En su soledad

La nostalgia ya no es lo que era, como dijo Simone Signoret, y se escapa como arena entre mis dedos. El mundo se ha vuelto loco una vez más y las bombas han sustituido a las palabras. Ha llegado el día en que la inocencia, que nunca se pierde del todo, se extravía y corre el riesgo de volverse cínica a golpes de desencanto y lucidez.

La nostalgia ya no es lo que era, como dijo Simone Signoret, y se escapa como arena entre mis dedos. El mundo se ha vuelto loco una vez más y las bombas han sustituido a las palabras. Ha llegado el día en que la inocencia, que nunca se pierde del todo, se extravía y corre el riesgo de volverse cínica a golpes de desencanto y lucidez. Los hombres se convierten con pasmosa facilidad a la religión del odio, como si ya sólo pudieran vivir encerrados en un pequeño, ínfimo mundo, hecho de asfixia y ceguera, y no supieran expresarse sino con rabia y crueldad. «Quien no ha vivido antes de la revolución no ha conocido la dulzura de vivir», dijo el diablo cojuelo. Y quien ha vivido demasiado intensamente la vida acaba por hastiarse hasta de su propia vitalidad, añado yo, sin duda inspirado por el inevitable Cioran, que decía que hay que pasarse la segunda mitad de la vida desaprendiendo lo que se había aprendido en la primera. En medio del caos, la demencia, el gran enemigo interno, vence a la energía mientras el sufrimiento sólo sabe provocar hartazgo. Jeff Costello, el samurái solitario, sana con delicadeza y precisión sus heridas para presentarse íntegro ante la muerte, su propia muerte, la que él mismo planea y orquesta como un orfebre. En cuanto a David Addison, ah, David, según cuentan su mente se ha agotado, probablemente de tanto abusar de pullas y ocurrencias para nunca acabar de confesarle su amor a la pobre Maddie Hayes dando un rodeo tras otro. Dos torbellinos se encaminan a la extinción. Y mi infancia, la real, asiste a un golpe que le puede resultar fatal. La nostalgia ya no puede ser la misma. El ángel de dolorosa belleza que se encarnó en Jeff Costello imita a su creación y pide ayuda para morir, él que fue un fuera de serie, un pura sangre, un modelo, dueño de una inalcanzable belleza física, un mito, nacido para vivir a fondo el estrellato al que le condenaron con todo su amor sus fans, como siempre lo seré yo, un niño que se sintió fascinado por el profundo anhelo de soledad y tragedia de sus personajes. Ese mismo niño que aún pudo permitirse el lujo de seguir siéndolo cuando David apareció en su vida, cercanos ya unos treinta años que empezaban a entrar en la pequeña lucidez, la inicial, aunque con una energía de adolescente que parecía, ay, inagotable. El insolente David fue la última estrella clásica, o así le considero yo, que tanto amo la eternidad. Jeff y David, en los que ficción y realidad se hermanaron como pocas veces en la historia de los sueños.

Me paseo por las calles de mi ciudad en una tarde que anuncia la primavera sin atreverse aún a despedir al invierno. Imito a Jeff sin darme cuenta. Las solapas de mi gabardina cubren parte de mis mejillas, ingenua e insuficiente defensa ante el mundo que me rodea y al que siento más ajeno que nunca. Esta es mi ciudad sin serla. La mayor parte de los rincones, parajes y locales en que fui feliz han desaparecido o se han transformado con la frialdad de una evolución que considero equivocada y torpe, además de implacable. Me hago mayor, sin duda. Puede que yo ya no forme parte de mi ciudad, pero también es cierto que mi ciudad se ha convertido en un gigante de alma pequeña que me abruma sin seducirme, quizá porque me pisotea sin consideración, a mí, que había sido una rata cloaquera chapoteando de cine en cine, esas catedrales que se esfumaron hace tanto tiempo. No dirijo mis pasos a ningún lugar concreto en una ciudad que anda tan extraviada como mi nostalgia. ¿Dónde está mi entusiasmo juvenil? Sí, lo siento cuando regreso a terrenos conocidos que siguen aportándome algo nuevo que descubrir y disfrutar, que no son todos los de antaño, sólo los que han sabido perdurar, señoriales. Como él, a quien descubrí, como tantas otras cosas que han valido la pena en mi vida, en los cines de mi barrio, que tampoco me pueden servir ya de refugio salvo en el recuerdo contrariado. Quizás aquí no haya nostalgia sino una modernidad que se regenera día tras día, vida que se renueva a cada instante. Benditos sean los ángeles y Phenomena por eso. Y sí, sé que en su biografía hay puntos muy oscuros y en su carácter la vanidad impera, pero también están la vulnerabilidad de los que parecen fuertes, probablemente porque poseen el don de exponer en la pantalla su fragilidad sin subrayarla, sin trazos gruesos, eterno secreto, eterno misterio. Humano, demasiado humano. Y bello, un fuera de serie, ya lo había dicho. Un insulto a la mediocridad y la envidia. Lo conocí una vez, mi privilegio. Y se lo dije: «¡Qué honor trabajar hoy con usted!». «Espere a que hayamos acabado». Qué reflejos, pensé. Qué profesionalidad. Quel savoir faire. Y compartimos una risa sana que hermanó al niño con su héroe durante unos inolvidables segundos. Por supuesto que fue un placer y un honor trabajar con él. Así se lo hice saber cuando acabó el día y él me lo agradeció con sencillez. El mito prepotente tan cercano, tan accesible, tan humano. Esos momentos de la vida en los que la ficción y la realidad se hermanan como pocas veces en el mundo de los sueños.

En cuanto a David, bueno, nació en la televisión y entró por la puerta grande del cine de la mano de Blake Edwards, experto en sacar pepitas de oro de la pequeña pantalla. A Blake le siguió John McTiernan, el ingeniero más genial del cine de acción, que le regaló la vida eterna al ritmo del trepidante Yippie Ki Yey con que se enfrentaba al malvado más elegante y sublime que vieron mis ojos, Hans Grüber.

El milagro de dominar el tiempo y el espacio a través de una energía atómica controlada con milimétrica precisión. Eso hizo el gran ingeniero, ahí le metió cuando lo transformó en John McCLane. ¿Para qué hablar del resto? Sí, ya sé, está ese fantasma que tanto seduce y fascina a los chicos de hoy (no a mí, que soy un clásico gruñón, lo siento) con el que demostró ser el gran actor que es, cosa que los fans de la lunática agencia de detectives ya sabíamos porque éramos hijos de Howard Hawks y Cary Grant, ese privilegio por el que nunca sabremos estar lo suficientemente agradecidos. Y, sí, también sé de su tempestuoso carácter y de sus caprichos, que supo domar para hacerse humilde y arrodillarse ante Paul Newman por el salario mínimo profesional o reírse de sí mismo ante la sarcástica mirada de Robert Altman. Dispuesto para todo, dotado para todo, este actor generoso nos dice hoy hasta la vista sin poder controlar el verbo. Yippie Ki Yey para siempre, amigo.

La nostalgia se escapa entre mis dedos como arena, pero aún me queda la suficiente para escribir este pequeño texto teñido de feliz melancolía que hoy les entrego para compartir con ustedes, Jeff, David y John, Alain y Bruce, y el amado lector, la alegría de haberles conocido.

JAVIER ARAZOLA

Síguele en Twitter: @AmbersonsI y en su blog The Magnificent Ambersons

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JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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