Tuteando a los dioses

En mi romántica juventud fui un devoto amante del desgarrado Jacques Brel, l’écorché vif por antonomasia. No es que a mis sesenta años haya dejado de serlo, pero hoy me siento más cercano del Brel que no soporta ver llorar a un amigo que del hombre derrotado, impúdico y patético de Ne me quitte pas...

UNO

En mi romántica juventud fui un devoto amante del desgarrado Jacques Brel, l’écorché vif por antonomasia. No es que a mis sesenta años haya dejado de serlo, pero hoy me siento más cercano del Brel que no soporta ver llorar a un amigo que del hombre derrotado, impúdico y patético de Ne me quitte pas. Tal vez porque el Brel que considera mejor ser un hombre que ser Dios me estremece más que quien reivindica quijotesco el amor, aunque sea para amar en exceso y rematadamente mal.

DOS

Dijo Diderot: «Hay que hacer el bien, pero, sobre todo, hay que hacerlo bien». Cambien la expresión «hacer el bien» por el verbo «amar» y espero que lleguen a la misma conclusión que yo. Hay que amar, sí, pero hay que hacerlo bien. Désolé, cher Jacques. De hecho, cada día que pasa me convenzo más y más de que ese es el necesario aprendizaje que nos lleva a la madurez, si es que alguna vez llegamos a alcanzarla del todo. También fue el poeta Brel quien cantó «Nos hemos esforzado para llegar a viejos sin ser nunca adultos». Muy hermoso pero poco práctico. Amar bien no nos lleva necesariamente al éxito, al reconocimiento, a ser correspondidos, ni tan siquiera a la plenitud. Para esto último hacen falta dos. Para mí significa tan sólo que hemos alcanzado, con honestidad y humildad, el conocimiento y el respeto, el de nosotros mismos y el del ser amado.

TRES

Si uno descubre el cine siendo un niño de cuatro años y crece admirando a D’Artagnan y Gregory Peck, si con el tiempo descubre a quienes han forjado esas ficciones, si uno no pierde la inocencia explorando el pensamiento, la sensibilidad, el trabajo y el sufrimiento de esos creadores de sueños, se puede decir que ha dado un hermoso paso adelante en su historia de amor con el cine. El neoyorquino Peter lo hizo. Al crecer, se empapó de Welles, Hawks, Ford, Lang, Hitchcock y otros gigantes antes de trasladarse a Los Ángeles, donde se hizo amigo de todos ellos, envidiable privilegio del «elegido». Así, Peter, que había heredado de François, Jean-Luc, Claude y Jacques ese amor devoto, obsesivo, intelectual sin dejar de ser sentimental y místico, se codeaba con los dioses para conocer de primera mano su grandeza y su miseria. 

Escribía textos brillantes y eruditos sobre el mejor cine americano que ha existido, porque él sí había aprendido a amar bien, y así se lo reconoció el instintivo Roger Corman, el gran pope del cine americano de los años sesenta y setenta del siglo pasado, que le dio una primera oportunidad, como hizo con otros genios en ciernes (Coppola, Scorsese, Nicholson, Demme, Dante…), la mejor escuela posible, según reconoció el propio Peter: sobre el terreno y lidiando con todos los obstáculos del mundo, empezando por la precariedad de medios que el rácano Corman imponía por sistema en sus producciones. Así nació Targets. El héroe anda suelto (Targets, 1968), donde se declaraba solemnemente que también gracias a una película de terror cutre con Boris Karloff (por cierto, rodada por el mentor Corman) se podía aprender a hacer el bien y que lo que mata de verdad son la inmadurez y la locura de los hombres. Sí, Peter fue digno de su amor y de su amistad por Orson, a quien alojó en su casa cuando el genio no tenía donde caerse muerto, y por Howard. Esto último lo demostró con creces. No en vano, la última película no fue otra que Río Rojo (Red River, 1948), ese fresco milagroso, cuna primitiva y culminación moderna del arte eterno, que adornaba la vetusta y decrépita pantalla del cine de Anarene (Texas), a la que, aún derrotada por la televisión, le quedaba la grandeza de decir adiós con los destellos de Hawks, el cineasta total, mientras jóvenes, adultos y viejos se armaban un lío con el amor y el sexo, asuntos bastante menos armoniosos que las películas, que, como dijo un espíritu francés henchido de amor, son como trenes en la noche, sin tiempos muertos ni embotellamientos.

Y como Peter amaba a Howard y sabía que podía emularlo pero no superarlo, le copió descaradamente e hizo renacer a la fiera de mi niña convirtiendo a dos leopardos juguetones en cuatro maletas a cuadros para hacer reír a carcajadas a medio mundo al dar un amago de respuesta a la pregunta por excelencia, la del inmortal conejo de la suerte, demostrando que las comedias caóticas también son más armoniosas que la vida y ahí estarán siempre el profesor Hueso, Bugs Bunny y Madeline Kahn para confirmarlo.

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Y cada vez más sabio colocó a padre e hija —en la vida pero no en la ficción— en plena depresión americana, la grave y solemne de Ford y la más ligera de Capra y Cukor, donde el que no corría, volaba y había que aprender a crecer rápido si no querías morirte de hambre. Y así Peter demostró, una vez más, que no sólo babeaba con las películas, sino que tenía una sensibilidad privilegiada para retratar la vulnerabilidad de los supervivientes, a los que su fuerza y su capacidad de resistencia no siempre bastaba, por lo que se hacían fotos en lunas de papel porque de sueños inalcanzables también se vive, como de las películas, que son sueños cuyo misterio nunca será desvelado del todo.

Peter había triunfado y era admirado. Lo tenía todo, éxito, dinero, gloria. Algunos empezaron a tomarle manía, ya fuera por celos, por envidia o por esa absurda moda que se impuso en aquella época de detestar a los cineastas cinéfilos, o bien porque él y su querida Cybill Shepherd alardeaban con demasiada insolencia de su juventud, su éxito y su belleza. Crecido, con el mundo en sus manos, decidió aliarse con sus amigos Francis Coppola y William Friedkin y juntos montaron una productora que fracasó al primer intento. Sólo él pudo rodar su proyecto, una hermosa, encantadora, sutilmente irónica y muy delicada —quizás demasiado para el paladar del vulgo— adaptación de Daisy Miller de Henry James. Ese fue su primer tropiezo en taquilla, pero no sería ni el último ni el peor. Su amor por Cole Porter, otra prueba de su exquisito gusto, le hizo adaptar sus canciones para que las cantaran y bailaran en directo actores muy simpáticos pero que no sabían ni cantar ni bailar y que se movían como elefantes en unos decorados, eso sí, fastuosos. La cosa no acabó ahí y su casi infantil declaración de amor por la bendita ingenuidad de los orígenes del cine, mucho más sentida y bella de lo que se quiso admitir en su momento, supuso una casi definitiva sentencia. El niño de oro había caído en picado desde lo más alto, como le había pasado tres décadas atrás a su mentor y amigo, el divino y tan aparatosamente humano Orson.

Empezó entonces la supervivencia, la que le hizo crear películas de culto casi al margen del sistema que le otorgaron más prestigio ante los que aún le queríamos con todo nuestro corazón y que no éramos precisamente legión. Volvió bajo la tutela de Corman para retratar la amistad entre un Ben Gazzara acosado por la mala suerte, pero erguido y digno ante la derrota, y un Denholm Elliott frágil y conmovedor en sus andanzas por Singapur, paraíso de vicio y oculta virtud. Después de eso, Peter se reencontró con el amor y decidió rodar una de las comedias más tonificantes y hermosas que se recuerdan, sobre la que la benevolencia de Hawks y Minnelli planeaba con ligereza sin llegar a devorar el alma de su hijo más dotado.

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Quiso la tragedia imponer su dañina presencia cuando en la etapa de post-producción de Todos rieron (They All Laughed, 1981), el marido celoso de Dorothy Stratten, el último gran amor de Peter y protagonista de la película junto a Ben Gazzara y, sí, damas y caballeros, ¡Audrey Hepburn!, acabó de forma atroz con la vida de su esposa. Luchando contra la depresión, apostándolo todo, incluido su patrimonio, a una sola carta, Peter ganó en lo artístico pero perdió en lo comercial. Fue un milagro que la película se estrenara en España. Debo decir que la vi no menos de cinco veces en el cine Astoria de Barcelona, donde se estrenó. Y eso fue sólo el principio de nuestra amistad. ¡Qué película adorable! Ni siquiera Máscara (Mask, 1984) un encargo para la Paramount que resolvió con sensibilidad y pulcritud, le sacó del ostracismo. Cameos por aquí, libros enciclopédicos por allá, conferencias, películas para televisión, pequeñas y agónicas producciones hechas con sabiduría y desigual brillo, entre ellas  Texasville (Texasville, 1990), una cínica y por momentos devastadora secuela de The Last Picture Show, y una comedia absolutamente magistral, Noises Off (1992), cuyo genio pocos supieron apreciar. La historia de Peter era desde hacía demasiado tiempo una historia de supervivencia, basada en el prestigio de un pasado luminoso y marcada por la tragedia y el fracaso, a la que fui siempre fiel porque ¡cómo voy a dejar de amar a aquel con quien tanto amor compartí!

CUATRO

Dos años después de la muerte de Franco, tenía yo dieciséis años y las hormonas muy alborotadas. Fue el tiempo gozoso de verdadera libertad en el que el cine prohibido invadió nuestras salas. Fue también cuando se estrenó La última película (The Last picture Show, 1972), que no tenía absolutamente nada que ver con la mayoría de la purria que llegaba entonces, habitualmente «clasificada S», salvo por el detalle de que en ella también se hablaba de sexo. Pero no lo hacía sobre uno viejos verdes aún empeñados en conquistar suecas, enfermeras viciosas y pacientes salidos, o guardianas de campos de concentración en celo. No. Hablaba de cómo, torpemente, unos adolescentes llegan al mundo adulto convencidos de que se lo van a pasar pipa con el sexo y lo que descubren en realidad es un mundo gris, hecho de frustración, soledad, amargura y sueños no cumplidos, probablemente el mismo universo mediocre que les espera a ellos y del que intentan huir en vano, habitantes sin esperanza de un pueblucho polvoriento situado en el petrolífero corazón de Texas al que ni el espíritu imperial del totémico Sam The Lion (un conmovedor Ben Johnson) puede redimir porque el tiempo no pasa en balde. Película triste, melancólica, por momentos dolorosa, pero extraordinariamente delicada, sensible, atenta y respetuosa con todo aquello que nos muestra, La última película es una cumbre en la educación sentimental de quien esto escribe. Por una vez, ¡oh, paradoja!, gracias a la maldita y recién extinta censura franquista esta obra de arte llegó a sus ojos y a su corazón en el momento oportuno. Si para Peter Targets fue su Ciudadano Kane (la rodó con 29 años), La última película era la confirmación de un artista destinado a gozar de un futuro de reconocimiento, gloria y fortuna, pero la vida da muchas vueltas y esa premonición que anunciaba la caída del ángel también estaba presente en la película, implacable, gracias a la sorprendente madurez de un cineasta joven que había aprendido a amar con precocidad un cine más poderoso que la vida sin olvidar que la vida siempre acaba por vencernos.

PETER BOGDANOVICH (1939-2022)

JAVIER ARAZOLA

Síguele en Twitter: @AmbersonsI y en su blog The Magnificent Ambersons

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JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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