El compendio de la estupidez universal

Inmersos como sociedad en un mundo sumamente polarizado, poblado por tribus ideológicas, sectas y clanes globales de todo plumaje —covidianos y negacionistas, tirios y troyanos, hutus y tutsis— no es de extrañar el revuelo mediático que ha generado el estreno simultáneo, en cine y en la plataforma Netflix, de la nueva película de Adam McKay “Don’t Look Up” (“No mires arriba”, 2021)

Si repasan a vuelapluma los miles de comentarios que inundan ahora mismo las redes sociales y la prensa digital concluirán, antes de haber tomado siquiera la decisión de si verla o ignorarla, que el entusiasmo y el rechazo van, como es habitual, de la mano. En efecto. Se trata de una de esas películas taquilleras que todos acabamos viendo por la incomodidad que supone quedarse en tierra de nadie en cuestión de opinión. Molestará a todos aquellos que defienden barricadas a ultranza, incapaces de ver, desde la férrea defensa de sus postulados, que el mensaje del film no es ni de derechas ni de izquierdas, sino una de esas sátiras que atiza a diestra y a siniestra a todo bicho viviente sin clemencia alguna, aunque unos salgan ciertamente peor parados que otros. Antes de proseguir se impone, evitando los spoilers, una breve sinopsis que centre el discurso posterior y los motivos que me llevan a recomendarla sin ambages…

Una estudiante de astronomía, Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence) descubre en una imagen de radiotelescopio un cometa de gran magnitud que avanza raudo por nuestro sistema solar. Kate comparte el hallazgo con su profesor Randall Mindy (Leonardo DiCaprio), que quedará lívido tras calcular concienzudamente la trayectoria del asteroide. Se dirige de forma directa, inequívoca, hacia nuestro planeta. Es un “destructor de mundos” de nueve kilómetros de diámetro, que acabará con toda la vida terrestre cuando impacte en el plazo de unos seis meses. Los dos entienden que deben alertar al mundo de la que se avecina y emprenden, de la mano del profesor Oglethorpe (Rob Morgan), un periplo que les llevará desde el Despacho Oval de la Casa Blanca, donde son recibidos por una banal y megalomaníaca presidenta Orlean (Meryl Streep), sólo interesada por las encuestas y sus índices de popularidad, y por su descerebrado hijo Jason (Jonah Hill), elevado al rango de jefe de gabinete, hasta el plató del programa matutino de máxima audiencia; un espacio presentado por la sofisticada Brie (Cate Blanchett) y Jack (Tyler Perry) que bromean y se toman la noticia a chirigota a pesar de la reacción furiosa de Kate.

Cuando días después los científicos más eminentes corroboran los datos y la veracidad del hallazgo, todos cambian de opinión, y el Departamento de Defensa pone en marcha un complejo plan para desviar el asteroide a base de bombas atómicas. Pero en el último momento la misión es abortada porque el gurú de la tecnología mundial, Peter Isherwell (Mark Rylance), comunica que el cometa debe ser aprovechado, pues contiene toneladas de coltán, metales de incalculable valor, esenciales para las telecomunicaciones, diamantes, oro y orégano valorados en cientos de billones de dólares que acabarán con el hambre en el mundo… Y hasta aquí puedo leer sin fastidiar más de media película a quienes no la hayan visto. Permítanme ahora enumerar los motivos que hacen de “No mires arriba” una película recomendable por muy diversos motivos.

“Don’t Look Up” es un film multigénero. De entrada se plantea como película de ciencia ficción, clasificable en la categoría o subfilum de “catástrofes” –ya saben: “Armageddon” o “Deep Impact”, o cualquier film apocalíptico del especialista Roland Emmerich–; pero al mismo tiempo es comedia negra, ácida, por la ironía y crítica mordaz del mundo, el sistema que lo rige y la estulticia de la sociedad que lo habita (nosotros), que no astracanada jocosa creada para suscitar la risa fácil; posee, también, una considerable dosis melodramática en el aditamento que humaniza el perfil de algunos personajes en sus relaciones y reflexiones sobre la vida, el éxito, el amor, la fidelidad o las creencias; y, por último, casi es un docudrama de nuestro posible final futuro como especie a extinguir debido a nuestro cretinismo endogámico e indolencia intelectual.

“No mires arriba” es inclemente a la hora de desplegar ante los ojos del espectador el mundo que hemos creado… Un planeta de políticos populistas y mediocres, sólo preocupados por el poder, las encuestas y la poltrona; también el retrato descorazonador de una sociedad idiotizada, que vive pendiente de las redes sociales y sus “likes”, memes, emojis, consignas y hashtags –#NoMiresArriba #MiraArriba–, retweets, y todo cuanto diga el Youtuber o el influencer de turno; tampoco se salva del zarpazo el Cuarto Poder, la prensa y los medios de comunicación, manipulados, ni esa tecnología de vanguardia en la que confiamos a pies juntillas y que nos deja en la estacada cuando más la necesitamos.

Prácticamente todos los protagonistas de “No Mires Arriba” están en deuda, o son réplica total o parcial, de arquetipos incombustibles del mundo real. Meryl Streep, la presidenta, borda el papel de un Donald Trump o un Bolsonaro con asombrosa efectividad; su hijo es equiparable en idiocia a cualquiera de los asesores presidenciales de nuestro país; Jennifer Lawrence, la astrónoma histriónica que descubre el asteroide, parece Greta Thunberg cuando la sacan de sus casillas y grita a pleno pulmón; Kate Blanchett parece un clon de Susanna Grisso o de su presentadora favorita; Mark Rylance, el gurú de la tecnología –que adquirió la Biblia de Gutenberg y la perdió– que debe salvar el planeta, es una fotocopia de Tim Cook de Apple, o de Bill Gates; incluso la deriva mediática de Leonardo DiCaprio, emborrachado por la fama que le brinda ser el astrónomo más sexy de América, está en deuda conceptual con Fernando Simón, nuestro experto pandémico. Todos esos paralelismos o analogías aportan una dosis de humor adicional a una película que cumple con creces con todo lo que se puede esperar de una comedia.

       

El hilo que vertebra la trama, ese meteorito que en algunos días de agotamiento existencial todos reclamamos a gritos, es intercambiable por cualquiera de los problemas globales que nos afectan a todos… pandemia, cambio climático, crisis energética y económica, problemas migratorios, guerras, y un largo etcétera. En ese aspecto la película nos aboca a la reflexión. Que mañana nos vaya a caer un meteorito en la cabeza es muy poco probable, pero que cualquiera de los ejemplos enumerados pueda trastocar nuestras vidas es un hecho, una realidad tangible. Y lamentablemente vemos cómo todos los que deben lidiar con esas situaciones y salvarnos son tan inútiles, o incluso más, que los que refleja la película de Adam McKay.

El montaje final de la película es una filigrana. A lo largo del metraje –y el exceso de metraje, 138 minutos, quizá sea el único pecado del film– vemos cómo se van sucediendo inserts, gags, imágenes, bromas y sketches de las reacciones que la situación de peligro mundial genera en las redes sociales, frases lapìdarias y anécdotas, que cual bomba de relojería de efecto retardado provocan la sonrisa a posteriori. De hecho, y esto es importante, dos escenas fuera de película, realmente buenas, muy divertidas, se esconden entre los créditos finales. Atención a esas secuencias porque valen mucho la pena. Son la guinda hilarante que corona un pastel muy bien elaborado. 

“No mires Arriba” es, en definitiva, el blockbuster número uno en España y en muchos países del mundo; una película para ver y disfrutar si uno la aborda con el ánimo adecuado, abierto y despreocupado. No lo lograrán aquellos cinéfilos puristas de meñique estirado que esperen ver una joya del séptimo arte. Esto no es Fritz Lang, ni Bergman, ni Max Ophüls. Tampoco complacerá a los que por postura ideológica consideren que el film hace leña de su tendencia política. Todo es, en el fondo, mucho más simple. Y pasa por entender que estamos ante una comedia amable, desenfadada y sumamente entretenida, cuya virtud principal es retratar el caos y la estupidez que impera en nuestro mundo, haciéndonos pensar, tras el visionado, cómo es posible que a estas alturas no nos hayamos extinguido por completo varias veces.

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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