Los claroscuros del alma (Parte II)

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François Truffaut, tierno y púdico, no apreciaba especialmente el cine de John Huston ni el de Michelangelo Antonioni. Aunque no lo expresó con estas palabras, pensaba que el gran aventurero americano se regodeaba, autocomplaciente, en la vocación de fracaso como actitud vital, mientras que del cineasta italiano afirmaba que malgastaba su talento empeñado en ser un llorón que exhibía sin mesura su sufrimiento y subrayaba con tinta gruesa su lamento. Por mi parte, pienso que Antonioni rodaba muy bien, sabía explotar de maravilla el espacio (ese vacío que actuaba de barrera entre sus extraviados personajes), pero cuando se adentraba en el corazón humano era para encerrarlo en sí mismo con un candado que imposibilitaba toda posible redención. Para Truffaut, el cine como juego con el tiempo y el espacio tenía el deber de ser, o al menos intentarlo, una puerta abierta a la salvación de sus personajes, aunque estuviesen condenados a un destino trágico. De ahí su pudor y su ternura, de ahí su conmovedora altura moral.

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«Retorno al pasado» (“Out of the Past“, 1947) es, más que probablemente, la cumbre del cine negro americano. Y eso que en el género tiene unas cuantas rivales que no desmerecen nada a su lado. Ahí están estas otras joyas para confirmarlo.

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Se podría uno extender hablando de la atmósfera onírica y la textura abstracta que les imprimieron a los ambientes en que transcurre la película un Tourneur y un Musuraca más tocados por la gracia que nunca, sin olvidar la inestimable colaboración de los directores artísticos Albert S. D’Agostino (el mismo de los Ambersons) y Jack Okey. Se podría también hablar del arrebatador uso que hace de un recurso tan poco agradecido como es el flash-back, haciendo que dos películas se conviertan en una porque se necesitan trágicamente la una a la otra. O de la quirúrgica descripción de una de las femme-fatale más memorables que ha dado el cine, pero sería repetir lo que todo el mundo sabe sobre el género negro en general y sobre esta obra maestra en particular. Yo quiero hablar del romanticismo, tan exacerbado como perverso, que envuelve toda la narración y que convierte la película en una invitación a la fatalidad, incluso para los más angélicos de sus personajes. Y de sus espectadores.

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El Lago Tahoe. Un paraje natural excepcional situado entre Nevada y California en el que la contemplación y la serenidad son obligado preludio de la felicidad. El pueblo más cercano es Bridgeport, donde Jeff Bailey (Robert Mitchum) regenta una gasolinera. Jeff dedica su tiempo libre a pescar en el lago, además de a retozar con Ann (Virginia Huston), una joven rubia de aspecto sano y bondadoso que está profundamente enamorada de él y con la que tiene intención de empezar una nueva vida, a pesar de que ella tiene otro pretendiente, un buen chico algo soso llamado Jim (Richard Webb), enamorado de ella desde los tiempos del instituto. En el lago Tahoe todo es luz, pero algo chirría desde el principio, porque antes de conocer a la pareja hemos conocido a Joe Stephanos (Paul Valentine), un tipo malcarado que acaba de llegar al pueblo, y que con las maneras de un matón de los que “no encontraría una oración en la Biblia” muestra un gran interés por conocer el paradero de Jeff. El ayudante sordomudo de Jeff (Dickie Moore) avisa a su jefe de que un tipo extraño pregunta por él. La placidez y el romance quedan interrumpidos. Joe ha pasado por ahí para informar a Jeff de que su viejo amigo Whit Sterling (Kirk Douglas, en la que fue su segunda aparición en pantalla) desea verle. Aunque no es un tipo especialmente expresivo, Jeff no sabe disimular cierta incomodidad, la que esa misma noche le lleva a confesar a su amada, mientras ambos se dirigen en coche a la mansión que tiene Whit en la colina que da al lago, que en realidad se llama Jeff Markham. Nos trasladamos así, querido espectador, a un pasado (y a los espacios urbanos de ese tiempo, porque el mundo es grande aunque sea pequeño, como lo es el alma) en el que Jeff Markham fue un detective al que Whit, poderoso jefe del hampa, contrató para encontrar el escondrijo de su chica, Kathie Moffat (Jane Greer), huida con 40.000 dólares tras pegarle unos cuantos tiros a su amante y dejarlo malherido. Whit ha acudido a Jeff porque aprecia que sea inteligente y honrado, dos virtudes difíciles de hermanar en una misma persona. Pero ni Jeff ni su nuevo cliente cuentan con que la morenaza Kathie va a noquear literalmente al detective, que se enamora perdidamente de ella en cuanto la encuentra en México. Jeff abandona el caso y huye con la mujer (y el dinero) a San Francisco. Una casualidad hace que Jeff se encuentre con su antiguo socio, Jack Fisher (Steve Brodie), quien una noche tormentosa y fatal tiene la mala idea de chantajear a la pareja: el silencio ante Whit a cambio de la pasta. Cuando Kathie mata de un balazo a Jack antes de huir y desaparecer en la noche (momento memorable de violencia seca como un desierto), Jeff entiende que su vida se ha quebrado. Por eso se instala en Bridgeport con un nombre falso y por eso ve en Ann al ángel que le llevará a la salvación, ya que ella asegura que el pasado no le importa y que sólo sus sentimientos presentes cuentan para crear un futuro de amor. Y dice la verdad. Porque lo dice con el corazón y la serena determinación de quien sabe lo que quiere.

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Pero “el mundo es muy pequeño”, según Joe, o “algunos carteles demasiado grandes”, según Jeff, refiriéndose al que anuncia el emplazamiento de su taller, y Whit reaparece en la vida de Jeff, que esta vez vuelve al pasado en tiempo presente porque el círculo dantesco se ha cerrado y Kathie está de nuevo con Whit. Entramos así en una segunda historia cuya trama no desvelaremos aquí, aunque sí diremos que tras una intriga turbia y compleja se esconde una trampa destinada a acusar a Jeff de algún que otro asesinato que, por supuesto, no habrá cometido. Una venganza que el sádico Whit ha planeado con la delectación de un orfebre. ¿Hasta qué punto Kathie está en el origen de esa trama? Poco importa: una vez descubiertas las intenciones de los gangsters, ella, mujer de dos caras, vuelve a enredar a Jeff con sus zafias artimañas y él se entrega definitivamente a la perdición. O eso creemos, pero, como de costumbre, nada es lo que parece. Lo único que cuenta es que Jeff se debate entre el ángel, que cree en su bondad, y el demonio, que ama su maldad. Dicho de otro modo, lo único que cuenta es el amor. Y es ahí donde la grandeza del film alcanza el cénit, porque incluso el mal es capaz de entregarse al amor. Y aunque sea vestido de crimen, traición y asesinato, el amor impone su ley.

Esa es la ambigüedad moral de la que no podemos sustraernos, porque la mujer malvada es ante todo un ser capaz de amar, y el hombre bueno que se sabe perdido un ser capaz de sacrificarse por amor, dolorosamente consciente de que fue el mismísimo amor quien lo condenó desde el primer momento. Y en este mundo de claroscuros, de mentiras y engaños, de sentimientos ambivalentes, de atracción y repulsión, de peligros y sucias verdades ocultos en la penumbra, la salvación de Jeff, paradójicamente, tendrá lugar gracias a una nueva mentira, a un último embuste, el que el joven pero espabilado Dickie sabrá contar sin palabras a Ann, cuya alma se hubiera visto condenada al tormento de no ser por ese dulce engaño.

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Hay que amar a los personajes, a todos. Y en eso está Tourneur, observador de grandezas y flaquezas, moralista que no juzga y deja al destino el trabajo de condenar; poeta sin empalago, trágico sin grandilocuencia, narrador puro y depurado, hipnotizador que domina todos los recursos de que dispone. Hay que amar el cine como él lo hizo, como sueño envolvente hecho de luces y sombras, de reflejos de crímenes y pasiones, de emociones íntimas a flor de piel y de sensualidad a flor de alma. Y en eso está Tourneur, ese príncipe, demiurgo de la sombra que nos invita a alcanzar la luz desde lo más íntimo de la negrura y la asunción de la fatalidad, que nos invita a jugar con el tiempo para recorrer la plenitud de ese misterio insondable llamado vida en el que hay que conceder, aunque sea desesperadamente, el beneplácito de la redención a las tristes marionetas que la recorren con un hálito de melancolía en la mirada y en su alma errante.

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«La sirena del Mississippi»(“La sirène du Missisipi“, 1969) de François Truffaut es heredera directa del cine negro americano, muy especialmente de «El demonio de las armas» (“Gun Crazy“, 1950) de Joseph H. Lewis, pero me atrevo a asegurar que el cinéfilo místico que era Truffaut jamás perdió de vista el espíritu romántico de «Retorno al pasado». Al igual que en las otras dos, la redención también se alcanza a través de un amor que, partiendo de la locura y la sexualidad extrema, alcanza el Absoluto. Hay en ella una frase que lo resume a la perfección, la que Jean-Paul Belmondo le dice a Catherine Deneuve en una de las escenas más románticas, emotivas y estremecedoras que vieron mis ojos: “Eres tan hermosa que mirarte es una alegría y un sufrimiento”. No creo que se pueda ser a la vez más sencillo y más profundo a la hora de expresar el sentimiento amoroso. De ahí su encanto y su radical belleza. De ahí su pudor y su ternura, de ahí su conmovedora altura moral.

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JAVIER ARAZOLA

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JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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