Trintignant

Un maravilloso, detallado, emocional y emocionante repaso a la carrera de uno de los actores y directores más importantes y extraordinarios de la historia del séptimo arte. El irrepetible y ya añorado Jean-Louis Trintignant

UNO

Eaux profondes (1981) es una adaptación cinematográfica de la novela Mar de fondo (Deep Water, 1957) de Patricia Highsmith. El film se rodó en un momento en que en España la popularidad de la escritora norteamericana estaba por las nubes, una de las muchas razones por las que nunca entendí que la película no llegara a estrenarse en las salas de nuestro país, siendo además como fue un éxito de taquilla en Francia. Hay que añadir que supuso el reencuentro entre el director Michel Deville y el actor Jean-Louis Trintignant, que años antes nos habían deleitado con una comedia deliciosamente cínica y perversa titulada El trepa (Le mouton enragé, 1974) y que en su momento cosechó un llamativo éxito por estos lares. Otra razón que invita al desconcierto es que la pareja del gran Trintignant es Isabelle Huppert, lo que debería haber hecho babear a cualquier aficionado a los grandes duelos interpretativos, pero en la década de los ochenta la relación de nuestros distribuidores y exhibidores con el cine francés era caótica y a menudo tenía uno la impresión de que lo que se estrenaba había sido elegido a boleo.

Es milagroso, por ejemplo, que un tipo como Daniel Auteuil se haya hecho popular en España, ya que fue en esa época cuando se impuso como un inmenso actor al interpretar al pobre desgraciado de Ugolin en la vistosa y muy estimable adaptación que hizo Claude Berri de L’eau des collines de Marcel Pagnol, superproducción que aquí fue muy mal promocionada y pasó sin pena ni gloria. Pero volviendo al film de Deville, espero que los afortunados que la han visto estén de acuerdo conmigo en que el cara a cara en la cumbre no decepciona. La primera secuencia tiene lugar en una fiesta que dan los notables de la isla de Jersey, donde transcurre la acción, y nos trae aromas del Chabrol más ortodoxo, ya que en ella, en medio de una burguesía provinciana y aburrida, llama la atención una mujer (Huppert), que se dedica a toquetear sin disimulo a su pareja de baile, a dejarse manosear por él sin recato y a celebrarlo con sonoras risotadas para mayor incomodidad de los presentes. Uno de los invitados aborda a un hombre silencioso (Trintignant) que desde un rincón no aparta su imperturbable mirada de la indiscreta pareja. El invitado comenta que con gusto «le haría un favor a la guerrera esta», a lo que nuestro mirón, si podemos llamarlo así, le responde que es su esposa. «¿No le molesta que su mujer se exhiba así en público?», le pregunta entonces el turbado graciosillo, única manera que se le ocurre de superar la metedura de pata. Sin perder la calma ni apartar la mirada de su mujer, el marido le contesta que no, pero añade «siempre y cuando el hombre me caiga bien». «¿Y si no le cae bien?». Entonces, contesta el marido mirando fijamente a su interlocutor, lo mato, tras lo cual sonríe con una de las más hermosas, encantadoras y seductoras sonrisas que habrán ustedes visto en una pantalla.

DOS

Jean-Louis Trintignant se definió siempre como un tímido incurable y cada vez que tenía ocasión subrayaba que cuando se desplazó a París desde su Provenza natal con intención de convertirse en actor no tenía la menor confianza en sí mismo a causa, precisamente, de su timidez y también de su acento provenzal. Entre coqueto y pudoroso solía confesar que se consideraba muy mal actor y le costó lo suyo aprender a interpretar como Dios manda, cosa que según él consiguió en apenas diez o doce películas de su extensa filmografía, una de ellas, precisamente, Eaux profondes. Iluminado en su juventud por el descubrimiento de Molière y Shakespeare, enamorado desde siempre de la poesía de Prévert, Aragon y Apollinaire, decidió subir a París para estudiar arte interpretativo con el prestigioso Charles Dullin, al que había visto resplandecer en una representación de El avaro, y ver si podía así superar su timidez enfermiza. Se veía en un futuro como actor teatral y director de cine, pero con el tiempo, tras realizar un par de largometrajes en la década de los setenta que no funcionaron en absoluto, se dio cuenta de que carecía de la autoridad necesaria para guiar un equipo de rodaje y prefirió concentrarse en su ya por entonces fulgurante carrera de actor.

Pero volvamos al principio. Sin pretenderlo, alcanzó el estrellato casi de inmediato gracias a Y Dios creó a la mujer… (Et Dieu créa la femme, 1956), la escandalosa cinta de Roger Vadim que se convirtió en un fenómeno mundial e hizo de su protagonista, Brigitte Bardot, uno de los mayores iconos eróticos de la historia del cine y de todo el siglo XX. Su aire de ángel dulce, extraviado y desvalido hizo que BB sucumbiera a sus encantos y la pareja vivió un sonado romance que no dejó a nadie indiferente, especialmente a Vadim, que acabó divorciándose de la actriz. Poco después, el chico tímido se fue a la mili y desapareció, como si nunca hubiese estado ahí. Pero al acabar el servicio militar y, tras verlo en un Hamlet dicen que prodigioso, Vadim le volvió a llamar para darle un papel en Las relaciones peligrosas (Les liaisons dangereuses 1960, 1959), otro escándalo que dio la vuelta al  mundo. Lo que vino después, sobre todo gracias a la aparición de Claude Lelouch y Anouk Aimée en su vida, es historia.

TRES

¿Inventó el gran Georges Franju el giallo? ¿Se anticipó al no menos grande Mario Bava? ¿Fue Trintignant el verdadero primer protagonista de ese maravilloso género? Me lo pregunto porque si ven Focos sobre el asesino (Pleins feux sur l’assassin, 1961) se darán cuenta de que ES un fascinante giallo en estado puro, y no sólo eso. El chico tímido de provincias se desenvuelve en ella con una gracia y un desparpajo inauditos, entendiendo a la perfección la ligereza, el humor y la seriedad que exigía un género naciente aún sin nombre. Visionaria inteligencia la suya.

Y si me detengo en esta joya oculta y encantadora del autor de Los ojos sin rostro es porque en ella Trintignant ya sentaba las bases de su genio, el del chico bueno que sabe jugar perversamente con el Mal, aunque más adelante interpretaría a menudo a seres de moral dudosa, cuando no directamente malvados, pero siempre terriblemente humanos, o a hombres nobles que agarran al Mal por los cuernos y se enfrentan a él a riesgo de perderse en la batalla porque uno no está hecho de una pieza, oiga. Trintignant parecía disfrutar como un loco jugando sutilmente con la ambigüedad. Por eso te seducía con la más desarmante sonrisa al confesarte que era un asesino. Por eso te seducía hasta llevarte a donde no querías con su timidez como arma. Tal vez también por eso, en una noche esencial y mítica, Maud (Françoise Fabian) le desarma a él, que es muy inteligente, pero no tanto como para descifrar los secretos de las mujeres y sus contradicciones (en la pantalla, se entiende, porque en la vida real también amó a Romy Schneider, ese hechizo hecho mujer).

Trintignant estallaba de súbito cuando se enfadaba para calmarse luego con idéntica inmediatez, se sorprendía a sí mismo con un gesto brusco y efímero al descubrir lo que hasta entonces escapaba a su entendimiento o permanecía impasible al descubrir que la vida no te hace regalos. Economía de medios, lo llaman. Todo tan fugaz, tan arrebatador, tan profundo.

CUATRO

¡Qué hermoso es ver al inspector de policía Roger Borniche (Alain Delon) cautivado por la sencilla normalidad, la peligrosa humanidad, de ese monstruo sangriento y asesino que es Emile Buisson (Trintignant), que se pasea por el mundo con una granada en el cinto y asesina sin pestañear a quienes se interponen en su camino, todos unos enemigos y unos traidores! ¡Qué hermoso ver como un monstruo sagrado poco dado a la humildad se descubre ante el genio de otro monstruo con el que nunca antes había coincidido! ¡Qué injustos fuimos todos con Flic Story cuando se estrenó en España! No entendimos nada. Aún no estábamos preparados para disfrutar la sutileza. Nos pasamos la juventud admirando la grandeza de nuestros mitos sin darnos cuenta de que teníamos aún que aprender lo que es la verdadera clase. Menos mal que el tiempo ha hecho justicia. Con todos.

CINCO

Hubo un tiempo en que Trintignant fue una gran estrella francesa. Estaban Alain Delon, Jean-Paul Belmondo, Lino Ventura y él. Su mérito: hacer algún que otro polar con Jacques Deray, René Clément o Yves Boisset que funcionaba muy bien en taquilla y alternarlo con los grandes encuentros: Zurlini, Risi, Chabrol, Rohmer, Bertolucci, Scola, Truffaut… Nunca quiso ir a Hollywood, aunque aceptó participar en Bajo el fuego (Under Fire, 1983), supongo que por el carácter sandinista de la película, siendo él tan de izquierdas. Y tan generoso, porque en ella interpreta a un espía francés al servicio de la CIA que ordena asesinatos en masa sin dejar de conquistarnos con su sonrisa y soltando al final de la película, con absoluto convencimiento, un discurso que iba en contra de sus ideas personales pero que con el tiempo se ha hecho triste realidad. Siempre esa ambigüedad, siempre esa inteligencia, siempre esa lucidez, esa humildad. Siempre el genio.

A mediados de los setenta, decidió dar prioridad a sus otras inquietudes (el teatro, la poesía, el póker, las carreras de coches) y se bajó del carro del estrellato interpretando más papeles pequeños que protagonistas. Lo logró a medias, entre otras cosas porque si fue una gran estrella es por la sencilla razón de que fue un actor inmenso.

SEIS

Él lo sabía. El conformista (Il conformista, 1970) es la mejor película en la que he intervenido, decía. Bertolucci era grande e hizo una obra maestra, decía. ¿Por qué no hizo entonces El último tango en París? Por pudor, por miedo a exponerse en exceso, por temor a ir demasiado lejos y caer en el lado oscuro. Es un regalo que le hice a Marlon. Y sonríe. Tal vez hay papeles que te exigen demasiado, incluso todo. Sin duda, conocía sus límites. O creía conocerlos. Era introvertido, tímido y profundo, no lo olvidemos. Diez años después de su Hamlet prodigioso volvió a interpretar al personaje, queriendo darle más técnica, sofisticación y complejidad. Fracasó y volvió a caer en su inseguridad perpetua.

SIETE

DOS CONVERSACIONES

1

– Es una pena que no me haya llamado antes.

– ¿Por qué dice eso?

– Creo que yo hubiera estado estupendo en todos los papeles que usted mismo interpretó.

– ¿Ha visto La chambre verte?

– Confieso que no.

– Vaya a verla.

2

– He visto La chambre verte. Tenía razón, François, yo no lo hubiera hecho mejor.

François Truffaut no era actor, ni siquiera era un buen actor. Pero Jean-Louis Trintignant supo ver la verdad que se ocultaba tras ese talento limitado. Porque sabía escuchar. Había grabado horas y horas de poesía y novela en kilómetros y kilómetros de cinta magnética. Intimó como nadie con la dicción, el ritmo, la música del verbo y de la voz. Sabía exactamente cómo jugar con ellos, incluso cuando se equivocaba, como le dijo una vez Kieslowzsky una de las pocas veces que fue demasiado lejos, él, habitualmente tan temperado. Su voz era música y sabía escuchar la melodía de los otros. ¿Cómo iba el actor más sensible de Francia a dejar escapar la poesía del cineasta más tierno del mundo? Y así nació ¡Vivamente el domingo! (Vivement dimanche!, 1984), que no es la gran película de homenaje a Hawks que debía haber sido, no, y que, además, por desgracia, fue la última de su autor. Una oportunidad perdida. Oh, melancolía…

OCHO

La muerte atroz de Marie, el dolor que nunca desapareció. Era imposible. Ahora ha vuelto a ella.

NUEVE Y FINAL

El pasado 17 de junio se fue de este mundo un gigante cuya mayor grandeza consistió en hacerse pequeño y humilde para admirar discreta y amablemente la grandeza de los otros. Como cuando sugirió que en los billetes de 500 francos deberían haber puesto el rostro de Jean Carmet.

También se preguntaba a menudo qué méritos tenía él para haber compartido cartel con Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Alain Delon, Jean Rochefort, Ugo Tognazzi y tantos otros gigantes. ¿Cómo que qué meritos? ¿Le parece a usted poco, señor, haber sido uno de los actores más dotados para representar los claroscuros del ser humano? ¿Uno de los actores más sensibles, que sabía ser cercano y secreto a la vez, y que por ello fue uno de los actores más sublimes de la Historia del Cine? Permítame decirle que me he quedado huérfano de aquellos tiempos en los que aprendía la complejidad del alma a trompicones gracias a mi admiración adolescente por gentes como usted, que me enseñaron la elegancia de la sutileza y toda la belleza que encierra una sonrisa, que no es poca.

Jean-Louis Trintignant

(1930-2022)

JAVIER ARAZOLA

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Foto Ataraxia

JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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