Bowie, Ziggy y las arañas del glam

1972, y de eso hace ya medio siglo, no fue precisamente un buen año a nivel global, porque múltiples conflictos alteraron la paz del mundo. Estados Unidos efectuaba pruebas nucleares subterráneas en el desierto de Nevada, mientras seguía combatiendo con denuedo en Vietnam

…En junio uno de sus aviones lanzó una bomba de napalm en la zona de Trang Bang. Recuerden la célebre foto de Nick Ut, que capta la escena en la que una niña llamada Kim Phuc, y varios niños más, corren despavoridos huyendo del horror. Sobre esas fechas estallaría el caso Watergate, que acabaría con la carrera de Richard Nixon; en septiembre el zarpazo del terrorismo golpeó los XX Juegos Olímpicos de Verano en Múnich, y el 23 de diciembre el mundo supo que 16 sobrevivientes de la tragedia aérea acaecida setenta y dos días atrás, en los Andes, se habían salvado a base de comerse a sus compañeros de vuelo a hielo lento, vuelta y vuelta.

En la Inglaterra de 1972 todas esas noticias eran recibidas con cierta dosis de flema, que no indiferencia, porque aunque resignados al hecho de no ser ya la gran potencia que antaño gobernó los mares del mundo, su halo de grandeur decimonónico les llevaba a languidecer hundidos en una laxa decadencia en sus butacas chester, con la taza de té en la mano. Además tenían problemas propios, intransferibles. Para ellos el año había empezado con mal pie. El tristemente célebre «Domingo Sangriento» en Irlanda del Norte se había saldado con trece muertos. Y no era esa la única vicisitud del país. La máxima prioridad del Primer Ministro, Edward Heath, era que Inglaterra entrara en la Unión Europea –lo consiguió en 1973–, y su mayor pesadilla el que le estallara en las narices una de esas cíclicas huelgas del carbón que tradicionalmente paralizaban el país. Llegaría irremisiblemente en 1973, unida a la crisis global del petróleo, cuando el barril de carburante escaló de tres a doce dólares y lo hizo saltar, a él y a todo su gabinete, por la ventana, barrido por Harold Wilson.

De todos modos, a nivel de calle, la máxima preocupación del británico de a pie era que no se cumpliera la maldición que les caía cada lustro, cada cinco o seis años, cuando la juventud del país lo ponía todo patas arriba, alterando el paisaje urbano al arrojarse en brazos de una nueva locura colectiva. En 1962 el detonante había sido «Love Me Do» y la oleada de histeria, esencialmente femenina, desatada por The Beatles, que sacó de sus casillas a cientos de miles de adolescentes. El fenómeno fue asimilado rápidamente, porque no quedaba otra –años atrás también se había asimilado el skiffle, el jazz, el rock & roll, el twist y los bailoteos espasmódicos–, y porque no solo hacía que las cajas registradoras echaran humo contando billetes… ¡Incluso su Graciosa Majestad les galardonaba con la orden del Imperio Británico; y esos otros, los más gamberros, los Stones, lo peor de la hornada (nada que ver con Cliff Richards y The Shadows, qué agradables que son esos chicos) salían modositos y aseados en la BBC, con impecable corte de pelo y americana bien cepillada, cantando «Lady Jane» o «Ruby Tuesday»!

La tercera oleada perturbadora, la psicodelia, llegó en 1968. Importada de los Estados Unidos. Allí la música se había convertido en cosa de enajenados antisistema, hippies melenudos y reivindicativos que se pasaban el día colgados, en las nubes, porque la realidad del mundo se les antojaba odiosa, destrozando sus cerebros escuchando durante horas a The Doors, Jefferson Airplane, Grateful Dead y Frank Zappa. Eso pintaba peor que lo ya vivido. Nunca en Inglaterra se consumieron tantas drogas, marihuana y psicotrópicos. Ahí estaban esos visionarios de camisa floreada de Carnaby Street, la Incredible String Band, la Third Ear Band, los Pretty Things, Soft Machine, Tomorrow, Traffic, King Crimson y Pink Floyd, entonando salmodias e himnos melopéyicos a Krishna y al corazón del sol, bañados en luces estroboscópicas, mucho humo y light-show. Y cargados de LSD hasta las cejas.

Pero incluso eso sería aceptado, porque no importa cuán estrambótica o perturbadora pueda ser una moda si genera dinero. Se equivocaba como teórico Robert Fripp al afirmar que el Sistema puede ser volado desde dentro, infiltrándose en su entretela. No. Craso error. El Sistema lo devora todo y lo hace suyo si genera pingües beneficios. Y en la Inglaterra de la época, a esas alturas de película, ya tenían claro que la industria discográfica, unida al textil, la moda y la cosmética, era un puntal esencial de la economía nacional. Así que God Save the Queen y también a todos los colgados que en este mundo son. Y selling England by the pound, que cantaría poco después Peter Gabriel.

Pero la nueva moda, la nueva enajenación masiva, que tras una eclosión tímida lo barrió todo en su onda expansiva en 1972, resultaba a todas luces un escándalo mayúsculo para la upper class británica y los guardianes de la moralidad. Hasta aquí podíamos llegar, exclamaba enojado el puritano medio mientras buscaba su monóculo por los suelos. Y es que las calles se habían llenado de jóvenes afeminados, pintarrajeados como monas, con labios rojos y rimmel en los ojos; luciendo pelos cardados teñidos de colores chillones; ataviados como mujeres de mala vida, con cuellos de plumas, faldas plisadas, futuristas monos de astronauta de colores fosforescentes, y vestidos de lentejuelas y pedrería barata, alzados sobre sus platform boots de suelas de quince centímetros de altura. Todos los mercadillos de Londres, Camden, Portobello, Covent Garden, estaban abarrotados de esa vergonzosa moda que la locura del glam rock arrastraba tras de sí.

¿Pero qué demonios era esa sinvergonzonería gay del glam rock?, se preguntaban muchos sin entender nada. Pues explicado con humor podría decirse que en lo musical el glam rock era el resultado de un polvo salvaje, y no consentido, entre el demoledor «Fun House» de Iggy Pop & The Stooges con el pop meloso del «Downtown» de la adorable Petula Clark o el casposo clásico de pop barroco «Winchester Cathedral» (1966) de Geoff Stephens; un subgénero del rock tremendamente eléctrico, metálico, punzante, comercial, pegajoso, desacomplejado y fantasioso, ideado para vender decenas de miles de singles y LP’s e inundar las ondas hertzianas a todas horas. En lo visual y estético suponía una reivindicación sumamente teatral de lo andrógino, de la transexualidad, de lo ambiguo. En lo antropológico y conceptual, una segunda y poderosa vuelta de tuerca a los postulados que dieron alas al amor libre y a la revolución sexual de los sesenta. Y a esas definiciones habría que añadir que el glam rock fue, en su endogamia, un género eminentemente, por no decir exclusivamente, británico. Sí, los New York Dolls de David Johansen (1971-1975) fueron el referente estadounidense; y músicos como Todd Rundgren o Lou Reed –su mítico «Transformer» (1972) sería producido y arreglado por David Bowie y Mick Ronson— jugarían en lo estético la carta de la ambivalencia sexual. También sería imperdonable olvidar en este punto a Alice Cooper, mega estrella amante del espectáculo gore, de portentoso talento y visión comercial. Pero el ascenso y declive del glam rock es, esencialmente, patrimonio británico al 99%.

A pesar de ser clasificado como subgénero del rock, el glam despliega, musicalmente, tantas texturas, estilos y rasgos diferenciales como artistas y grupos lo habitan. En su oferta más populachera y consumible ahí estaba el «bubble gum glam» de The Sweet, que pueden ser considerados los The Archies de la movida; llenaron pistas de baile con sus hits «Ballroom Blitz» y «Block Buster!» (1973); no muy lejos de ellos, el «glam garrulero», sumamente hortera y divertido, de los geniales y prolíficos Slade, que disparaban a diestro y siniestro y barrían en las listas con singles arrolladores –«Coz I Luv You» (1971), «Mama Weer All Crazy Now» y «Gudbuy T’ Jane» (1972)– y que hoy son grupo de absoluto culto. El rey del pelotón poligonero, embutido en lentejuelas, fue por derecho propio Gary Glitter –con sus 50 pares de botas de plataforma y 30 trajes de pedrería en el ropero– que arrasó con su «Rock and Roll, parts One and Two» en 1972 y con «I’m the Leader of The Gang (I Am)», en 1974.

A años luz de los mencionados, una élite de artistas despunta en términos de asombrosa calidad musical, éxito, consideración y trascendencia histórica. Empezando por Marc Bolan y sus T. Rex. Marc fue un formidable artista que supo conjugar el latigazo del rock más brillante con el hook del mejor pop, logrando a nivel comercial lo nunca visto desde los Beatles; era una máquina creativa a la hora de componer smash hits… «Hot Love», «Get It On», «Telegram Sam», «Children of the Revolution», «Metal Guru», «Ballrooms of Mars». De no ser por un accidente de tráfico que puso fin a su vida en 1977, Bolan brillaría hoy casi a la misma altura que David Bowie. Su álbum «Electric Warrior» es imprescindible en cualquier colección. Sin llegar a la gloria comercial de Bolan, Steve Harley y sus Cockney Rebel merecen ser considerados una de las bandas más exquisitas de la historia del rock británico; sofisticados, perfeccionistas, elegantes, preciosistas… Su mayor hit, en 1975, fue «Come Up and See Me (Make me Smile)» pero Harley es mucho más que un compositor de hits. Álbumes como «The psychomodo», «The Best Years of Our Lives» o «Timeless Flight» son inagotables y auténticas joyas sonoras. ¿Y qué decir de los magistrales Roxy Music de Brian Ferry, reyes del rock más sofisticado y sensual, que debutaron bajo el estandarte del glam rock hace exactamente 50 años con un primer LP asombroso, al que siguieron otras siete grabaciones de estudio dignas de ser preservadas en una cámara del tiempo?, ¿o de Freddy Mercury y Queen, considerados por decenas de millones de fans una de las mejores bandas de la historia del rock?.

Queen irrumpió en la escena musical en 1973, con un álbum capaz de hacer palidecer a cientos de bandas consagradas del rock. Sus tres primeros trabajos son irrepetibles. Nadie podrá volver a grabar jamás algo así: puro glam rock metálico progresivo, ¡y sin sintetizadores!, salvaje, preciosista, fascinante. Siempre he mantenido la opinión de que esa maravilla que es «Bohemian Rhapsody», tema estrella de su cuarto LP, que para muchos es el inicio de su asalto final a los cielos, fue en realidad su última obra maestra. Una vez en la cumbre se dedicaron a grabar hits e himnos de estadio, magníficos, qué duda cabe, pero musicalmente infinitamente más pobres.

Pero está escrito que solo un rey puede ceñir una corona, sentarse en un trono, gobernar un reino musical. Nadie discutiría eso a los Stones en el campo del rock y el rhythm & blues blanco, a los Beatles en pop, a Led Zeppelin en rock metálico, o a Pink Floyd en space rock. El cetro del glam rock lo detenta, en solitario, David Bowie; un artista único, inimitable, icónico; un músico innovador, vanguardista, camaleónico, capaz de reinventarse una y mil veces; cantante, compositor, instrumentista, notable actor, consumado dramaturgo y mago escénico –fue discípulo de Lindsay Kemp–, amante de la teatralidad y la estética del kabuki japonés; malabarista de la simbología y del hermetismo literario. Bowie solo puede entenderse como un verdadero extraterrestre caído a la tierra si se examina su obra desde la visión holística, global, de lo que significa ser un artista mayúsculo, poliédrico, en toda la acepción del término.

Bowie rompió todos los moldes con su quinto álbum «The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars» que hoy cumple medio siglo de vida. No fue, de todos modos, algo sumamente sorprendente, porque todo su inmenso potencial ya habían quedado apuntado en «Space Oddity» (1969), y sólidamente fraguado en sus dos siguientes trabajos –«The Man Who Sold the World» (1970) y «Hunky Dory» (1971)–, tan originales e innovadores que incluso Rolling Stone llegó a referirse a David como un astro «deslumbrante, casi una desconcertante reminiscencia de Lauren Bacall«. En esos días Bowie había logrado rodearse de una banda sólida y excelente, liderada por el guitarrista Mick Ronson, célebre por sus «bendings» a lo largo del diapasón –técnica típica del blues que consiste en sostener las notas, llevándolas al agudo pinzando las cuerdas– y artífice de un muro sonoro, vigoroso y melódico a la vez, que respaldaba su personalísima voz.

Bowie llevaba mucho tiempo acariciando la idea de grabar un disco conceptual, una historia basada en un extraterrestre que llega a nuestro mundo buscando que la humanidad despierte de sus errores y tome conciencia de los peligros futuros que le aguardan de no producirse un cambio drástico de planteamientos. Y al aterrizar en el planeta lo hace metiéndose en la piel de una mega estrella del rock, capaz de movilizar y concienciar a las masas. Una idea similar, aunque inversa, le llevaría a aceptar, en 1976, el papel protagonista en «El Hombre que Cayó a la Tierra», film de Nicolas Roeg, en el que David interpreta a un extraterrestre que llega a nuestro mundo a fin de salvar a su propio planeta del desastre. En esta ocasión serán sus avanzados conocimientos científicos y tecnológicos los que servirán a sus propósitos.

Sobre «Ziggy» y el contenido del álbum se han escrito cientos de artículos. Está todo dicho. Sólo hay que escucharlo una y otra, y otra vez, hasta la extenuación. Baste recordar que David se inspiró en dos músicos a los que admiraba, Iggy Pop (de ahí, Ziggy) y Lou Reed. Y que la ciencia ficción, el espacio y lo desconocido, le fascinaba tanto o más que la cábala, el gnosticismo y las teorías esotéricas de Aleister Crowley, ocultista y místico británico –entre cuyos seguidores se contaban otros célebres músicos como Jimmy Page de Led Zeppelin, o el escritor Paulo Coelho–, por el cual nuestro «Starman» sentía especial fascinación.

El personaje del Major Tom de «Space Oddity» es recurrente en la obra de Bowie. David lo recuperará al referirse a él en «Ashes to Ashes» –donde encontramos al astronauta convertido en un junkie–, o en «Dark Star», su álbum póstumo, publicado sólo dos días antes de su muerte, en cuyo sobrecogedor vídeo podemos ver sus restos mortales yaciendo en el desolador paraje de un remoto planeta. Su cráneo, bajo la visera del casco espacial, aparece repujado con piedras preciosas, plata y oro, como metáfora de lo efímero de la gloria, el éxito y la riqueza como meta en la vida. La lucidez de David al atreverse a dar forma a esa tremenda canción, y también a «Lazarus», sabiendo que su muerte era inminente, hiela la sangre. Con esa metáfora Bowie no sólo da sepultura al Major Tom con el que todo empezó; también entierra a todos sus personajes, a todas sus encarnaciones. Entierra a Ziggy Stardust –personaje cuyo éxito casi llegó a devorarle como artista–, y a Aladdin Sane y su rayo, y al Bowie encantador que conquistó a los young americans a base de soul blanco, y al existencial, distante e imperturbable Thin White Duke de «Station to Station», y también al explorador sónico que creó, ayudado por Brian Eno, Robert Fripp y Adrian Belew, la fascinante trilogía berlinesa conformada por «Low», «Heroes» y «Lodger», cumbre de la música de vanguardia de los años setenta.

Conservamos su cráneo, su mente y su música. Hoy, 16 de junio de 2022, se celebra el 50 aniversario de la edición mundial de «Ziggy Stardust and The Spiders from Mars». Y medio siglo después, la música que encierra el disco sigue brillando con la pureza de un diamante recién tallado. Honor y gloria.

Y en lo referido a las plagas cíclicas que se ciernen sobre los sufridos británicos, el glam rock no fue, ni muchísimo menos, la más preocupante de la serie histórica. Cinco años después, en 1977, y coincidiendo con el Jubileo de Plata de Isabel II, el estallido del punk arrasaría Inglaterra en el sentido más estricto y literal del término. Y esa violencia, que no descartaba la física, les dejaría a cuadros y viendo estrellitas de colores. Pero esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento.

LOS 12 ÁLBUMES IMPRESCINDIBLES DEL GLAM

JULIO MURILLO

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