La «Reconquista» de Cataluña

Una muy cacareada leyenda histórica, más falsa que un billete de tres mil euros, que muchos aún suscriben y no enmiendan –porque leer y estudiar duele mucho–, dice que Isabel I de Castilla, la muy católica y fascista consorte de Fernando II de Aragón, juró un buen día que no se lavaría ni cambiaría de ropa interior hasta haber conquistado el Reino nazarí de Granada.

Ni agua, ni friegas con hierbas aromáticas ni perfume antes de haber expulsado a Boabdil, a los moros de la morería, a los menas con paguita, y, ya de paso, al colectivo LGTBI de la época. Porque no expulsar cuando se puede expulsar es tontería. Si hay que ir se va, y a por todas, al grito de ¡Covadonga y cierra España! Seguramente por eso, una vez rendida la plaza y llave en mano, el 31 de marzo de 1492, Isabel y su marido se pegaron el gustazo de promulgar el Decreto de la Alhambra –en realidad son dos decretos– por el cual se expulsaba a los judíos de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón.

Y luego, obviamente, la reina se sumergió a lo Cleopatra en una tina de leche de burra que acabó negra como el hollín, mientras le susurraba a su esposo: «Y ahora, Fernandito, mon amour, toca joder, sojuzgar y exterminar a los indígenas de nuestros nuevos reinos fascistas de ultramar; que luego pasará lo que siempre pasa: que vendrán los ingleses, construirán universidades y hospitales, velarán por los derechos y bienestar del aborigen, y nos harán quedar fatal».

Si traigo a colación y en clave jocosa este flagrante bulo es debido a que, más allá de que estoy hasta el moño de la revisión y reescritura histórica a la que marxistas de pacotilla, sociolistos, pistoleros y nacionalistas uniceja se entregan con deleite, la Reconquista de Cataluña ha comenzado… ¡Átense los machos y busquen refugio, porque esta gente tiene mucho peligro y van a por todas!

Puede parecer una broma pero no lo es. Las legiones, cohortes, manípulos y centurias laziplanistas se han puesto en marcha; se mueven con cautela y sigilo, atacan de forma subrepticia, y en un visto y no visto liberan a su paso villorrios y pedanías. Seguramente al Führer KaRLeS Puigdemont, desencajado y hecho unos zorros en lo más profundo de su búnker de Waterloo, sin un céntimo, harto de comer mejillones al vapor –y más cabreado que una mona porque ahora la justicia europea se inclina abiertamente por apoyar a Llarena frente a la negativa belga de entregar a los golpistas a los tribunales españoles–, le gustaría que la Reconquista de Cataluña fuera asunto más rápido, como una Guerra Relámpago de manual. Ya saben… ¡Pim-pam-pum! Sus órdenes en este sentido son claras: «Primero me tomáis Manhattan, luego me tomáis Berlín, y después, ya si eso, bombardeamos Madrid».

Ocurre que estando como está rendido y desarmado el ejército sedicioso, y con el campo de batalla hecho unos zorros, los maquis estelados sólo pueden aspirar a liberar pueblos tractorianos de mala muerte en su lento avance —Amer, la cuna de nuestro conducator convergent, y Bàscara fueron los primeros—, mientras el líder, en lontananza, jura que resistirá, a lo Marta Rovira, hasta el final, hasta el final, y perjura, como Isabel I, que no volverá a probar la botifarra amb seques ni los espetecs que le envían por UPS desde Vic hasta regresar, en loor de multitudes, a una Cataluña libre y soberana, cuando sus huestes la hayan «desñordizado» hasta el último rincón…

Seguramente se preguntarán cómo funciona eso de liberar pueblos tractorianos. Pues es muy sencillo. En líneas generales, moviéndose siempre al alba, y siempre con fuerte viento de Levante, varios coches y alguna fragoneta llegan al lugar a liberar. En audaz avanzadilla, armados hasta los dientes y con visores infrarrojos, unos cuantos sediciosillos de élite comprueban que todo está despejado y que no hay ningún policía nacional, madero o guardia civil a la vista. Hecho eso descargan una garita con ventanilla, fabricada con cartón o madera de balsa, pintada de rojo –que parece más bien la caseta de una castañera–, en la que se lee «Aduana. República Catalana»; y también una barrera típica de control policial de fronteras, para cerrar el paso a peatones y joder a los coches. Lo instalan todo a la entrada del pueblo, en la carretera, rotonda de acceso o vía principal, y ponen al cargo, en el interior de esa casamata de pipa y nabo, a la tieta Eulàlia, encargada de expedir y sellar pasaportes de la Republiqueta, cambiar moneda y vender carnets de catalanidad y visados turísticos, mientras otros corren al ayuntamiento, donde les espera conchabado el alcalde de JxPuchi de turno, o un tótum revolútum de concejales cuperos y republicanos…

A los pocos minutos despliegan en el balcón del consistorio la pancarta «Ajuntament Alliberat», y distribuyen en la plaza mayor del pueblo –en la que con antelación el ayuntamiento ha montado un escenario, micros, altavoces y sillas– octavillas informativas, merchandising, más esteladas y alguna pancarta de última hora. Ya está todo listo para la parte ceremonial, que empieza más bien tarde, no antes de las diez o las once, tras un festivo pasacalle o una estruendosa tamborrada, porque los fines de semana la gente se lo toma todo con mucha pachorra. A esa hora ya se ha congregado un centenar, o dos, si la cosa va bien, de vecinos atraídos por la música y las llamadas de la megafonía. Escuchan con pompa y circunstancia el manifiesto de liberación de la localidad, y una pareja —l’hereu i la pubilla— se marca un bailoteo al son de una sardana saltarina de bienvenida, que más parece, por la coreografía, un aurresku vasco. Y a partir de ahí empiezan los “debates” en los que nada se debate, porque el discurso es monocorde y no existe voz discordante; uno por la mañana y otro por la tarde, vertebrados en torno a la soberanía, la desobediencia civil y el control efectivo del territorio… «Este pueblo queda liberado y bajo el control de la República Catalana»; «Aquí ya no rige la ley española, que será desobedecida from now on«; «Quedan expulsadas y no se permitirá la entrada de las fuerzas de ocupación del Estado», “Hemos hecho un largo camino juntos, pero falta el empujoncito final para meterla bien metida”. Y dale que te pego al pico ante una parroquia de octogenarios que aplaude hasta con las orejas, como autómatas de feria.

Por esos coloquios desfilan independentistas míticos, como Josep Costa, que fue vicepresidente primero de la Mesa del Parlamento de Cataluña, Elisenda Paluzie, expresidenta de la ANC, y, ¡cómo no!, Lluís Llach, que despierta pasiones allá donde va y fa tremolar les àvies. Se emplean a fondo en convencer al honorable público en que ahora sí, en que ahora la cosa va en serio, y que lo más importante es recuperar la unidad, la ilusión y la fe y desobedecer como si no hubiera un mañana.

El sol cae a plomo, inclemente. Ya llevan dos horas con la brasa de la andapandansia, y todos sudan a mares. La tieta Eulàlia, en su garita-aduana de la Republiqueta, saca humo en su dale que te pego al matasellos, validando nacionalidades y pasaportes, e informando de la cotización y paridad con el euro de la nueva moneda catalana –«el Cat»–, vigente desde ese mismo momento en los comercios del municipio; divisa que, obviamente, no compra ni el más tonto del pueblo. Llega la hora de la butifarrada popular, aunque muchos se retiran asados de calor a sus casas tras abrazos, consignas y promesas de reencuentro el 11 de septiembre. Otros, los más cebolludos, se quedan, porque la juerga continuará hasta pasada la medianoche, con más debates, DJ invitado y bailoteo, conciertos, y el emotivo homenaje a los 650.000 represaliados por el 155. Ningún problema. Los estelados han venido de casa bien pertrechados, con su carmanyola, la fiambrera, llena de pollo rebozado, clo-que-tas de jamón y empanadillas de Móstoles.

Lo he narrado así, con detalle, porque casualmente lo presencié, aunque de paso y manteniendo la distancia de seguridad que el Covid nos ha enseñado a respetar ante cualquier virus mortífero. Vivo en la zona y no hay semana en la que no me acerque a la localidad a comprar alguna cosa de última hora. Supongo que ahora ya no podré hacerlo, porque me pedirán el pasaporte, o me exigirán que lleve bien visible el distintivo de «ñordo fascista colonizador». La de Sant Esteve de Palautordera ha sido la tercera liberación de un municipio de la República Catalana, efectuada por Desobediència Civil de Catalunya, independentistes de pedra picada, el pasado 9 de julio.

Visto lo visto, les puedo asegurar que este ganado, ajeno al desaliento y al ridículo, es irreconciliable, porque aún no existe tratamiento que les salve de su monumental estupidez. Y los que les manipulan seguirán haciéndolo mientras eso suponga ocupar parcelas de poder y quede un miserable euro por embolsarse. Lo que sí reconforta es entender –parafraseando al bueno de Groucho– que partiendo de la nada (intelectual) el Procés ha alcanzado las más altas cotas de la miseria. Que así sea. Rían mucho y sean felices, porque hoy es hoy y el mañana está siempre por escribir.

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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