Una palabra a la juventud catalana


Plantilla Juan Poz

“El retorno de Zaratustra. Una palabra a la juventud catalana”… ¿Anónimo? Un texto clarividente, pugnaz y muy necesario en este primer tercio de siglo XXI  que tan peligrosamente se va pareciendo al del pasado siglo…

Tenéis que aprender a ser vosotros mismos, del mismo modo que yo aprendí a ser Zaratustra. Una cosa le fue dada al hombre, que lo convierte en Dios, que le recuerda que es Dios: comprender el destino. Os oigo lamentaros a grandes voces de los tremendos dolores y los tremendos destinos que cayeron sobre vuestro pueblo y vuestra patria. Perdonadme, muchachos, si también me muestro un poco desconfiado, un poco lento y falto de voluntad en creeros, respecto de tales dolores. ¿Solo sufrís por vuestra patria? ¿Dónde está esa patria, dónde está su cabeza, dónde su corazón, dónde queréis comenzar su cura y los cuidados que necesita? ¿Veis lo difícil que es entenderse con los demás, e incluso entenderse a sí mismo, cuando se emplean palabras tan altisonantes?

Bien pudiera ser que se demostrara que, en efecto, una tercera parte o la mitad, o mucho más de la mitad de vuestros sufrimientos, son realmente vuestro propio dolor, y que obraríais prudentemente tomando baños fríos o bebiendo menos vino o sometiéndoos a un tratamiento, en lugar de palparle el cuerpo a vuestra patria y hacer de curanderos de ella. Podría darse ese caso, digo yo… ¿Y no convendría que así fuera? ¿No se abriría por ese camino un nuevo futuro? ¿No existiría la perspectiva de transformar el dolor en una buena obra, y el veneno en destino? ¿No os parece que, al fin y al cabo, una patria goza de mayor salud y se desarrolla mejor si cada enfermo no le atribuye sus propias dolencias y cada paciente no se empeña en andar curándola?

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Saber padecer bien representa ya más que la mitad del vivir. Saber padecer bien es vivir del todo. Nacer significa padecer, el crecimiento es padecer, la semilla padece tierra, la raíz padece lluvia, los brotes padecen explosión. Vosotros, en cambio, llamáis hacer al escapar de lo que duele, al no querer nacer, a la huida del sufrimiento. Aprender a sufrir es difícil. Encontraréis el ejemplo con más frecuencia y más hermoso entre las mujeres que entre los hombres. ¡Aprended de ellas! ¿Dónde están las acciones producidas con tanto afán? ¿Dónde está el gran hombre, el resplandeciente, el autor, el héroe? ¿Dónde está vuestro Presidente de la República? ¿Quién es el sucesor? ¿Quién ha de serlo? ¿Y dónde está vuestro arte? ¿Dónde tenéis las obras que justifican vuestra época? ¿Dónde están las grandes ideas felices? No, padecéis demasiado poco, demasiado mal, para poder producir cosas buenas y resplandecientes.

Del niño al hombre hay un solo paso, un solo corte. Aislarse, encontrar el yo, desprenderse de madre y padre, ese es el paso del niño al hombre, y nadie lo da del todo. Cada hombre, hasta el más santo ermitaño y huraño penitente de las más desnudas montañas lleva consigo un hilo, arrastra ese hilo que le mantiene atado al padre y a la madre y a toda su querida familia y a todo lo que fue suyo. Cuando vosotros, amigos, habláis con tanto ardor del pueblo y de la patria, veo colgar ese hilo de vosotros y no puedo dejar de sonreír. Cuando vuestros grandes hombres hablan de sus tareas y de su responsabilidad, el hilo les cuelga un buen trozo de la boca. Nunca hablan vuestros grandes hombres, vuestros caudillos y oradores, de obligaciones consigo mismos, nunca hablan de la responsabilidad que tienen frente a su propio destino. Todos penden del hilo que les une a la madre y a todo lo calentito y agradable que les recuerdan los poetas cuando, llenos de sentimiento, cantan la niñez y sus limpias alegrías. Nadie rompe del todo ese hilo, como no sea con la muerte, si es que consigue morir su propia muerte. Zaratustra siguió un buen trecho el camino de la soledad. Asistió a la escuela del sufrimiento, Conoció la escuela del destino y fue forjado en ella. De todos los que ahora en vuestro país tan violentamente quieren el bien e intentan provocar el futuro, son esos esclavos levantiscos quienes más me divierten. Eso que llaman nacionalismo ya lo conocemos. Es una vieja, viejísima fórmula, hoy ya extraña, de polvorientas cocinas de alquimistas.

Pero eso sí, fijaos en lo que hacen. Porque son hombres capaces de la acción, ya que, aunque por un callejón de mala fama, han llegado bastante cerca de la madurez del destino. Hay una palabra, muchachos, que en vuestra boca me disgusta un poco si es que, mejor dicho, no me hace reír. Es la expresión reforma del mundo. Os gustaba entonar la canción en vuestras sociedades y rebaños, y el estribillo de esa canción era la estrofa de la esencia y la salud del pueblo catalán. Nosotros, amigos, tendríamos que aprender a abstenernos de juzgar si el mundo es bueno o malo, e igualmente tendríamos que renunciar a la extraña pretensión de reformarlo. El mundo no está para ser reformado. Tampoco vosotros lo estáis. Pero estáis, eso sí, para ser vosotros mismos; existís para que el mundo se enriquezca con este sonido, con este tono, con esta sombra. Si lográis ser vosotros mismos, el mundo será rico y hermoso.

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Si, en cambio, vosotros no sois vosotros mismos, sino unos mentirosos y unos cobardes, veréis el mundo pobre y os parecerá que necesita una reforma. No creáis que el mundo necesita más mejoras que la presencia en él de algunos hombres, de vez en cuando —no ganado, no manadas, sino unos cuantos hombres, de esos que no abundan, de los que nos hacen felices, de la misma forma que el vuelo de un pájaro o un árbol junto al mar nos proporcionan felicidad—, simplemente por su presencia, porque existen. Si queréis ser ambiciosos, muchachos, ansiad ese honor. Pero tened en cuenta que es peligroso, que el camino conduce a través de la soledad, y que fácilmente puede costar la vida.

¿Nunca os habéis preguntado por qué el catalán goza de tan pocas simpatías, por qué es incluso odiado, sí, muy odiado y la gente lo evita? Vosotros, los catalanes jóvenes, siempre quisisteis alardear de las virtudes que precisamente no teníais, y de vuestros enemigos criticabais, sobre todo, los defectos que habían aprendido de vosotros. Siempre hablabais de virtudes catalanas. Pero fuisteis desleales, desleales con vosotros mismos, y esto es lo que os acarreó el odio del mundo entero. Vosotros decís: “¡No, fue nuestro dinero, fueron nuestros éxitos!” Y quizá era eso lo que pensaba el enemigo, según vuestra lógica de tendero. Pero los motivos suelen estar siempre a algo más de profundidad que nuestras opiniones, y a mucha más que ciertas opiniones superficiales y rápidas de los fabricantes. A base de las virtudes catalanas y con ayuda de vuestros presidentes y de la música de Lluís Llach, habéis creado un mundo que nadie más que vosotros tomaba en serio. Y detrás de todo el vistoso oropel de esas escenificaciones operísticas permitíais que proliferasen y avanzasen todos vuestros instintos oscuros, esclavistas y megalomaníacos. Hablabais continuamente de orden, virtud y organización, pero os referíais a amasar dinero.

Estáis demasiado acostumbrados a daros mutuamente la razón. Para la falta de razón, para la descarga de impulsos poco amables, estaba el enemigo. Pero yo os digo: hay que hacer daño y saber sufrir daño, si uno quiere permanecer al lado de la vida y mantenerse en el nudo. Comprendamos de una vez que el mundo es frío y no tiene nada de incubadora hogareña, donde se vive una perenne niñez en un ambiente de protector calorcillo. Y, en contra de todo cuanto gritan vuestros oradores populares, yo os digo en voz bien alta: “¡No es necesario que os deis mucha prisa” Aquellos, los otros, os azuzan desde todos los rincones: “¡Corred, corred! Es cosa de minutos… ¡El mundo está en llamas! ¡La patria está en peligro!” Pero vosotros creedme a mí: la patria no sufrirá angustias porque os toméis tiempo, porque dejéis gestar y madurar vuestra voluntad, vuestro destino y vuestras acciones. El apresuramiento, igual que esa satisfacción de la obediencia, figuraban entre esas virtudes catalanas que no lo son. No permitáis que ningún orador ni maestro os llene los oídos con sus teorías, llámese como se llame. En cada uno de vosotros solo debe imperar una voz, la propia, la que os es preciso escuchar.

JUAN POZ

Puedes seguir a Juan Poz en Twitter como @JuanPoz9 y también en su excelente blog de crítica cinematográfica «El Ojo Cosmológico de Juan Poz» y en su blog de crítica literaria «Diario de un artista desencajado»

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Autor- Juan Poz

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