La libertad son los padres

Las leyes, y también la libertad, queridos niños, son los padres. Son los que las hacen reales. Los que no asumen que las cosas son como son, sino que se esfuerzan para que sean como debe. Los que van más allá de simpatías y conveniencias de corto plazo para intentar que ésta sea una “república de leyes y no de hombres”.

Las leyes son fragmentos de nuestra imaginación colectiva, sin fuerza, hasta que las hacemos reales con nuestro comportamiento. Los niños son los que disfrutan forzando la ley y la tolerancia de las instituciones, o van a lo suyo cuando otros las pisotean y pisotean a los demás. Los egoístas, los irresponsables.

Y si bien es cierto que hay mucha gente que elige el estado infantil, que nuestra sociedad está desmovilizada, ha costado trabajo llevarnos ahí. 

El primer paso para infantilizarnos es quitarnos las certezas. Dejarnos sin tener claro qué ha pasado, qué ha hecho quién, qué está bien y qué está mal. Algo que el Kremlin viene haciendo de forma masiva, desde hace décadas. Tanto la UE como la OTAN como cientos de investigaciones han documentado hasta el cansancio la riada de propaganda que ha caído sobre Francia, o sobre Cataluña, o sobre los EEUU, a partir de los medios oficiales rusos Russia Today (RT) y Sputnik, difundida masivamente en redes hasta el punto de tener mucho más eco que medios mucho más grandes y serios. No es casualidad que Occidente dudara de casi todo. La “posverdad” no es un invento posmoderno, sino un fenómeno creado literalmente para desestabilizar a las democracias occidentales. Y las democracias occidentales lo sabían, lo saben y lo publican, pero a nadie la ha importado hasta la invasión de Ucrania, cuando hemos tenido una semana de increíble ausencia de mierda en redes porque se les cortó el aprovisionamiento a los quintacolumnistas y tardaron unos días en reorganizarse.

No nos creamos que es nuevo. La diferencia está en el dinero, la inmoralidad, y sobre todo las redes sociales, pero este fenómeno también se vio antes de la II Guerra Mundial. En Reino Unido, en Francia, en Holanda, en los países nórdicos, en Suecia y por supuesto en toda centroeuropa, Hitler contó con partidarios que no sólo disuadían a los ciudadanos y los gobiernos de contener a Alemania sino que apoyaban sus políticas. Auténticos partidos fascistas, que luego fueron muy útiles como herramientas tras la ocupación, y que antes de la guerra se manifestaban por las calles de Londres. Han caído en la ignominia, pero no deberían caer en el olvido, porque eso facilita que vuelva a repetirse.

La quinta columna no son sólo bots y trolls pagados, hay gente convencida de que realmente admira aspectos de la política de los dictadores y ha decidido no ver los demás, o no creérselos. Los que tienen ética o inteligencia suficientes ya han visto la luz con la invasión. En Europa, hasta el mismísimo Gerhard Schroeder, ex canciller alemán y lobbista proruso por excelencia, ha tenido que desmarcarse de quien le ha alimentado de millones a cambio de defender la dependencia del gas ruso al máximo nivel. Pero hay miles que no tienen vergüenza o criterio y siguen difundiendo propaganda por aspersión.

Pueden hacerlo porque es legal, o porque no queda claro hasta qué punto lo es, y las sociedades occidentales (y muy especialmente las empresas de redes sociales) han abandonado la responsabilidad de proteger la verdad. La mayor novedad de las redes no es que cualquiera pueda escribir y difundir, sino que no pasa nada si se difama o miente (salvo que lo hagas muy abiertamente y contra alguien que les importe). Twitter permite campañas sistemáticas de acoso contra personas como Inma Alcolea, campañas que si las publicara un medio de comunicación serían objeto de querella por difamación. Facebook deja pasar la porquería como si fuera agua, renunciando a filtrarla y renunciando a cerrar las cañerías (que conoce perfectamente) porque su negocio se basa en difundir contenidos provocativos, y no hay nada más provocador que el contenido quintacolumnista. Si no hay certezas, hay debate. Si se dicen barbaridades, hay debate. Si hay debate, Facebook gana dinero. Lo sabemos, saben que lo sabemos, pero siguen sin tener responsabilidad legal sobre lo que difunden y siguen sin asumir la obligación de asegurar que se cumpla la ley y sus propias condiciones de uso.

Por si no ha quedado claro, esta campaña de infantilización de la sociedad y desarme institucional pagada por Putin (entre otros) ha caído sobre el terreno abonado de una “democracia no militante”. En la mayor parte de Occidente nos hemos creído que la guerra fría había acabado y no quedaban enemigos de la democracia, que el avance de la prosperidad y las “relaciones constructivas” llevarían al lado luminoso a los dictadores del mundo. Pese a las evidencias de que el dinero y el comercio occidentales estaban consolidando regímenes autoritarios en China, Venezuela, Rusia, Irán o el Golfo, hemos seguido tapándonos los ojos hasta más allá del límite. Y en el frente interior, hemos tratado como “libertad de expresión” o “excesos perdonables” los ataques a las instituciones democráticas de populistas y (sobre todo) de nacionalistas, durante décadas. La diferencia entre los primeros y los segundos es que los populistas acaban de llegar a puestos de responsabilidad desde los que destrozar la independencia institucional o el prestigio de quienes defienden la separación de poderes (o el orden público o las fronteras) pero los nacionalistas llevan cuarenta años haciéndolo, desde el Estado. Porque el gobierno de una comunidad autonómica es el Estado. Hemos permitido que desde nuestras instituciones se ataquen, vulneren y pisoteen derechos fundamentales como la igualdad ante la ley, el derecho a una educación en lengua materna, y simple y llenamente el acceso a la verdad. Y lo seguimos haciendo. Desde tonterías como que el PNV (es decir el gobierno vasco) genere información oficial y programas de televisión que confunden sobre la realidad de Navarra, hasta barbaridades como que se imponga la educación en lenguas desconocidas por la mayoría de los alumnos con resultados probados sobre su rendimiento, o se incumpla sistemáticamente la neutralidad de los espacios institucionales, o se discrimine en el acceso al empleo público. No hablamos de opiniones en redes, hablamos de acciones desde el poder. Acciones ilegales que han sido (y son) toleradas por el resto de las instituciones y por la sociedad.

Hablamos de un grupo político que considera las agresiones contra otros partidos como “libertad de expresión” y “parte del juego democrático”, o incluso como un deber porque son “fascistas”. Un grupo que celebra a los asesinos etarras (ahora con un poco más de discreción: en vez de homenajes con antorchas, los pasea por reuniones con las fuerzas vivas de todo el pueblo). Un grupo que ataca la democracia representativa, la separación de poderes, la legitimidad de las leyes. y que sin embargo tiene asientos en todas partes porque sus votos son útiles para otros. Esa es la actitud que hizo que un oligarca ruso ligado a la sucesora de la KGB se siente en la Cámara de los Lores inglesa, controle periódicos de máxima tirada y haya emborrachado periódicamente a Boris Johnson desde hace décadas.

Hablamos de ese mismo grupo, que condiciona las fiestas de San Fermín en Pamplona negándose a condenar las agresiones a las autoridades que acabaron con uno de sus principales elementos. O de grupos parecidos, que alientan las agresiones contra estudiantes que expresan sus opiniones, como todos los demás, en los campus de Cataluña. O de los que mandan al hospital a otros en el País Vasco por lo mismo.

Defender la libertad no es convocar elecciones para quitarse de en medio a un socio político incómodo o abrir bares. La libertad se basa en leyes que garanticen administraciones independientes (no como las que tenemos) y empresas de medios responsables (privadas y públicas). Se basa en respetar y hacer respetar los valores mínimos, los “valores europeos” de igualdad, libertad, Estado de Derecho. Se basa en tener claro que los valores y las instituciones que nos defienden no se defienden solos, que hay que apoyarlos activamente, y que eso cuesta. Cuesta tiempo, incomodidad y dinero. Cuesta como está costando ahora salir de Rusia y bloquear sus canales de riego de opinión y de compra de voluntades. Cuesta, pero los ciudadanos responsables tienen que hacerlo.

Los niños no tienen que preocuparse por decisiones difíciles. No tienen que elegir entre quedarse en casa durante el Riau Riau o acudir y exponerse a los gritos y empujones de los intolerantes, defendiendo en la calle la libertad de todos. No tienen que elegir entre una calefacción más cara y la seguridad de Europa. No tienen que elegir entre hacer el cuñado o documentarse antes de servir de altavoz a cualquier propaganda. No tienen que asumir que, en lo pequeño y en lo grande, la libertad de todos depende de cada uno. Cada vez que hacemos o no hacemos lo que deberíamos para protegerla, cada vez que miramos en otra dirección porque el que está comerciando con una institución o atacando una sentencia o imponiéndose por intransigente “es de los nuestros”, y cada vez que lo denunciamos o nos oponemos.

Durante décadas, los rusos y el resto de los que abusan de nuestras instituciones se han convencido de que pueden hacer cualquier cosa porque “no pasa nada”. Bien, Europa ha reaccionado y está pasando. Instituciones y empresas intentan luchar contra la invasión y la injerencia de Rusia y contra las mentiras e insidias de los quintacolumnistas. Ha sido increíble, pero es relativamente fácil en una situación de emergencia a corto plazo. Más complicado va a ser mantenerlo, porque no depende de Bruselas ni de cuatro líderes políticos. Eso es algo que sólo se puede hacer si demostramos que nos importa y profundizamos. Todos y cada uno. Los ataques a nuestros valores y libertad tienen muchas formas (y muy poca vergüenza).

Y no vale decir “para eso están los partidos”, y luego “todos son iguales” o “me siento huérfano”. Si no participas, si no haces lo que crees correcto, si sigues consumiendo productos creados para manipular opinión por dinero o plegándote a los intolerantes de tu región, o tratando igual a los que defienden tu libertad que a los que vienen a demolerla, estarás renunciando a tu responsabilidad. 

La libertad, jóvenes, son los padres. Y tú ya estás en edad de saberlo y asumir tu responsabilidad.

MIGUEL CORNEJO

Síguele en Twitter: @MiguelCornejoSE

MIGUEL CORNEJO
 
Economista de formación, gestor de proyectos de profesión, aficionado a meterse en charcos —fundó Macuarium.com y Magma— y a hacer sonar campanas. Casado y navarrizado. Últimamente le dejan presidir la Asociación Pompaelo, un grupo apartidista que defiende la auténtica historia, la igualdad y la libertad en tierras del viejo reino.

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