Anacarsis y la lengua

No es mucho lo que sabemos sobre la vida de Anacarsis, filósofo y viajero escita de noble linaje, hijo de Gnuro y hermano del rey Caduida, nacido de madre griega, que recorrió la Hélade durante la XLVII Olimpíada.

Plantilla Julio Murillo

La poca información que ha llegado hasta nosotros es gracias a Plutarco y a Diógenes Laercio, doxógrafo que lo menciona en el primer libro de los diez que conforman su obra «Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres», donde relata algunos de sus hechos más notables.

Cuando Anacarsis visitó Atenas trabó buena amistad con Solón, uno de los Siete Sabios clásicos de la antigua Grecia, inmenso legislador que abolió la leyes de Dracón e instauró la democracia como sistema convivencial y político. Cuando Solón le explicó los rudimentos del corpus de derechos y deberes que había entregado a los atenienses, jactándose de que algo tan bueno sería observado por todos y no podría ser transgredido por nadie, Anacarsis, escéptico, le tildó de iluso, poniendo en duda la efectividad de esas leyes, que comparó con una tela de araña en la que solo los pequeños insectos, los más débiles, quedarían atrapados, pero que difícilmente podría contener la ambición, codicia y maldad de los más ricos y poderosos: «La ley es una telaraña que detiene a las moscas y deja pasar a los pájaros», concluyó.

Pero la anécdota histórica más brillante que conocemos de este filósofo “menor” es la contundente respuesta que dio cuando siendo invitado a un banquete de ciudadanos notables, el anfitrión, que quería sondear su brillo intelectual, intentó ponerle en un brete y le planteó un dilema. Se dice que le preguntó: «Dinos, Anacarsis, ¿qué crees que es lo mejor del hombre, cuál es su máximo logro, su mayor gloria y victoria?». El pensador contestó sin titubear: «Sin duda alguna, la lengua; porque la lengua nos une, nos hermana, nos permite comunicarnos, convivir, compartir emociones e ideas». El anfitrión, tras escucharle, le interpeló entonces sobre cuál era, a su juicio, lo peor del hombre, su mayor derrota y vergüenza, a lo que el escita repuso con idéntica presteza: «Sin duda alguna, la lengua; porque la lengua nos separa, nos divide, nos lleva al odio y a la mentira, y no nos permite entendernos ni convivir en paz».

Si traigo a colación a este poco conocido filósofo es para ilustrar dos noticias muy distintas que nos ocupan en estos días. La primera de ellas, seguramente ya lo habrán intuido, es la sentencia del Tribunal Supremo, que tras inadmitir un recurso de la Generalitat ratifica el dictamen emitido, el pasado mes de agosto, por el Tribunal de Justicia Superior de Cataluña sobre la obligatoriedad de que al menos un 25% de las horas lectivas en Cataluña sean impartidas en español, lengua vehicular y oficial del Estado, y propia, por origen y por uso, de la mayor parte de la ciudadanía catalana.

Todo un varapalo al sagrado tótem político lingüístico de la Generalitat y a sus técnicas inmersivas de coacción social con las que conculcan, día sí y día también, los derechos democráticos de los que no son de su cuerda. En el fondo, no lo olvidemos, no hablamos de nada nuevo, porque los distintos tribunales de justicia llevan años dictando la misma sentencia, que, invariablemente, el Govern y la Conselleria d’Educació se pasan por el arco de triunfo.

Todo es tan previsible que incluso aburre. Pero las resoluciones del TS obran milagros, son el casus belli perfecto, ad hoc, pues permiten al independentismo retroalimentarse, aparentar una unión que ya no existe, y con firme ademán apretar filas, distrayendo a su desencantada parroquia de la depresión que conlleva la derrota de saber que no van a ninguna parte. Sin agravios esta gente –iba a escribir gentucilla, pero seré educado– no son nada. Estos varapalos jurídicos son siempre recibidos como agua de mayo por el nacionalismo irredento, pues le permiten desenterrar el tomahawk al ver peligrar uno de los fets diferencials que históricamente sustentan todos sus embustes, miseria moral e inquina. 

Su reacción no se hizo esperar. Se subieron todos por las paredes, cual gatos ante un manguerazo de agua fría. Pere «patufet» Aragonès mirando en dirección a La Moncloa musitó: «No se atreverán a hacerle esto a un socio preferente; si hay PGE es gracias a nosotros. No acataremos. Respaldaremos todas las protestas que la sentencia genere». Al unísono, Josep Gonzàlez-Cambray, consejero de Educación, instó a las escuelas a no variar ni un ápice el proyecto lingüístico, y tildó la decisión del tribunal de “nuevo ataque frontal de los jueces”. Tras hablar con María del Pilar Alegría, Ministra de Educación, aseguró ante los medios tener garantía de que el Gobierno de Pedro Sánchez no pedirá ejecutar la sentencia del 25%. De eso ya se encargarán los tribunales. Si se atreven, claro. 

A la vocinglera general se unieron muchas otras voces, y la que no podía faltar, porque sin megáfono se muere la pobre, es la de Ada Colau, que una vez más coronó la cima del estulticia intelectual al afirmar que el modelo lingüístico es un éxito –«El sistema (educativo) público debe defender un sistema igual para todo el mundo. Que incluye la garantía del pleno dominio de los dos idiomas»–, y que lo que deben hacer los padres que quieran más castellano en las aulas es “emigrar” a la escuela privada. Lógico. De cajón. Lo democrático empieza siempre en lo privado, porque lo público, lo que debería ser de todos, es ámbito exclusivamente reservado al pueblo elegido. Las declaraciones de la alcaldesa son de “apaga y vámonos”. También hizo acto de presencia en la polémica, aunque tímidamente, Salvador Illa, que revoloteó por el techo de la gruta, soltó eso de que “una materia más al año, en castellano, no hace daño (al catalán)” y se volvió a colgar boca abajo de una estalactita.

La noticia de última hora que demuestra que seguimos donde estábamos –es decir: en ninguna parte– y que esto no tiene visos de arreglo, es la dimisión de Maite Aymerich, responsable del Departamento de Educación de la Generalitat de que la sentencia del 25% sea implementada en los centros docentes: «¡Huyamos, quién me manda a mí meterme en semejante fregado!» 

Y de la oposición, y con esto concluyo, mejor ni hablemos. La oposición no es nada. Que Pablo Casado le diga al Presidente del Gobierno que puede contar con sus escaños si decide incoar un 155 lingüístico en caso de rebeldía, o que Inés Arrimadas aproveche sus cinco segundos de cuota de pantalla, que mañana serán cuatro, es estéril y no convence a nadie.

Así que tras tanta alharaca, el asunto, la pelota, queda en el tejado del TSJC, que obviamente sólo tomará cartas en el asunto si las protestas desbordan las calles. Olvídense. Va a ser que no. El nacionalismo siempre se ha jactado de que son muy pocas las familias –creo recordar, si la memoria no me falla, que menos de cien, unas ochenta a lo sumo…– las que han protestado ante el despotismo lingüístico, porque… ¿Quién es el guapo que se atreve a salirse de la fila, inmolarse heroicamente y exponer a sus hijos al estigma social, la exclusión, la pedrada y el escrache en estos andurriales tractorianos dejados de la mano de Dios? Nadie. En Cataluña los más valientes huyen. Y la denominada sociedad civil y sus organizaciones se las ven y se las desean a la hora de denunciar las arbitrariedades a las que el neofascismo identitario las somete.

Días después de esa sentencia, y mientras reviso este texto, se han confirmado los peores augurios. La primera familia que ha «osado» solicitar al centro educativo de Canet de Mar en el que estudia su hijo de cinco años que cumplan con ese 25% de tiempo lectivo en español, está siendo objeto de una feroz y despiadada campaña por parte del independentismo. En las redes se anima a que su casa sea apedreada, que el niño sea marginado y dejado solo en el aula, y que se condene a los padres a la muerte social.

No me extrañaría que ese niño, al igual que ocurrió en Estados Unidos con Ruby Bridges en los días de plomo de la segregación racial, acabara acudiendo a su escuela custodiado por orden del juez.

Cataluña es, y mucho me temo seguirá siendo, una anomalía en un mundo moderno y democrático. Una tierra en la que el fascismo, el supremacismo, el odio identitario, ha encontrado el mejor de los caldos de cultivo. Cataluña es la prueba fehaciente de que la respuesta de Anacarsis es irrefutable. Aquí la lengua no es herramienta de convivencia, de unión, de entendimiento, de concordia. Aquí la lengua nos separa, nos desune, es el peor de nuestros logros como sociedad. Y lo curioso, lo sumamente paradójico, es ver cómo la administración, pese a imponer su tesis a hierro candente, se lamenta del retroceso en el uso del catalán, que para variar está en peligro de extinción, porque pierde audiencia, no está de moda, no es cool, y no tiene quien le escriba ni quien le ame… De ahí su desesperación, que les lleva a espiar a los niños en los patios de los colegios y a habilitar webs para denunciar a aquellos profesores que impartan clases en castellano. No emplearé el término nazismo, pero lo cierto es que lo parece mucho. Y si es blanco, y va en botella, es leche. 

La segunda noticia a la que me refería trayendo a cuento a Anacarsis es el hecho de que la filosofía –al igual que la ética, o el estudio comparativo de las religiones–, está siendo paulatinamente eliminada de nuestro sistema educativo. Llevan años con eso. Y no puede haber mayor tragedia para una sociedad que suprimir aquello que a lo largo de la Historia nos regala cultura a espuertas, nos dota de referencias intelectivas, nos permite madurar y nos convierte en auténticos librepensadores.

Pobre Anacarsis. Pobre usted. Pobre yo. Condenados al rufianismo intelectual y rodeados de fascistas.

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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