimula la servidumbre.

Baste como prueba escuchar a los políticos que, por ejemplo, suben los impuestos o cercenan las libertades del pueblo que les vota argumentando que es lo que quiere el pueblo que les eligió.  

La democracia como creencia

La pregunta es por qué no se levanta el velo del sistema político, por qué se nos advierte que es mejor bajar la cabeza en presencia de un político elegido por el pueblo si no queremos ser calificados de fascistas.  

La diferencia entre levantar el velo de las sociedades mercantiles y el velo de las dizque democracias es que a las empresas se las ha deslegitimado, carecen de autoridad, pues ya no son valoradas como organizaciones que descubren necesidades sociales y las satisfacen movidas por el incentivo del beneficio. No. Las sociedades mercantiles han pasado a ser consideradas como simples mecanismos del fraude (a los trabajadores, al Estado…).  

¿Pero cómo deslegitimar aquello que nos permite ufanarnos de nuestra condición de ciudadanos que eligen a su Gobierno y pueden destituirlo?

El velo democrático no se levanta porque es lo que nos hace creer en el mito de la soberanía de la voluntad popular, y su prestigio de cosa sagrada quedaría destruido en cuanto se alzase el trapo.

El paisano que vota lo mismo una y otra vez, por corrupto que sea su beneficiario, en elecciones cuyos resultados son publicados cuatro semanas después de celebrarse (ver USA) lo hace por pura autoafirmación.

El elector que repite partido político sin recibir a cambio más que nuevas exacciones y menos libertades, lo hace porque tiene fe, más allá de que ésta se vea desmentida siempre.

Si tuviéramos conciencia de que la democracia es una mera pantalla al servicio del fraude nos sabríamos siervos, y semejante ofensa es mejor obviarla, no vaya a ser que tengamos que empezar de cero.

La mayoría del pueblo no ignora lo que está detrás del velo, de la misma manera que tampoco desconoce que la cortina de su hogar oculta un barrio mejorable.

Pero si el sistema político está corrompido y el velo democrático lo  encubre, el mismo velo les permite a los votantes mantener la creencia de que sus ideas sobre el ejercicio real del Poder no lo están.   

Aun así, como sé que sin levantar el velo de una democracia que no lo es estamos perdiendo el tiempo, tiré la primera piedra, alcé la gasa y me caí del guindo contemplando la pura realidad: no gobierna el pueblo, nadie me representa, soy un don nadie para la oligarquía a la que mantengo.

Y sí, perdí mis creencias, pero gané mi tiempo.

JORGE SÁNCHEZ DE CASTRO CALDERÓN

Puedes seguir a Jorge Sánchez de Castro Calderón en Twitter y también en su blog «El único Paraíso es el fiscal»

Estuve en la Facultad de CC. Políticas de la Complutense antes que Pablo Iglesias. Allí vi a gente de lo más variopinta… Un miembro de la Casa Real; un magistrado del Tribunal Supremo, que me anunció dónde iba a llegar, y hasta un gran maestro marxista que mudó en consejero «black». También conocí a Tocqueville, a Marx, a Maquiavelo y al sabio español Dalmacio Negro. Incluso a Kelsen y Carl Schmitt, cuya disputa intelectual creo que ganó Don Carl. Si con esto no les basta, les invito a entrar en Ataraxia Magazine o en mi página «El único paraíso es el fiscal».

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