Los claroscuros del alma

El elevado número de relativistas morales que conozco parece empeñado en poner mi paciencia a prueba cuando me machaca los oídos repitiendo una y otra vez que en la vida no existen ni el blanco ni el negro y que sólo hay una infinita gama de grises. Pero los verdaderos sabios saben que el Bien y el Mal están ahí y que los grises son, en realidad, los claroscuros del alma. Como Jacques Tourneur era un artista grande y sabio, nos lo demostró con creces sirviéndose, con la ayuda del majestuoso director de fotografía Nicholas Musuraca, de un místico y excelso Blanco y Negro que hoy ha desaparecido de nuestras pantallas porque prácticamente nadie sabe ya utilizarlo. Tal vez David Lynch, explorador aguerrido del negro más depurado, y el Philippe Garrel que gusta de sobrevolar los vaivenes sentimentales de una juventud francesa nostálgica de una revolución que parece experimentar un placer sádico aplazando su llegada por sistema. Y eso porque cada vez son menos los cineastas que sienten o intuyen que el cine no es sino un misterio tan indescifrable como esa vida que estamos condenados a explorar y disfrutar o sufrir conscientes de que jamás alcanzaremos a entenderla del todo.

De cuantos cineastas hicieron poesía visual de la naturaleza primitiva del ser humano, Tourneur fue el mejor, dueño del divino y demoníaco don de inquietar con sutileza y estremecer sin compasión. En sus películas, belleza y horror se confunden hasta hacerse hipnótico y fascinante onirismo, pesadillas sin vía de escape disfrazadas de sueños envolventes. El uso prodigioso de ecos y sombras le permite retratar con extraña placidez la más poderosa sensualidad y el terror más profundo, provocando en el espectador una insana fascinación generada por la belleza del engaño, incluso cuando se desvela la falsedad de su esencia.

Ningún ser sensible que haya tenido la suerte de verla en ese momento de su vida podrá negar que, aparte de la escena de la ducha de Psicosis, el mayor miedo de su infancia peliculera fue la secuencia de la piscina de La mujer pantera (Cat People, 1942), un momento culminante en el que, en realidad, apenas pasa nada. Vincente Minnelli, artista exquisito, siempre atento y sensible al mundo que le rodeaba, supo rendir un inteligente tributo a Tourneur, maestro absoluto del axioma “Menos es Más“, en Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) en la memorable escena en que Kirk Douglas explica a Barry Sullivan que la esencia del miedo en el cine es la oscuridad: no ver absolutamente nada sabiendo que una amenaza se cierne sobre ti. Una amenaza no por improbable imposible, porque Jacques Tourneur, contra todo y todos, incluido su fascinado espectador, creía en el más allá, creía en los mitos y la leyendas de nuestros ancestros y los enfrentaba inevitablemente a la escéptica racionalidad del mundo moderno. Aun así, a pesar de su inteligencia, Minnelli olvidó citar los reflejos del agua en las paredes mientras rebotan en ellas lo que parece, sólo parece, el rugido de una fiera. Los claroscuros del alma, herramientas del príncipe del miedo.

Hay un personaje, el malicioso doctor Louis Judd (interpretado por Tom Conway, elegante hermano en la vida real del no menos distinguido George Sanders), que como buen científico racionalista muestra durante toda la película su escepticismo ante su paciente Irena Dubrovna (Simone Simon) convencida de que se convertirá en una agresiva pantera negra cuando su marido intente poseerla. Eso no le impide sentirse poderosamente atraído por la mujer, deseo que se esmera muy mucho en disimular -incluso ante el espectador- a lo largo de casi toda la película, al igual que hace con la afilada daga que se esconde en su bastón de gentleman. Irónicamente, gracias al empirismo podrá comprobar que la ciencia no posee todas las respuestas ante lo que todos los demás personajes de esta historia también consideran un desequilibrio mental. Pero retomemos el inicio del film, en el que Irena, diseñadora de modas, conoce en un zoo a Oliver Reed (Kent Smith) mientras está dibujando bocetos de una pantera negra que se mueve inquieta y amenazante en el estrecho espacio de su jaula. Pronto se enamoran y se casan, a pesar de que la joven le advierte de que proviene de un pequeño pueblo de Serbia en el que siglos atrás cayó una maldición que cree que la convertirá en una fiera asesina si su amado intenta hacerle el amor. Eso hace que el matrimonio no llegue a consumarse y, evidentemente, la comprensiva y generosa paciencia del marido acabará por agotarse, sobre todo cuando Alice Moore (Jane Randolph), compañera de trabajo de Oliver, le declara un amor que había mantenido en secreto hasta el mismo momento en que lo ve tan desgraciado, porque esta, damas y caballeros, es también una historia romántica hecha de secretos y confesiones. Es Alice quien sugiere a Oliver que Irena vaya a ver al doctor Judd, pero cuando Irena se entera se siente violada en su intimidad y los celos hacen su aparición. Oliver pierde interés por su inestable, esquiva y cada vez más agresiva esposa y se ve obligado a admitir que está enamorado de Alice, momento en el que esta última empieza a sentirse amenazada por una serie de llamadas anónimas además de por inexplicables escalofríos como cuando, sin ella saberlo, Irena la sigue en plena noche por una calle solitaria y rectilínea moteada de farolas hasta esfumarse de súbito en la nada, durante lo que es una implacable sucesión de majestuosos travellings que culminan con una ráfaga de viento agitando la copa de unos árboles, delicada pero amenazante imagen tras la que poco después sabremos que, en efecto, se esconde el horror.

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Cuando Alice comenta su convencimiento de que Irena la está acosando aunque carezca de pruebas para demostrarlo, el doctor le dice: “Irena tiene demasiada imaginación y usted demasiada conciencia”. Será Oliver quien remate la reflexión admitiendo que lo que está volviendo loca a su mujer es su FE en la leyenda de la maldición de su gente, “la gente felina”. Esa tensión entre poesía, ciencia, moral y fe es la que lleva al incrédulo espectador a sentirse cautivado por una antiheroína que aspira a una vida anodina pero que vive atemorizada entre sombras, atraída y repelida por la que imagina que es su increíble naturaleza real, esa condición de ser mitológico que se verá condenada a asumir aunque la precipite en la fatalidad y la muerte. En la lucha entre alma y mente que atormenta a Irena, será la poesía del claroscuro la que se impondrá para retratar la maldición del espíritu y la fatalidad del cuerpo.

La sensualidad felina nos lleva, por supuesto, al erotismo, a la represión de la sexualidad, al miedo a la penetración  (simbolizado en la pequeña estatua del rey atravesando con su espada a una pantera), a Eros y Tanatos. Tourneur se adentra en los terrenos del sexo dando unos cuantos rodeos alrededor de un tema que una época y una sociedad pacatas no se atrevían a abordar directamente.

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¿Y saben una cosa? Mejor así, porque del mismo modo que los escasos medios de las producciones de Val Lewton para la RKO eran compensados por la poderosa poesía visual del genio del claroscuro, la sensualidad surgía sin subrayados de una imaginación poseída y alimentada por un deseo eternamente aplazado, el de descubrir que lo increíble no es mentira, que la ficción es Verdad, una verdad que no podremos abarcar ni comprender del todo, como pasa con la poesía, con el gran cine, con el amor y los misterios de la carne, con el placer y el dolor, con el miedo… En definitiva, con todo cuanto nace y vive eternamente en los claroscuros del alma.

JAVIER ARAZOLA

Síguele en Twitter: @AmbersonsI y en su blog The Magnificent Ambersons

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JAVIER ARAZOLA

(Barcelona, 1961)   A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

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