Érase una vez el machismo

No hace mucho leí por ahí la noticia de que se había formulado una petición a Disney para que se cambiara el final de Blancanieves, ya que el beso que el príncipe le da a la muchacha para librarla del encantamiento es un beso no consentido.

Quizás esa noticia pueda parecer absurda a primera vista, pero el caso es que el asunto tiene mucha más enjundia de lo que parece, y ello me ha hecho plantearme si no deberíamos revisar toda la literatura y filmografía infantil a fin de corregir ciertas actitudes, y así evitar que los niños de ahora crezcan influenciados por el machismo, o el racismo, u otras características propias de nuestra generación, tan perversamente educada por las películas de Disney y los cuentos clásicos tradicionales. 

Porque si nos paramos a pensarlo, es cierto que a la pobre Blancanieves nadie le pidió permiso para ser besada. El príncipe —de quien, por cierto, no existen indicios de que fuera votado en unas elecciones democráticas— abusando de sus privilegios reales y de su superioridad como macho dominante, abusó de la indefensa niña, besándola en los labios sin ningún escrúpulo, con la ridícula excusa de que era un beso de amor verdadero, y encima cuando todos creían que estaba muerta. Eso por no mencionar el hecho de que previamente había pasado un tiempo indeterminado siendo explotada por siete mineros sin escrúpulos que la obligan a ejercer como cocinera y criada, sin contrato ni alta en la seguridad social. Amén de otras posibles actividades que en la película no se reflejan pero que se pueden intuir.  

Y este solo es un ejemplo. La literatura y el cine infantil está plagado de ejemplos sobre cómo el heteropatriarcado ha tratado de moldear las inocentes mentes de los niños —entiéndase que cuando digo niños incluyo también a las niñas; y si hace falta, a las «niñes», que los Torquemada andan sueltos y en rebaño—. 

A ver… «La sirenita». Aquí tenemos a una muy jovencita muchacha que renuncia a lo más preciado que tiene, su voz, para conseguir el amor de su príncipe. Y ¿cuál es el mensaje? Pues por una parte sería que si una mujer quiere llegar lejos debe renunciar a sus sueños y buscarse un marido con potencial, como un príncipe o un vicepresidente, o incluso estar dispuesta a pasar por el quirófano y cambiar su aspecto radicalmente, como hace Ariel, que sustituyó su cola de sirena por unas piernas humanas. Aunque también podría significar que si eres hermosa no necesitas saber hablar, esa conocida expresión de que «calladita estás más guapa». O qué decir de «La bella durmiente», a la que le bastaba con su belleza y su  rubia melena para ser capaz de ligar hasta dormida. Lo cierto es que en las películas de Disney siempre se trata de enviar el mensaje de que la belleza está en el interior, como en el caso de «La bella y la bestia», donde el aspecto no es importante —si eres el hombre y estás forrado—, porque en lo que respecta a “Bella”, podrá ser muy inteligente, muy culta, y dedicar sus días a leer a Faulkner o a Stephan Zweig, pero al final su triunfo dependerá de enganchar a un tío rico y no en ganar el Nobel de literatura. 

En «La cenicienta», además del estereotipo de la joven guapa e indefensa, cuyo futuro depende de un hombre, vemos otro nefasto ejemplo de machismo recalcitrante, ya que la protagonista es maltratada por mujeres  sumamente malvadas —y aparentemente nunca denunciadas, porque no salen ni en El País ni en la Sexta—, que además de tratar a su hermanastra prácticamente como a una esclava luchan entre ellas sin escrúpulos a fin de conseguir al príncipe, que obviamente a la hora de elegir se queda con las más joven y más guapa. De nuevo parece que la meta de la mujer debe ser pegar lo que en un hombre se llamaría «braguetazo» y, en el caso de ellas, no tengo ni idea de qué palabra sería la idónea… ¿bragazo? Bueno, da igual, dejémoslo. Mujeres que están dispuestas a besar a sapos, o pegarse siestas de cien años para encontrar al hombre perfecto que les garantice un futuro seguro y estable en un casoplón con piscina en Vallecas. ¿Qué puede haber más machista?

Afortunadamente la tendencia está cambiando desde hace un par de décadas, y las nuevas princesas de Disney —que, eso sí,  siguen siendo todas muy jóvenes y muy guapas— son capaces de demostrar su valía por sí mismas y ya no dependen de un hombre que las rescate y les solucione la vida casándose con ellas o poniéndoles un ministerio. Princesas nórdicas, chinas, indias y hasta negras, que la inclusión también cuenta. El empoderamiento de la mujer es un hecho inevitable. En el futuro habrán cambiado las tornas por completo y se escribirán cientos de páginas sobre cómo el cine y la literatura discrimina de manera sexista a los hombres, presentándolos como unos seres estúpidos e incapaces de hacer dos cosas a la vez sin que les estalle el cerebro, y que no podrán dar un solo paso sin el apoyo y la guía de una mujer.

Viviremos en una sociedad matriarcal y asexuada donde el oprimido será el varón, mientras ellas y «elles» dirigirán un mundo más justo e inclusivo. Y nadie, ni siquiera Disney o Netflix, tendrá la culpa de ello.

No podremos huir cuando el destino nos alcance.

JORGE R. RUEDA

Puedes seguir al escritor Jorge Rodríguez Rueda en Facebook y en Twitter Si su novela, “Gente Corriente”, no está disponible en tu librería habitual puedes adquirirla en Amazon.

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