Je ne vous aime pas

En los grandes salones del París del siglo XIX, la alta burguesía de la capital baila al son de un vals. Su imagen reflejada en inmensos espejos teñidos de bruma transforma a las engalanadas parejas en figuras espectrales cuya danza, convertida en torbellino, envuelve como una amenaza a una pareja que parece ajena a cuanto la rodea, a pesar de no perder jamás la cadencia que les impone el compás que mueve al resto del armónico grupo.

Y EL MUNDO GIRA…

En los grandes salones del París del siglo XIX, la alta burguesía de la capital baila al son de un vals. Su imagen reflejada en inmensos espejos teñidos de bruma transforma a las engalanadas parejas en figuras espectrales cuya danza, convertida en torbellino, envuelve como una amenaza a una pareja que parece ajena a cuanto la rodea, a pesar de no perder jamás la cadencia que les impone el compás que mueve al resto del armónico grupo. En medio de ese elegante y contenido alborozo, asistimos, a través de cuatro elipsis magistrales convertidas en un solo baile, al nacimiento del amor y de la pasión. Desde que ha descubierto la belleza de Louise, Madame de… (Danielle Darrieux), el barón Fabrizio Donati (Vittorio De Sica) no puede apartar la mirada del rostro de la mujer. Aunque todo apunta a que está felizmente casada con el general André de… (Charles Boyer), Louise es una dama del gran mundo a la que le gusta coquetear con los hombres para hacerles sufrir en la esperanza de que algún día la harán suya.

Pero la sangre no suele llegar al río porque las formas y los códigos se mantienen, y la armonía y la elegancia que reinan en la superficie de ese privilegiado y crepuscular mundo apenas se ven alteradas. “Nuestras superficiales relaciones tienen la ventaja de no tener nada de superficial” dice en un momento dado el militar, amante ante todo de la disciplina, del orden establecido y de guardar las apariencias con estilo. Pero el barón no es un capricho que se puede esquivar con una mentira y olvidar con un nuevo coqueteo. Esta vez, Louise será testigo de su propia transfiguración, la que al final de esta historia le hará ver con implacable claridad que “la mujer que soy hoy es víctima de la mujer que fui”.

EL ENREDO

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Todo empieza como una comedia de enredo, cuando Louise, a pesar de poseer todo lo que se puede desear, decide solventar sus problemas económicos vendiendo unos pendientes de diamantes que su marido le regaló al día siguiente de su boda. Incapaz de separarse del resto de sus lujosas posesiones, se convence a sí misma de que esos pendientes no le gustan (a pesar de lo que significan en su vida conyugal) y se los vende a un joyero (Jean Debucourt). Una noche, Louise simula que ha perdido las joyas durante una gala en el teatro de la ópera. Ante la posibilidad de que se haya cometido un robo en tan prestigioso escenario, se monta un gran escándalo que se convierte en la comidilla del París más elegante y ocupa la primera plana de todos los periódicos de la capital. Confundido, el joyero rompe la promesa hecha a la dama de mantener la transacción en secreto e informa al marido de lo sucedido. El general vuelve a comprar las joyas, pero esta vez para regalárselas “discretamente” a una amante de la que se despide con frialdad en un tren que la llevará a Constantinopla, donde la damisela en cuestión las perderá durante una desafortunada noche de juego en un lúgubre casino. Expuestos en las vitrinas de un usurero, será el barón quien, movido por un impulso, compre los llamativos pendientes. Cuando conoce a Louise asume que ese capricho irracional tenía su razón de ser: regalar la joya a su amada, gesto fatal que confirmará a ojos del general esa, por otro lado, indisimulada relación. “Lo extraordinario del azar es que es completamente natural”, concluye el siempre irónico e imperturbable militar ante el banquero cuando este se presenta para venderle las dichosas joyas por enésima vez. Así es como el general, único conocedor de cuanto ha sucedido, podrá manejar a su antojo el destino de los otros personajes de la trama.

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE LA TRAGEDIA

Je ne vous aime pas, je ne vous aime pas, je ne vous aime pas!“, repite una y otra vez Louise para reprimir la pasión que la está devorando, como si quisiera convencerse de que su voluntad es más fuerte que el amor que siente por el diplomático italiano. “¡No os amo, no os amo, no os amo!“, repite encantada cuando se entrega sin tapujos a los brazos de su amante en el interior de una carroza clandestina, momento de sensualidad absoluta en el que la etiqueta debida es incapaz de tapar la desinhibida desnudez del Sexo hecho Placer y Sentimiento.

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Cuánta elegancia la de ese Max Ophüls que engalana el éxtasis amoroso con los ropajes del pudor sirviéndose de la delicada sabiduría de un orfebre. Del mismo modo, desde la comedia de enredo nos precipitará de manera imperceptible en la tragedia, esa en la que, por una letal mentira de la dama coqueta contada a quien no debía, los caprichos del espíritu y los placeres de la carne se transfigurarán en alma derrotada y carne magullada -“la mujer que soy hoy es la víctima de la mujer que fui“-, extenuación que la guía hacia una espiritualidad quizás más desesperada que realmente sentida y la condena a la fatalidad, vestida de ironía por el enfado del orgulloso y malévolo marido cuando se pregunta, al ver a su mujer consumida por un amor devenido inalcanzable misticismo, “¿Qué clase de amante es tan imbécil para abandonar a una mujer tan extraordinaria?“, y lo lleva a retarlo en duelo con un pretexto que poco tiene que ver con la verdadera causa de su herida moral, como si en el fondo exigiese al barón que, ya que le pone los cuernos, lo haga con toda la distinción del mundo. O para exigirle que se decida a amar de una vez a quien tanto le ama. O quizás para aniquilar ese amor destructor que pone en peligro la estabilidad de su mundo. O quizás por todos esos motivos.

MONSIEUR MAX

Dicen que en una universidad norteamericana un profesor de Historia del Cine presentó a los estudiantes de primer curso el contenido del programa de estudios. Un alumno quiso hacerse el listo y le preguntó: “¿No piensa hablar de Max Ophüls?“. Sin inmutarse, el profesor le contestó: “No, jovencito. Max Ophüls es sólo para adultos“. Hasta hace pocos años era difícil acceder con facilidad a la obra del cineasta alemán, gracias a ello he tenido el placer de conocer su genio tarde, no lo bastante crecidito como para perder el entusiasmo juvenil ante el descubrimiento, pero sí lo bastante bregado para afirmar sin complejos que, en efecto, Max Ophüls es uno de los cineastas más grandes que en el mundo han sido.

Si su obra perdura con autoridad es porque es un retrato implacable de la madurez que surge tras la inocencia y la juventud perdidas, y también de la decadencia que asoma por el horizonte. Su obra sin par es una estampa íntima y majestuosa, engalanada con los más hipnóticos y suntuosos movimientos de cámara, baile perpetuo con los cuerpos, las almas, las flaquezas y las contradicciones de unos personajes apresados en un tiempo y un espacio que siempre acaban por vencerles. El milagro de su cine consiste en recorrer, no sin nostalgia, los imperiales salones de esos tiempos de esplendor en el preciso momento en que empiezan, sólo empiezan, a caducar; es decir, cuando percibimos esa sensación de finitud sin que se haya perdido aún la apostura. En su mundo poético describe el empaque de una sociedad hecha de vanidad, frivolidad e hipocresía, una época que se añora a pesar de sus mezquindades porque representa la armonía de una elegancia perdida y cuya extinción daría paso, por desgracia, a un capitalismo usurero, a los crímenes del comunismo y al auge de ese nazismo del que el judío Ophüls huyó en su juventud para desarrollar en Hollywood y Francia una carrera compuesta por unos pocos pero memorables títulos que, por desgracia, nunca tuvieron el éxito que merecían.

Max Ophüls, el exquisito, grande entre los grandes, el más moderno de los clásicos y el más clásico de los modernos, barroco, arrebatador e imperecedero. Con Madame De… (Madame De…, 1953) creó la que, junto con Carta de una desconocida (Letter From An Unknown Woman, 1948) y El placer (Le plaisir, 1952), es sin duda su obra maestra más depurada. No hay más remedio que entregarse a Max Ophüls como sus personajes se entregan al éxtasis y la melancolía en una danza sin fin con lo más grande y fatalmente hermoso de la pequeña y frágil naturaleza humana. Recrearse en la belleza de su obra es un imperativo moral. Y un inmenso placer. Poco importa que, como la vida, acabe por ser siempre tan fugaz.

JAVIER ARAZOLA

Síguele en Twitter: @AmbersonsI y en su blog The Magnificent Ambersons

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JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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