Democracia cristiana y complejos nacionales

Francamente, hoy querría hablarles del problema de las direcciones de Educación que se dedican a tratar a las familias como criminales por no llevar a los niños a clase en plena pandemia… pero me dice gente sensata que lo deje para dentro de un rato. Qué le vamos a hacer. La vida no siempre te deja hacer lo que quieres cuando te lo pide el cuerpo. Pero un día de éstos, hablaremos del Gobierno.

Aprovecho el hueco para compartir una reflexión menos polémica. Al hilo de una de las tertulias de Pompaelo (que no me cansaré de recomendar y están disponibles en YouTube) volví a escuchar la palabra “democristiano”. Es una palabra impopular en España, lo que no deja de ser curioso cuando en nuestro entorno ha sido omnipresente. Partidos con ese nombre han figurado o figuran en el centro de la política de casi todos los países europeos desde comienzos del siglo pasado, y dominan Alemania, el más potente de ellos. Pero aquí han pasado de puntillas. No porque no existan, sino por razones de márketing. En este país, eso de “cristiano” se asocia a los protestantes de Trump o al valle de los Caídos. Franco le dio muy mala prensa al “nacional catolicismo”.

A riesgo de que algún politólogo mejor informado se me ofenda, diré que esta ausencia del nombre no ha significado ausencia de democristianos. Lo “democristiano” es algo ligeramente difuso pero se podría definir como un centro derecha con conciencia social. Mercantilista en lo económico, intervencionista en lo administrativo, conservador en lo cultural, y progresista en derechos sociales. Si les suena, no se sorprendan: es el mellizo emprendedor de la socialdemocracia, con la que han construido la Europa que conocemos. En España, desde la fusión con el PDP de Javier Rupérez, se ha venido llamando Partido Popular.

El problema de la democracia cristiana es el mismo que el de la social democracia: que han construido ya su proyecto, y no termina de funcionar. Especialmente en España (donde falla por todos los lados) pero también en otros países. Ambas ideologías son paternalistas, tratan a la sociedad como a niños a los que hay que llevar por el camino correcto, y toman muchas decisiones por ellos. Decisiones que tienen consecuencias que no siempre gustan. Por eso hay tanta desafección, y por eso hay tanto populismo.

En Italia, la democracia cristiana se descompuso hace tiempo, ayudada por una serie de escándalos al destaparse el modo en que había colonizado el Estado. En España, gracias también a una serie de escándalos, los votantes del PP se reubicaron. Los más conservadores y nacionalistas se fueron a Vox. Los liberales y reformistas se unieron a Ciudadanos. Y los democristianos siguen dudando, porque Vox les llama en lo cultural pero no les refleja en lo ideológico.

El PP se ha quedado sin más señas de identidad que ser la opción moderada de la derecha, entendida como equipo de fútbol. Los que rechazan la izquierda en general pero se identifican con las políticas del consenso socialdemócrata-democristiano, incluyendo la mayoría de los mandamientos de la corrección política. Los que quieren buena gestión pero no reformas serias, los que reconocen raíces cristianas pero no dejan que interfieran en lo que hacen, los que quieren Estado de Derecho pero bien controladito, los que agitan la bandera nacional pero respetan los bantustanes autonómicos.

Y no voy a decir más porque habíamos quedado que este artículo no quiere ser polémico. Además, no es mi intención criticar, sino señalar que hay una parte importante de los votantes españoles que, si le pusieran otro nombre, se definiría democristiana. Cameron, para evitar la etiqueta, lo llamó “conservadurismo compasivo”. Quizá sea una opción. A él le funcionó.

Personalmente creo que los grandes partidos no son buenos ni malos, y lo mismo el consenso social cristiano. El problema es institucional, y se produce cuando los mismos partidos y los mismos intereses dominan durante demasiado tiempo un campo de juego que se construyó para ser neutral, y acaba siendo una proyección de lo que conviene a los equipos más potentes. Imaginemos una liga en la que los grandes equipos se pusieran de acuerdo para elegir a los árbitros, por cuotas. Donde los presupuestos de cada uno se definieran en negociación a puerta cerrada, en lugar de con criterios iguales para todos. Donde los hinchas de algunos equipos tuvieran carta blanca para agredir a otros. Donde el portero del burdel al que va el vicepresidente acabara de director deportivo, y todos sus amigos en la junta. Donde todas las normas se construyeran e interpretasen de modo que beneficie a los mismos.

La consecuencia es que las cosas dejan de funcionar bien, el público se acaba hartando del despropósito, y empieza a pedir cambios. Y si no le hacen caso, acaba pasándose a otro deporte, uno que no esté tan fosilizado ni colonizado por los intereses creados. Y algunos de esos deportes son muy poco respetuosos con el juego limpio: prefieren guiarse por lo que gritan los hinchas. Los solemos llamar “populismos”, o “ideologías totalitarias”.

Lo peor es cuando uno de esos equipos dominantes empieza a jugar con las normas populistas, ignorando todo lo pactado. Entonces, directamente, el sistema se descompone, porque ninguno de los mecanismos pactados puede funcionar y al dominante ya no le interesa que funcionen.

Pues bien, estamos en ese punto. Y el gran equipo que solía hacer de contrapeso al PSOE está en automático. Defiende el status quo cuando está claro que perjudica a la mayoría. Propone una identidad tan confusa que se define por oposición (“no somos extremistas, no somos de izquierda”). Se dedica a regatear sin saber a dónde quiere llevar el balón.

Sánchez está ahí por algo. El sistema tiene síntomas (falta de equidad, paro, corrupción, radicalización, disgregación, partitocracia) de problemas reales que requieren soluciones valientes. Defender el status quo es suicida además de irresponsable. Proponer soluciones mágicas e impracticables, como hacen los populistas, también. Es hora de pararse a pensar y dejar el peloteo táctico. Es hora de elegir una estrategia de juego que tenga sentido, o seguirá ganando el que más tobillos rompa, porque controla al árbitro y al realizador de televisión.

En fin. Ya ven ustedes hasta qué punto lleva una simple reflexión sobre el hecho de que en este país, la ideología más valorada no puede salir a la calle porque le acompleja la etiqueta.

MIGUEL CORNEJO

Síguele en Twitter: @MiguelCornejoSE

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MIGUEL CORNEJO
 
Economista de formación, gestor de proyectos de profesión, aficionado a meterse en charcos —fundó Macuarium.com y Magma, y no acaba de darse de baja de Ciudadanos— y a hacer sonar campanas. Casado y navarrizado. Últimamente le dejan presidir la Asociación Pompaelo, un grupo apartidista que defiende la auténtica historia, la igualdad y la libertad en tierras del viejo reino.

 

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