Y Homero resucitó en Florencia

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Homero resucitó

«Esta edad es, sin duda, una edad de oro; han vuelto a la luz las artes liberales casi desaparecidas, la gramática, la poesía, la elocuencia, la pintura, la escultura, la arquitectura y la música… Y todo ha ocurrido en Florencia.»

Marsilio Ficino. 1492

A todos esos tesoros enumerados por el gran humanista Marsilio Ficino, deberíamos añadir quizás el más importantes a la hora de recuperar el glorioso pasado que forjó, y no solo conceptualmente, Europa: la lengua griega. En el siglo XIV las grandes obras clásicas griegas permanecían mudas, cubiertas de polvo, sumidas en el más completo olvido. Nadie en Occidente, salvo a lo sumo media docena de monjes, en Roma y Aviñón, era capaz de leer el griego clásico con mínima soltura, y aún menos traducirlo al latín. La lengua de Homero se había perdido por completo. Fue en la Florencia renacentista, la ciudad Estado de los Médicis, donde se obró el gran milagro. Un milagro que la humanidad deberá agradecer eternamente a los intelectuales y humanistas de la época, y al ímprobo esfuerzo que realizaron por recuperar esa lengua clásica y, con ella, el tesoro cultural de Grecia. Ficino, tradujo infinidad de textos, entre ellos todas las obras de Platón, que Cósimo de Médicis, su mecenas, deseaba leer antes de morir. El patriarca buscaba en Platón la confirmación a la inmortalidad del alma, a su pervivencia más allá de la muerte física.

 Todo comenzó unos cien años antes de que Constantinopla cayera en manos otomanas, en 1354, cuando alguien trajo de La Ciudad un ejemplar de la Ilíada. Cuentan que al tenerlo entre sus manos, al gran Petrarca se le llenaron los ojos de lágrimas. Se quedó desconcertado, sin aliento, mirando esas páginas; pasándolas de una en una, igual que un ciego acariciaría un rostro querido, que sólo intuye, o un inválido deploraría un horizonte inalcanzable que sólo puede pretender en sueños; pronunció entonces unas palabras que eran desconsoladas, y que resumían el drama de un pasado cubierto por el polvo del tiempo y el desamor de los hombres. Dicen que dijo, enfrentando al portador de ese tesoro: «Tu Homero es mudo para mí»; y después, mirando al cielo y buscando al gran poeta, apostilló: «¡Cuánto desearía poder escuchar tu voz!»

Petrarca solo podía leer y entender el griego de una forma muy elemental: solo conocía los rudimentos del idioma; había estudiado con Barlaam, un monje calabrés al que conoció en un par de encuentros en Aviñón y en Nápoles. El poeta se sentía como un niño que apenas balbucea intentando captar toda la gloria de Homero, sílaba a sílaba. Lo trágico era que nadie dominaba un idioma tan inmenso como el griego en aquellos días. Algunos mercaderes y hombres de negocios se jactaban de chapurrearlo para cerrar tratos en Constantinopla, y sólo unos pocos sacerdotes, en la sede papal de Aviñón, o algunos calabreses, se manejaban con mínima facilidad. Pero se había perdido todo: la música, la métrica, el matiz, el sentido final de las expresiones. 

Cinco años después de ese día, Petrarca y Bocaccio se reunieron. Ambos se mostraban afligidos por hallarse ante una de las mayores puertas del pasado, sin saber cómo transponer el umbral. Conocían a un tal Leoncio Pilato, un monje que decía ser capaz de traducir la obra. Bocaccio le ofreció techo y colación mientras trabajara en los poemas. Ese hombre acabaría detentando la primera cátedra de griego de toda la Europa occidental. Bocaccio, que gozó del privilegio de escuchar esa primera traducción, convenció a la Signoria de Florencia de la necesidad de crear la plaza y mantenerla de forma permanente. 

De todos modos, no nos engañemos: ese texto traducido por Leoncio Pilato era tremendamente pobre; lo cierto es que le «salió» un Homero bastante afónico, pues el sacerdote traducía ad verbum; es decir: literalmente, con poca o ninguna soltura.

Tendrían que pasar todavía algunos años hasta que Coluccio Salutati, un notario que ocupaba la cancillería de Florencia, y que había intentado, sin demasiada fortuna, obtener traducciones de Homero y Plutarco, supiera de la existencia del gran Manuel Crisoloras, embajador del basileus griego, el Emperador de Constantinopla.

En aquella época los embajadores griegos recorrían las cortes de Italia, Inglaterra y Francia, sin descanso. Manuel II Paleólogo, el basileus de Constantinopla, al igual que años más tarde harían sus dos hijos, Juan VIII y Constantino XI, buscaba la ayuda de Occidente para detener a los turcos. Y Crisoloras, consumado diplomático, era uno de los encargados de concienciar a los monarcas europeos de la necesidad de aunar esfuerzos en la lucha contra el turco. Pero no era solo un excelente embajador. Crisóloras era un griego de linaje ilustre, un auténtico erudito, un hombre de inmensa cultura; se cuenta que fue discípulo de Jorge Gemisto Pletón, un experto en gramática y retórica, en literatura y filosofía; uno de los hombres, en resumen, más brillantes de su tiempo.

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Crisoloras sería, por tanto, piedra angular, irrepetible e inolvidable, en el resurgir del pasado. Coluccio no dudó en enviar a un hombre de confianza a Constantinopla. Angeli da Scarperia partió con una única misión: aprender griego junto al maestro y adquirir cuantos manuscritos, compendios léxicos, obras poéticas y tratados de métrica le fuera posible localizar. En los siguientes meses, Angeli escribiría fascinado, una y otra vez, deshaciéndose en elogios ante la inmensa talla de Crisoloras. Coluccio Salutati entendió que la presencia del erudito en Florencia sería un bendición del cielo. Aunando esfuerzos con el influyente Palla Strozzi, un rico comerciante, y con Niccolò Niccoli, un brillante bibliófilo, consiguió que todos en la Signoria de la ciudad entendieran la necesidad de promover el helenismo desde las esferas oficiales.

 El resultado de todo ese afán sería una carta expedida a nombre de Manuel Crisoloras, en la que se le prometía deferencia, afecto y audiencia, y un contrato por diez años, con una retribución anual de cien florines de oro si aceptaba impartir sus enseñanzas en el Studio de Florencia, entre otras ventajosas cláusulas.

Crisoloras aceptó la oferta, pero de forma desconcertante, no aclarada por las crónicas de la época, viajó primero a Venecia. Su presencia en esa ciudad causó inquietud en toda Florencia, donde era esperado como un héroe. Los florentinos llegaron a temer que los malditos venecianos —la rivalidad entre unos y otros era notoria— les arrebataran a maestro tan irrepetible. Conscientes de lo que esa pérdida podría suponer, la Signoría, en una maniobra rápida e inteligente, rebajó el contrato a cinco años y elevó la remuneración a ciento cincuenta florines de oro.

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El dos de febrero de 1397, un día grande en la historia grande de Florencia, Manuel Crisoloras subió al estrado por vez primera, ante una audiencia demudada, reverente. Lo más granado de la sociedad florentina, lo mejor de cada casa, estaba allí. Había entre el público jóvenes de prometedora carrera que lo habían dejado todo solo para aprender con él…

Y así habló Crisoloras, con voz y verbo eufónico, Florencia cayó rendida a sus pies.

No era un erudito más. Era el mejor de los eruditos. Un maestro en retórica, de verbo brillante y adjetivo justo; modales impecables y formas exquisitas; carismático y fascinante. Consciente de que no podía construir cúpulas allí donde no existía cimborio sobre el que sustentarlas, aceptó ser el arquitecto de los futuros alarifes de lo helénico; un maestro sencillo, sistemático en lo gramatical, incansable y metódico, ajeno al desánimo. Traducía defendiendo el estilo ad sensum, libre y creativo, pero respetuoso, a un tiempo, con todas y cada una de las palabras trasladadas; desaconsejaba, por sistema, el lucimiento y la vanidad en el traductor, incluso el afán por la claridad, propia del escoliasta y sus abigarradas acotaciones y notas al margen. Pero no denostaba del método o sistema ad verbum como principio didáctico. 

En ese espíritu, bajo su tutela, se traduciría La República de Platón, y algunas obras de Isócrates, Plutarco y Demóstenes que había traído consigo a Florencia.

Ante Crisoloras, Homero y Virgilio se fundían en un abrazo irrepetible.

Fueron dos años intensos, inolvidables, que cimentaron todo el trabajo futuro a realizar en la recuperación del inmenso tesoro clásico griego. Tiempo que fue interrumpido de forma abrupta cuando un brote de peste asoló Florencia y Crisoloras decidió reunirse con el emperador griego, Manuel Paleólogo, y regresar a La Ciudad. Pero no se marchó solo. Uno de sus alumnos, Guarino de Verona, le siguió.

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Guarino vivió como huésped en la casa de Crisoloras durante mucho tiempo, y acabó casando con una de sus hijas. De forma natural, por lógica, Guarino se convirtió en el más reputado de los helenistas de la época. Enseñó en Venecia y en Verona, se hizo con la cátedra en Florencia y tradujo a Herodoto, Esopo, Luciano, Estrabón, Plutarco y muchos más…

En lo que respecta a Crisoloras viajó en los siguientes años por muchas de las cortes de Europa, a instancias del Emperador de los Romanos de Oriente; lo hizo, una vez más, en calidad de emisario y embajador. Regresó posteriormente a Italia, desde donde partiría hacia Constanza, a fin de participar en el célebre Concilio de los Antipapas. Murió allí, hacia 1415.

Lo contado hasta este punto generó lo que sucedería en los años siguientes. Poggio Bracciolini, uno de los alumnos de Crisoloras, y también Leonardo Bruni, un poeta, historiador y filósofo de Arezzo, acudieron a su vez a ese concilio que puso orden en la cristiandad. Y a su regreso trajeron consigo más y más libros. En el convento de Saint Gall, Poggio descubrió las obras de Quintiliano y, en otros lugares, textos de Lucrecio, Marcelino y Cicerón.

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No serían ellos los únicos artífices de ese inmenso milagro que Europa no podrá pagar ni con todo el oro del mundo: humanistas, traductores y estudiosos como Francesco Filelfo, Ambrogio Traversari, Gianozzo Manetti y tantos otros consiguieron, en su desmedido amor por el conocimiento de la antigüedad, desenterrar un inmenso legado perdido: la erudición traspasó los recios y húmedos muros de abadías y conventos, abandonó criptas, scriptoria y vetustos anaqueles, para instalarse en academias y universidades y, de ahí, saltar a los salones, la política y la vida cotidiana. Los libros del pasado volvieron a ser, gracias a esos argonautas del intelecto, los inmensos tesoros que siempre habían sido y que sólo la ausencia de la mirada y la oscuridad del tiempo habían conseguido relegar al olvido.

La última puntada que remendó la tela desgarrada entre el ayer y el hoy fue hilvanada en el célebre Concilio de Florencia, conocido como Concilio de Unión de las Iglesias, católica y ortodoxa.

Entre los asistentes figuraba el gran Jorge Gemisto Pletón, maestro de  maestros de filosofía. Gemisto impartió varias conferencias en el Studio de Florencia. Desde los días en que Manuel Crisoloras enseñó en la ciudad nadie había causado revuelo semejante. Nobles, intelectuales, políticos, potentados, coleccionistas, universitarios… todo el mundo se congregó para escucharle. Entre ellos Cósimo Il Vecchio, patriarca de los Médicis, que sufragaba de su bolsillo el Concilio.

Gemisto, como griego sobrio dedicado al pensamiento, era de apariencia hirsuta, parco y áspero. Se cuenta que se plantó ante todos, con su larga barba, sus ojos pequeños y su capote hasta los pies. Y habló durante horas, conduciendo a la audiencia al paroxismo y despertando las conciencias de todos. Les habló de Platón, solo de Platón. De la realidad suprasensible que se extiende más allá de la realidad y aparente concreción del mundo que habitamos. Y aquel día, así consta en las crónicas y anales, nació en muchos el deseo de conjugar cristianismo y platonismo. 

Dicen que Cósimo escuchó con los ojos embargados por la emoción, y que un jovencito llamado Marsilio Ficino, hijo de Diotifeci Ficino, el más célebre de los cirujanos florentinos de la época y médico personal de los Médicis, tomaría conciencia de que a él correspondería asumir la ardua tarea de devolver, como se le había devuelto a Homero, la voz a Platón y a tantos otros condenados al olvido.  

Y todo lo narrado, señoras y caballeros, ocurrió en la maravillosa ciudad de Florencia. Recuérdenlo cada vez que tengan entre sus manos alguna obra clásica de la literatura o del pensamiento griego.

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Autor- Julio MurilloImagen de cierre de artículos