Un ñanga en el Sancta Sanctórum de la belleza


Plantilla Juan Poz

Miles de años de civilización nos han convertido en una sociedad de adoradores de la belleza, entendida ya no como canon estético sino como paradigma de lo imposible: preservar la apariencia de vida que escapa, prolongar la juventud, disimular los estragos del tiempo, gustar a los demás para seguir gustándonos. Con su habitual ironía, y movido por su insaciable curiosidad, Juan Poz, un ñanga, un garrulo, un patán, se cuela furtivo en el cosmos de la cosmética…

Si en vez de a leer libros y embarcarme en investigaciones filológicas de nula rentabilidad me hubiera dedicado a hacer dinero, en nada lo hubiera invertido, en el supuesto poco verosímil de haberlo conseguido, con mayor entusiasmo que en procurarle a mi Conjunta un lavabo propio, de uso exclusivo, en nuestra habitación compartida, porque es un hecho que es, esa suma de bodoir y cuarto de aseo con tocador incluso, un espacio donde le gusta estar sola y no ser molestada bajo ningún concepto.

Mientras en mi caso se trata de un espacio exclusiva y rudamente utilitario, en el suyo se convierte en una suerte de laboratorio donde los ingeniosos inventos de la cosmética hallan asiento y destinataria entusiasta. Lubitsch captó algo de lo que ese espacio significa para las mujeres cuando abrió su película Lo que piensan las mujeres con ese excelente gag de las «proezas» aventureras del hombre que ha puesto el pie en todos los rincones del mundo menos en uno donde jamás ha entrado y que nos indica el rótulo que ocupa el plano: Ladies Lounge (Lavabo de Señoras).

Como la clase media-baja obliga a compartir espacios, incluso ese sagrado, y como he acompañado de vez en cuando a mi Conjunta a las perfumerías, auténticos templos de la sabiduría cosmética, alta expresión de la investigación científica más avanzada, en todo comparables a los laboratorios farmacéuticos, no me son extraños esos productos en los que en España se gastan casi siete mil millones de euros al año; sí, han leído bien. Acaso para compensar, se trata de un sector industrial que está a punto de superar al aceite de oliva en exportaciones…

Mi curiosidad, he de reconocerlo, lo tiene todo de hermeneuta aficionado a los mensajes, simples o complejos, y de lexicógrafo aficionado a la propiedad comunitaria más bella jamás imaginada: las palabras. Desde el punto de vista del usuario de la cosmética me considero, como señalo en el título, un auténtico miembro de la tribu de los Ñanga, esto es, el ser más primitivo que pueda imaginarse, usuario exclusivo del agua y el jabón elementales, salvo el detalle «exquisito» del uso del champú Klorane que, como desarrollo a continuación, se ofrece al consumidor con el aval de qualité que el uso del francés imprime al producto: Fortifiant & Stimulant Shampooing á la Quinine et aux Vitamines B Chute de cheveux – Cheveus fatigués

La cosmética, así pues, tiene un país originario, para el imaginario contemporáneo: Francia. La cosmética no tiene edad, porque untos, ungüentos, pomadas, cremas, aceites, potingues, afeites, tinturas y aun electuarios se remontan casi a la aparición del homo sapiens sapiens sobre la faz de la Tierra, y ahí están los egipcios para, más de tres mil años antes de Cristo, atestiguar la continuidad de unas prácticas que, como el uso de las hierbas medicinales, forman parte de la especie; pero desde que París se convirtió en el centro mundial de la moda, el francés se ha convertido en la «lengua de la cosmética», que funciona como un marbete de garantía indiscutible sobre las bondades de los productos, aunque, cada vez más, alterna el espacio con el inglés, si bien este en segundo plano.

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Lo primero que llama la atención al profano en el santuario de la belleza de la mujer es la ingente cantidad de empresas dedicadas al negocio de las promesas reconfortantes: ¡hasta veinte marcas distintas! he clasificado en una breve aproximación a los potingues básicos que figuran en todo tipo de recipientes que, fuera del armario de mimbre donde ahora se almacenan, ocuparían con decoro un tocador con espejo de tres cuerpos, similar al que ocupaba un espacio privilegiado en el dormitorio de mis padres allá por mis ocho años y ante el que mi madre se sentaba como si lo hiciera en el plano de una película usamericana. Cada una de esas empresas tiene productos específicos para cada parte del cuerpo de la mujer, si bien es el rostro, todo él, y destacadamente los ojos y los labios, los que se llevan la palma de la atención estética.

Sin querer ser exhaustivo, quiero recordar algunas expresiones depuradas de la religión de la belleza que profesan todas las mujeres salvo las que, por razones ideológicas, se excluyen y optan por el noble look de la caverna, hijas fieles de la madre naturaleza sin contaminación ninguna de lo artificial, de esa impostura que, en el fondo, son cualesquiera afeites. Lo propio es entrar en una perfumería y oír de labios de las vendedoras experimentadas, auténticas sacerdotisas de dicha religión, el elogio del producto y la descripción pormenorizada de lo que las expresiones francesas más ocultan que explicitan para quienes desconocen el idioma, aunque ciertas raíces léxicas son totalmente paneuropeas y nos dan a entender lo mucho bueno que esas bendiciones pueden hacer por ellas. Los propios nombres de los productos conforman ya un catálogo de «distinciones» maravillosamente exquisitas: Visible DifferencePerfectly CleanHydra Beauty MicroSérumBiocils Yeux SensiblesProdigy Powercell FoundationHaute Exigence NuitPhyto-blush éclat; Lotion Tonique Perfectrice; Crème Jeunesse des MainsDisciplineDouix Polissant

Está claro que acceder a esos frascos diseñados como estuches de joyas y pellizcar la crema milagrosa para acercarla a las inevitables y encantadoras patas de gallo —que a mí siempre me han parecido un bello adorno pícaro de la mirada—, con la esperanza de que ese ungüento obre el deseado e improbable milagro de regenerar/recomponer/restaurar la tersura perdida es todo un ritual al que en muy contadas ocasiones he tenido acceso, porque sé que en esos momentos mágicos de la obra *resurrectora… mi presencia no es en absoluto deseada, y menos si, con esa impertinente curiosidad mía por todo, me intereso inquisitivamente sobre la utilidad, composición y dosificación de los productos miríficos… Hay momentos de privacidad que conviene respetar tan escrupulosamente como la confidencialidad del correo o la inviolabilidad del domicilio —a pesar de las excusas de mal juez de Marlasca para no respetarla con su policía—, porque garantizan la paz del amancebamiento.

Esos productos milagrosos tienen, bajo su nombre, expresiones que para los profanos son indistinguibles de los aditivos, colorantes y conservantes de las etiquetas de los alimentos, o al menos casi tan indescifrables como estos, pero se ve que para las usuarias cualificadas obran como garantías de bellezas que solo esperan —y ahí algunos, no este menda leyenda…, no acaban de entender lo que se espera de ellos cuando se sale del bodoir de la restauración: la admiración incondicional— el reconocimiento del galán de quien esperan que aprecie la composición y el artificio que acentúa, ¡sobre todo!, la naturalidad en su más prístina presentación… A los ñangas pata negra poco han de decirles Foam cleanserpurifyng mask; ¡esta maravilla del Hydratant Repulpant Intense!; o la delicada Douce Gelée demaquillant yeux…; o la impactante Crème d´sedaltérante Peaux normales à Sèches, que parece digna de un menú Michelin; o la mentirosilla Crème aérienne multi protective. Réparation des signes visibles de l’âge; o la que casi se lleva la palma de las promesas datilares: Maquillage subtil e lumineux, sculpte le visage, donne éclat et bonne mine

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Del mismo modo que en la nutrición han florecido en los últimos tiempos alimentos prodigiosos que nos prometen poco menos que una longevidad próxima a la inmortalidad, como la quinoa, la semilla de chía, las bayas de goji, el kale (esto es, la berza común, vendida con valor léxico añadido), en la cosmética se van descubriendo ingredientes cuyos beneficios en términos de belleza al alcance de cualquiera son evidentes. Así, las Native Vegetal Cells;  el Life Plankton Elixir;  el Argan Oil Elixir; el Keratine Thermique, Ceramide 1000;  los Minerales del Mar Muerto; el Acide Hyaluronique + Edelweiss; o la prometedora  Masque baume nourrissant au Beurre de Manfue Sauvage que compite, directamente, al parecer, con la Masque Eclat Express Nettoyant à l’Argile Rouge; el Lipsomal Serum Antioxidant, etcétera, sin que falten las vitaminas B y C, casi de rigor, por supuesto.

Como buen gañán reconozco que, puesto en el brete de tener que buscar una apariencia que me desmintiera y me afirmara como el imposible galán…, iba a decir del celuloide, pero la realidad me obliga a decir «con celulitis»…, que nunca seré, sería capaz de aplicarme todas esas  mixturas maravillosas una detrás de otra, del mismo modo que le digo a mi hermano médico que, cuando alcance la edad de mi madre, quiero que me den todas las pastillas que ella se toma, para garantizarme llegar a centenario…

Y hasta aquí esta mirada furtiva a un dominio en el que he entrado guiado por la curiosidad y salgo con una confesión: usé, en verano, para unas vesículas que me salieron cerca de los ojos, por el sudor, sin duda, el agua micellar y un tónico astringente tras el lavado del rostro con un  jabón Roc Pro-Cleanse que, si bien no me las eliminaron, me refrescaron de lo lindo…

         

JUAN POZ

Puedes seguir a Juan Poz en Twitter como @JuanPoz9 y también en su excelente blog de crítica cinematográfica «El Ojo Cosmológico de Juan Poz» y en su blog de crítica literaria «Diario de un artista desencajado»

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