Otra venganza catalana

Es innegable que en Cataluña, a pesar de todos los pesares, nos lo pasamos la mar de bien. El que no se divierte es porque no quiere…

… porque a estas alturas de película, cuando los que aún conservamos la cordura ya nos pasamos por el forro –aunque sigamos pagando el espectáculo, que aquí todos somos paganos— los desmanes, estupideces y trapacerías que cometen la horda de merluzos nacionalistas que nos desgobierna, debemos admitir que resulta imposible no reírse de ellos hasta perder la dentadura y tumbarse a vivir sus catastróficas desdichas bien provistos de palomitas.

Como supondrán les estoy hablando de ese nuevo vodevil bautizado como «catalangate» –la etiqueta le da al asunto un realce internacional de primera magnitud–, aunque más le cuadraría el calificativo de «Lazigate» o «Barretina connection. Contra el imperio de la droga identitaria». No les voy a poner en antecedentes o a explayarme sobre los hechos; seguro que todos ustedes están enganchados a este nuevo y apasionante capítulo del postprocés, que copa y copará los medios durante muchos días, porque a todos les interesa y todos tienen mucho que ganar o perder. Ya saben qué es Pegasus, el exclusivo software de espionaje político y que unos sesenta y cinco sediciosillos, presidentes y consellers del Govern de la Generalitat, miembros del Parlament, eurodiputados, cargos de Òmnium y de la ANC, abogados, periodistas, y primeros espadas del golpismo, fueron vigilados con lupa por los servicios de inteligencia. Ahí están Carles Puigdemont, Quim Torra, Marta Rovira, Elisenda Paluzie, Elsa Artadi, Jordi Sànchez, Laura Borràs, Gonzalo Boye, Anna Gabriel, Arnaldo Otegui y muchos más. Aunque en la lista también se incluye a algunos a los que espiar se hace incomprensible –porque espiar por espiar es tontería–, como es el caso de Albano Dante Fachin, al que a lo sumo debieron interceptarle una docena de llamadas o «guasaps» suplicantes: «Anda, primo, échame algo; que es triste de pedir, pero más triste es de robar…».

A ver, vayamos por partes, que la cosa tiene su miga y requiere disección. De entrada, sabiendo lo que ya sabemos sobre el asunto, podemos afirmar, sin demasiado riesgo de error, dos cosas en lo que a los «espiados» se refiere.

La primera es que toda esta patulea de baja estofa es peor que la peor de las pestes y que no pararán jamás de urdir, confabular, exigir y chantajear. Resulta que la marca, el dominio y la web «Catalangate» fue registrada por la ANC como mínimo tres meses antes de que The New Yorker publicará el artículo redactado por un independentista catalán aventando el asunto. ¿Por qué? Bueno, es de cajón: al nacionalismo todo le va mal; le llueven chuzos de punta: la mesa de negociación entre «Estados soberanos» no avanza ni con un tiro de doce bueyes; Pedro Sánchez pasa bastante de ellos, porque tiene a los de ERC cogidos por los gloriosos –gracias a Salvador Illa y a los aquiescentes mamporreros del PSC–; la parroquia de abducidos que les sigue sandalia en mano despotrica contra ellos y ha perdido toda esperanza de que en el futuro se añadan segundos extra a su «republiqueta de Narnia»; las formaciones independentistas se llevan a matar; la reina Laura Borràs está desnuda y cuelga de un hilo… Y ya solo faltaba, con el descrédito internacional en el que ha caído Vladimir Putin, que se airearan los contactos y entrevistas mantenidas por el entorno de Carles Puigdemont con Rusia a fin de asegurarse un mínimo respaldo en su coup d’État de 2017. Por lo tanto el «Catalangate» no pretende sino desviar la atención de todos esos asuntos.

La segunda certeza, tras argumentar lo ladino de su proceder, es que toda esta parroquia de viciosos sediciosos, más allá de ser patética en extremo, es tonta de capirote. Intelectualmente son más zafios que Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio. Su indigencia intelectual es digna de estudio; deberían plantearse donar sus cerebros a la ciencia cuando con tanta paz se marchen como paz nos dejen a todos…

¿Cuánto serrín se acumula en el cerebro de quienes con alegría concluyen que pueden saltarse todas las leyes habidas y por haber, autonómicas, nacionales y europeas; fracturar a la sociedad; hacer huir a miles de empresas; cortar autopistas y vías férreas; bloquear aeropuertos, e incendiar las ciudades a base de Tsunamis, sin que ello tenga consecuencias, sin que el Estado utilice todos los medios a su alcance a la hora de contener su órdago a la grande? ¿Creían que el estado no actuaría? ¿Ninguno de ellos ha leído al filósofo alemán Max Stirner? ¿No saben que en las reglas que rigen el tablero democrático el uso de la fuerza en manos del individuo es crimen, y sólo es considerado Derecho en manos del Estado?. Incultos, zoquetes.

¿Pero de qué guindo se ha caído esta pandilla de iluminados? ¿Acaso son ignorantes hasta el punto de desconocer la historia, la evolución de las sociedades, el funcionamiento del poder? Desde que el mundo es mundo, sátrapas y arcontes, príncipes y reyes, imperios y naciones, se han preocupado de espiar comme il faut al enemigo; y aún más cuando éste manifiesta, megáfono en mano y durante años, su intención de subvertir, atentar y pisotear el estado de derecho. ¿Para qué sino mantienen todos los gobiernos del mundo servicios de inteligencia? ¿Acaso es ilegítimo defender su integridad, leyes e intereses? Cloacas, tejemanejes, guerra sucia, contragolpes, escuchas y espías, los ha habido y habrá siempre. El Gobierno francés, recuérdenlo, no dudó en hundir el Rainbow Warrior en Nueva Zelanda, en 1985, porque los de Greenpeace les estaban haciendo la puñeta con sus protestas por sus ensayos nucleares en el Pacífico. ¿Estaba al tanto de un asunto de tal calado Françoise Mitterrand? ¡No me hagan reír, claro que sí! Y ni él ni ningún otro presidente francés hubiera dudado en actuar de tener en su territorio a separatistas intentando dinamitar la soberanía nacional. Más que espiarlos, los hubiera barrido sin clemencia del mapa. Y aquí paz y luego gloria.

Por lo tanto el espionaje político del «Catalangate», por mucho que vocifere esta marabunta indeseable, es a todas luces mera defensa por parte del Gobierno de turno a la hora de defender las leyes, la integridad territorial y nuestra Constitución. Otra cosa es dilucidar si se ha hecho correctamente, conforme a la ley. Eso se verá, sin duda alguna.

Así que menos vociferar, menos exabruptos y menos aspavientos; que dejen los espiados de mesarse las barbas, de rasgarse las vestiduras y de exigir que rueden cabezas. No hay nada que pudiera satisfacer más a ERC, a JxCat, a la CUP, a Bildu y a Podemos que el forzar la dimisión de Margarita Robles, mujer que no se anda por las ramas e incendia ánimos –que no logra apagar Félix Bolaños en su papel de bombero–, o propiciar la caída de Paz Esteban López, la directora del CNI. Tanto el CNI, como la policía, como los cuerpos y fuerzas de seguridad están para lo que están: para pararles los pies a esta recua de desaprensivos y delincuentes, condenados y liberados antes de tiempo por cálculo político e interés de Pedro Sánchez. Así que haría bien en callar Oriol Junqueras, el tumbaollas de andorga insaciable, y también Pere Aragonès, el nen que logró reinar. Y que Gabriel Rufián deje de hacer de correa de transmisión de su idolatrado Pablo Iglesias, máximo caradura de la extrema izquierda. Y por último, por favor, que alguien saque de la sala a Marcela Topor, y que tras explicarle que en nada se parece España a la dictadura de Ceausescu, y que aquí no hay terrorismo de Estado que valga, la envíe por correo a franquear en destino a Transilvania, en su Rumanía natal, donde ella y el espantajo de su marido podrán vivir a cuerpo de Drácula eternamente. En cuanto a todos los que conforman la lista de espiados, baste con recordarles las palabras de Inés Arrimadas en el Congreso: «Tengo un truco infalible por si no quieren que los investiguen. No delincan, ni den golpes de Estado, ni anuncien que lo volverán a hacer…»

Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos. Porque esto, amigos, tiene aún mucho recorrido. De entrada, y a fin de asegurar la estabilidad de la legislatura, Pedro Sánchez, en otra de sus erráticas y surrealistas maniobras, pretende saciar a la bestia abriendo las puertas de la Comisión de Secretos Oficiales a ERC y a Bildu, ante la perplejidad de toda la oposición. Si de lo que se trata es de acabar con el CNI casi sería mejor y más rápido hacerlo saltar por los aires a base de dinamita. De momento la maniobra ya ha dado los resultados que él buscaba: Bildu ha votado a favor del plan anticrisis del Gobierno; los de ERC por su parte se mantienen en sus trece y han votado en contra. Los de Junqueras quieren cabezas.

Y la primera en rodar ha sido la de Paz Esteban López, a la que, atención, porque la semántica es importante, no han destituido. Sólo la han sustituido. Es decir, le cortan la cabeza al CNI, le ponen otra, cualquiera, la que tengan más a mano. Y aquí paz y luego gloria, que en el «Gobierno Frankenstein Sucialista» zurcen y dan puntos de sutura que es un primor. La cosa parece un patchwork, aunque de lo más cutre. Qué vergüenza de país, qué vergüenza de Gobierno, señores, señoras y señoris…

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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