Un exilio para la historia

A pesar de los muchos años transcurridos, aún a día de hoy los vecinos de Villefranche-sur-Mer, una localidad de la Costa Azul próxima a Niza y a Cannes, no pueden evitar detenerse al pasar por los alrededores de la señorial Ville Nellcôte, y admirar abstraídos sus magníficos jardines, sus balcones, amplias terrazas y miradores abiertos al mar, y esas elegantes escalinatas de acceso a la mansión…

…Y más de uno, al hacerlo, se siente transportado medio siglo hacia atrás, en el tiempo, rememorando su juventud, cuando un puñado de melenudos británicos de mala reputación ocupó la propiedad durante meses, y pasó a ser comidilla de propios y extraños.

Aquel verano de 1971, Villa Nellcôte fue una gran fiesta. De las que hacen historia. Nunca había desfilado por allí tanta gente, tantas mujeres bellas, tantos famosos, tantos fotógrafos y periodistas. Al menos no desde los años de la Segunda Guerra Mundial, durante la ocupación de Francia, cuando la lujosa finca fue requisada por el ejército nazi y se convirtió en el cuartel general de la Gestapo. Aquello, claro, fue otra historia, porque los muchos que entraban eran, principalmente, detenidos, partisanos y sospechosos. Y lo triste es mejor echarlo al olvido. Nada que ver. Pero aquel verano de 1971 cuando sus satánicas majestades los Rolling Stones, los reyes del rock, que ya reinaban en solitario tras la disolución de The Beatles, se instalaron allí, resultó inolvidable. El verano de cualquier vida. Además, concluyen muchos tirando de ironía, por primera vez Villefranche-sur-Mer apareció en el mapa, eclipsando en la prensa y en las revistas de actualidad a todos los engolados de Saint-Tropez, a Brigitte Bardot, a Jean-Paul Sartre, a Simone de Beauvoir, a Romy Schneider y a Catherine Deneuve.

Pero… ¿qué demonios hacían allí los Rolling Stones? ¿Tal vez el grupo había alquilado la propiedad para seguir celebrando por todo lo alto el enlace matrimonial de Mick Jagger con la actriz nicaragüense Bianca Jagger? La pareja se había casado en Saint-Tropez –otra vez la maldita Saint-Tropez–, el 12 de mayo. Y ya se sabe que estos hippies nunca saben cuándo poner fin a una buena juerga… ¿Pero de ser así cómo podían renunciar a la intimidad que toda pareja busca convirtiendo tan exclusivo château en un campamento de gitanos?

Lo cierto es que a la villa le había echado el ojo el guitarrista Keith Richards, que se instaló en la localidad costera junto a su compañera Anita Pallenberg, una modelo rubia que había sido la novia de Brian Jones, guitarrista y miembro fundador de los Stones, al que habían echado del grupo dos años antes, en 1969, y que al poco apareció ahogado en la piscina de su casa en Sussex. A la Pallenberg la mansión le deslumbró. Menudo palacio. Y para Marlon Richards, el hijo de dos años de la pareja, aquello era un paraíso.

Nada de bodas, ni celebraciones, ni campamento de verano. Los Rolling Stones se habían instalado en la zona huyendo de Inglaterra, en un auto exilio recomendado por el príncipe Rupert Lowenstein, amigo de Mick Jagger y asesor financiero del grupo. Los Stones, la banda de rock más famosa del planeta, estaban, paradójicamente, a un paso de la ruina. Tras una serie de álbumes extraordinarios –«Their Satanic Majesties Request» (1967); «Beggars Banquet» (1968); «Let it Bleed» (1969) y «Sticky Fingers» (1971)– el quinteto se había convertido en una máquina de hacer dinero. Entraba a espuertas. Pero su Graciosa Majestad y el fisco británico los cosían a impuestos y cada vez acumulaban más deudas. La solución: dejar de tributar en Inglaterra pasando buena parte del año fuera del país.

Ese, y no otro, era el motivo que les había llevado a la Costa Azul, a un exilio plácido frente al mar; dispuestos a alternar el sol y la laxitud del dolce far niente con la grabación de un nuevo álbum. Y como eran conscientes de que convivir bajo el mismo techo, día tras día, podría acabar como el rosario de la aurora, cada uno se instaló por su cuenta. Keith y Anita en Nellcôte; Mick y Bianca en Saint-Tropez; Charlie Watts, cerca de Aviñón, aunque pronto se hartaría de hacer tantos kilómetros a diario y exigiría habitación propia en la villa; Mick Taylor iba y venía, y Bill Wyman buscó algo en una población a pocos kilómetros. Nellcôte, sería para todos ellos el meeting point, el cuartel general, el lugar de trabajo y el marco de todas las fiestas imaginables. Mick se presentaba a diario cuando sus obligaciones conyugales se lo permitían, a lomos de una moto de gran cilindrada, y a ser posible a tiempo de subirse a la lancha que Keith había adquirido, y que muchos días llevaba a parte del grupo y sus amigos a desayunar en el puerto de Mónaco o en alguna localidad costera italiana.

Durante cinco meses Nellcôte fue, en versión familiar, Woodstock, o Monterrey, o Reading, o el festival de la Isla de Wight. El palacete cobijaba a los Stones, a músicos de sesión que eran requeridos a la hora de completar arreglos instrumentales, amigos y visitantes, periodistas, ingenieros y técnicos de sonido. Y a una legión de novias y groupies que todos arrastraban tras de sí. Nunca eran menos de setenta personas, que se acomodaban donde podían, bajo los toldos del jardín, en tiendas de campaña, bajo las escaleras o sobre la mesa de la cocina, que era un eterno caos en el que resultaba imposible no tropezar con docenas de botellas vacías de champagne y whisky. Cinco meses de resaca histórica diaria, que muchos directamente combatían a la mañana siguiente arrojándose vestidos a la piscina, mientras la Pallenberg, en déshabillé, liaba los primeros cigarrillos de marihuana del día.

El estudio se montó en el amplio sótano de la casa. Las sesiones de grabación, que arrancaron a mediados de julio, se prolongarían hasta bien entrado el mes de octubre, debido a diversos contratiempos. El cableado eléctrico de la casa era antiguo y no soportaba la enorme carga que se le exigía. Solventaron el problema conectándose ilegalmente al tendido de las vías férreas próximas, a fin de que el estudio móvil no diera problemas. Por otra parte Keith estaba pasando por uno de sus picos de adicción a la heroína y muchos días estaba grogui, completamente fuera de combate. Y cuando no, en ocasiones, prefería aislarse con una guitarra acústica en la arboleda del jardín junto a su amigo Gran Parsons, célebre músico estadounidense, miembro de The Byrds y Flying Burrito Brothers, que alentó en el Stone su incipiente pasión por el buen country. Aunque la larga estancia de Parsons, que aún se drogaba más que él, y que protagonizó algún que otro desmán, acabaría con la paciencia de Richards, que no dudó en echarle sin contemplaciones.

En ocasiones era Bill Wyman el que no estaba disponible y desaparecía. El bajista, un tipo muy tranquilo si se le comparamos con Mick y Keith, llevaba mal la anarquía imperante, y harto de todo ese caos les dejaba colgados de vez en cuando; de hecho Bill sólo tocó las líneas de bajo en ocho de los dieciocho temas de «Exile on Main Street», supliéndole en las restantes tomas Mick Taylor, el propio Keith Richards o Bill Plummer. En otros momentos era la inesperada visita de alguna celebridad, como William Burroughs o John Lennon, la que postergaba el trabajo. Finalmente, en el pequeño listado de catastróficas desdichas de esos meses, a Richards le robaron varias de sus guitarras una noche; y para colmo, el cocinero que alimentaba a diario a toda esa alegre tropa de rockeros, provocó un enorme incendio al dejarse el gas abierto, obligando a los bomberos de la zona a intervenir inundando la planta baja de la mansión. It’s only rock’n’roll (circus) but I like it!

Aunque a trompicones, prácticamente todas las bases del mítico «Exile on Main Street» quedaron cimentadas en esos meses, en sesiones que comenzaban al caer el día y que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada. No obstante, la idea original, el boceto de algunos temas no vieron la luz en Nellcôte; tanto la maravillosa «Sweet Virginia», como «Shine a Light», eran excedentes, outtakes, de las sesiones de grabación de «Let it Bleed» y «Sticky Fingers».

El largo stage de los Stones en la Costa Azul terminó de forma un tanto abrupta, en octubre del 71. De no haberse personado la policía en la casa posiblemente el grupo hubiera prolongado las sesiones hasta dejar el doble álbum finalizado y envuelto en celofán, a falta de mezclas, postproducción y arreglos finales en estudio. Pero la policía no estaba de humor, porque el lugar se había convertido en un constante ir y venir de traficantes de drogas, y sometieron a toda la corte satánica a un largo y tedioso interrogatorio. Los Stones decidieron hacer las maletas y volaron a Los Ángeles. Ocupando los Sunset Sound Studios –desde diciembre a febrero del siguiente año– vestirían y bautizarían a la criatura: «Exile» debido al exilio; y «On Main Street», porque tanto a Mick como a Keith les divertía que en Estados Unidos en cada villorrio hubiera una calle llamada «Principal». Para las grabaciones finales los Rolling Stones contratarían a dos de los mejores teclistas de la época: Billy Preston y Malcolm Rebennack, más conocido por Dr. John. Puro lujo. En marzo el productor estadounidense Jimmy Miller, responsable de cinco álbumes de los Stones, anunció al mundo la eminente edición del disco. Se editó, en forma de doble LP, y en un lanzamiento prácticamente simultáneo en todos los mercados, hace ahora exactamente medio siglo: el 12 de mayo de 1972. Un día grande para la historia del rock.

«Exile on Main Street» pulverizó todas las marcas anteriores del grupo. A las dos semanas de su publicación ya era disco de oro y sobrepasaba las 500.000 copias vendidas en USA, donde durante 43 semanas se mantuvo imbatible en los charts. Llegó al número uno en Estados Unidos, UK, Canadá, Noruega, Bélgica y Holanda en cuestión de días. A pesar de que pocos discos en la historia del rock han sido elevados como éste a los altares de las obras icónicas, eternas, emblemáticas e irrepetibles, la crítica especializada lo puso en la picota: «¿Dónde está el «Brown Sugar» del disco, o un «Sympathy for the Devil», o un arrebatador «Wild Horses»?», se preguntaban unos; «Inconsistente», «Autoindulgente» o «Irregular», apuntaban otros. La mayor parte de los periodistas y críticos de la época no supo ver el inmenso potencial que encerraba el disco, anclados como estaban al estereotipo de lo conocido y ya superado por el grupo… No fueron capaces de entender que los Stones habían dado forma a un fascinante melting pot, a un crisol, que amalgamaba todo lo que habían sido y todo lo que llegarían a ser en el futuro.

Y lo que es aún más importante: en su apresurada crítica no fueron capaces de reparar en el hecho de que «Exile on Main Street» es una obra de asimilación lenta, un veneno de efecto retardado que sólo cala en el ánimo tras múltiples escuchas. Tras el hit «Tumbling Dice», editado, al igual que «Happy», como sencillo, una tras otra comenzaron a copar las ondas radiofónicas las dieciocho joyas que encierra el álbum: «Rocks Off», «Sweet Virginia», «Rip this Joint», «Casino Boogie», «Loving Cup», «Shine a Light», o la maravillosa «Sweet Black Angel» sonaron durante meses.

Los Stones regalaron a su audiencia la más formidable y asombrosa aleación de rock and roll, rythm & blues, country, boogie, rockabilly, jazz, e incluso arreglos e influencias de gospel o música evangélica muy patentes en los coros y partes vocales de algunas de las canciones; atmósfera espiritual negra que a partir de ese momento afloraría con frecuencia, dando color a muchos trabajos futuros como «Black & Blue» o «Emotional Rescue».

Se equivocó la crítica, se equivocaba. El tiempo ha colocado a «Exile on Main Street» en el lugar que merece ocupar en la historia de la música popular del siglo XX. El disco no sólo es considerado a día de hoy por millones y millones de fans del grupo su trabajo quintaesencial, imprescindible, el que hay que salvar en caso de incendio; también la revista Rolling Stone otorga al álbum la séptima posición en su muy bien sopesada lista de «Los 500 Mejores álbumes de todos los tiempos».

Este 12 de mayo «Exile on Main Street» cumple 50 años. Medio siglo. Escúchenlo una y otra vez, en actitud reverente. Es una obra de arte mayúscula, creada en medio del más glorioso y creativo de los caos. Y si pasan por Villefranche-sur-Mere, acérquense a Villa Nellcôte, porque forma parte de la geografía sagrada del rock. Honor, gloria y vida eterna a sus satánicas majestades.

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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