La defensa de Madrid

Cuando días atrás Ciudadanos presentó su moción de censura en Murcia, compinchado con el PSOE, pasé, en muy pocas horas, por todo el vaivén anímico y mental transitable. Ojiplático, con la boca entreabierta y expresión alelada, musité un desesperanzado «¡no puede ser! ¿por las vacunas, dicen? ¿por la corrupción, yendo de la mano de los mayores corruptos de la historia de España?».

Plantilla Julio Murillo

Cuando ya el asunto se convirtió en bomba informativa, centrando la atención de toda la prensa digital e incendiando las redes sociales, me fui directo a la cocina y agarré el cuchillo japonés del sushi, dispuesto a poner un fin épico a tanto oprobio…¡Cómo podía hacerme Inés Arrimadas eso a mí; a mí, que excepto en elecciones a la presidencia de la comunidad de vecinos mantenía incólume, por convicción íntima, contra viento y marea, mi fidelidad de voto, pese a los innumerables y flagrantes errores y desengaños, la debacle general y autonómica, y la nefasta praxis cotidiana de la formación!

Afortunadamente tenía una botella de vino blanco muy frío en la nevera. Afortunadamente soy más fiel a las ideas que a los irreflexivos que las personalizan y pulverizan con inconsciente alegría. Insuflándome sosiego devolví el cuchillo a su funda, me serví una copa y me asomé al jardín, ya sumergido en la noche. Qué bonitas son las noches cuando todo calla y nos vamos todos voluntariamente a la mierda. Quizá por mi natural propensión a la sinapsis, me vino a la mente la célebre oda de Fray Luis de León, nuestro agustino más famoso; oda que suele abrir todos sus compendios poéticos. La parafraseé con solemnidad ad hoc, modificando mínimamente el último de los versos…

«¡Qué descansada vida/ la del que huye el mundanal ruido/ y sigue la escondida senda por donde han ido/ los pocos centristas que en el mundo han sido!»

Dicho eso, circunspecto, derramé cuatro lágrimas, cuatro, clausurando idilios presentes e historias de amor pretéritas; momentos, todos ellos, destinados a perderse en el tiempo, cual plañido bajo un chaparrón en las Puertas de Tannhäuser. Un lagrimón grueso por Ciudadanos, y otros tres, algo más tímidos y conmemorativos, por UCD, CDS y UPyD. 

Por suerte una vez más la sinapsis, esa inexplicable capacidad neuronal para conectar mundos distantes, me trajo a la mente la hilarante escena de Monty Python, cuando el “Escuadrón Suicida de Centristas Liberales de la Jodida Judea” se planta ante la cruz en que agoniza Brian y, en acto heroico, se hace el harakiri. Prorrumpí en una carcajada estentórea al intercambiar en el cadalso al malogrado Graham Chapman (Brian) por mi muy admirado Toni Cantó, diputado y portavoz de Ciudadanos en la Comunidad Valenciana, y me pude imaginar su estupor ante la demencia de sus correligionarios, y también el estupor de Albert Boadella, Juan Carlos Girauta, Arcadi Espada, Fernando Savater y muchos otros a los que respeto profundamente por su lucidez. Después, eché una palada de tierra mental en la fosa, enterrando quince años de simpatías políticas por el partido que pudiendo serlo todo, o mucho, va camino de no ser nada.

Confieso que no sé qué pasará con la formación naranja, no sé si serán capaces de darle un vuelco a su grave situación; cambiar de estrategia –¿tienen alguna, más allá de improvisar, día sí y día también?–; dejar de dar bandazos sin sentido, a diestro y siniestro; huir de personalismos y prestar voz a los silenciados; refundarse, u optar, directamente, por disolverse. Lo ignoro, y confieso que ni siquiera sé si aún me importa o no, porque me han agotado en su decurso errático. Yo les recomendaría, como periodista y comunicador, que pusieran sus ideas en orden, y que sobre todo apostaran decididamente por una estrategia de comunicación comme il faut, como Dios manda, que permita a sus votantes comprender por qué se meten en según qué berenjenales. Si haciéndolo bien ya lo tenían difícil, haciéndolo fatal, como lo vienen haciendo, mejor que abandonen.   

Porque España —¡y qué pena me da verme escribiendo esto!— no es país para viejos, ni para jóvenes, y aún mucho menos, en lo político, para partidos de centro desnortados. España es país de garrotazo y tentetieso, de bronca recia y desaforada, tierra abonada al cainismo, a la polarización y a la trinchera ideológica ¿Somos conscientes del alcance de todo lo que ha ocurrido tras ese desafortunado movimiento táctico de Ciudadanos?

Tras el golpe de timón de Ciudadanos en Murcia, echándose en brazos del PSOE para arrebatar al PP la Presidencia de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, intuyendo algo parecido, puso pie en pared y convocó elecciones, lo que a su vez hizo que el PSOE y Más Madrid, el partido de Iñigo Errejón, presentaran una moción de censura contra ella, que los socialistas extendieron –porque si hay que ir, se va a por todas– a la Comunidad de Castilla y León. 

Ya con todos en las trincheras, o mejor dicho, en las barricadas, que suena más guerracivilista, comenzaron a dispararse “municiones de censura” y “tamayazos” calibre 9 milímetros Parabellum. Pablo Iglesias, viendo la maniobra, que de salir bien podría acercar posiciones entre el PSOE y Ciudadanos, amenazó con dejar de apoyar al Gobierno de Pedro Sánchez. Mientras Ayuso gritaba «¡Socialismo o libertad!», el “tamayazo” del PP salía bien y neutralizaba a tres diputados de Ciudadanos, que se pasan con actas, pertrechos y munición a las filas populares. Ante el cariz que iba tomando el asunto, Inés Arrimadas convocaba a los suyos a cónclave en Madrid, que se saldó con la dimisión de Toni Cantó –que sale de la ejecutiva del partido y deja su escaño en el parlamento valenciano– y el fantasma de una nueva desbandada de cargos en las filas naranjas. 

Muy poco después, y sin aviso previo, mientras Sánchez se reunía en Francia con Emmanuel Macron, Pablo Iglesias anunció —y no lo hizo ante la prensa, sino grabando un vídeo desde el despacho oficial de vicepresidencia, asunto no baladí y denunciable— que dejaba la vicepresidencia del Gobierno a fin de presentarse como candidato a la presidencia de la CAM, porque “al fascismo hay que pararlo como sea”. Y señaló como su sucesora en el cargo a Yolanda Díaz, a la que prácticamente formaliza como candidata de Unidas Podemos a la Presidencia del Gobierno de España en futuras elecciones.

No contento con eso, Iglesias intentó embaucar a Iñigo Errejón a fin de que Mas Madrid se uniera a “su” candidatura de “frente antifascista”, utilizando, como de costumbre, su habitual tono guerracivilista. Como desde el 36 las cosas han cambiado un poco, y de ser ellos los parapetados tras las barricadas, con el Durruti de turno, deberán asaltarlas para desarmar a los fascistas de Ayuso, con lo cual el grito, ahora, sería: «¡Sí, se puede… Pasaremos!». La respuesta de Mas Madrid ha dejado al marquesito de Galapagar con la cara a cuadros: «¡Búscate la vida, que arrieros somos y, ya si eso, en el camino nos encontraremos!»  

No lo duden, ahora mismo, en Moncloa, deben estar encantados con tanto pifostio. Para mayor cachondeo, desde Cataluña, los de ERC, viendo que tras el abandono de Iglesias sus exigencias y reivindicaciones pueden perder fuelle, avisan de que con ellos no juega nadie. Ayuso, finalmente, encantada de medirse con Iglesias, cambia el eslogan y grita “¡Comunismo o libertad!”

Lo que vamos a vivir durante las próximas semanas, y el día 4 de mayo, no son, por mucho que algunos intenten reducir la situación a un tema autonómico de limitado alcance nacional, unas elecciones más. Lo que ocurra en Madrid tendrá repercusión en la vida política de todo el país. Que nadie se equivoque. No se trata solo de quién gobernará una Comunidad Autónoma. Significará una inflexión, una clave de bóveda, una piedra angular, en el devenir de la arquitectura política y social de España en el ciclo actual. Veremos muchas cosas. Tal vez —y mucho lo lamentaré aunque se me hará comprensible— la desaparición definitiva de Ciudadanos del mapa político español en una tesitura en la que el voto útil puede llevar, incluso a votantes de Vox, a reforzar la candidatura de Isabel Ayuso; quizá la estocada de muerte de Unidas Podemos, formación que ya fue barrida en Galicia y en el País Vasco, y que fía ese 5% de votos necesarios para obtener sus siete escaños a una participación histórica que debería superar el 70% del censo electoral; acaso una crisis de Gobierno que fuerce a variar el rumbo a Pedro Sánchez y a dar largas al nacionalismo catalán…

El 4 de mayo, y de la enconada defensa constitucionalista y democrática de Madrid a pie de urna, pueden surgir escenarios que conduzcan a poner punto y final a medio plazo a una pesadilla que ya dura demasiado tiempo. Crucen los dedos.

Esto, señores, no ha hecho más que empezar. Y va a una velocidad de crucero que ningún cronista puede pretender abarcar, porque no pasa hora sin que el embrollo se complique más y más. No descarten que esto pueda acabar, en unos meses, en unas nuevas elecciones generales. No se rían, esto no es Esparta, esto es España, y como dicen los chinos, el aleteo de una mariposa en Murcia puede provocar un Tsunami en el Manzanares.

JULIO MURILLO

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Autor- Julio Murillo

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