De tiovivos, rotondas y norias de burro

Ayer, cual Paco Umbral de segunda división, iba yo a comprar el pan –que ya es producto casi reservado a clases acomodadas a las que no pertenezco por culpa de Putin, Pedro Sánchez no tiene nada que ver–; caminaba ensimismado en mi soliloquio interno, bajo un sol de justicia, pensando, como buen facha, en la «pertinaz» sequía del No-Do de antaño, y en el bendito cambio climático que nos permitirá dejar este valle de lágrimas en paz y bien dorados, vuelta y vuelta, cuando me topé con una pancarta tamaño XXL colgando entre dos árboles del paseo peatonal...

…La pancarta, de contundente tipografía, rezaba: «Vuestra obediencia nos aparta de la independencia». Venía firmada por la ANC, más conocida como Asamblea Nacional de Cancerberos (catalanes). Confieso que no me lo esperaba. A día de hoy las esteladas ya lucen hechas jirones. Pegué un bote. «Ya vuelven a las andadas», me dije. «Claro, este 1 de octubre se cumplen cinco años, un lustro, del glorioso butifarréndum, y hay que calentar motores y soliviantar a los irredentos e irreconciliables que aún se menean», concluí. Y me resultó imposible –¡maldita sinapsis o imaginación guasona me endosó Dios!– no visualizar, en moviola acelerada, algunas imágenes indelebles del Procés de nuestras vidas…

Cinco años antes de ese 1 de octubre, una horda de políticos, más trepanados y recosidos que Frankenstein, se había subido con inusitada alegría a un carrusel infantil, a un feliz tiovivo de feria, a fin de tapar sus vergüenzas y su total ineptitud, jaleando, de abajo arriba, of course, a la parroquia de infelices que nunca pincha ni corta nada, y que, además, va un ratito a pie y otro ratito andando.

Ahí estaba, gira que te gira, el viejo lobo de mar, Artur Mas, atado como Ulises al timón y repicando el badajo en la campañilla de su barquito de feria –«¡Todos a bordo, todos a Ítaca, vamos a zarpar!»–; y algo más allá el gordito abominable de Oriol Junqueras, cual auriga en una cuadriga –«¡Último aviso, voy a parar la economía catalana de un momento a otro!»–; también la exaltadísima Carme Forcadell en una chopper, a lo Dennis Hopper –«¡President, posi les urnes!»–; y la irreductible Marta Rovira –«¡Arrivarem fins al final, fins al finaaal!»–, y un sinfín de abducidos de toda índole, empresarios, periodistas, paniaguados, alcaldes y regidores, socialistas tontos, tertulianos, burgueses e indocumentados… ¿Qué podía salir mal cuando tot el camp és un clam? ¡Nada! España será humillada, derrotada; el mundo nos reconocerá como Nuevo Estado de Europa; y si además le cedemos el puerto de Tarragona a la flota nuclear china (como propuso un «experto» en geoestrategia planetaria en un programa de Jaume Barberà en TV3), se achantarán todos y entraremos en la UE, en la OTAN y en la ONU en menos de 24 horas. Los tiovivos y el realismo mágico van siempre de la mano.

Ya saben ustedes lo que ocurrió. Un millón seiscientos cincuenta mil «piolines», llegados desde ese país extranjero, imperialista y colonizador que lleva jodiendo desde hace dos mil años a los catalanes, se presentaron dispuestos a todo. Lo jodido fue organizarlos, porque podían elegir, en origen y a la carta, entre «apalizar» a bulto –porrazo va, porrazo viene–, o bien optar por «romper dedos» selectivamente, «aporrear a viejecitos desvalidos» o «sobar tetas y culos». La gran mayoría optó por un plato combinado. Son así de sádicos. Una masacre en toda regla. Lo de 1714 fue comparativamente un juego de niños. Y después vino lo del 155, la cárcel, las fugas –perdón, los «exilios»–, los juicios y las ciudades ardiendo. Un panorama desolador. Cataluña arrasada en lo social para siempre jamás, miles de empresas a la carrera, miedo, odio e inquina y decadencia, y Ada Colau, orines y basura por un tubo.

En octubre se cumplirán diez años de esa bofetada de locura, sinrazón y viaje a ninguna parte. Y cinco años de un golpe de Estado, chapucero a más no poder, estando en manos de los cenutrios que lo orquestaron, pero golpe de Estado al fin y al cabo, no nos equivoquemos nunca en eso. Y tras cinco años, con una pandemia y una crisis económica de elefante de por medio, el nacionalismo independentista está a matar entre sí, sin piedad, sin clemencia. A duras penas guardan las formas. Gabriel Rufián, en un rapto de lucidez de la que luego se desdice para que no lo lapiden mucho, llama tarado a Carles Puigdemont; Josep Costa, exvicepresidente del Parlament, tilda a Pere Aragonès de inútil; en TV3 se plantean rebajar su cuota de odio y lazismo porque ya ni eso les funciona; Mireia Boya deja la CUP decepcionada y Mark Serra, activista y exmilitante del PDeCAT anuncia que tira su estelada, con palo y todo, al contenedor, porque está harto de ir por la vida con un lirio en la mano… Así son las cosas ahora mismo. Una debacle. El hundimiento. La caída. El sálvese quien pueda.

Estando así las cosas, en esa tesitura, los catalanes no infectados por toda esa basura que nos han hecho tragar durante años, no podemos evitar caer en la epicaricacia (de epicaricacy), en la mofa y en la befa, o en el regodeo, en la versión castiza del término alemán schadenfreude (schaden: desgracia; freude: alegría); es decir: en deleitarnos ante las desgracias ajenas. Sí, ya sé, ya sé que es muy feo y poco cristiano, pero se lo han ganado a pulso, ¿no creen? Pues eso: que ni olvido ni perdón.

Hace unos días escuché a Jordi Turull reflexionar en una emisora de radio subvencionada por el Govern catalán. Y me tomé el trabajo de apuntar hasta las comas de lo que decía, escuchen… «Desde que he salido de la cárcel no me he encontrado con nadie que haya dejado de ser independentista… Pero del mismo modo la gente te dice: «escucha, estáis dando vueltas y más vueltas en una rotonda, y, además, peleando entre vosotros; nos hemos mareado, nos hemos apeado, y cuando volváis a ir en serio, pues ya volveremos a estar…» Y entonces, siguiendo con el ejemplo de la rotonda, lo que yo digo es que lo que hay que hacer es poner el intermitente; poner la directa y marcar una trazabilidad clara que le dé sentido a la gente a la hora de volver a movilizarse. Que todo lo que se haga responda a una finalidad clara. Entendemos que después de cinco años del 1 de octubre, y este año se cumplirán, hemos de pasar a la acción… Y lo que nos están reclamando, y con razón, es una trazabilidad para culminar lo que decidimos y votamos el 1 de octubre».

Ya ven, amigos, esto es algo circular; del alegre tiovivo hemos pasado a la rotonda… Estamos en una rotonda, en una rueda de hámster, dando vueltas como avestruces sin cabeza, sin saber por dónde salir… ¿Y qué es una rotonda? Pues ni más ni menos que un cruce de caminos que se circunvala y nos facilita tomar diversas direcciones. ¿Y qué direcciones, se preguntarán, podría tomar el independentismo en sus horas más bajas? Pues creo que sólo tres… Ponemos intermitente y giramos tomando la primera salida a la derecha, en dirección a la paz social, la concordia, la reconstrucción de Cataluña y su tejido empresarial; es la salida de la confianza, la mercromina y la tirita. O bien optamos por la segunda salida, que implica volver a las andadas y persistir en el camino de la desunión, el odio, el enfrentamiento a cara de perro con el Estado y la ilegalidad absoluta. Pero como el nacionalismo catalán no tiene lo que hay que tener –porque el dinero es el dinero, el poder es el poder, y en la Cerdaña y en la Costa Brava se vive muy bien–, optarán por la tercera salida, que les lleva a perseverar en la línea y política del enfrentamiento de baja intensidad, en la oposición sistemática, en poner palos en las ruedas, idear argucias legales, y en joder a base de bien la vida al prójimo a fin de mantener la fidelidad de la cada vez más exigua bolsa de tarados (eso lo dice Rufián, no yo) hipnotizados que les apoya y vota. En definitiva, optarán por administrar los despojos de su glorioso viaje a la más absoluta miseria humana. 

Está muy claro, ¿no? ¡En el Procés todo es circular y permite dar vueltas y más vueltas! Fue un tiovivo feliz mientras el engaño duró lo que duró. Ahora le llaman rotonda. Vaya, por Dios. Pero realmente estamos hablando de una inmensa, gigantesca, noria en la que giran, y giran, y seguirán girando, decenas de miles y miles de burros, pollinos, asnos, y rucs autóctonos de puro ADN catalán, uncidos en sus yugos, a mayor gloria y beneficio de una cuadrilla de malhechores vocacionales y desaprensivos de alma totalitaria. Amén. Se acabó. Punto y final. Y, ah, sí: sean felices, que se me olvidaba.

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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