Aprender a amar por debajo de las apariencias

Alfred Hitchcock, infatigable creador de formas, insustituible mago del suspense, adaptó como nadie la planificación de las secuencias, la puesta en escena y el montaje a las necesidades de la intriga narrativa.

Artista supremo, pero también pensador de su arte, Alfred Hitchcock, construyó una teoría narrativa, estética y hasta moral, destinada a crear emoción pura y, por consiguiente, la máxima complicidad con el espectador por medios exclusivamente cinematográficos. A causa de esa generosidad sin precio sigue siendo hoy un cineasta capital, el más popular y sin duda uno de los más importante de todos los tiempos.

Espectador y Cómplice

Como todo lo genial, el punto de partida de la puesta en escena hitchcockiana es de una sencillez desarmante. Hitchcock se limita a mostrar sucesivamente el plano de un personaje que mira y el de aquello que está mirando. Sin transición, gracias al recurso de la cámara subjetiva, el espectador-voyeur se ve precipitado en la identificación y la solidaridad con el personaje. A ambos les intriga el mismo misterio, pero al espectador, además, le inquieta la suerte que pueda correr el protagonista, lo que aumenta el perverso placer de pasarlo mal en una sala oscura. Es la base del suspense: de espectadores pasivos y cotillas pasamos a partícipes y protagonistas, ya que, a menudo, el malicioso tío Alfred juega a informarnos previamente de cosas que el personaje desconoce o a ocultarnos datos que el personaje conoce pero nosotros no. ¡Ah, endiablado laberinto plagado de trampas, falsas pistas —MacGuffins— y espejos en el que nos precipitó junto a Marion Crane (Janet Leigh) y al detective Arbogast (Martin Balsam) en la terrorífica y eternamente fascinante Psicosis!

Es por eso mismo por lo que, paradójicamente, Alfred Hitchcock, considerado durante tanto tiempo por la cegata y prejuiciosa crítica de su época como un entertainer sin más, supo, mejor que ningún otro cineasta, “buscar la belleza sin aparentarlo”, aspiración máxima de su entregado admirador Truffaut, que decía de él que era “tan emotivo que hacía creer a los demás que pensaba tan sólo en el dinero“. Tan emotivo, a la vez que pudoroso y perverso, que estaba empeñado en montar las escenas de amor como si fueran de suspense y las de suspense como si fueran de amor. Recuerden la segunda parte de Vértigo, en la que el obsesivo “Scottie” (James Stewart) reconstruye con esmero enfermizo una ficción para recuperar el amor perdido y lo que acaba descubriendo es la terrible y dolorosa Verdad, la que obliga a expiar las culpas a un precio a menudo demasiado elevado.

De la primera etapa americana de Hitchcock (1940-1950) tres películas destacan, a mi juicio, por encima del resto: Rebeca (Rebeca, 1940), La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, 1943) y Encadenados (Notorius, 1946). La primera es una obra maestra del arte gótico y considero la segunda un inmenso ejemplo de perversa malignidad. La tercera, de la que les voy a hablar hoy, es una cumbre del romanticismo disfrazada de anodina película de espionaje. De tanto hablar de las rubias de Hitch, se olvida uno de la importancia fundamental que tiene la figura de la mujer en los mundos del maestro, que va muchísimo más allá del fetichismo más o menos misógino del que en esta época prejuiciosa que nos ha tocado sufrir tanto se habla para denostar la figura del genio.

Alicia Huberman, la Ingrid Bergman de Encadenados, es una mujer atormentada, estigmatizada por los pecados de su padre —un americano nazi condenado por traicionar a su patria en plena guerra—; una protagonista de las revistas de cotilleos que se entrega al coqueteo fácil y al consumo inmoderado de alcohol en fiestas de la alta sociedad; una persona aparentemente superficial, pero tan extremadamente compleja y profunda como el que más, como iremos descubriendo a lo largo de la historia. Un ser frágil pero no débil que tendrá que coquetear con el infierno para sacar a flote su fortaleza, su generosidad y su capacidad de entrega. Una mujer digna de ser amada porque es capaz de amar aunque juegue a tirar piedras sobre su propio tejado con estudiado y autocomplaciente derrotismo, que es lo que parece atraer y repeler a partes iguales a la silueta hierática que llama su atención, el señor Devlin (Cary Grant), hombre guapo pero inmutable, quizás porque tras esa fachada de gentleman misterioso y poderosamente atrayente intuye al ser humano que puede, por fin, descubrir su necesidad de afecto limpio y libre de condena.

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Pero la decepción llega cuando descubre que Devlin es un agente de los servicios secretos que tiene por misión reclutarla para llevar a cabo una arriesgada misión: valiéndose de los antiguos contactos de su padre, el elegante jefe de Devlin (Louis Calhern) pretende que Alicia se infiltre en una banda de nazis afincada en Brasil para descubrir cuáles son sus planes más inmediatos. Uno de los miembros de esa siniestra banda es Alexander Sebastian (Claude Rains), un magnate que vive en una lujosa mansión bajo el dominio de su controladora madre (Leopoldine Konstantin) y que en otros tiempos estuvo enamorado de Alicia.

La mujer espera que Devlin salga en su defensa y la ayude a rechazar la oferta, pero el deber es el deber y Devlin se muestra extremadamente obediente con sus superiores, refugiado tras una calculada y desconcertante fachada de altivez moral y prejuicioso desdén. Despechada, Alicia se vuelca con tal intensidad en su misión que acaba recibiendo una propuesta de matrimonio de Alexander, quien sigue perdidamente enamorado de ella pese a las reticencias de su desconfiada y diabólica madre.

Tras la boda, Devlin solicita a sus superiores el cambio de destino por razones obvias —a buen entendedor, pocas palabras (y las expresiones del aquí excepcionalmente contenido Cary Grant) bastan—. Y digo obvias porque segundos antes de que se sepa cuál es la misión de Alicia (valerse de sus talentos de mujer ligera para acostarse con Alexander y sacarle toda la información posible), ambos han protagonizado el beso más apabullante de la Historia del cine: sereno, prolongado, delicado, tierno, sensual, en una coreografía hipnótica en la que participa la cámara (o sea el espectador) en un movimiento que posee toda la sencillez de lo complejo y retrata toda la belleza de una pasión mostrada con descarado pudor. Es, no lo duden, la escena que realmente le interesa a Hitchcock, la clave del asunto, el momento en que reside la Verdad.

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Porque Encadenados no es sólo la tradicional historia de unos espías que se meten en líos para sacar a la luz siniestras conspiraciones que pueden alterar el curso de la Historia, no; Encadenados es, por encima de todo, una historia de amor radical, el retrato de unos sentimientos llevados al paroxismo, donde el sentido del deber, la impostura, el fingimiento y el dolor en carne viva atenazan a los que participan en ella, creando una tensión más subyugante que la meramente argumental, por otro lado impecablemente escrita por el gran Ben Hecht y narrada con brío por el gran maestro.

Avanzada la acción, en un dechado de abstracción, una simple llave, una botella de vino y una taza de café bastarán para marcar el resto de la película, en la que se explotarán a la par el suspense en su estado máximo y la expresión de un desarraigo sentimental desesperado y devastador en el que los besos verdaderos se convertirán en engaño, traición y crimen y los fingidos en la tan anhelada verdad absoluta. Es el ímpetu de los sentimientos, su pureza, la que domina la atmósfera que envuelve a unos espías y amantes que, cuando la partida parece perdida y sus defensas han llegado al límite mismo de la extinción, sacan fuerzas de flaqueza para que el amor triunfe y se imponga con insolencia sobre el Bien y el Mal.

Sí, el maestro del suspense hace aquí uno de los mayores, más elegantes y conmovedores elogios del amor que se conocen. Y sin cargar las tintas, con apabullante sencillez, con lo que confirma que hay que cuidar siempre las formas para que la emoción conmueva nuestros corazones sin abrumarnos. Es en las formas donde un cineasta de ley se la juega y si un cineasta las supo cuidar, ese fue Alfred Hitchcock, artista mayor del siglo XX que tuvo aquí la suprema elegancia de buscar la belleza sin aparentarlo y encontrarla como quien no quiere la cosa con la humilde intención de clavarnos, rendidos, inmóviles y embelesados, en una butaca el tiempo de un beso y una caricia eternos.

JAVIER ARAZOLA

Síguele en Twitter: @AmbersonsI y en su blog The Magnificent Ambersons

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JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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