El miedo a la teta

Plantilla Julio Murillo

¿Recuerdan las primeras películas que rodó Woody Allen en su época más gamberra, entre finales de los sesenta y principios de los setenta? Confieso que prácticamente toda su producción, en la que hay algún que otro altibajo –algo normal en una filmografía que supera la cincuentena de films–, me gusta; pero cuando quiero reírme con ganas acabo revisitando algunos de esos clásicos iniciales, en los días en que el hombre se ponía el mundo por montera y se reía de todo sin piedad.

En “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar” (1972), una parodia sobre los manuales de psicología sexual, disecciona hasta el desternille muchos asuntos delicados y difíciles de abordar, y más a día de hoy, desde cualquier ángulo que no sea el del humor, como la sodomía; los motivos que impiden a algunas mujeres disfrutar de orgasmos atómicos; las perversiones sexuales; la homosexualidad y el travestismo; la eficacia de los afrodisíacos, o lo que sucede durante la eyaculación, con él mismo convertido en espermatozoide listo para ser lanzado a la estratosfera del sagrado útero universal.

Pero si un gag de la película es especialmente recordado por todos es el de la monstruosa teta gigante que avanza dando tumbos, por calles y prados, aterrorizando al personal y matando a base de chorros de leche a presión a todos cuantos se le ponen a tiro. Un heroico Woody, experto en senos y cosenos, logrará, crucifijo en mano, confinarla en la copa de un sujetador gigante.

Supongo que ya habrán intuido que todo esto viene a cuento de la polémica suscitada antes y después de la final del Benidorm Fest por esa teta de Delacroix, la canción “Ay, mamá” de Rigoberta Bandini, y la apropiación inmediata del tema por parte de Irene Montero y sus alegres hordas podemitas.

Permítanme poner hilo a la aguja. Me enteré de este asunto por casualidad, a finales de diciembre, cuando picoteando en la prensa digital para alguna de mis columnas leí, y no sin asombro, que a raíz de una campaña promovida por fans eurovisivos en redes sociales, que convirtió en trending topic el hashtag #Pezoceta –en directa apelación a Miquel Iceta, Ministro de Cultura y deporte–, el Consejo de Ministros, con Pedro Sánchez a la cabeza, acordó que de producirse cualquier intento de censura a la actuación de Rigoberta Bandini y a la susodicha teta de marras, por parte de la Unión Europea de Radiodifusión (UER), España no participará en el Festival de Eurovisión a celebrar en Turín el 14 de mayo.

Me reí, por no llorar, ante el hecho de que algo así ocupara el tiempo de nuestro Gobierno con la de problemas graves y acuciantes que tenemos sobre la mesa. Por sinapsis recordé otras tetas “al puro estilo Delacroix”… como la de Sabrina Salerno, que zafándose de su represivo corsé dejó catatónicos a todos los españoles en la Nochevieja de 1987; y también de aquélla otra, más polémica si cabe, de Janet Jackson, que escapó de su celda de alta seguridad en plena Super Bowl del 2000, y que supuso para la artista un castigo mediático por haber provocado el colapso de los servicios de urgencias, y llevando a la tumba por infarto a infinidad de puritanos en un país en el que, paradójicamente, hasta las mujeres ojean Playboy desde los setenta, con la excusa de lo buenos que son sus artículos.

No le di más importancia al tema tras enterarme de que “Ay, mamá” era un homenaje, un himno, a las madres, a la maternidad, a su esfuerzo y constancia. Incluso visualicé una puesta en escena eurovisiva –imaginativo que es uno, aunque no acierte nunca– en la que Rigoberta Bandini, cual Virgen de la Leche de Leonardo Da Vinci, o mil vírgenes y pintores más, se sacaba una teta al “puro estilo Delacroix” y amamantaba en el escenario a un Baby Mocosete, o a un Pucheritos de Berjusa, durante su actuación. Ningún problema… ¿Quién podría alentar un casus belli o censurar algo tan universal, tierno y natural? 

Pero la semana pasada sonó el teléfono, y el viejo amigo con el que comparto semanalmente melomanía sin límite desde hace casi medio siglo, me espetó jocoso: «¿No has visto las semifinales del Benidorm Fest? Pues las tienes en internet. A ver si aciertas qué canción ganará. Yo lo tengo claro». Y picado por la curiosidad revisé los vídeos de los ocho temas finalistas.

Y así Rigoberta y la teta de Delacroix regresaron a mi vida. Tras ver el vídeo en bucle unas cuantas veces tuve claras, tras toda una vida dedicada a la música, muchas cosas. Pensando en un certamen como Eurovisión el tema es perfecto, impactante, contagioso. Nadie puede negarlo. Musicalmente, en lo que a base instrumental, estructura, producción, contundencia rítmica y arreglos se refiere, funciona de maravilla. Peca en ese punto, eso sí, de una “entrada atmosférica” lenta excesivamente larga (un minuto de los tres que dura la canción) que impide poder emplear una tercera ráfaga de su mejor hook o acicate en la recta final –me refiero al estribillo silábico «ma-ma-má…»— en vez de tanto «lo-lo-ló» final. Pero dejémoslo ahí. Donde sí se desploma estrepitosamente la canción es en la letra y en el refuerzo coreográfico, porque en esos dos aspectos tiene muy poco de homenaje sincero a las madres y mucho de tufo feminista trasnochado y casposo.

¿Acudían nuestras madres al altar como corderos a un matadero, cegadas no solo por un velo sino además por unas gafas de sol a lo Stevie Wonder?… No. Acudían enamoradas y felices, soñando con una vida larga y próspera junto al hombre al que amaban; dispuestas a luchar, a querer y a ser queridas. ¿Bordaban en su traje de novia a la Emperatriz del Tarot, que encarna la fuerza femenina activa y dominante?… No. Ni supremacismo de género ni sumisión. Su único símbolo visible era un anillo que representa la alianza de amor eterno. ¿Se pasaban la vida sangrando?… Pues si nos referimos a la menstruación, sí, como todas las mujeres por imponderable biológico, pero no por el hecho intrínseco de dar a luz… ¿Tenían siempre caldo en la nevera? A veces. Alimentaban a la «tropa» y estaban al pie del cañón, como todos los hombres, día tras día, dando lo mejor de sí mismas. Los únicos que tenemos caldo en la nevera somos los padres que a día de hoy cocinamos siempre. ¿Paraban nuestras madres la ciudad, día sí y día también? Pues no, nunca, bastantes problemas tenían en lo cotidiano como para ir a cortar la Meridiana o joder al prójimo ¿Se sacaban un pecho fuera al “puro estilo Delacroix”? Jamás como forma de protesta; como mucho para amamantar a sus hijos ante la mirada embobada de todos los presentes; a ellas la revolución de 1830 contra Carlos X de Francia por haber suprimido el parlamento les caía lejos. No como a las mujeres y a los hombres que en la actualidad salimos a la calle, sin distinción de género, cuando unos fascistas pisotean los derechos de todos en lugares como Cataluña.

El uso de Marianne y del cuadro de Eugène Delacroix “La libertad guiando al pueblo” está completamente fuera de lugar en una reivindicación feminista fomentada por una izquierda inculta y totalitaria por tres razones: 1. Delacroix era un miembro de la más alta burguesía francesa que deploraba la cortedad de miras y mezquindad del pequeño burgués. Se retrató en el cuadro por su deseo insatisfecho de haber participado en las protestas de 1830, por puro pa-trio-tis-mo, pero se declaró contrarrevolucionario en 1848, año de la edición del Manifiesto Comunista de Karl Marx 2. Una eminencia como Mathilde Larrere, experta en historia de Francia y en arte, tildó de absoluta estupidez el uso de Marianne como símbolo feminista. Marianne es “sólo una alegoría y sus pechos una mera licencia artística” 3. Al menos los dos valores finales de los tres que representa Marianne –libertad, igualdad y fraternidad– le son negados al hombre de forma sistemática por el feminismo radical.

En los últimos días, tras la apropiación de Irene Montero de la frase clave de la canción –«No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas»– como pregunta retórica con la que iniciar sus mítines, me doy de bruces con unas palabras publicadas por Roberta Bandini en su cuenta de Twitter. Las considero muy preocupantes, inaceptables en una mujer aparentemente inteligente y con gran prédica en estos momentos entre la gente joven, dispuesta a comprar consignas efervescentes de rápida asimilación: “Ayer pensé que si se extinguen las mujeres se extingue la raza humana, pero si se extinguen los hombres tenemos bancos de semen para parar un tren”.

¿De verdad? ¿Te parece ese un futurible deseable? ¿Y qué haréis con los hombres que quedemos, meternos en granjas, castrarnos?

Concluyo. A nadie le dan miedo vuestras tetas, Rigoberta. A nadie. Ni a Woody Allen. Las de ninguna mujer. Y menos en un tiempo en el que las mujeres gozan de absoluta admiración, libertad y derechos, y demuestran comerse el mundo con su inteligencia y su tesón. Lo que sí da verdadero miedo es el discurso de algunas mujeres, tremendamente enfermas, acólitas de la “Sagrada Secta del Pezón Irascible”, que fomentan un incomprensible odio hacia el hombre que nada tiene que ver con el feminismo bien entendido y sí con los postulados del hembrismo, la misandria y la ginarquía más despreciable.

La izquierda radical ya ha abierto enormes brechas en nuestra sociedad, a base de demagogia y populismo barato. Si ya vamos todos a garrotazos a todas horas solo nos faltaría acabar a tetazo limpio.

Necesitamos con urgencia a Woody Allen. Sí, hablo en serio. Algunas tetas resultan aterradoras.

JULIO MURILLO

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