La micronación que Italia hundió en el mar

Plantilla Julio Murillo

No cabe duda de que 1968 fue un año convulso a nivel mundial. En Estados Unidos los jóvenes preconizaban un cambio de paradigma social. Eran los días del hippismo, la psicodelia, el LSD, la lucha por la equidad racial, y el rechazo frontal a la Guerra de Vietnam –recuerden que en marzo se produjo la tristemente célebre Matanza de My Lai– y al equilibrio del terror entre las dos grandes potencias, basado en la acumulación de armas nucleares.

Al otro lado del Atlántico, durante el célebre Mayo Francés, la misma juventud protestaba hastiada ante un sistema asentado en el consumo, el capitalismo, los desmanes imperialistas y el abuso de autoridad. Se arrancaban los adoquines de las calles, buscando la playa, y se prohibía prohibir mientras Rusia ocupaba militarmente Checoslovaquia y su capital, que gozó de una “particular y muy animada primavera”…

En ese contexto histórico, en esos días que forjan futuro y civilización, se sitúan los sucesos narrados en la película italiana estrenada en 2020 (disponible en Netflix) “La increíble historia de la isla de las Rosas”, dirigida por Sydney Sibilia y protagonizada, en su papel principal, por Elio Germano, actor y director teatral de largo recorrido profesional, que en el film encarna a Giorgio Rosa, un ingeniero de Bolonia imbuido de las ideas libertarias de la época, al que se le ocurre la rocambolesca y peregrina idea de construir una isla artificial, de estructura parecida a una plataforma petrolífera o de prospección marítima, pocos metros más allá del límite de seis millas náuticas de las aguas jurisdiccionales italianas, frente a la costa de Rimini.

La película arranca con Giorgio Rosa en un Estrasburgo azotado por un temporal de frío y nieve; espera a ser recibido en vano, sin demasiadas esperanzas, sentado en un banco del inmenso hall de mármol del Consejo de Europa, con un dossier repleto de documentos en la mano. Ha llegado hasta allí conduciendo un estrambótico automóvil construido por él mismo, que parece haber sido sacado de un desguace de vehículos de la Primera Guerra Mundial. Cuando finalmente logra audiencia, al ser preguntado por el secretario general del organismo intergubernamental sobre el motivo de su visita, el ingeniero explica que necesita ayuda urgente, porque el Gobierno Italiano pretende dinamitar y hundir en el mar la micronación soberana de 400 metros cuadrados que ha proclamado, y de la que es presidente y máximo representante ante la ONU: la República Esperantista de la Isla de las Rosas.

En ese instante, en el que la más absoluta perplejidad asoma en el rostro del alto funcionario europeo, la narración nos transporta, en un flashback, al pasado, a unos cuantos años atrás. Veremos a un Giorgio Rosa de personalidad efervescente, alocado, capaz de soñar despierto, sopesando todo tipo de proyectos a cual más descabellado. Acaba de graduarse y, con el título de ingeniería bajo el brazo, lo celebra con sus amigos; también asistiremos a su reencuentro con su esposa Gabriella (Matilda de Angelis), a la que pretende recuperar a cualquier precio tras un tiempo de separación; y conoceremos a su mejor amigo, Maurizio (Leonardo Lidi), el hijo del propietario de unos astilleros en Rimini; un simpático viva la vida, caradura profesional, irreflexivo y dado a meterse en todo tipo de berenjenales a la primera de cambio.

Giorgio convencerá a Maurizio de que construir una isla próxima a la costa es una idea que les reportará éxito, fama y dinero. El primero sabe cómo hacerlo, mientras que el segundo posee dinero contante y sonante que sustrae de la caja fuerte de su padre. En pocos minutos de película veremos de qué modo idean el sistema de pilares huecos que servirá de sustento a la plataforma, cómo los trasladan y cómo el proyecto avanza y toma concreción. Con la “mesa-plataforma” sólidamente asentada en el fondo marino, se dedicarán a perforar en el lecho, y no para buscar petróleo sino agua potable. Y lo consiguen. A partir de ese momento nuevos personajes se van uniendo a la empresa; entre ellos un extranjero reclamado por la justicia, un náufrago que tras varios días a la deriva divisa la plataforma y se instala en ella y, por descontado, Gabriela, la pareja de Giorgio. El proyecto comienza a crecer en altura, a base de cemento y ladrillos; se crean estancias y espacios, pantalanes y pasarelas de amarre y una buena barra de bar…

Algo así no pasa desapercibido y en muy pocas semanas las visitas se multiplican. Italianos y turistas se acercan de forma masiva a la plataforma en motoras, yates, veleros o botes de remo. Y la Isla de las Rosas se convierte en una fiesta libertaria, en una discoteca en la que corre el alcohol y suena música a todas horas; un espacio sin leyes, normativas, impuestos o prohibiciones. Y es en este punto cuando sus artífices se plantean si lo que han construido debe ser sólo una discoteca de verano, un hotel en alta mar, un casino, un prostíbulo o una república soberana; una micronación autoproclamada, libre e independiente. Ni que decir tiene que desde el momento en que optan por esta última alternativa, empezarán a multiplicarse sus problemas con las autoridades locales, la policía y los guardacostas, que hasta entonces habían hecho la vista gorda; y lo que es aún peor: con el Gobierno italiano.

De estar hablando de una comedia, o de un melodrama de ficción, debería detener aquí la narración y no osar explicar cómo acaba la película. Por aquello de los spoilers, claro. Lo que ocurre –y perdonen que revele a estas alturas un detalle tan significativo– es que estamos ante una historia real, asombrosa, verídica; un hecho histórico olvidado que levantó polvareda e hizo correr en su día ríos de tinta, porque debido al empeño de sus protagonistas trajo de cabeza a las autoridades de Rimini y al Estado Italiano –presidido en esa época (1964-1971) por Giuseppe Saragat–, a la ONU, al Consejo de Europa y a otros organismos internacionales, e incluso al Estado de la Ciudad del Vaticano, cuya decisiva intervención en el desenlace queda reflejada en la película cuando el secretario del Papa dictamina que esa isla de anarquistas y ácratas representa “un grano en el culo de Italia”.

En efecto, Giorgio Rosa y su camarilla de alegres turlurones crearon, al proclamar su Estado soberano, el 1 de mayo de 1968, un importante conflicto de alcance europeo, que si bien no tuvo excesivo recorrido –al no obtener reconocimiento por parte de otras naciones– lo puso todo patas arriba y colocó en un brete a muchos expertos y catedráticos de Derecho Internacional. La República Esperantista de la Isla de las Rosas, concebida y construida entre 1958 y 1968, fundada en aguas internacionales, redactó y aprobó su propia Constitución y sus propias leyes; creó un Gobierno, ministerios y tribunales; tuvo bandera y escudo; dictaminó que su idioma oficial sería el Esperanto; expidió y selló pasaportes concediendo la nacionalidad a muchos ciudadanos europeos que la solicitaron; tuvo su propia divisa y sellos para el franqueo postal, e incluso contó con su propia radio y medios de comunicación.

¿Cómo terminó tan insólita y olvidada página de la historia contemporánea de Europa? No hace falta explicarlo en detalle, porque Internet está lleno de artículos, vídeos e imágenes de época; porque muchos de sus protagonistas aún viven, y a día de hoy, tras tantos años, continúan siendo interpelados sobre el asunto; porque se han filmado muchos documentales y se han editado muchos libros… ¿Cómo terminó La República de las Rosas, insisten en saber? Se lo pueden imaginar. Sus constructores se negaron a aceptar sobornos, ofertas de compra y derechos de explotación de negocios en tierra firme, forzando la respuesta de las autoridades. Baste decir que fueron necesarios varios intentos de los artificieros del ejército italiano, y muchos kilos de dinamita, para sepultar en el fondo de los mares ese sueño libertario y alocado que ponía en jaque, por no ser contrario a Derecho, la soberanía futura de muchas naciones. La isla se hundió definitivamente, y gracias a la ayuda de una tormenta, el miércoles 26 de febrero de 1969. 

La gravedad de lo sucedido y la preocupación que suscitó a nivel político esta extraña aventura se entiende cuando tras los acontecimientos narrados, y a instancia de muchas naciones, se amplió la soberanía sobre las aguas territoriales, que pasaron de seis a doce millas náuticas a fin de que nunca pudiera repetirse algo similar. Matteo Rovere, productor de la película, lo explica claramente: «La historia de la isla de las Rosas es, básicamente, una historia sobre la libertad, sobre la persistencia y empeño de Giorgio Rosa contra el gobierno de la época. Nunca quiso rendirse, porque la ley, en los años sesenta, decía que si estabas a más de seis millas de la costa, estabas en tierra de nadie, y podías hacer lo que quisieras, como si estuvieras en la Luna».

“La increíble historia de la Isla de las Rosas” es, desde una óptica meramente cinematográfica, una película entretenida, bien realizada y correctamente interpretada, aunque algo trivial por su propensión al humor a la hora de narrar en muchos momentos los hechos casi en clave de comedia. Su mejor valor es, indudablemente, haber recuperado una página perdida de la historia que muchos desconocíamos.   

JULIO MURILLO

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