El metaverso del estado de bienestar

Para saltar de un modelo a otro basta con un clic. De hecho de un día para otro se tuercen las cosas por cualquier motivo y terminas rellenando formularios en los servicios sociales y una amable trabajadora social te acredita como vulnerable.

Para saltar de un modelo a otro basta con un clic. De hecho un día para otro se tuercen las cosas por cualquier motivo y terminas rellenando formularios en los servicios sociales y una amable trabajadora social te acredita como vulnerable.

Una mala experiencia laboral, una repentina enfermedad, un traspiés financiero y el mundo tal y como lo conocemos se viene abajo. El techo de cristal infinito al que jamás pensaste que llegarías pese a no tener tope, gracias a las mil y unas oportunidades que la vida y el capitalismo te ofreció, se rompe y se te cae encima hecho añicos en un instante.

La tan manoseada clase media comprendida de manera ficticia entre aquellas unidades familiares que ingresaban al menos 2.700€ al mes (con una media de cuatro integrantes), ya no sólo ve cómo pierde poder adquisitivo un día sí y otro también simplemente comprando refrescos y snacks, sino que el mero planteamiento o la simple necesidad de cambiar de teléfono móvil cada dos años o de vehículo cada cinco culmina sacando al churumbel del futbol, o a la nena de sus clases de baile y claro… este traspiés genera tal estrés, que rompe los esquemas de cualquiera. Ese primer paso hacia la pobreza para el que la mayoría de la gente no está preparada, no tiene precio. Prescindir de estos servicios hasta ahora básicos, no sólo nos coloca de golpe ante nuestra triste realidad sino que además, frustra las esperanzas de los papás; esos  niños eternos que trasladan sus sueños en sus pequeñas y repelentes réplicas, tratando de batir así sus propias metas y decepciones.

En otras ocasiones cuando es una enfermedad la que te expulsa del mercado laboral y te arruina como ser humano -como hay miles de casos-, la sensación de necesitar estar muerto entiendo que a veces te arrolla haciéndote menguar exponencialmente hasta límites insospechados. La obligación de reinventarse y renacer de tus propias cenizas con una nueva y humilde personalidad, necesariamente más férrea ante la cruda revelación de nuestra propia debilidad, se hace indispensable para soportar la vida. Respecto a este colectivo, la manipulación es tal que unos se presentan como sus salvadores innatos, ofreciendo miserables ayudas y otros imitan los procedimientos defendiendo que eso es posible además bajando impuestos a todos.

Si el golpe sobreviene por malas elecciones financieras como por ejemplo cuando se nos habla de la ruina de los “criptokers”, podría hasta provocarnos al resto de los sufridores cierta vergüenza ajena y compasión. Este club y otros de sobrados caídos en desgracia, la mayoría de las veces por su propio egoísmo y falta de empatía, sin embargo también han logrado que nos duela en el alma, y así y por estas nos tienen enfrascados a los unos y los otros defendiendo a los ricos para que no les suban o  bajen los tramos del IRPF.

En definitiva cuando por el motivo que sea lo que sucede simplemente es que se pierde el empleo y el tiempo se echa encima y alguien, sin tu permiso te descataloga para seguir activo, la peor cara del Estado del bienestar llama a tu puerta como los de AVON. La descarnada espera para obtener la categoría social de parado tras lograr esa increíble cita te denigra hasta los huesos. Esa fría demostración de indiferencia que el Estado te demuestra te pone en el paredón de los zombis. Pasas de lleno a esa multitud de buscavidas que como “el ratilla del Lazarillo” aprende a golpes a sacar de donde no hay para seguir viviendo en la mentira un poco más, mientras compruebas como va bajando el saldo de las cuentas corrientes.

La pandemia, los ERTES posteriores, el atasco en la economía, la tontería desarrollada por la Unión Europea y desarrollada hasta límites insospechados por el actual Gobierno lleno de felones, han generado miles de inútiles que en las empresas han dejado de preocuparse por su propia actividad, pensando solo en reciclar su existencia recibiendo subvenciones que nadie sabe como pedir, para compensar groseramente sus cuentas de explotación, sin vender un “saci”.

Puntos de protección al colectivo LGTBI dentro de almacenes de construcción o material de oficina, como si “ser o no ser, esa es la cuestión» fuera escrito en la frente (que a veces sí…), está pasando. Tal memez terminará provocando que algún día pite el detector de gays o lesbianas al entrar y el vigilante empático ya no te seguirá para que no robes, sino para protegerte por si eres esto o aquello mientras las alimañas que todos sabemos arrasan el local. 

Por seguir citando idioteces, abundan las compañías que, por ejemplo, alquilan máquinas industriales y vehículos de toda condición que alardean de plantar árboles para compensar lo que sueltan sus máquinas por los tubos de escape, pero luego nadie sabe dónde los plantan. Y de remate tenemos a las bienaventuradas empresas que anuncian trabajo especialmente para mujeres -como si eso fuera algo extraordinario-, puntuando doble si llegas maltratada. En fin…

Esta cantinela buenista ya es algo establecido en nuestro país. Que alguien normal pase a ser catalogado como cafre del sistema (vulnerable), otorga un bonus extra (pero solo por ser sufriente) al empresario gracias a la posibilidad de recibir subvenciones, primando la contratación de ese colectivo cada vez mas grande por la decadencia del Estado del bienestar. El «no va más» ha sido que una mujer maltratada además de serlo -que ya es triste- también sea considerada dependiente (del Estado), y por lo tanto doblemente subvencionable.

La subvención como solución a la desgracia sobrevenida al individuo por el propio sistema injusto, lo ayuda y denigra a la vez. Lo convierte en un pobre de solemnidad con escasas posibilidades de salir del bucle fatal, a la vez que alimenta su capacidad de odiar a los demás que no corren su misma suerte. Sencillamente y por desgracia son como los hamster agobiados de por vida mientras corren enloquecidos girando sin parar en la rueda de su jaula, eso sí: ahora ya, solo gracias al Estado clientelar que le proporciona las dos pipas gordas que siempre llevan en los mofletes. 

Y el cafre (dicho con todo el cariño) solamente saldrá adelante gracias a su determinación, coraje y un punto de suerte. Solo así será posible que resurja y salga del círculo vicioso al que por la cara lo han invitado y descaradamente lo han hecho actor principal.

Eso sí, pasado el mal trago y maltrato -administrativa y políticamente hablando-, gracias y con la excusa del virus chino (también conocido como covid19), ahora y en los mejores cines tenemos: “La guerra de Putin y la madre que los parió”, “Vamos a morir todos porque hace calor”, “Las mil y una hipotecas variables”, «El edredón gordo, ande o no ande», «Niño apaga la luz» y el clásico: “Si te ha pillao la vaca: jódete, jódete…”.

FRANCISCO GÓMEZ VALENCIA

Puedes seguirle en Twitter en la cuenta @Sr_Gómez

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan.

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