Los milagros de Brian… Carlito’s Way

Decía François Truffaut que amaba el cine de Robert Aldrich porque en él se podía sentir lo bien que se lo pasaba el orondo cineasta rodando sus películas. Es el milagro que tiene lugar cuando, además de ofrecernos su genio o su oficio, el cineasta también comparte con nosotros su alegría, incluso si la película es de una tristeza inconsolable.

UNO

Si un cineasta me ha contagiado el gozo que experimenta al rodar, ese es sin duda Brian De Palma. Por encima de cualquier otra consideración, el cine de Brian De Palma es esencia, todo en sus películas desprende el perfume alcanforado del nitrato de celulosa que se usa para fabricar el celuloide. Si uno tiene la bendita suerte de engancharse a sus imágenes, cosa que no a todo el mundo le pasa, sabe que está irremediablemente perdido y no le queda otra que entregarse sin pestañear a su perversidad y a esa a menudo arriesgada desfachatez pictórica que se puede confundir con el mal gusto.

Si uno ve Hermanas (Sisters, 1973) o El fantasma del paraíso (Phantom of the Paradise, 1974), el sucio grano de la imagen, hijo bastardo del cine experimental que rodó en sus inicios y de la serie B que siempre le fascinó, se te pega a la piel y no te preocupa en lo más mínimo quitártelo de encima porque lo primordial es no apartar los ojos de la pantalla. Brian invita, como lo hacían su gran maestro Hitchock y su cómplice Bernard Herrmann, a mirar y escuchar atentamente. ¿Qué otra cosa, si no, es, o debería ser, el cine? Sí, Brian De Palma puede hacer daño, tan puro y gozoso es su arte. Y el mayor de sus milagros lo obró cuando nos regaló una isla para disfrute de los privilegiados que le amamos. De Palma se desprendió de todo su bagaje anterior para ofrecer una película clásica, única, sólida en forma y apasionada en espíritu, trágica e irónica, intensa y vibrante, inteligente y lúcida, hermosa y emocionante. Aunque parecía imposible, demostró más que nunca que él sólo creía en el Cine.

DOS

Carlito Brigante es una leyenda. Ataviado con su abrigo de cuero negro y sus gafas de sol va marcando terreno con el andar achulado del felino al que todos admiran, temen y respetan. Acaba de salir de la cárcel. Se acabó el crimen, se acabó la escoria. A partir de ahora Carlito va a ser legal y así se lo hace saber a sus antiguos cómplices. Carlito sabe de dónde viene y teme que antes o después su pasado le va a volver a marcar con la maldición de los perdedores. Carlito es un equilibrista que se conoce todos los trucos para sobrevivir en la jungla de asfalto y no permitirá que el mal vuelva a dominar su vida. ¡Qué demonios, Carlito es listo y tiene estilo! Pero su primo es un pipiolo inmaduro que sólo aspira a convertirse en una leyenda del hampa como él. La historia se repite una y otra vez y Carlito no puede impedir que maten al chaval delante de sus narices en un garito de mala muerte cuando está llevando a cabo lo que parecía una intrascendente entrega de droga. Recién salido de la trena y ya en líos. Maldita sea. Yo he tenido la opción de redimirme, tú no. Adiós chaval, mala suerte. Ahí te quedas. Lo que no sabe Carlito es que su primo no era el único que quiere heredar su trono.

Por si fuera poco, el mejor amigo de Carlito, David Kleinfeld (Sean Penn), el abogado que lo ha sacado de la trena con sus malas artes, se pasa el día esnifando coca y metiéndose en líos con otros clientes, en concreto con una familia mafiosa a cuyo malcarado patriarca tiene que ayudar a escapar de la prisión si no quiere sufrir un «accidente». Por lealtad y agradecimiento, Carlito acepta ayudar a su apurado amigo en la peligrosa misión, pero sabe que si algo puede salir mal, saldrá mal y será el principio del fin. Y todo sale mal porque su amigo ha perdido los papeles y él se da cuenta demasiado tarde. Carlito pondrá todo su empeño y su sabiduría de viejo superviviente para escapar de toda la podredumbre en la que se ve precipitado sin querer y que, como un círculo asfixiante, se va cerrando a su alrededor. Porque es que, además, Carlito tiene ahora un buen motivo para luchar por su futuro.

TRES

Suena el dúo de las flores de Lakmé de Léo Delibes. Ella baila enmarcada por una ventana como una bailarina de Degas. Carlito espía desde la terraza del edificio de enfrente. Desamparado, el deslumbrante Carlito del abrigo de cuero negro se protege de la lluvia con lo primero que tiene a mano, la tapa de un cubo de basura, todo un símbolo. Sus ojos nunca estuvieron tan abiertos ni contemplaron con tal intensidad al ser amado, que prosigue su delicada danza ajena aún a la fascinación que ejerce en el corazón de Carlito. Un leve, casi imperceptible travelling avanza hacia el rostro de Carlito. ¿Hacia el rostro? No. Hacia sus ojos que todo lo atrapan y todo lo dan, como los del cineasta. Mírenme mirar porque yo soy el Amor, proclama con insolencia y en silencio el grandioso actor que interpreta a Carlito, atrapado por su pasado desde antes de nacer.

CUATRO

Considerada la mejor película de los noventa por Cahiers du Cinéma, el inmediato y perplejo silencio que se hizo en la parroquia se pudo interpretar de todos los modos posibles: «Si ellos lo dicen«, rumiaban los más escépticos. «¿Y Tarantino?«, exclamaban los más jóvenes y nihilistas. «¿Y Lars von Trier?», decían los aún más jóvenes, nihilistas y pretenciosos, que se creían miembros de un grupo más selecto. «¿Y el David Fincher de Seven?», se tiraban de los pelos los terceros en discordia. «¿Y Lynch y Cronenberg?», se preguntaban discretamente los de gusto más refinado. «¿Y Scorsese o Coppola?«, se lamentaban algunos veteranos que seguían enamorados del cine americano de los setenta (con razón). «¿Y Sospechosos habituales?», susurraban los que cantaban en voz baja el último réquiem por un clasicismo que con esa joya lanzaba su postrer suspiro. Querido lector: Ni sé ni me importa si Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, 1993) de Brian de Palma es la mejor película de su década. Sólo sé que uno no sale tan a menudo de una sala de cine con el alma tan henchida de un cine más puro que el mismo oxígeno. Y yo, en esta ocasión, lo hice. Sobre todo les pregunto, finos observadores y delicados paladares, ¿cuántas veces se han encontrado ustedes con momentos tan precisos y preciosos como el anteriormente descrito? Momentos que corren el riesgo de pasar desapercibidos porque la belleza y la perfección no tienen por qué ser aparatosas, pero están ahí. Para siempre.

Al espectador que no se haya sentido elevado a las alturas con la silenciosa declaración de amor de Carlito, por supuesto impregnada del Hitchcock indiscreto y más romántico, le espera una trepidante sucesión de eventos, muy bien hilvanada por el guionista David Koepp, que le llevará in crescendo a una vertiginosa escena final. El claustrofóbico metro de Nueva York acrecentará la angustia de nuestro amenazado protagonista en su huida hacia Grand Central Station, donde, en uno de los planos secuencia más virtuosos e intensos que se han rodado nunca, se verá precipitado en un final sorprendente y conmovedor, a pesar de que se nos había anunciado desde el primer fotograma de la película. Momento de antología que demuestra que Brian De Palma es un inmenso director que se lo pasa en grande creando cine y que se deleita con una puesta en escena embriagada, virtuosa, fascinante y generosa.

CINCO

Mucho se ha criticado a Brian De Palma: por ser un aprendiz de brujo de Hitchcock, por su afición al mal gusto, por su inclinación por la violencia más explícita o por su estilización ensimismada. Tonterías. Si el cine es el arte de la puesta en escena y del montaje expresivo, Brian De Palma es simple y llanamente una culminación de ese arte. Si usted no alcanza el éxtasis con la que fue esta segunda y definitiva comunión entre dos genios es porque no quiere. El caso es que Carlito’s Way tuvo un discreto resultado en taquilla. Carlito’s Way o cómo crear un clásico instantáneo y contemplar atónito que el mundo estaba repleto de ciegos que no quisieron ver y que siguen hoy su camino a tientas.

JAVIER ARAZOLA

Síguele en Twitter: @AmbersonsI y en su blog The Magnificent Ambersons

Foto Ataraxia

JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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