Matrimonio, divorcio y confinamiento

El año 2020 nos ha enseñado muchas cosas, y no quiero decir que sean todas buenas, aunque algunos piensan que todo aprendizaje es positivo, pero es indudable que hemos pasado por situaciones que nunca habríamos imaginado tener que vivir, y hemos tenido experiencias de las que sin duda cada uno habrá sacado sus propias enseñanzas. Porque cada experiencia es única por cuanto que quien la vive es único y le afecta de modo distinto.

Estoy pensando principalmente en lo que tiene que ver con la convivencia. Y de modo mucho más específico en la que por razones obvias fue elegida palabra del año 2020: CONFINAMIENTO, (así, con mayúsculas).

Para muchas personas habrá sido duro tener que limitar sus relaciones sociales al máximo —afortunadamente yo no me cuento entre ellas—. Aunque para otros lo duro habrá resultado precisamente lo contrario, o sea, aumentar el tiempo de convivencia con aquellas personas con las que ya conviven de forma habitual, y más específicamente el cónyuge.

«En el 2020 aumentaron un 20% el número de divorcios y separaciones. Mientras que por otra parte el número de bodas celebradas descendió en picado, cayendo casi un 80%...»

Quizás, y solo quizás, eso tenga algo que ver con que en el 2020 aumentaran un 20% el número de divorcios y separaciones. Mientras que por otra parte el número de bodas celebradas descendiera en picado, cayendo casi un 80%. Claro, se podría pensar que esto último se debe a las restricciones a la hora de celebrar el evento, aunque quiero pensar que también ha tenido algo que ver el hecho de que los futuros contrayentes hayan tenido tiempo para meditar y reconsiderar la idea de compartir sus vidas con alguien a quien ya les cuesta soportar en un periodo de cuarentena de solo unas semanas. Porque aunque los abogados matrimonialistas acechan tras cada esquina, cuando uno se casa lo hace con la noble e inocente intención de compartir su vida con la otra persona “hasta que la muerte los separe”, lo que en determinadas circunstancias puede constituir un periodo de tiempo demasiado largo.

No hace mucho tropecé con un artículo de un conocido periódico español que comenzaba con la inquietante frase: el confinamiento mata el amor. La prometedora columna proseguía con la no menos optimista afirmación de que el confinamiento nos había dejado dos cosas: kilos de más y divorcios.

Ante tal derroche de pragmatismo dudé entre seguir leyendo o ponerme a ver un documental sobre el holocausto. Entonces pensé en todas aquellas personas solteras que viven en soledad y que se vieron forzadas a recluirse en un vacío y solitario apartamento sin nadie a quien tirarle los «trastos» o a quien gritarle, cariñosamente, que acabe de una puñetera vez y deje libre el cuarto de baño; sin una mano amiga a la que arrebatar el mando a distancia de la tele; sin un cálido cuerpo en la cama en el que clavar con saña el codo o dar puntapiés a las tres de la madrugada para que deje de roncar…

«Pensé en todas aquellas personas solteras que viven en soledad (…) sin un cálido cuerpo en la cama en el que clavar con saña el codo o dar puntapiés a las tres de la madrugada para que deje de roncar…»

Pensé en todo ello mientas una fría lágrima se deslizaba por mi mejilla y empecé por fin a entender. El confinamiento no mata el amor, el confinamiento lo incinera, lo arroja por el retrete y vierte litros y litros de agua hasta que no queda ni rastro de una sola mota de polvo que dé testimonio de su anterior existencia. Porque seamos honestos: ¿quién, durante este último año no ha deseado, aunque sea una sola vez, que se legalice la eutanasia asistida sin ningún tipo de condiciones ni limitaciones? Yo no, desde luego, porque estoy casado con una mujer maravillosa e inteligente que además tiene por costumbre leer todo lo que escribo. 

El caso es que el artículo al que hacía referencia antes mencionaba que los meses en los que hubo más peticiones de divorcio fueron los de marzo y abril. Teniendo en cuenta que el estado de alarma empezó precisamente a mediados de marzo, me lleva a pensar que, o los conflictos de esas parejas venían de mucho antes o tenemos un serio problema de falta de paciencia. O puede que el confinamiento fuera la excusa que algunos estaban esperando para dar el paso de poner fin a su relación.

En cualquier caso, lo que es cierto es que cada vez somos más individualistas, mas egoístas, menos proclives al compromiso, a la lucha, menos constantes. Somos terreno abonado para que el más mínimo contratiempo siembre en nosotros la semilla de la incertidumbre, del miedo, del abatimiento. Así que no es de extrañar que algo tan relevante como una pandemia, haga eclosionar nuestros más ocultos instintos y provoque en nosotros sentimientos o reacciones que a veces ni nosotros mismo reconocemos. 

Como decía al principio, de todo se aprende algo y hasta las malas experiencias pueden aportar enseñanzas positivas. Y si no preguntadle a todo aquel que viva en un piso de menos de setenta y cinco metros cuadrados, seguro que ha aprendido la lección y la próxima vez que tenga que mudarse tendrá en cuenta el número de habitaciones por encima de cualquier otra consideración. 

Pero hay que sentirse afortunado y no quejarse por cualquier cosa. Después de todo si estás leyendo esto es porque has sobrevivido, al menos a día de hoy, al Covid, que no es poco, y total… ¿Qué has perdido? ¿Un trabajo que odiabas? ¿Tus ahorros? ¿Un cónyuge que no te merecía? ¿La autoestima? Tampoco es para tanto.

Recuerda aquello que nos decían nuestros líderes: “saldremos fortalecidos”.  Pues eso.

JORGE R. RUEDA

Puedes seguir al escritor Jorge Rodríguez Rueda en Facebook y en Twitter Si su novela, “Gente Corriente”, no está disponible en tu librería habitual puedes adquirirla en Amazon.

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