El hilo fantasma

Antes de rodar sus películas de culto, Paul Thomas Anderson debutó con tres cintas que desconozco —el corto The Dirk Diggler Story (1988), el mediometraje Coffee & Cigarettes (1993) y el largo Hard Eight (1996) también conocido como Sidney, protagonizado por Gwyneth Palthrow y dos de sus actores fetiche, John C. Reilly y el venerable Philip Baker Hall— antes de saltar a la fama con Boogie Nights (1997)

PARTE UNO

MI VIDA CON PAUL

Antes de rodar sus películas de culto, Paul Thomas Anderson debutó con tres cintas que desconozco —el corto The Dirk Diggler Story (1988), el mediometraje Coffee & Cigarettes (1993) y el largo Hard Eight (1996) también conocido como Sidney, protagonizado por Gwyneth Palthrow y dos de sus actores fetiche, John C. Reilly y el venerable Philip Baker Hall— antes de saltar a la fama con Boogie Nights (1997), película idolatrada hasta la extenuación por generaciones de jóvenes que se han ido afiliando en los últimos años a la cinefilia, si es que esa filia aún existe.

Boogie Nights es un film brillante, vistoso, no exento de lucidez e inteligencia, a ratos muy divertido, no lo discuto. Pero donde todo el mundo vio una genialidad precoz y apabullante yo sólo vi a un chico dotado de un talento más que evidente pero demasiado empeñado en ser califa en lugar de califa, es decir, en ser Martin Scorsese en vez de Martin Scorsese. Largos planos secuencia calcados de Toro salvaje y Uno de los nuestros desfilaban ante mi escéptica mirada y unos oídos igual de escépticos, ensordecidos por los admirativos y elogiosos aplausos que me rodeaban. Yo me limité a decir: me quedo con el original. De momento, Paul Thomas Anderson me parecía, tan sólo, un imitador genial. Era cuestión de esperar. Eso sí, debo admitir que disfruté como un loco con el fugaz renacer de Burt Reynolds, que está que se sale interpretando al alter ego espiritual de Anderson, un triste director de cine porno empeñado en crear la Capilla Sixtina del género.

Cuando todo el mundo coincide en considerar genial lo que yo aún veo como un fenómeno meramente coyuntural, me armo de todo el escepticismo del que soy capaz y tomo mis distancias con respecto de la euforia que me rodea. No lo puedo evitar, es un mecanismo de defensa que he cultivado con la madurez. Con los años me he confirmado como un individualista antimoderno abierto sólo a la modernidad cuando la sé, la intuyo o la siento como un futuro y verdadero clasicismo, y no como un fuego de artificio generacional y pasajero.

Magnolia (Magnolia, 1997) es otra explosión de brillo, con momentos sin duda superlativos servidos de nuevo por un reparto en estado de gracia, incluidos un Tom Cruise desbordante de locura y energía, encantado de sumarse a esa peculiar y «andersoniana» familia de desnortados, y un Jason Robards que, como hiciera otrora Nicholas Ray ante la cámara de Wim Wenders, parecía regalarnos su agonía como último acto de generosidad y cuya cadavérica figura me dejó hecho polvo, pero volví a toparme con esa falta de redondez, ese ritmo y ese tono desiguales, y esa necesidad de epatar a cualquier precio sirviéndose, por ejemplo, de esa apocalíptica lluvia de ranas que, ¡por Dios, cómo me estropeó el placer! Un esplendor convertido una vez más en fuego de artificio que se devoraba a sí mismo. Tocaba, pues, seguir esperando.

El paso fugaz de Embriagado de amor (Punch Drunk Love, 2002) por nuestras pantallas me impidió verla en su momento. La descubrí en televisión muchos años más tarde, y, en contra de los ditirámbicos comentarios habituales, volví a quedarme frío, aunque aquí reconozco que fue porque estoy ya mayor y no entendí nada de nada.

Pasemos, pues, a Pozos de ambición (There Will Be Blood, 2007), hermosa recompensa a mi paciencia pues aquí sí encontré grandeza, gravedad, profundidad, un tono propio, personal, vestido con los siempre hermosos ropajes de un clasicismo necesario, cuidado e imponente. Sólo el agobiante uso del sonido rompe esquemas, para bien, poniendo a prueba nuestros nervios, poco acostumbrados a que le taladren los tímpanos del mismo modo en que el descomunal e histriónico Daniel Day-Lewis profana la tierra en busca de un petróleo que le hará llegar a lo más alto y lo más bajo de la condición humana, a medio camino entre el ángel protector y el monstruo devorador de almas. Película excesiva que no tiene miedo al exceso, rasgo que aprecio muy especialmente, Pozos de ambición demostró por fin que Anderson era un cineasta a tener muy cuenta, con la suficiente inteligencia y madurez para saber cuándo se podía permitir traspasar las líneas rojas, libre de esa molesta necesidad de quedarse con el público a cualquier precio, habiendo aprendido eso tan importante a lo que yo llamo respeto por su siempre expectante y entregado espectador.

The Master (The Master, 2012) es un film inquietante, complejo, en el que nunca sabes muy bien qué terreno pisas. Hay humor, hay amargura, hay vitriolo, hay desgarro, hay cinismo, hay ternura, hay provocación en esta búsqueda desesperada de espiritualidad por parte de un zoquete incapaz de expresar sus sentimientos religiosos o de cualquier otro tipo porque, aparentemente, no aprende nada del mesías charlatán pero carismático y cautivador —un inconmensurable Philip Seymour Hoffman que se ofrece como luz en un camino de sombras que él mismo va creando—, al que se ha unido con total devoción pero también un notable sentido del oportunismo. Como todo film en el que se reflexiona sobre la religión, nuestra agnóstica sociedad no supo ver, porque el film tampoco es que se lo ponga fácil, por dónde iban los tiros. Admito que es necesaria verla bastantes veces para empezar a desentrañar su verdadero sentido y hasta qué punto consigue su autor alcanzar lo que se propone. Respetuosamente, dejo aquí esta muy insuficiente reseña acerca de un film extremadamente complejo del que es comprensible que alguien pueda salir huyendo, pero que, como me gustan los retos, volveré a ver un día de estos, entre otras cosas porque me gustó bastante. Hay invitaciones al misterio que uno no puede rechazar así como así. Y ya que, por fin, había aprendido a apreciar a Paul, pues eso.

En Puro vicio (Inherent Vice, 2014), Anderson repitió con Joaquim Phoenix, protagonista de The Master, actor al que se considera descomunal pero que no siempre lo es, al contrario de Seymour Hoffman, que nació genio y genio murió. Confieso que a pesar de su talento, Phoenix empieza a cargarme de lo lindo con esa necesidad de acumular grasa, intensidad, trascendencia y una suciedad que parece pegársele a la piel a cada paso que da, como Pig Pen, el amigo polvoriento de Charlie Brown.

Celebrada como un gran homenaje-parodia a la década de los años setenta, tenía todos los puntos para no gustarme y mi instinto fue infalible. Las desventuras de este detective extraviado entre la droga, el amor perdido y la desidia me importaron menos que nada, entre otras cosas porque me resultaron incomprensibles, un muro infranqueable de complejidad que le hacía desistir a uno a la primera que podía. Los denodados esfuerzos por reproducir el look de la California de los setenta apestaban a falso y me obligaron a pensar en el muy sensible Todd Haynes, cineasta dotado de un desmedido talento para reproducir ambientes de época. Si llevan escandalizados desde hace un rato y no me creen, les recomiendo que vean los años 50 de Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002) o Carol (Carol, 2015,) o los años 70 de Wonderstruck. El  museo de las maravillas (Wonderstruck, 2017) para comprobarlo.  Humor sin gracia, es lo único que me aportó el amigo Paul con este muy elogiado film que no fue a ver casi nadie y que me hizo replantearme seriamente algunas opiniones, ya que la única pregunta que me hice al salir de la sala fue: «Este chico, ¿es un genio o un caradura?».

Llegados a este punto, permítanme romper una lanza en favor de Martin Short, cuya demasiado breve pero hilarante aparición en Inherent Vice es, de lejos, lo mejor de la película, como lo fue su también breve participación en el Mars Attacks! de Tim Burton. La respuesta a la pregunta me la dio anteayer el visionado de El hilo invisible. Prepárese si le apetece, querido lector, a leer una apasionada declaración de amor

PARTE DOS

EL MERCADO

Si creyésemos a pies juntillas cuanto nos vende la actual crítica cinematográfica, pensaríamos que cada semana se estrenan al menos dos obras maestras y tres películas excepcionales. Va siendo hora de proclamar bien alto que eso es una falacia, una mentira intelectual, puro culto a la mediocridad, condena asegurada al ostracismo de la auténtica obra maestra, la que a menudo, cuando hace su aparición, pasa desapercibida ante la miopía de esos mismos críticos ensimismados, y desfila fugazmente por nuestras vidas, devorada por un sistema económico feroz, el de un marketing deshonesto que cultiva la rotación perpetua, la saturación de la oferta, el consumo bulímico basado en la inmediatez, la impaciencia y la ansiedad permanente, empeñado en anular la verdadera memoria al predisponer a la ceguera y la sordera a un público masificado integrado por espectadores aturdidos, embrutecidos, a los que precipita fatalmente en una rueda infernal imparable, al abismo de una total ausencia de criterio, a la carencia del más elemental espíritu crítico, el que nace de la reflexión pausada y el análisis que conllevan siempre una buena digestión. Hasta para divertirse hay que cultivar un cierto gusto, ¡qué demonios!

Colas y palomitas

¿LA POESÍA DE LAS MATEMÁTICAS?

No seré yo quien niegue que también rindo culto a las películas que llevo a cuestas en mi corazoncito, pero jamás lo hago dentro de una secta o un círculo de iniciados. Mis películas de culto forman parte del muy particular, elitista y celosamente íntimo mundo de mis vicios privados. De lo que sí reniego es de la gregaria obligación de tener películas de culto, auténtica obsesión tanto de la crítica como del público posmodernos, que parecen no saber vivir sin clasificar cuanto les rodea por géneros, sub-géneros, grupos, subgrupos, tendencias, modas, tribus, conjuntos y subconjuntos

DE LEY

La última pregunta fue: ¿Es Paul Thomas Anderson un genio o un caradura que se dedica a tomarme el pelo?

Y la respuesta me llegó con su siguiente película: Me importa un comino si es o no un genio. Para mí, Paul Thomas Anderson es un cineasta, punto. Sólo espero de él que ruede películas, que sea honesto en su trabajo, que disfrute y sufra al hacerlas y que me las entregue con todo el amor del que sea capaz porque como espectador estoy dispuesto a darle todo mi amor en respuesta.

EL HILO FANTASMA

Primero está el artista. Ensimismado, obsesivo, maniático, detallista, exigente, impenetrable. Atractivo, seductor, egoísta, dominante, vampírico. Segundo está la hermana. Seria, hierática, imperturbable, tan desafiante, tan segura, tan fuerte que desequilibra al más pintado. Tercero está el trabajo. En un entorno sobrio, sencillo, elegante, sereno, educado, amable, tierno, laborioso, delicado. Cuánta clase en cada una de esas nobles costureras y modistillas al servicio del arte, de la mujer, del poder. Cuarto está la mujer. De torpeza seductora, de timidez desafiante, de sonrisa dulce, de mirada firme, de alma profunda. Quinto está el flechazo. Sí, claro, están las formas ideales del modelo soñado. Sí, claro, está la promesa de la musa perfecta para el artista ensimismado y egoísta. Sí, claro, está la vulnerabilidad de quien seduce sabiéndose seducida. Sí, claro, está la esperanza de la sumisa que anhela ser imprescindible. Pero sobre todo está el atractivo, la belleza interior que está por salir a flote tras ser convenientemente educada para mejor eclosionar en una belleza exterior especialidad de la casa. Les he mentido. Primero está la mujer, la que agradece que él le haya ofrecido el mejor de los regalos, hacerla ser ella misma desde el primer segundo de su encuentro. Sexto está la entrega. Por capítulos, como en una novela de Jane Austen o Henry James. Por fases, por matices, por pinceladas, por silencios, por miradas. El misterio consiste en preguntarse, ¿quién se entrega? Y nos lo preguntamos como si nos dijésemos ¿Quién es el asesino? Porque en efecto es de un misterio de lo que se trata. Un misterio cuyas pistas son la fotografía de una madre muerta vestida de novia, unas notitas secretas ocultas en los dobladillos de los vestidos, una vampira que actúa a modo de guardián y de demiurgo, unos espárragos, unos bollos repugnantes, unas apetitosas salchichas que exudan grasa, unos dry martinis siempre salvadores, dignos de Noel Coward, y unas setas venenosas recogidas por la hija espiritual de Jane Eyre, surgidas en el sereno paisaje que sucede a la tormenta como la pausa culminante sucederá a la muerte derrotada. Porque la muerte es la gran perdedora de todo este asunto. Y eso que está siempre presente, porque una madre ausente vela desde el más allá la serenidad de su hijo, porque está en la naturaleza enfrentarse antes o después a la muerte, porque la muerte es la mejor aliada de la vida. Vivamos si vamos a morir. Y el nuevo misterio es, entonces, ¿qué es la vida?

Lo que tengas que hacer, hazlo delicadamente.

EL ALUMNO APLICADO SE EMANCIPA

Paul Thomas Anderson se apropia del escalpelo de Stanley Kubrick, de los sueños de Alfred Hitchcock, de la moral de Roberto Rossellini, de la ternura infinita de François Truffaut. Pero no es por eso por lo que El hilo invisible (Phantom Thread, 2017) es tan hermosa. Es porque Paul Thomas Anderson ha nacido, por fin: del amor a sus maestros, claro, pero también de la rebelión, educada si se quiere, contra ellos. Paul Thomas Anderson es por fin un narrador y un poeta, un observador atento, un estilista profundo, un ser moral, un artista sobrio y esencial. Tiene voz propia, límpida, un mundo propio que se hace universal. Se ha liberado del modelo, del lastre, de toda pose. ¿A quién le importa si es un genio? Paul Thomas Anderson es un cineasta. Con eso basta.

EL OJO QUE TE MIRA…

En El hilo invisible hay un ojo que no es ojo porque te mira ni ojo porque te ve sino porque tú sabes que te mira y te ve. ¿Puede haber definición cinematográfica más hermosa del amor? Permítanme dudarlo.

LA AUTORIDAD DE LA OBRA MAESTRA

Si La excepción a la regla de Warren Beatty fue el canto de cisne de lo más hermoso de la década prodigiosa de los setenta, El hilo invisible abre las puertas a un nuevo cine de máxima altura. No ha surgido en todo el cine contemporáneo nada comparable, al menos desde ese Mulholland Drive de David Lynch que inauguró el siglo XXI poniendo el listón a una altura prácticamente inalcanzable…

Hasta que ha llegado El hilo invisible, una película perfecta, una obra maestra en la que cada elemento ocupa el lugar preciso que debe ocupar. Su ritmo pausado, su sentido depurado del detalle, la pureza cristalina de su estilo, se ven apenas alterados por dos silencios que la llevan a la cima, dos secuencias celestiales y diabólicas, que o te hacen saltar las lágrimas o te mantienen agarrado a la silla preso de una tensión masoquista, y justifican el por qué existe del modo en que lo hace todo lo que ha desfilado tan bella, elegante y serenamente ante nuestros ojos, esta grandiosa declaración, este perturbador desafío, nacidos de, con, contra y hacia el Amor.

¿QUÉ ES LA VIDA?

La adolescencia consiste en pasarse el tiempo haciéndose las preguntas más trascendentales. La madurez en descubrir de sopetón que las respuestas son más simples de lo que se creía.

Por ejemplo. ¿Qué es la vida?

La vida es cuando un hombre se abandona como si se dejase morir (o matar) y apoya la cabeza en el regazo de la amada que le ama, se deja acariciar el cabello por sus delicados y adorados dedos y dice: Tengo hambre. Porque el tiempo vive a su propio ritmo. Y el amor también. A veces, se le llama película y es nuestro deber amarla cuando el cine renace ante nuestros asombrados ojos.

Para vivir tierna y delicadamente hay que ser valientes ante la tormenta y mantenerse erguidos.

JAVIER ARAZOLA

Síguele en Twitter: @AmbersonsI y en su blog The Magnificent Ambersons

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JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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