Burócratas camino de la guerra

Cuántas veces en las últimas décadas hemos oído esa expresión «burócrata de Bruselas» para referirse en tono despectivo a los funcionarios y responsables políticos de la UE...

Cuántas veces en las últimas décadas hemos oído esa expresión «burócrata de Bruselas» para referirse en tono despectivo a los funcionarios y responsables políticos de la UE. La última que recuerdo en una entrevista a un profesor de la Universidad John Hopkins, Yascha Mounk; una persona que, por cierto, no aparenta acumular ninguna experiencia más allá de los libros y los papeles, pero que asume tener más claro cómo funciona la cabeza de un ex agente de la KGB que alguien que ha sido Ministro de Asuntos Exteriores de España y es desde hace un tiempo, el Responsable de Política Exterior y de Seguridad de la UE; o que quien ha sido Ministra de Defensa de Alemania durante más de cinco años.

La expresión no me parece equivocada, por lo que explicaré; pero sí que es un error dotarla de connotaciones negativas. Al fin y al cabo un burócrata es quien vela porque se respeten los reglas y, por tanto, cuida la armonía en sociedades complejas en las que los intereses contrapuestos solamente pueden ser canalizados de forma pacífica por un medio: la ley. En el caso de la UE, además, esas reglas están inspiradas por valores que, creo, no pueden ser despreciados. Democracia, Estado de Derecho, garantía de los derechos fundamentales son los ejes de las políticas europeas, así que velar porque se respeten no parece una tarea que deba ser menospreciada.

Ciertamente, no todo funciona como debiera en la UE, y seguramente, cada uno de nosotros puede hacer un buen puñado de críticas a las instituciones, desde el Tribunal de Justicia hasta la Comisión pasando por el Parlamento y el Consejo. Pero esas críticas no han de hacernos olvidar que, con todos sus problemas, nadie puede negar que la UE es una de las regiones del mundo donde mejor se combina respeto a los derechos humanos y a los principios democráticos con prosperidad económica y una relativa igualdad dentro de las sociedades. Ser, por tanto, un «burócrata» encargado de velar porque ese delicado mecanismo siga funcionando no parece que pueda ser considerado una crítica.

La referencia a los «burócratas de Bruselas» puede tener también otra connotación: haría referencia a quienes simplemente velan porque se mantenga el status quo, oponiéndolos así a los políticos con visión que protagonizan las grandes transformaciones. Este planteamiento, de nuevo, sería equivocado.

La UE es un fenómeno único en todo el mundo. En ningún lugar se ha dado una integración tan profunda entre diversos estados; una integración que, además, es progresiva. En ocasiones lenta, en otros más rápida; pero que se prolonga ya por décadas enfrentándose en cada generación con nuevos desafíos. El mantenimiento del proyecto europeo no sería posible sin los funcionarios y sin los políticos que han decidido apostar por él y dedicarse no solamente a conservarlo, sino a hacerlo avanzar. Pretender que la UE sestea mientras otros países actúan es un error de perspectiva importante. A veces costará verlo, pero recomiendo seguir el proceso de la negociación del Brexit para darse cuenta de la fuerza real de los burócratas frente a los políticos decididos a hacer cambiar el destino de su pueblo… y vaya si lo han cambiado.

Detrás de cada burócrata hay una persona, un profesional o un político. Conozco varios. Unos venidos de España, otros de Rumanía, de Bélgica, Italia o Alemania. Todos tienen su historia, una historia que nos habla de la historia de Europa. Algunos de ellos nacieron en dictaduras; otros en democracias; algunos de ellos vienen de países mediterráneos, otros de países del este. Unos son de familias acomodadas, otros de familias humildes. Algunos trabajaron por la democracia desde la clandestinidad (Borrell, por ejemplo), otros vienen de familias que han vivido en democracia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los que conozco tienen conocimiento, entusiasmo y dedicación. Acertarán unas veces y se equivocarán otras; pero creo que merecen nuestro respeto.

Es cierto que desde hace décadas lo único que hemos conocido es una paz que solamente se vio rota en territorio europeo por la guerra de Yugoslavia; una guerra sobre la que habría mucho que decir; pero en la que aquí no me detendré, porque reconozco que la duda de Yascha Mounk sobre la capacidad de reacción ante una situación de crisis por parte de quienes han vivido desde hace décadas en una paz generalizada no es completamente infundada.

Matizo, sin embargo, que esa duda tenía más sentido el 24 de febrero que el 21 de marzo -que es cuando se publica la entrevista- porque en unos pocos días a partir del 24 de febrero la UE adoptó medidas que han ido más allá de lo que podría esperarse de burócratas rodeados de polvo y ajenos a la realidad. En horas los acontecimientos se precipitaron, y lo que podría haber sido una situación de sorpresa y parálisis se transformó en la reacción más dura posible sin llegar a entrar en guerra abierta con Rusia.

Todos jugaron su papel. Sigo pensando que la visita del primer ministro polaco a Alemania fue relevante. Cambió la posición que parecía que quería mantener Berlín.

Polonia tiene más ascendiente sobre Alemania del que a veces parece. Hay viejos fantasmas que se encarnan cuando el demonio de la guerra parece estar cerca. Alemania se comprometió a aumentar su presupuesto de defensa y la UE adoptó duras sanciones contra Rusia [y sí, sigue comprando gas de Rusia; pero ahí la sanción es la que puede imponer Rusia a la UE cortando el gas. No es demasiado inteligente aplicar una sanción que perjudica más a quien sanciona que al sancionado]. Y lo más importante: la ayuda militar a Ucrania comenzó a llegar. Como digo, todo lo que se podía hacer sin entrar directamente en combate se hizo. Y si ese último paso no se dio es porque Rusia ha advertido con claridad que si eso sucede utilizará armas nucleares.

Así han reaccionado «los burócratas». Temía -lo reconozco- que la UE fuera incapaz de actuar de acuerdo con la gravedad de la situación frente a las que nos enfrentamos. Y no porque cada uno de los líderes por separado no tuviera una clara concepción de la situación. Son personas, en su mayoría, inteligentes, preparadas y bien informadas; sino porque la adopción de decisiones en la UE ha de afrontar, como en todos aquellos casos en los que varios han de ponerse de acuerdo, lo que se denomina «costes de transacción», que en ocasiones pueden hacer imposible que un grupo de persones adopte la solución objetivamente correcta, pese a que todos por separado sean conscientes de que lo es. Paradojas que van más allá de eso de que un burócrata de Bruselas no entiende cómo funciona la mente de un ex agente del KGB. Claro que lo entiende; otra cosas es que las decisiones en la UE se adoptan de una manera que tiende a primar los acuerdos de mínimos. No ha sido así en esta ocasión, afortunadamente.

Y ahora se da un paso más. Hace unos días la presidenta del Parlamento Europeo ya visitó Kiev.

El horror, sin duda. Y no creo que seamos ingenuos. Sabemos que las guerras son así, por desgracia; pero precisamente por eso hay que ser claro en dos cosas: la primera, que no hay duda de quién ha empezado esta guerra. Todos los análisis sobre las consecuencias de la expansión de la OTAN, sobre las posibles amenazas que podía sentir Rusia, sobre lo que se quiera serán útiles; pero ninguno de ellos podrá restar un solo gramo la enorme, la terrible responsabilidad no solamente de quien ha iniciado la guerra, sino de quien ha cometido estas atrocidades que deberán ser investigadas y juzgadas… si la guerra se gana, claro.

Porque lo segundo que tenemos que asumir es que la guerra es contra nosotros. El llavero de la última fotografía lo deja claro; pero también las pintadas en las que los soldados rusos indicaban que esto les pasaba a los ucranianos «por querer entrar en la OTAN». Bueno, pues querámoslo o no, la OTAN somos nosotros, así que lo lógico es sentirse amenazado. Ya en diciembre Putin indicó que su objetivo es que no hubiera tropas de la OTAN más allá de sus fronteras de 1997. Esto es, la invasión era también para que las tropas que hay en los Países Bálticos (entre ellas las españolas) los abandonen. Esta es nuestra guerra y estos son también nuestros muertos.

Sí, todos los muertos deberían ser sentidos como propios; pero ese ideal ha de ser compatible con asumir que unos están más cercanos; que algunos son una señal más intensa del peligro que nos acecha a nosotros mismos, y que hay luchas en las que unos mueren por proteger lo que también es nuestro. Y este es el caso de la guerra de Ucrania. Más allá de las críticas que puedan hacerse a lo que se hizo aquí y allí en Ucrania, en este momento no hay duda de quiénes son los nuestros y quién es el enemigo; en término que ya utilizó Borrell pocos días después de iniciada la invasión.

Eso es algo que también viene con las guerras: hemos de tomar partido, o lo toman por nosotros. En el más cerebral de los discursos es necesario introducir emotividad, porque de otra forma no seríamos fieles a la realidad.

Y si hablamos de emotividad, hablamos de símbolos. Porque los símbolos importan, e importan mucho. Y el viaje de Von der Leyen y Borrell a Kiev es un símbolo. Es un símbolo de solidaridad con los ucranianos que sufren la destrucción de su país, el asesinato y la tortura, que han visto cómo sus calles se convierten en vertedero de blindados quemados.

Es un símbolo del apoyo a Ucrania, de dejar claro que es aliado y que se le ayudará hasta llegar al límite que sea posible, el que ha marcado Putin al amenazar con la utilización de armas nucleares. Y es un símbolo de que Rusia ha perdido la iniciativa. Hace unas semanas hubiera sido imposible ese viaje. Cuando tres primeros ministros europeos viajaron a Kiev en tren hubo preocupación en Bruselas. Creo que fue Borrell quien dijo entonces que había incidentes que podían provocar guerras. Una manera de trasladar el mensaje de que de haberle pasado algo a los dirigentes que habían visitado Kiev, la implicación de la UE y de la OTAN debería ser mayor de la que ya era entonces. Obviamente, cuando la visita es de la presidenta de la Comisión Europea y del Alto Representante par Política Exterior y de Seguridad, el riesgo para la paz es todavía mayor. Viajan a un país en guerra para mostrar el apoyo a uno de los contendientes y arriesgándose, por tanto, a ser considerados como objetivo legítimo por el agresor.

La UE no ha puesto tanques en Ucrania, pero la política exterior y de defensa no se limita a los tanques (aunque estos sean necesarios). La visita de los dirigentes no es solamente un apoyo a Ucrania, sino una advertencia a Rusia y una señal para todo el mundo.

No está mal para unos burócratas de Bruselas que, además, asumen, es obvio, un riesgo personal.

Pero nadie dijo que no tuviera costes servir a ese proyecto inefable que es la Unión Europea; o, lo que es lo mismo, la traducción, imperfecta, pero reconocible de la democracia, los derechos humanos, la justicia y la libertad.

RAFAEL ARENAS

Puedes seguir a Rafael Arenas en Twitter y también en su página personal «El Jardín de las Hipótesis»

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