Barcelona, la Ciudad y los Bárbaros (de Cavafis)

Con las primeras luces del otoño regreso y vuelvo a hollar, aunque cada vez con menor frecuencia, las calles de la ciudad… Esa derecha del Ensanche barcelonés que fue mía durante más de media vida; una cuadrícula perfecta trazada con tiralíneas en la que descansan insepultos miles, decenas de miles de recuerdos...

«La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles. / Y en los mismos suburbios llegará tu vejez; en la misma casa encanecerás. / Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques –no la hay– ni caminos ni barco para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra.»

«La ciudad» Constantino Cavafis

Con las primeras luces del otoño regreso y vuelvo a hollar, aunque cada vez con menor frecuencia, las calles de la ciudad… Esa derecha del Ensanche barcelonés que fue mía durante más de media vida; una cuadrícula perfecta trazada con tiralíneas en la que descansan insepultos miles, decenas de miles de recuerdos. Y al hacerlo suele embargarme una indescriptible melancolía, que no es, ni por asomo, ese imprescindible «bocado de tristeza» que según Baden Powell y Vinícius de Moraes se requiere a la hora de «hacer una samba con belleza».

No. La melancolía que me invade, cuando sin rumbo ni propósito deambulo por mi querida, vieja, y antaño acogedora Barcelona, es esa melancolía saturnal, de Saturno, plúmbea y magnética; esa melancolía que arrebataba sin previo aviso el ánimo de Marsilio Ficino, el humanista, entre traducción y traducción, en la Florencia renacentista de Cosme «El Viejo», y lo transportaba hasta las estrellas, lejos del mundo. De poco me sirve, por sinapsis, recordar que Platón aseveraba que la melancolía es un furor divino que brota del corazón cual dios poseso, buscando caminos ajenos a la tierra. Antes prefiero aferrarme a la definición de Aristóteles, que consideraba la melancolía como un don singular, único, ligado a la profundidad del intelecto; un don que empuja a la conciencia a darse de bruces con nuestra condición real. El filósofo de Estagira apostillaba que aquellos seres que jamás han conocido la melancolía son absolutamente insignificantes.

Me alegra saber que no soy del todo insignificante, pese a mi nula importancia. Sólo soy un ciudadano más, de regreso, con las manos enfundadas en la gabardina que me he puesto porque hoy amenaza lluvia. Vagabundeo por esa ciudad siempre presente, que me persigue, como aseguraba a guisa de estigma Constantino Cavafis, el poeta griego. O si lo prefieren, en referente más próximo, por esa «arboleda perdida» de Rafael Alberti que todos llevamos en el alma. Ahí está Barcelona, viendo pasar el tiempo. Sigue ahí en lo esencial, en lo físico –hollable tridimensionalidad euclidiana–, pero es otra, bien distinta y diferente a la ciudad que vive en mi memoria. Y busco y rebuscó con avidez, en cada esquina, la magdalena evocadora, envenenada, que al ser mordisqueada me devolverá a un tiempo perdido, que se fue para no volver.

Atravieso –permítanme usar el nomenclátor que este pobre e inofensivo fascista atesora– por la confluencia de las calles Diputación y Lauria. En una esquina había una cordelería en los años sesenta, ubicada en un semisótano en el que años después abrió sus puertas el bar Europa, donde servían a diario incontables platos de jamón canario recién cortado, con pan tierno con tomate, que los parroquianos se disputaban. En la esquina superior se situaba la mejor panadería del barrio. Veo a su dueño abrir camino a la gente, a golpe de pala, despejando el acceso durante la monumental e histórica nevada de la Navidad de 1962 que paralizó a toda la ciudad, para que nadie se quedara sin su hogaza. En la tercera esquina, el droguero, que era clavadito al Manolito de Mafalda y su cajón, pero alto y corpulento como una torre, vendía, entre kilo y kilo de detergente en polvo, radios y relojes de estraperlo que conseguía en Canarias. En la cuarta esquina abrió puertas la redacción de El Noticiero Universal. Los vendedores ambulantes lo ofrecían por las calles voceando una letanía monocorde, siempre en el mismo orden: «¡El «Sierooo», La Prensa, el Diceeen, el Tele/eXpress, la lista de la loteríaaa!».

Una esquina más abajo, el imberbe que yo era escudriñaba con los prismáticos de su abuelo el desembarco de celebridades en el Hotel Ritz –ahí estaba un jovencísimo y encantador Roger Moore con su flamante esposa, Louisa Mattioli— con motivo de la entrega de Los Premios Ondas (¿los recuerdan?), mientras el tranvía que giraba hacia Lauria desde el lateral de la Gran Vía perdía, para variar, la catenaria por lo cerrado de la curva.

Son miles de recuerdos los que suscitan esa melancolía que nos susurra quién somos y de dónde venimos. Se suceden como en una moviola… El aroma de las cocas recién horneadas en pastelerías y tahonas que emborrachaba la calle; el vuelo de las faldas azules, plisadas, de las chicas de Lestonnac al salir de clase, cuando los buscavidas de los Escolapios de Diputación las esperábamos para invitarlas a jugar al futbolín y ligar; la bolera del cine Novedades; las sesiones de tarde bailando en Don Chufo o en Metamorfosis; los programas dobles los sábados en el cine Capitol; la caravana de Seat 600 y 850 camino de la playa de Castelldefels los domingos; el encantador buey de madera a la entrada de Radio Barcelona, en la calle Caspe, emisora desde la que Constantino Romero, Ángel Casas –¡Adiós querido Ángel, fue un honor trabajar contigo!– y Rafael Turia nos descubrían el American Pie de Don McLean; las huelgas de la facultad de Ciencias de la Información, y las manifestaciones tras la muerte del dictador en las que vociferábamos inconscientes «llibertat, amnistia i Estatut d’Autonomia!» sin intuir las consecuencias que suponía esa reivindicación.

Melancolía. Sí, mucha. Incluso por los errores cometidos. Pero la linde de la añoranza termina con esa flecha, en impecable y bellísima parábola, de Antonio Rebollo prendiendo el pebetero de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, cuando toda España gritaba hasta la afonía apoyando a una Cataluña que durante años había sido orgullo y locomotora de las aspiraciones de todo un país.

Más allá de esa frontera se extiende un páramo en el que la melancolía cede paso a la tristeza trocada en ira. No me detendré en hechos que preferiría olvidar. También les pertenecen a todos ustedes. Hagan el ejercicio y rememoren en vertiginoso fast forward… La sierpe nacionalista incubó sus huevos. Eclosionaron uno a uno, poniendo fin a la Barcelona y a la Cataluña tolerante, abierta, vibrante, felizmente mestiza, poblada por «pijosaparte», verbenas, rumbas y fraternal pluralidad; se desvaneció la ciudad prodigiosa de Carmen Balcells, Gabriel García Márquez y Vargas Llosa; emigraron de forma masiva discográficas y editoriales; se dictaron imposiciones lingüísticas; fuimos testigos de la claudicación, a derecha e izquierda —José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero–, de los gobiernos de la Nación, vendiendo su dignidad por dos platos de lentejas sin chorizo; tras el reinado de Jordi Pujol ocuparon el Trono de Hierro sus inmundos sucesores, Artur Mas, Carles Puigdemont y Quim Torra; se han cumplido diez años de Procés, odio y ruptura social irreversible, y cinco años de un golpe de Estado en toda regla. Y a tanta felonía totalitaria y sinrazón autonómica sumen el nefasto gobierno municipal de su capital y principal referente, Barcelona, con una alcaldía gobernada por un populismo de república bananera liderado por Ada Colau, una agitadora de poca monta, corta de luces, mediocre y vulgar, que se lo echa todo a la espalda con tal de seguir zumbando y libando de flor en flor.

Cataluña y Barcelona llevan años atrapadas en un bucle, en una cinta de Moebius, en un Maelstrom gigantesco que lo engulle todo, incapaces de sustraerse a su inexorable decadencia.

A nivel autonómico ERC ha abrazado la fe posibilista de la vieja Convergencia; ya saben: poder, cargos y pájaro en mano –”¡Y, ah, sí, una Ley de Claridad, al punto, vuelta y vuelta!” ruge Pere Aragonès, el alfeñique que logró reinar–, mientras que sus socios de gobierno, esos burgueses enajenados de extremísima derecha, adoradores de Puigdemont y de Laura Borràs –¡pero ya no tanto, no jodamos!– abogan por una radicalidad máxima que ya ni la CUP ni sus descerebrados alevines de Arran propugnan. Ahí los tienen, sacando pecho palomo, dispuestos a quemar Troya, amenazando con dejar caer, y perdiendo acto seguido sus sueldos millonarios –cosa que no se creen ni ellos pero que queda bien– al Govern de la Generalitat, que de ir mal dadas (y así parece que va a ser finalmente, tras las votaciones de los afiliados y mamporreros de Puigdemont y Borràs), lo fía todo –porque para eso siempre hay tontos útiles tras cada cortina– a la mano tendida de Salvador Illa (PSC) y a los Comuns de Colau y Podemos.

Y en lo referido a Barcelona –mi Ciudad, su Ciudad, eco friendly, feminista, globalista 2030– repasen ustedes la prensa y tiemblen… Asaltos a punta de navaja, inseguridad y robos, vandalismo, muertes, okupas, manteros, drogas, invasión de estadios de fútbol, ratas y suciedad. Y una política municipal encaminada a amargar y complicar hasta el infinito la vida a cuantos crean empleo y riqueza y a cuantos la habitan, empresarios, comerciantes, hosteleros, negocios de restauración, conductores…, y a ponérsela muy fácil a decenas de miles, a cientos de miles de «contribuyentes futuros». Recuerden las palabras de Colau en su pregón de las Fiestas de la Mercé –que acabaron como el rosario de la aurora–, animando a firmar una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) que pretende regularizar a medio millón de sin papeles. Medio millón. Una minucia.

Barcelona y Cataluña llevan años pidiendo a gritos algo, o alguien, que las salve de sí mismas, de su estulticia, provincianismo, entropía y cortedad de miras. Quizá necesitaríamos que los bárbaros –protagonistas de otro célebre poema de Constantino Cavafis– irrumpieran en tropel, en incontenible horda; que nos invadieran, arrasaran y redimieran de nuestra propia necedad, instaurando sobre las ruinas de nuestro palmario fracaso como sociedad, un orden nuevo, el que sea, cualquiera, porque peor que el de ahora no será… Pero, ¡ay!, mucho me temo que esos bárbaros, que serían la socorrida solución a nuestra indigencia e ineptitud, al igual que el eternament esperado Godot de Samuel Beckett, nunca llegarán. Estamos solos. Muy solos.

JULIO MURILLO

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