Demonizando, que es gerundio

Leía esta mañana a un fabricante de hojas de parra, escribiendo en prensa un conjunto de inanidades sobre lo que son (o no son) las distintas posiciones ideológicas. Que si el centro es tal cosa, que si la extrema izquierda es tal otra pero no eso de más allá…

… Lo que viene siendo, con perdón, onanismo mental o hacerse trampas al solitario: primero defino algo que no existe y luego lo analizo según las características que yo mismo he definido. Toda observación, todo contraste con la realidad, queda al márgen del proceso. Las cosas son como las imagino, y las juzgo de acuerdo a mis prejuicios. Si nos ponemos técnicos, es la “falacia del hombre de paja”. Está todo inventado.

Así nos va. Así se dicen, hacen y votan tantas cosas sorprendentes. Y no sólo lo aplicamos a la política.

La fabricación y distribución de hombres de paja es una profesión muy antigua. La formalizaron los filósofos con las ontologías, pero la creación de estereotipos viene de lejos. Probablemente desde la primera vez que un humano intentó enseñar a otro algo de lo que no estaba seguro, porque un estereotipo es eso: un juicio general sobre toda una categoría, reduciéndola a un ejemplo supuestamente típico y con frecuencia idealizado o demonizado. Aquí la clave del asunto está en demonizar al adversario. Demoniza, que algo queda.

En el mundo actual, esa profesión sigue teniendo muchos practicantes. Ahí siguen los filósofos, por supuesto. Ahí viven los responsables de propaganda de los partidos y sus maquinarias. Y ahí trabajan los “comunicadores”, los productores y creadores de contenidos, los que dan voz y cuerpo a esas ideas, los payasos que “hablan español para parecer más malo”, los que caricaturizan al rival político en la televisión vasca o catalana, los que pintan personajes o historias a brocha gorda sin cuidado por la realidad, reduciéndolos a caricaturas o mintiendo. Todos ellos deberían tener su particular círculo del infierno por las consecuencias que traen.

Entendámonos, no todas las generalizaciones son estereotipos, aunque todas sean simplificaciones. Pero simplificar, y decirlo, es una cosa (y puede ser arte o ciencia); simplificar, y usar la simplificación como hombre de paja para poner a caer de un burro a alguien, es otra muy diferente.

Conocer los estereotipos se llama “tener cultura”. Confundir el estereotipo con la realidad se llama también “tener prejuicios”. La diferencia está en saber que sólo se pueden tomar como referente aproximado, como caso frecuente o como extremo, y saber diferenciarlos de las caricaturas.

Dicen que el nacionalismo se cura viajando. Lo que se cura viajando son los prejuicios, que están muy relacionados, pero no son lo mismo.  “Sólo desde demasiado cerca no se ve que somos todos iguales”. Conociendo casos y personas se ve que somos todos diferentes, que los estereotipos no coinciden con nadie, y que los prejuicios son atajos que hacen daño al evitar que tratemos cada caso como se merece. Conociendo podemitas (y tradicionalistas) entiendes qué les motiva a cada uno; hablando con nacionalistas comprendes qué hay detrás de cada caso. Y podrás seguir haciendo generalizaciones, pero más matizadas, más tamizadas, menos demonizadas. Y encontrarás gente muy conservadora y muy respetuosa con los demás, y gente muy de izquierdas pero muy razonable, y gente muy nacionalista… bueno, entenderás sus estereotipos mejor.

Porque todo va de eso. Cada grupo y cada persona juzga por sus estereotipos, y si no los entendemos no nos entenderemos unos a otros; y si en lugar de estereotipos tenemos caricaturas, tomaremos decisiones muy equivocadas. Y si tenemos prejuicios rígidos en lugar de estereotipos (en lugar de simplificaciones fluidas, adaptables, abiertas a los datos), nos haremos daño y haremos daño.

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El ejemplo inane de esta mañana iba en la línea de inventar estereotipos sobre grupos reales; atribuirles comportamientos no verificados en función de los prejuicios del autor, y emitir juicios sobre personas reales en función de esas supuestas cualidades y comportamientos. Afirmaba que la extrema izquierda podemita era menos peligrosa para una democracia “no militante” que la extrema derecha, porque no cuestionaba el “estado de derecho”. Quizá en la definición arbitraria del autor. Pero a la hora de juzgar realidades es importante dejar entrar a los datos, o juzgaremos hombres de paja como hizo ese autor. En la realidad, la extrema izquierda actual española, con sus actos, no sólo cuestiona el “estado de derecho” actual sino el marco completo de la democracia liberal (el mismo concepto de “estado de derecho”, salvo que uno se haga trampas al solitario y lo defina de otro modo), al pretender subordinar el poder judicial al ejecutivo, y supeditar el cumplimiento de la ley a la “voluntad popular” del momento (interpretada por ellos, o por el partido que colonice la administración de turno, siempre que sea aliado); o al aceptar que unos ciudadanos tengan diferentes derechos que otros según quién gobierne en sus regiones.

De hecho, todos esos comportamientos populistas no son feudo de la extrema izquierda, sino -en mayor o menor grado, por acción o por omisión- del contubernio de partidos mayoritarios y nacionalistas que nos gobiernan, en distintas combinaciones, desde hace décadas. 

De hecho también, el concepto puro de extrema izquierda, que no se encuentra fuera del laboratorio y algunas clases universitarias, es totalmente antisistema porque quiere sustituir la democracia liberal por el totalitarismo, y totalmente alérgico a la realidad porque en la realidad sabemos que no funciona.

Pero lo que hay ahí fuera es un animal diferente. Es un partido populista que utiliza los prejuicios históricos de la izquierda para legitimarse ante las personas que lo apoyan, y que usa a comunicadores y pensadores institucionales para formar y difundir estereotipos sobre sí mismo y sobre los demás. Un partido con más propaganda que contenido programático, un partido “posmoderno”.

Y no nos confundamos. No es el único. Justo al lado del «morado» tenemos al «rojo», que tras el parricidio de su antecesor hereda nombre, aparato e historia, pero que a día de hoy es esencialmente otra máquina populista centrada en controlar el poder y dedicada a generar estereotipos, prejuicios y caricaturas a través del control de los medios y los comunicadores. Está ahí porque convenció a millones de españoles de que venía “la derecha”, “los fachas”, “los fascistas”, en un ejercicio de demonización del contrario con enormes consecuencias para la convivencia y el juego democrático, y sin la menor relación con la realidad.

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Porque en España, a día de hoy, “la derecha” asume el consenso socialdemócrata sobre Estado laico, servicios públicos e impuestos progresivos, “los fachas” no pasan de conservadores, y “los fascistas” siguen siendo completamente marginales y estadísticamente insignificantes, salvo en la propaganda y en la mente de quienes consumen con deleite ese tipo de bulos y falacias.

Pero en la propaganda se les pinta como hordas de zombies franquistas dispuestos a oprimir a los trabajadores y las minorías, sean las que sean, o como millones de clones “cayetanos” madrileños oligarcas y egoístas, siempre todos de las clases más pudientes. Y esos estereotipos se asumen y se actúa y se vota sobre ellos.

Si todos los votantes de derechas fueran de “clase pudiente” España sería el país más rico del mundo. Si todos los votantes de derechas (o de centro) fueran “fascistas”, España sería una dictadura nacional sindicalista y el paraíso de los trabajadores. Y si, como dice el fabricante de hojas de parra, la “extrema izquierda” no fuera un problema para el “estado de derecho”, no lo tendríamos hecho unos zorros como está en la actualidad.

Hay que salir de la burbuja y contrastar estereotipos con datos, y etiquetas con personas. Hay que dejar de consumir, legitimar y difundir caricaturas. Hay que negar el paso a los que demonizan. Hay que tener mucho cuidado con los fabricantes de prejuicios.

MIGUEL CORNEJO

Síguele en Twitter: @MiguelCornejoSE

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MIGUEL CORNEJO
 
Economista de formación, gestor de proyectos de profesión, aficionado a meterse en charcos —fundó Macuarium.com y Magma— y a hacer sonar campanas. Casado y navarrizado. Últimamente le dejan presidir la Asociación Pompaelo, un grupo apartidista que defiende la auténtica historia, la igualdad y la libertad en tierras del viejo reino.

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