Divididos hasta la victoria final

A lo largo de los años he podido comprobar que la recta final del verano suscita en muchas personas una ansiedad muy específica. Se diría que más allá del hecho asumido de que el año natural concluye con las campanadas del 31 de diciembre, el final de la canícula es, tras unos días de vacaciones o a medio gas, cuando todos oteamos la línea del horizonte y reflexionamos sobre lo que vendrá.

Algo hay en el otoño, obviando su innegable belleza natural, que nos intranquiliza; bien sea el retorno a la exasperante rutina, el miedo al futuro, al cambio climático, a la guerra, a los cortes de luz, a la inflación y al encarecimiento inasumible del coste de vida, o a lo que sea. El otoño acostumbra a llegar cargado de vicisitudes y rebajas en lo referido a expectativas. Y este año más que nunca. Crucemos los dedos

Pero a los que junto a todo lo enunciado, que es común denominador, nos ha tocado en suerte ser también catalanes, o simplemente vivir en esta parte del territorio de la siempre discutida y discutible España, se nos añade el plus de desasosiego que supone saber qué ocurrirá tras el verano aquí, en territorio comanche. Diez años de Procés marcan mucho, marcan la vida entera, y no se echan al olvido con facilidad, aunque nos digamos que este asunto está casi finiquitado y que ya estamos en otro estadio más lisonjero y asumible. Algunos lo llaman postprocés. Bueno.

Lo cierto es que desde que el gran caudillo y timonel –y me refiero, claro, a ese Ulises de pacotilla rumbo a Ítaca que fue Artur Mas— levó anclas y zarpó aferrado a una pancarta en 2012, huyendo de su supina incompetencia, y parafraseando, aunque en sentido inverso, a Fernando VII («Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda «anticonstitucional»), los catalanes no «juramentados», los normalitos, los que no estamos por secesiones y ya tenemos bastante con lo que nos toca en suerte, las hemos pasado de todos los colores, de todos los co-lo-res, más de los que flamean en la bandera LGTBI, que ya es decir.

En los últimos diez y muy aciagos años hemos podido atestiguar, desde la impotencia y totalmente desasistidos por el Gobierno de turno, cómo legiones de conciudadanos radicalizados ocupaban Barcelona; cómo dibujaban en fascinante y disciplinada coreografía uves y esteladas de victoria; cómo se enlazaban en espectaculares cadenas humanas, cruzando de punta a punta el territorio catalán; con qué facilidad e impunidad incendiaron la capital, o cortaron vías férreas y autopistas; con qué descaro y prepotencia convocaban consultas y referéndums ilegales que dejaban a la mitad del electorado fuera de juego, proclamando alegremente Repúblicas imaginarias, mientras acosaban e insultaban sin clemencia alguna al disidente. No se rían, pero lo cierto es que menos verlos saltar al unísono desde una silla –a las 17:14 horas de un 11S– a fin de desequilibrar el eje terrestre en plan chino, les hemos visto hacer de todo: plantarse en macetas; pasar horas en cárceles itinerantes; deambular como almas en pena con la cabeza metida en una jaula de pájaros; organizar cadenas submarinas, o en pelota picada, escenificar masacres y genocidios, y sembrar las plazas públicas de cruces y lazos amarillos. Tela marinera.

No hay nada que suscite psicológicamente más ansiedad y desequilibrio mental en alguien cuerdo, de los de andar a pie, que ver a cientos de miles de enajenados hacer el panoli, por no decir el ridículo, en flashmobs institucionalizados, absolutamente surrealistas, desvergonzados, auspiciados por una élite política sin escrúpulos. Porque ante algo así la posibilidad de plantear un debate, un diálogo serio y reflexivo, y buscar acuerdos satisfactorios para todos los implicados, se evapora de un plumazo al comprender que el otro de la mesa está ocupado por un hatajo de orates salidos de un frenopático de alta seguridad.

Este otoño se cumplen cinco años de postprocés; cinco años de un referéndum ilegal que para muchos es momento histórico irrenunciable; cinco años de un golpe de Estado en toda regla; un lustro de la huida de Carles Puigdemont, apodado «El Valeroso», y de un proceso judicial que se cerró con condenas a Oriol Junqueras, Carme Forcadell, Raül Romeva y resto de la tropa. Y cabe preguntarse qué nos deparará tanta efeméride concentrada en tan pocas semanas, y de qué modo se propaga el eco de esos hechos pretéritos. La Diada Nacional de Cataluña de 2020 y de 2021 no ha sido referente fiable para el análisis, debido a que la pandemia las redujo a su mínima expresión. Será por tanto muy revelador ver qué ocurre este año y comprobar las constantes vitales, el pulso, la respiración, y el nivel de bilis del «paciente independentista».

La ANC pretende llenar este último fin de semana de agosto los puentes de autopistas y carreteras principales de esteladas, y trabaja en la organización y flete de los autocares de la Diada, a diez euros ida y vuelta y sin kit de supervivencia. Desde hace semanas publicitan y animan a su parroquia a comprar la consabida camiseta conmemorativa, que no es, y así lo argumentan, negra en señal de duelo, sino negra como lo es la bandera de combate que suelen enarbolar en señal de guerra sin cuartel y hasta el fin. El lema de la Diada reza: «Tornem-hi per vèncer. Independència» («Volvamos para vencer. Independencia»). La cita del día 11 pretende llenar el Paralelo barcelonés en una manifestación que avanzará por el paseo Colón hasta la Estación de Francia y la entrada del Parque de la Ciudadela. Y de cara al 1 de octubre, gloriosa concentración en el Arco de Triunfo del Paseo Lluís Companys.

Me da a mí por pensar –tras leer a lo largo de los últimos días en redes y en prensa infinidad opiniones y comentarios de este colectivo proverbialmente irreconciliable con cualquier cosa que huela a serenidad– que el desencanto y el enfado es, ahora mismo, algo generalizado entre el independentismo. El separatista de soca-rel, el impenitente, no perdona en modo alguno la vía muerta en que ha acabado tanto esfuerzo y tanta zapatiesta. No quieren saber nada de «mesas de negociación»; se sienten sumamente traicionados, y culpan a unos y a otros, a JUNTS y a ERC sin distingos, de haber tomado el pelo a la gente, de haberles mentido descaradamente. No todos ellos son tan tontos como para digerir las risas y la trivialidad de Pilar Rahola y sus invitados en la piscina de Cadaqués; no todos ellos son tan cenutrios como para no entender que Laura Borràs ha reducido a cenizas el prestigio del Parlament de Catalunya en su afán por aferrarse al cargo, ni su vergonzoso proceder durante la conmemoración del quinto aniversario de los atentados yihadistas en Las Ramblas.

Todo lo contrario. Son plenamente conscientes de la división reinante en el ámbito nacionalista y de la guerra en absoluto soterrada entre ERC, la CUP y JUNTS. Saber que Pere Aragonès sigue apostando por la Mesa de Diálogo y el «pájaro en mano» –incluso en caso de un hipotético gobierno futuro entre el PP y Vox– enfurece a los herederos de CiU, echados al monte. Y los hijos de Oriol Junqueras se encogen de hombros. Al de Waterloo que le den y se salve solito. Tienen la mirada puesta en el horizonte de las elecciones municipales de 2023, y la intranquilidad centrada en los sondeos que impulsan al PSC en intención de voto. A estas alturas ninguno ignora que esto, los despojos a administrar de este viaje a ninguna parte, son sólo un modus vivendi, un granero de votos que sus líderes quieren mantener cautivo a toda costa. Mientras quede un cargo, despacho o coche oficial por repartir seguirán con el paripé. El dinero y el poder lo son todo.

Para contribuir aún más al desánimo generalizado del nacionalismo ya sólo faltaban las palabras de Alex Salmond, ex primer ministro escocés, que invitado a participar en los actos y debates de la Universitat Catalana d’Estiu arrojó un jarro de agua fría sobre la expectativa de independencia al afirmar que para que algo así funcione aquí hará falta infinita paciencia y no menos de 30 años de preparativos, labor de zapa y negociaciones con el Gobierno central antes de poder convocar un referéndum con garantías. Así que veremos qué ocurre el 11S, a cuánta gente logran movilizar; qué mensaje institucional se emite; quién comparece y quién no en el Fossar de les Moreres y en la ofrenda ante el monumento a Rafael Casanova; qué dicen, qué hacen y cómo se miran; si se abrazan cordialmente o se ignoran entre ellos. De entrada, el President patufet, el pulgarcito Pere Aragonès, ya se ha desmarcado de los actos oficiales del 11S, con el consabido revuelo e indignación por parte de los sectores más radicales del nacionalismo.

Y mientras todo eso acontece, nosotros, los normales, los de a pie, la Cataluña de segunda división, seguiremos todas sus taimadas maniobras, su vocinglera y sus alharacas, desde la barrera o desde la playa. Ya hace diez años que ese día no tenemos nada que celebrar.

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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