Recuperar la soberanía, un debate inevitable

A la vista de cómo evoluciona todo, y me refiero, claro, a esa guerra terrible a las puertas de casa, pero también a ese aceite y pan que mengua de puertas adentro, ayer me entretuve en pensar en el asombroso grado de contención y resiliencia que los ciudadanos de a pie de los países democráticos somos capaces de mostrar ante la adversidad.

Si lo pensamos fríamente, este tecnológico siglo XXI, este deslumbrante y quimérico tercer milenio que inauguramos esperanzados, está demostrando con creces ser igual o peor que las tragedias vividas en el siglo XX; teniendo en cuenta, eso sí, que la práctica totalidad de la población mundial, por edad, no las sufrió en sus carnes, aunque las conozcamos con absoluto detalle. Les tocó a nuestros padres, abuelos y bisabuelos, a base de freír pieles de patatas y compartir farinetas o gachas, soportar dos guerras mundiales, y, en nuestro caso, una Guerra Civil fratricida y una dictadura de cuarenta años; época negra de la cual los que ya peinamos canas en la actualidad vivimos a lo sumo sus días postreros. 

Parecía por lo tanto improbable que tantas catastróficas e incontables desdichas, que forjaron el temple de nuestros ancestros, pudieran volver a cernirse sobre el mundo cual bandada de cuervos negros. Pero al caos, la peste, la guerra, el hambre y la muerte, no hay cerrojo que los confine. En menos de un cuarto de siglo hemos visto cómo los ataques del 11 de septiembre de 2001 alteraron la paz y la configuración geoestratégica del mundo. Bajo la flameante égida de ese New World Order anunciado a golpe de megáfono, nos tocó vernos inmersos en la Guerra de Irak (2003-2011); asistir al derrocamiento de Sadam Huseín (2006) y el fin de Osama Bin Laden (2011); sufrir el zarpazo del Estado Islámico y del terror yihadista por toda Europa (Madrid, 11M de 2004, y Cataluña, 17A de 2017); desayunar a diario con la Guerra de Afganistán, declarada por George W. Bush en 2001 y cerrada, en «falso», sin haber conseguido controlar y estabilizar el país, veinte años después, con la reciente retirada de las tropas estadounidenses en 2021 por orden de Joe Biden.

Si todos los traumas archivados en la memoria colectiva fueran solo los consignados en el párrafo anterior, casi podríamos darnos con un canto en los dientes. Junto a todo ese hatillo indeseable, y sin contabilizar conflictos y catástrofes locales, tsunamis (Océano Índico, 2004, y Japón, 2011) y estragos climáticos, nos cayó encima, de sopetón, una monumental Crisis Financiera Global (2007/8 – 2014/15) que barrió a la clase media. Ya no se trataba de sobrevivir, en precario equilibrio sobre el alambre, porque lo que tocaba salvar, en primera instancia, era a la banca y al Sistema, que son el único modelo que hemos patentado tras miles y miles de años de evolución y pensamiento. El brutal descontento social generado por ese tremendo descalabro propició la irrupción y el auge del populismo de extrema izquierda, que nada bueno nos ha dejado más allá de consignas huecas y una caterva de cantamañanas de juzgado de guardia; la consolidación de China como potencia hegemónica, dispuesta a comprar el planeta a golpe de talonario; la paulatina decadencia de Estados Unidos como arbiter mundial, y el insoportable supremacismo moral de una izquierda carente de ética y postulados que no sean la cacareada agenda 2030, la pancarta y el chiringuito.

Si eso les parece poco, sumen a lo dicho, el drama, por no calificarlo directamente de tragedia, que ha representado para todos los españoles el haber sufrido durante diez años, de puertas adentro, un proceso separatista instado por una élite de miserables plutócratas fascistas catalanes.

Finalmente, porque el desastre no se puede servir sin guinda y velas, se presentó, cual cisne gris, el Coronavirus, paralizando el mundo y arruinando nuestras vidas durante dos largos años. Y ahora, seis millones de muertos más tarde, cuando intentamos incorporarnos tambaleantes sobre la lona tras el knockout económico, Vladimir Putin, un megalómano totalitario con ínfulas de grandeur imperial, nos aboca a un desastre sin precedentes al iniciar una guerra cuyo desenlace es absolutamente impredecible, más allá de la certidumbre de que supondrá el mayor reto humanitario de la historia de Europa; el prólogo a incontables años de inestabilidad; un reposicionamiento del tablero geoestratégico; una nueva Guerra Fría; un nuevo Telón de Acero y un caos económico sin precedentes. La pasada semana Christine Lagarde anunció el inicio del tapering por parte del BCE, es decir: la retirada progresiva de estímulos económicos y el fin del programa de compra de deuda pública. El anuncio es una mala noticia para países como España, Italia y Grecia. Aunque a nivel europeo queda la posibilidad de recurrir al PEEP, programa especial creado a raíz de la crisis del Covid. 

Ante el nuevo escenario que supone el conflicto de Ucrania, el Gobierno de Pedro Sánchez, emulando a otros países de la UE, ha anunciado rebajas fiscales que negociará con el PP; un incremento en el gasto de Defensa que supondrá el 2% del PIB; y asegura estar preparándose para gestionar una “economía de guerra”. También durante los últimos días se ha rumoreado con insistencia la posibilidad de introducir modificaciones en la Ley de Seguridad Nacional, aprobada el pasado diciembre, de modo que permita, de ser preciso, movilizar a ciudadanos mayores de edad, el acceso temporal a bienes públicos y privados, y la obligación de los medios de comunicación a colaborar con el Gobierno. Este punto ha sido desmentido por el general Miguel Ángel Ballesteros, director del departamento de Seguridad Nacional, que sostiene que las posibles actuaciones que se deban tomar a raíz de la guerra ya quedan contempladas en el documento aprobado.

Por si no tuviéramos suficientes motivos para la inquietud, en otra de sus maniobras erráticas, propias de un autócrata psicópata de tomo y lomo, Pedro Sánchez, sin consultar con las principales instituciones del Estado, sin despachar siquiera con el Rey, con su Consejo de Ministros, despreciando a la oposición y al Congreso, se ha arrodillado ante el sátrapa de Rabat, resolviendo un delicado contencioso que arrastramos desde aquella «Marcha Verde» de 1975, y ha capitulado, bandera incluida, ante Marruecos. A resultas de esa incomprensible y vergonzosa actuación, España ha perdido la primogenitura del gas argelino, ahora en manos de Italia, con lo que eso supone en medio de una crisis energética y económica, ha hecho el ridículo, no ha conseguido contrapartidas y nos ha debilitado aún más si cabe. Vamos bien.

Tal vez el aldabonazo en puerta que supone el conflicto bélico provocado por Putin en Ucrania sea, tras las muchas catástrofes que hemos vivido en lo que llevamos de siglo y que he rememorado en estas líneas, la última sacudida que necesitábamos para despertar de nuestro letargo y comprender, de una vez por todas, que más allá de nuestra pertenencia a la UE y nuestra vinculación con un mundo totalmente globalizado, debemos recuperar las riendas y el control de nuestro destino en ciertas competencias o áreas. Y eso se traduce en términos de independencia y soberanía energética, industrial y alimentaria. Ya no solo es Vox el partido que defiende esa idea. En los últimos días, y en idéntico sentido, se han pronunciado los presidentes Fernández Vara (Junta de Extremadura), Javier Lambán (Gobierno de Aragón) o Juanma Moreno (Junta de Andalucía) entre otros. Nunca es tarde para caerse del guindo y rectificar. Ese debate debe producirse y ser abordado por todos. 

Sean felices, ahora más que nunca, porque todo es efímero y pende de un hilo. 

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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