Cataluña no es país para cuerdos

Plantilla Julio Murillo

Se podría decir, así, a botepronto, y visto lo visto, que el independentismo ha salvado una vez más el tipo, los muebles y su imagen, por los pelos, por la campana. Los datos objetivos, empíricos, de la «Diada del Nacionalista Abducido 2021», o jornada conmemorativa del agravio milenario del 52% de la mitad del censo, son los que son.

Y es que a estas alturas ya nadie se chupa el dedo, ni comulga con ruedas de molino. Y por si eso fuera poco, ya nadie, sin excepción, “olvida ni perdona” lo vivido, ni lo hará mientras viva. Vaya esta última frase como aviso para navegantes que sueñan con volver a subvertir el orden constitucional vigente el martes o miércoles que viene a la “hora del Ángelus” o a la del vermú.

El nacionalismo catalán ha pasado de congregar bajo sus esteladas a «la totalidad de un pueblo» (recuerden ese falso hito de la “Via catalana cap a la Independència” de 2013”, que vendió urbi et orbi que 1.600.000 seres oprimidos formaban cadena por la libertad de una tierra sojuzgada) a juntar a poco más de cien mil personas. Dicen los de la ANC que los que vociferaban eran no menos de 400.000, cosa que ya no se traga nadie a estas alturas. Habría que ver cuántas camisetas han vendido regalando la serie histórica al completo. La Guardia Urbana cifra la asistencia en 108.000 manifestantes, y un minucioso estudio de El País, por tramos, lo deja a duras penas en 85.000. En 2019 la “Asamblea Nacional de C—ners” fletó 1.200 autocares con bolsa cotillón de acicate, ayer solo fueron 219. Y un dato muy significativo que refrenda el estudio demoscópico que apunta a que el interés por la independencia se ha desplomado de forma brutal entre los más jóvenes: busquen selfies y vídeos en Instagram y verán que pasan olímpicamente del asunto. No los hay. En las imágenes publicadas por la prensa solo verán parejas de cuarentones y mucho jubilado aburrido de tanto confinamiento.

Sí, obviamente siempre se podrá argüir que con la que está cayendo, entre la pandemia; la crisis económica; el desempleo; los negocios cerrados; los locales en traspaso; la pérdida de la inversión en El Prat y el tremendo desencanto de patronales y mundo empresarial; y con uno de los índices más altos de pobreza infantil y exclusión social de España, la cosa no daba para mucho más. Eso es cierto, el horno no está para bollos y todo el mundo anda más jodido que jodido.

Pero la razón principal de la debacle, por encima de las apuntadas, es la pérdida generalizada de fe en el Procés, en sus líderes, en cómo han llevado el asunto y en el dudoso avance que pueda representar la cacareada “Mesa Bilateral entre Estados Soberanos” llamada a reunirse en breve. Los nacionalistas aseguran que la mayoría de los catalanes, ese irreal 80%, desea resolver este contencioso mediante inapelable referéndum en las urnas, y que más allá de las discrepancias todos cerramos filas en torno a la falacia del «Dret a decidir». En ese sentido están convencidos de que somos un sol pople, de alma única. Craso error. No existe una sola Cataluña. Ni dos, ni tres. Hay muchas cataluñas… 

Ahí está la Cataluña de los independentistas de andorga saciada de ERC, adeptos de Fray Oriol Junqueras y de Pere Aragonès, el «patufet»; una pseudoizquierda burguesa provinciana de raíz carlista que tras mucho tiempo en dique seco vuelve a tocar poder y apuesta por el pragmatismo y el peix al cove; la Cataluña de los burgueses casposos ultraderechistas urbanos, que abogan por la vía expeditiva e idolatran al espantajo de Carles Puigdemont; la de los Cuperos del Mambo, que serían felices pegándole fuego a todo e instaurando una republiqueta feminista, eólica, vegana y comunista de pachamamas abraza encinas; la de los Comunes, que ora ponen el huevo en Pinto ora en Valdemoro y solo pretenden pillar cacho, preservar cañizales y charcas estancadas llenas de mosquitos y espantar a los turistas; también la Cataluña de los socialistas de tercera vía y su embrollada propuesta de federalismo plurinacional asimétrico; la de la derecha constitucional que no se come una rosca; la de los votantes de centro liberal que se han quedado huérfanos y desnortados… Y añadan a todas esas cataluñas la Cataluña de los pasotas, abstencionistas, nouvinguts, residentes extranjeros, etnias gitanas, manteros y pobres de solemnidad.

¿De verdad alguien tiene las santas pelotas de pretender hablar en nombre de todo el pueblo catalán?

La Diada de este año buscaba, sobre todo, ofrecer una imagen de fortaleza y unidad que permita a los nacionalistas presionar en la mesa de diálogo al Gobierno de España en su apuesta de máximos. Y de eso, nada. Ni fortaleza, ni unidad, ni bon rollet ni somriures, porque en Cataluña estamos jugando con fuego y la mala leche y la frustración acumulada puede acabar en ecpirosis ante la falta de consenso político y la debilidad del actual President, al que hasta Laura Borràs ningunea abiertamente calificándole de pusilánime y cagadubtes.

En la manifestación de ayer pudo verse de todo. A Oriol Junqueras, que insiste en que si hay que volver a la cárcel por la republiqueta se vuelve, le tildaron de traidor tanto en el Fossar de les Moreres como en la ofrenda al monumento de Rafael Casanovas; independentistas de ultraizquierda se enfrentaron en batalla campal con independentistas de derechas de Alianza Catalana; se quemaron fotos de Pere Aragonès y Pedro Sánchez y banderas de España y de la UE; pintarrajearon la Sede de Fomento del Trabajo y quemaron imágenes de Jaume Giró, consejero de Economía de la Generalitat y de Josep Sánchez Llibre, presidente de la patronal, y de otros empresarios; cortaron con fuego el tráfico en diversos puntos; asediaron y lanzaron todo lo que tenían a mano contra la Prefectura Superior de la Policía de Cataluña; se prodigaron en consignas a favor de Terra Lliure, e incluso algún descerebrado exigió, micrófono en mano y desde el escenario, “Destruir al Estado español por el bien de la humanidad”.

La «Revolució dels somriures» mostró el sábado abiertamente su sonrisa más inquietante, toda su ira y desencanto. No hubo unidad alguna de líderes políticos, que se mezclaron entre la gente diluyendo su responsabilidad. Y lejos de templar ánimos y recomendar paciencia, exaltados como Jordi Cuixart, que parecía haberse tragado un tubo de anfetaminas, no dudaron en enardecer a la multitud. Desde el escenario insistió a grito pelado en la cantinela del «ho tornarem a fer, ho tornarem a fer!». Recuerden que Cuixart es ese descerebrado de neurona atrofiada que unos meses atrás, en los días de su excarcelación, llegó a soltar la siguiente majadería: “Si estamos dispuestos a que nuestros hijos vayan a la cárcel habremos dado un paso de gigante”.

Pero aquí nadie se queda atrás, porque el «Premio Mongolito de Oro» es galardón muy codiciado entre los majaderos de este mundo. Lo mismo se podría decir de una Elisenda Paluzie desatada que, para no ser menos que Cuixart, parafraseó a Carme Forcadell afirmando: «Hace unos años la querida Carme dijo aquello de “President, posi les urnes”, ahora nosotros le decimos “President haga la independencia”»

De haber asomado en ese momento de paroxismo en una pantalla Marta Rovira desde Suiza gritando: «Consumad, consumad; arribarem fins al final, fins al final!» la cosa hubiera acabado en orgía colectiva. Una imagen repugnante.

Veremos qué sucede en esa mesa de diálogo a medio plazo: A la primera reunión el independentismo llegó más fracturado que nunca, tras la negativa de Aragonès de incluir en el equipo negociador a los “duros” de Junts x Cat, so pretexto de que no forman parte del Govern, y, además, están inhabilitados. De puertas adentro los insultos, blasfemias y espumarajos de los «puigdemontianos» habrán sido de los que marcan época. Previsiblemente la delegación independentista saldrá con el rabo entre las piernas así la cosa avance. Ni la amnistía ni el referéndum son negociables. En ese sentido Pedro Sánchez tiene las manos atadas. La más que probable frustración que generarán esos encuentros vendrá a crispar el ambiente de un otoño caliente y repleto de efemérides. Y si en el mejor de los casos la cosa se mantiene en parámetros de “calma tensa y sin incendios” será porque Sánchez les ha prometido dinero a espuertas. Sánchez soluciona las cosas así. Si hay que pagar, se paga; que no pagar pudiendo hacerlo es tontería.

Así nos luce el pelo. El «Pan para hoy y el hambre para mañana» es la única divisa de la política nacional. Patada al balón, y seguimos para bingo…  

Lo más triste, de todos modos, es constatar que de aquella Cataluña que durante décadas fue admiración y envidia de toda España, tierra abierta, plural, mestiza, libre, en la que el respeto y la tolerancia era moneda de cambio, ya no queda nada. Ni rastro. Cataluña no es país para cuerdos.

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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