Warhol by Warhol

Sobre la figura de Andy Warhol, célebre artista estadounidense, diseñador, pintor, publicista e ilustrador de vanguardia, agitador y cronista cultural, y figura icónica por excelencia del pop art mundial, se puede teorizar hasta la saciedad; y no solo en lo referido a la inmensa repercusión de su obra en la imaginería, tendencias y creatividad del siglo XXI, sino, básicamente, en todo lo relativo a su compleja y poliédrica personalidad.

A pesar de haber sido analizado desde todos los ángulos posibles, Warhol continúa siendo un enigma. Seguramente, como muchos seres humanos, Andy constituía un enigma incluso para sí mismo. Y mientras se buscaba e intentaba comprenderse recorriendo los pasadizos de su psique, lograba explicarse con meridiana claridad con una cámara o un pincel en la mano. 

Bucear en su vida nos permite intuir que ante una sociedad tremendamente conservadora y proclive al escándalo, mantenía su naturaleza íntima bajo llave, en una estancia inaccesible de su fuero interno, y que solo a través de su creatividad, pluridisciplinar y desvergonzada, se le puede interpretar con poco margen de error. Warhol era timorato hasta lo enfermizo en su definición personal, aunque transgresor y rupturista en sus propuestas; inseguro, vulnerable y frágil, pero enérgico y contundente en su trazo y concepción del arte; temeroso y ambiguo a la hora de tomar partido, pronunciarse o definirse en lo sexual, religioso, social y político, pero capaz de zaherir y levantar ampollas con su trabajo, extravagancias, happenings y vida social, a la manera en que lo hacían agitadores como Marcel Proust o Salvador Dalí. Treinta y cinco años después de su muerte, acaecida en febrero de 1987, al puzzle que fue Andrew Warhola, el hijo de unos humildes emigrantes eslovacos que conquistó Nueva York y el mundo con su talento, aún le faltan piezas por encajar.

Basándonos en los diarios que Warhol dictó, entre 1970 y 1987, casi siempre por las noches o a primeras horas del día, y por teléfono, a su secretaria y amiga Pat Hackett –una deslavazada pero reveladora compilación de fragmentos cotidianos, publicados tras su muerte bajo el título “Andy Warhol, diarios”–, conseguimos recuperar la mirada subjetiva del que fuera artífice y cronista de una época irrepetible del mundo y de la cultura americana. El escritor británico James Graham Ballard afirmó, ante esa avalancha de recuerdos salvados del olvido: “Lo que distingue a Warhol es su naturalidad, que asume sin ningún esfuerzo; una inocencia de grandes ojos abiertos que recuerda la de los primeros cineastas. Warhol es, en más de un sentido, el Walt Disney de la era de las anfetaminas. En sus diarios, las interminables fiestas se suceden como en un sueño urbano, poblado por estrellas de cine y famosos de todos los órdenes. Mike y Bianca Jagger, Jack Nicholson y Jacqueline Kennedy Onassis, Madonna y Yoko Ono desfilan iluminados por una prosa tan tersa y fría como sus grabados de choques de coches o de sillas eléctricas.»

Ahora, muchos años después de su publicación, estos diarios han servido para que el director Andrew Rossi, y el productor ejecutivo Ryan Murphy ensamblen el guión de una extraordinaria serie documental –seis imprescindibles capítulos de una hora de duración– estrenada a nivel mundial hace muy pocos días en la plataforma Netflix. ”The Andy Warhol Diaries” (el documental mantiene el mismo título que las citadas memorias) permite al neófito adentrarse en la fascinante vida y obra del artista, pero sobre todo constituye un regalo para el ojo avezado, para aquellos mínimamente familiarizados con el personaje y su tiempo; porque capítulo a capítulo brinda –en una fascinante y vertiginosa sucesión de películas de época e imágenes de archivo, dibujos y obras inéditas, y declaraciones de familiares, artistas, políticos y celebridades coetáneas– una visión multiangular, casi holística, que permite entender quién fue Warhol y por qué merece ser considerado clave de bóveda del arte moderno. 

Desde lo artístico, la serie corrobora desde el primer capítulo la forma en que Andy utilizaba el color, siempre chillón, siempre excesivo, casi una bofetada cromática, y también su uso de las líneas y trazos gruesos, con los que remarcaba las facciones –contorno, cejas, labios, ojos– de las celebridades que retrataba en sus obras. Recuerden la serie sobre Marilyn Monroe; el retrato de Mao Tsé-Tung; las portadas de los álbumes de John Lennon, Rolling Stones, Diana Ross, Aretha Franklin y Debbie Harry, entre muchas otras; el mítico plátano que ilustró el álbum de la Velvet Underground de Lou Reed y John Cale, o los 32 botes de sopas Cambell de 1962. 

Ese tratamiento, esa forma de pintar, tiene su origen y explicación en un hecho de su infancia, cuando acudía con su familia a la iglesia católica bizantina de San Juan Crisóstomo en su localidad; iglesia decorada con pinturas religiosas que le fascinaban y atrapaban poderosamente; frescos en los que Jesucristo, los apóstoles y santos, eran presentados al más puro estilo bizantino –piensen en el célebre pantocrátor de Cristo de la basílica de Santa Sofía en Estambul– reflejando poder y autoridad. Las tres características principales de ese estilo artístico son la fuerza del trazo, la extraordinaria vivacidad del color y la bidimensionalidad. Y Warhol las interiorizó e hizo suyas para siempre.

Del mismo modo, gracias a esta serie documental, entenderemos , aunque no de forma completa, los motivos que llevaron a Warhol a construirse una máscara a medida –a base de maquillaje, pelucas plateadas siempre mal colocadas, y unas maneras tan extravagantes como delicadas– tras la que protegerse y mantener al mundo a raya; su necesidad de mostrarse inaccesible y distante se explica si conocemos muchos aspectos que le marcaron durante la infancia. Andy era un niño sumamente inseguro al que le costaba ser aceptado por sus compañeros, que le acosaban y se burlaban de él; a todas horas le acompañaba su hermano mayor, su protector. Además, su sistema nervioso estaba afectado por el coloquialmente denominado “baile de San Vito”, sus piernas raramente estaban quietas, y sufría notables alteraciones en la pigmentación de su piel, eritemas y sarpullidos, muy evidentes en el rostro. Todo eso le llevó a convertirse en un ser sumamente hipocondríaco, retraído, asustadizo. Aunque aceptaba y entendía la servidumbre de lo social como inevitable escalera al éxito, su intimidad quedaba limitada a muy pocos.

De todos modos el hecho, el acontecimiento fundamental, que de forma dramática marcaría un antes y un después en la vida de Andy Warhol, queda relegado en la serie documental a una mera mención. Se pasa de puntillas sobre ese asunto. Y es lógico si entendemos que lo narrado en la serie –en la que la voz recreada del propio Warhol verbaliza esas memorias gracias a la moderna tecnología de audio– se ciñe estrictamente a lo recogido en los diarios, que arrancan, no lo olvidemos, en 1970, y apenas se entretiene en referencias a lo acaecido durante la década de los sesenta. 

En esa época la mítica The Factory, el estudio y cuartel general de Warhol en la quinta planta del número 31 de la calle 47 Este, en Manhattan, era un crisol creativo frecuentado por una farándula de personajes en busca de autor –parafraseando el título de Luigi Pirandello–, artistas, diseñadores, escritores, cineastas y actores necesitados de gloria y éxito. Y a toda esa farándula llamando a las puertas del cielo, Warhol les regalaba sus quince merecidos minutos de fama y gloria. Utilizaba a muchos de ellos como ayudantes, o les incluía en alguna de las películas “experimentales” que allí se rodaban. Valerie Solanas, una guionista y escritora feminista asentada en el Greenwich Village, un ser tan perdido, desequilibrado y cargado de contradicciones como el propio Warhol –había sufrido abusos sexuales por parte de su padre en la niñez, y a pesar de su odio acérrimo hacia los hombres no tenía reparos en prostituirse como forma de vida–, comenzó a frecuentar La Factoria. Entregó a Warhol el guión de una película (“Up your Ass”) que al parecer él extravió y no pudo devolver. Lo que había empezado como una relación agradable y enriquecedora derivó, por parte de la escritora, en acoso sistemático y toxicidad. Solanas acusaba a Warhol de querer robarle su trabajo y de intentar controlar su vida. El 3 de junio de 1968 se presentó en The Factory con una pistola y le disparó tres balas a quemarropa, de las que dos causaron estragos en su cuerpo.

Andy Warhol fue intervenido a vida o muerte por varios cirujanos. Ninguno confiaba en que pudiera salir vivo de algo así. Pero lo hizo. Solanas fue inhabilitada y condenada a tres años de reclusión. Pasó buena parte del resto de sus días en hospitales y centros psiquiátricos. Hoy es considerada una musa del feminismo más radical por el panfleto –calificarlo de ensayo sería un insulto a los ensayistas– que escribió en 1967. El denominado “Manifiesto SCUM” –acrónimo de “Society for Cutting Up Men”, o “Sociedad para la eliminación del hombre”– es hoy libro de cabecera de movimientos misándricos y ginarquistas, y del peor hembrismo que se camufla tras la bandera de un falso feminismo.

Saber que había logrado esquivar de forma milagrosa a la muerte cambió a Warhol por completo. El tiempo, a partir de ese momento, era tiempo regalado, y así lo entendió él: «Antes de esos balazos, siempre pensé que estaba un poco más para allá que para acá; siempre sospeché que estaba viendo la tele en vez de estar viviendo la vida». Esa nueva visión, nacida de la certeza de lo efímero, le llevaría en lo personal a superar su proverbial inseguridad y timidez, inaugurando la etapa más tranquila, prolífica, creativa, y también frívola, de su vida. Trasladó The Factory, comenzó a dictar de forma cotidiana sus diarios, e hizo de su arte y talento un negocio. Esos son los años en los que básicamente se centra esta serie documental “The Andy Warhol Diaries”. 

El artista decidió apagar el televisor, dejar de contemplar la realidad a través de un visor y bajar al centro de la arena a fin de vivir, amar y ser amado, observar y dejar constancia de su percepción y visión del mundo. Logró elevar el universo de lo cotidiano, ése que permanece fuera del foco de nuestra atención, a la categoría de arte comercial, prêt-à-porter, al recrearlo con su mirada lisérgica y su trazo bizantino, y ofrecerlo al mundo como un hallazgo maravilloso que es contemplado por vez primera. 

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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