43.000 fallecidos y un Estado que se deshace

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43.000 muertos y Estado deshace
Plantilla autor Rafael Arenas.jpg

Cuarenta y tres mil fallecidos ante la mirada incrédula de un estado que se deshace. Al final Simón (o sea, el gobierno) admite que el exceso de mortalidad detectado en los últimos meses es causa directa o indirecta del coronavirus. Del orden de 43.000 fallecidos. El número exacto no podrá ser determinado nunca.

Es curioso, hay guerras en las que puede concretarse hasta la unidad el número de fallecidos, al menos en alguno de los bandos. 58.126 americanos murieron en la guerra de Vietnam. Ni 58.125 ni 58.127, 58.126. Hay, creo recordar, un muro en el que están escritos todos sus nombres.

En España no podremos llegar a ese detalle en la determinación de las cifras de fallecidos por coronavirus. Todos sabemos lo sucedido: hospitales colapsados, personas que tan solo fueron atendidas por teléfono (o ni eso), los cadáveres saliendo de las residencias a hombros de los militares…

¡Quién lo hubiera dicho hace seis meses!

Pero no hay que quedarse aquí, hay que sacar lecciones.

Hay una muy clara: la propaganda ha ido por delante de la información.

Y para ello basta esta noticia de ayer: Simón (o sea el gobierno) asume a finales de junio lo que sabíamos desde abril. Me remito a todos los comentarios míos y de tantos otros que insistíamos en que el exceso de mortalidad no podía ser más que debido al coronavirus y que pretender ocultarlo (se acuerdan cuando Simón decía aquello de que no se sabía a qué podía ser debido, que podía ser cosa de un accidente muy grande o de un aumento de las enfermedades cardiacas) era tan solo eso, propaganda.

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Sí, la cifra de los 28.324 fallecidos con prueba de laboratorio practicada ahí quedará, como un monumento a la manipulación, porque ya es claro que esa cifra tan solo responde a la escasez de pruebas practicadas, no a la realidad de la epidemia en nuestro país.

A una propaganda que pretende evitar un titular molesto: España es el país del mundo con más fallecidos en relación a su población. Casi 1000 personas por millón de habitantes. Comparto aquí un gráfico sobre exceso de mortalidad elaborado a partir de datos aportados por “El País” hace unas semanas y que, por tanto, no está actualizado:

Lo dicho, la propaganda frente a la información.

Y la agresividad contra quien cuestionara la propaganda. ¡Cómo se revolvía Sánchez contra Casado cuando aquel, ya hace meses, en el Congreso le preguntaba por las auténticas cifras! Y aquellas respuestas de Sánchez diciendo que éramos los más transparentes del mundo (quizás sí, no digo que no; pero la pregunta no era esa, sino qué pasaba con los que cada día fallecían y no eran contabilizados).

Lo segundo, que estábamos mal preparados. Ni equipos de protección para los sanitarios ni infraestructura para atender toda la demanda de atención sanitaria ni práctica de pruebas a todos aquellos que presentaban síntomas y a sus contactos cercanos. No creo que nadie ponga en duda que todas estas cosas hubieran sido convenientes para afrontar mejor la pandemia. No se trataba de lujos, sino de herramientas necesarias para abordar el problema que se nos venía encima. Sin embargo, todo eso falló.

Lo tercero, que se gestionó mal. Mientras en unas comunidades autónomas era imposible ofrecer camas de UCI a todos los que la necesitaban -y de ahí el drama del triaje- en otras comunidades autónomas sacaban pecho diciendo que no había habido necesidad de recurrir a las camas de la sanidad privada y que la sanidad pública no había ocupado más que el 75% de las camas disponibles. Un país que no es capaz de gestionar sus camas de UCI en una situación dramática como la vivida en estos meses tiene un serio problema de organización.

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El desastre de la gestión se muestra también en el caos de las cifras, con divergencias significativas entre las que ofrecía el ministerio de sanidad y las que daban las comunidades autónomas, y también con el reparto de responsabilidades. Ahí tenemos el lamentable espectáculo de gobierno central y gobiernos autonómicos acusándose mútuamente de los fallecimientos en las residencias.

¿Seremos capaces de asumir todo lo anterior? ¿O nos quedaremos en el hooliganismo de partido que hace que todo lo que hacen los míos sea correcto y todo lo que hacen los otros sea un desastre?

Pero ahora se ha de mirar hacia adelante. Creo que esta crisis nos ha mostrado que España no es un país preparado para afrontar crisis. Lo más significativo de los últimos meses es que las administraciones han abordado el problema como si no fuese con ellos, como si no se pudiera hacer nada, como si fuera inevitable:

• En enero y en febrero no se adoptaron medidas especiales para hacerse con material y pruebas y preparar nuestro sistema sanitario para el golpe que le venía encima.

• En marzo se dejaron pasar las semanas sin adoptar medidas de distanciamiento, prohibición de concentraciones o aislamiento de comunidades donde la epidemia ya se había desatado (Madrid).

• Una vez decretado el estado de alarma, las autoridades autonómicas seguían con sus dinámicas propias (obstáculos a la presencia del ejército en Cataluña, por ejemplo; caos en las cifras) sin que el gobierno central fuera capaz de establecer un auténtico mando único.

• Infrautilización de las posibilidades que ofrecía la sanidad privada y ausencia de mecanismos de cooperación entre los sistemas sanitarios de las diferentes comunidades autónomas.

Cuando digo que que las administraciones no actuaron me refiero solamente a los niveles superiores. Los trabajadores públicos en contacto con los ciudadanos sí que hicieron lo que se les dejó. Me consta, por ejemplo, como hospitales del área de Barcelona fueron adaptados en días al coronavirus, convirtiendo todas las plantas en plantas para los enfermos de coronavirus y haciendo que todos los médicos, tuvieran la especialidad que tuvieran, pasaran a atender a los pacientes de coronavirus.

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Pero esta capacidad de improvisación y de adopción de medidas excepcionales en circunstancias excepcionales no se trasladó a los niveles superiores de la administración, que permanecieron paralizados.

Y no solo en lo que se refiere a lo sanitario, ¿qué ha pasado con el sistema educativo? ¿qué medidas se han adoptado para que no se pierda medio curso? ¿qué reglas se han establecido en cuanto a tareas, actividades y evaluación? ¿qué se está haciendo de cara al curso que viene?

Lo que se ha hecho en este ámbito es, de nuevo, fruto del voluntarismo de los docentes; pero sin ningún apoyo sin ninguna instrucción clara sin ningún criterio por parte de la administración educativa. Es como si los responsables políticos fueran incapaces de reaccionar ante una situación excepcional. Y es normal que pase así.

Y es que esta crisis nos ha mostrado dos problemas estructurales graves de nuestro sistema institucional.

El primero: nos hemos descentralizado por encima de nuestras posibilidades.

Las críticas a las disfunciones del sistema autonómico no son nuevas. Hace unos meses, Piketty explicaba como el exceso de competencias fiscales de las comunidades autónomas españolas causaba problemas a nuestra economía. Ahora lo hemos vivido de una forma mucho más dramática: un Ministerio de Sanidad que es un cascarón vacío ha sido incapaz de coger las riendas de una crisis que le quedaba grande a 17 minisistemas sanitarios focalizados en su ombligo y, en algunos casos, dirigidos por quienes tienen como único objetivo destruir el país. Lo mismo puede decirse de la reacción a las consecuencias en materia educativa y, probablemente, también en otros ámbitos.

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El segundo: la falta de preparación de nuestros gobernantes.

Hace ya más de quince años me espantó leer en un reportaje sobre Zapatero que éste explicaba que gobernar era muy fácil. Me pregunté qué idea tendría ese hombre de lo que era gobernar cuando tan fácil le parecía. Unos años después sufrimos el embate de la crisis económica de la que todavía no nos hemos recuperado. Fue Zapatero quien tuvo que hacer frente a esa crisis y fue ese mismo Zapatero, a quien tan fácil le parecía gobernar, quien introdujo los recortes más duros en nuestro país que yo recuerde (mayo de 2010, Zapatero, sí, el PSOE, sorpréndase los más jóvenes, aquellos recortes no fueron cosa del PP, sino del PSOE).

Más de quince años después si uno contempla el banco azul o a los portavoces en el Congreso o en las Comisiones lo que uno se encuentra es desolador. Cero conocimiento, cero capacidad y cero perspectiva. Un permanente chapotear en lugares comunes que pretenden conectar a través de un tweet con una población entregada a la superficialidad. Quizás en circunstancias ordinarias esto sea suficiente, pero no lo es cuando estamos haciendo frente a una crisis. Y lo hemos visto.

Así pues, desde mi punto de vista la crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto que somos un país mal articulado y mal gobernado. Sería necesaria una reacción clara ante este desastre, una reacción que pasara por auditar todo lo sucedido en estos últimos meses y tomar decisiones transcendentes; decisiones que pasan por una clara recuperación de competencias por parte del Estado y la creación de foros de debate serio y riguroso que sin complejos ni ataduras diseñaran estrategias para un país que se hunde.

Ahora bien, nada de esto servirá de nada sin el compromiso de los ciudadanos. Si a estos, si a nosotros, nos da igual que hayan fallecido cuarenta y tres mil personas en las condiciones en las que lo han hecho, que se nos haya engañado en cuanto a las cifras y que esto se haya gestionado como se ha gestionado pues tendremos no más de lo mismo, sino peor.

Así hasta la debacle final.

Rafael Arenas-Firma

Puedes seguir a Rafael Arenas en Twitter y también en su página personal “El Jardín de las Hipótesis”

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