La democracia a través de la Historia y la Filosofía (II)

El primer paso de la Edad Moderna hacia la democracia se empezó a gestar en la Inglaterra del siglo XVII, que vivió un largo proceso revolucionario que terminó con una importante ampliación del poder político, que hasta entonces era ejercido por una monarquía absoluta, apoyada por la aristocracia y los terratenientes propietarios de la tierra.

Curiosamente también fue el siglo de la cultura y la filosofía en Reino Unido, con filósofos de la talla de Thomas Hobbes (1588-1679), posiblemente el creador de la filosofía moderna con su obra El Leviatán, o monstruo bíblico, publicada en 1651, con unos poderes inauditos al que nadie se atreve a despertar y al que deberemos someternos para que nos proteja hasta encontrar y conseguir un pacto consensuado entre ese poder llamado Estado y la Sociedad de Ciudadanos.

También va en ese sentido John Locke (1632-1734), considerado uno de los mayores empiristas y el Padre del Liberalismo Clásico que siempre defendió la idea de que el Estado debe proteger los tres derechos naturales del ciudadano: la vida, la libertad y la propiedad, por medio de un Parlamento donde se desarrolla el poder legislativo y el ejecutivo, que han de ejercerlo por separado; pero siempre respetando los derechos humanos.

Con toda seguridad, el siglo XVII fue el siglo de los ingleses, y así fue considerado por muchos: con un Isaac Newton (1643-1727), que dio el espaldarazo definitivo a la revolución científica, o un William Shakespeare icono de la literatura de su tiempo.

Sombra de Clío

No obstante, mientras tanto, se iba gestando un sentimiento de libertad en el pueblo llano que acabó produciendo algunas revueltas que, poco a poco, desembocaron en una larga y a veces violenta confrontación entre dos clases sociales de la población: por un lado la aristocracia, propietaria de las tierras; y por el otro, la burguesía urbana, que estaba emergiendo de forma imparable, ligada al comercio y a los negocios.

En esos momentos Inglaterra era una monarquía absoluta, y el monarca detentaba todos los poderes; es decir: el poder legislativo y el ejecutivo, amén de un Parlamento que apenas influía en las decisiones del rey y sus validos, pues se trataba de una institución meramente ceremonial donde estaban representantes de todos los estamentos de la nación. En tal sentido el rey lo convocaba a su conveniencia, no para rendir cuentas de su gestión ante el mismo sino como caja de resonancia de sus propias virtudes y gestión, la mayoría de las veces.

Pero he aquí —¡quién lo pensara!— que fue ese inoperante Parlamento donde se iniciaría la chispa que inició la crisis revolucionaria, por culpa de la subida de impuestos, ya que la aristocracia y la nobleza estaban exentas de pagarlo, mientras que las demás clases sociales, con la burguesía en primer lugar, debían satisfacer fuertes tributos a la Corona.

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Un poco antes, a principios del siglo XVII, los representantes burgueses del Parlamento solicitaron al rey que fuera el Parlamento el que se ocupara de los debates y directrices para repartir los tributos entre todas las clases sociales del país, a lo que el Rey y cortesanos se opusieron, pues entendían que sus privilegios estaban en peligro, además de dar entrada a la burguesía en el poder político, que hasta entonces mantenían, vetándola, como coto privado de caza.

En esos momentos el conflicto estaba servido, y además con bastante virulencia; primero enfrentó a la burguesía con la alta nobleza y terratenientes que representaban el principal apoyo de esa monarquía absoluta. Por otro lado la llamada baja nobleza —o sea los hijos segundones de las poderosas familias— podía heredar títulos, pero no heredaba ni el dinero ni las tierras de sus padres, y reivindicaba, con insistencia, el tener voz y voto en el Parlamento para poder cambiar la ley de mayorazgos que les excluía de parte de la herencia de sus mayores, y les obligaba a buscarse la vida a través de los negocios, lo que dio paso a una aristocracia aburguesada y descontenta, situación que produjo gran cantidad de enfrentamientos entre ambos bandos: la aristocracia y la nobleza, comandada por el propio rey Carlos I de Inglaterra, y la burguesía, liderada por Oliver Cromwell.

En tal sentido, el rey, con la aristocracia y la nobleza de su parte, lo único que pretendía era mantener el mismo estado de cosas existentes, con algunas concesiones de poder poco trascendentales; por el contrario, el proyecto de Cromwell pretendía transformar la monarquía absoluta de ese momento en una Monarquía Constitucional, asistida por un Parlamento formado por la élite de la nobleza y de la de la burguesía; Parlamento que creara y elaborara las diversas leyes que demandaba el país.

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Pero algo que en teoría parecía beneficiosos para los dos bandos no llegó a buen puerto; las controversias y disputas entre unos y otros continuaron durante tiempo pues nadie se avenía a razones. Hubo varios enfrentamientos entre los dos ejércitos y en uno de ellos Carlos I fue capturado y hecho decapitar públicamente, con la idea equivocada de que el conflicto terminaría, pero no fue así, pues los absolutistas no deseaban ceder sus privilegios fácilmente, y las luchas prosiguieron durante muchos años, a lo largo de los cuales aparecieron otros movimientos que buscaban una solución intermedia, como fue el caso de los “Levellers o Niveladores”, que reconocían el derecho a la propiedad privada al mismo tiempo que pretendían establecer una República, donde el Parlamento estuviera abierto al sufragio universal, pero solo para la población masculina. Otro proyecto que surgió fue el de los “Diggers o Cavadores”, que defendían una especie de comunismo agrario, pero ambos proyectos desaparecieron con sus respectivas derrotas militares.

Finalmente el largo periodo de revoluciones y guerras terminó a finales de dicho siglo XVII, con un pacto que contemplaba una amplia reforma que dio origen a la primera Monarquía Constitucional, en la que el rey y la alta nobleza renunciaron al poder absoluto a cambio de que siguiera la monarquía como institución meramente representativa y ceremonial. En esos momentos, había nacido la primera Revolución Burguesa, que acabó produciendo una democracia restringida que todavía no era una verdadera democracia, sino un sistema oligárquico que había dado paso a la mayoría de las clases burguesas.

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Por otro lado, y ya a partir del siglo XVIII,  en otros países europeos como Francia aparecía una corriente intelectual llamada Ilustración, que buscaba difuminar o acabar con el poder de las monarquías absolutas europeas, mientras que en las colonias de América empezaron a proliferar revueltas contra el poder establecido por las metrópolis, como fue el caso de Inglaterra; revueltas que desembocaron en guerras coloniales que dieron paso a la independencia de muchas de ellas, como fue el caso de la independencia de los Estados Unidos, acaecida en el año 1770 en forma de República, aunque sin contar con la mujer ni con los propios aborígenes de dichos territorios. En muy poco tiempo, tras la independencia, asumieron el liberalismo que daría paso, una vez más, a situar el poder en manos de las castas más poderosas del país.

En Francia, en un principio, las cosas fueron distintas, y la revolución fue rápida y cruenta, empezando por el asalto popular a la Bastilla en París, que acabó en pocos días con el poder absoluto del rey Luis XVI abriendo el camino a una democracia de dos variantes: la democracia liberal conducida por Danton y la democracia radical defendida por Robespierre. Además, aparecía una pequeña facción de tendencia socialista defendida por Marat.

Sin embargo, esa explosión revolucionaria terminó pronto y se desvaneció a la misma velocidad que había llegado, y Napoleón terminó con ella en el año 1804, pero el precedente y el poso de la misma perduraría ya para siempre en Francia y en el resto de Europa, con revoluciones y contrarrevoluciones más o menos sangrientas; pero el lema de la Revolución Francesa —«Liberté, Egalité y Fraternité»— caló profundamente en las masas populares europeas, y más tarde, hacia 1860, en el Movimiento Obrero, que consiguió una gran victoria sobre el liberalismo con la creación de la AIT o Asociación Internacional de Trabajadores.

Desde ese momento el camino de la democracia quedaba expedito, aunque lleno de obstáculos todavía para que se aceptara o consiguiera una democracia donde el Sufragio Universal fuera un hecho; siendo también Francia cuna en la que la democracia con Sufragio Universal, aunque excluyendo todavía a la mujer, irrumpiera con más fuerza.

Todavía faltarían muchos años, muchas luchas, y mucha sangre, para que se consolidara; pero la democracia había empezado a transitar por un camino que, aunque difícil y complejo en su trazado, ya no abandonaría, por mucho que tanto el capitalismo como el Comunismo intentaran acabar con ella a lo largo del tiempo.

ALBERTO VÁZQUEZ BRAGADO

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Alberto Vázquez Bragado. Residente en Barcelona. Licenciado en historia, UB 2007; Máster en Historia de la ciencia, UAB 2008; estudios de literatura, UB 2015.
Puedes seguir a Alberto Vázquez Bragado en Twitter como @BragVazquez

 

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