Renacido un 27 de Enero

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Renacido en enero

El 27 de enero de 1976 yo era aún un pipiolo de 14 años (y medio) que no sabía apenas nada de la vida y aún menos de un amor que había idealizado debido a ese cine del que me había enamorado instantánea y perdidamente diez años antes.

Sí, había visto mucho cine durante ese tiempo, siempre fascinado, siempre entregado, siempre entusiasta, a menudo sin acabar de entender del todo lo que desfilaba ante mis ojos, pero aún no había desentrañado el misterio que se escondía tras ese amor. Lo mejor que se puede decir de aquel crío es que en cada uno de esos programas dobles de su infancia sentía con máxima intensidad la alegría de vivir. Créanme: hay peores maneras de crecer.

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El Cine es el Paraíso en la Tierra.

 

El 27 de enero era el día siguiente al 26 de enero, fecha en la que celebramos por todo lo alto el decimoctavo aniversario de mi hermano, convertido así en el guapo mozalbete que siempre había sido y al que le había surgido de sopetón un nuevo atractivo: ser mayor de edad. Mi hermano era entonces y será siempre esa figura aventajada que en mi imaginario siempre supo y sabrá algo más que yo (para mí, Todo) acerca de esas aventuras que me esperaban en el futuro y que a mi vez esperaba con una ansiedad no exenta de recelo, como las chicas y, por desgracia, la muerte, esos misterios insondables…

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Películas como trenes en la noche.

 

Poco podía imaginar yo que mi propia aventura interior iba a sufrir un cambio radical ese 27 de enero, un cambio que iba a suponer un paso de gigante en mi manera de mostrarme a los demás. Mis modelos hasta entonces habían sido Gregory Peck, Tony Curtis, Lee Marvin, Alain Delon o Jean-Paul Belmondo, héroes o villanos, fugaces sombras cuya presencia flotante me invitaba a imitar su actitud noble y valiente. O al menos a soñar que lo hacía.  El 27 de enero los héroes cambiaron de rostro porque, ocultos tras la cámara, se transformaron en espíritu. Se volvieron invisibles, como ese Dios al que para mi más sana envidia tantos fieles sienten aunque no lo hayan visto nunca. El 27 de enero de 1976 vi en televisión, envuelto en el pequeño y cálido refugio de mi hogar, El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942). El nuevo Olimpo irrumpió de súbito, como un torbellino, con la luminosidad de un rayo, y supe en conmovido silencio que ya nada volvería a ser igual. Hay una secuencia muy larga en esa película, una fiesta suntuosa coronada por un baile estremecedor de puro bello y rematada por una fatigada, discreta y elegante despedida de los invitados cuando el cansancio releva al bullicio. Esa secuencia inolvidable, en la que se sentaban las bases de cuanto son las relaciones humanas que conforman la Vida, fue una dulce bofetada que me enseñó sin palabras que existía una cosa llamada puesta en escena, a la que aprendí a dar nombre gracias a mis posteriores lecturas teóricas y que alguien, una mente más que privilegiada sobrehumana había ideado, diseñado y llevado a la práctica. Y lo más hermoso: vi y sentí las intenciones de ese demiurgo más humano que la humanidad y me regocijé al comprobar que había conseguido materializarlas con la elegancia de no aparentarlo. Vi el trabajo, vi el resultado, pero sobre todo vi el alma y aprendí que todo, incluso la verdad, el amor y la belleza, es cuestión de trabajo. La vida es movimiento continuo y perpetuo, como dijo Montaigne, y eso fue lo que descubrí en esa pareja que se alejaba de la cámara bailando hasta fundirse en un mundo, una vida y un cine que nunca dejarían ya de bailar.

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Y el mundo cambia porque cambia la mirada.

 

Tiempo después, exactamente el 7 de julio, cuando apenas faltaban cinco días para un decimoquinto cumpleaños que me acercaba a una mayoría de edad que en los últimos seis meses había aprendido a no anhelar con tanto empeño, tal era mi felicidad recién descubierta, un nuevo dios se me apareció para decirme con otra joya inmaculada llamada Besos robados (Baisers volés, 1968) que la libertad, la ligereza y la ternura formaban parte de ese nuevo paraíso en la Tierra, ese que el primero de los dioses me había regalado con ingrávido rigor. Y el círculo se cerró a mi alrededor, pero no para aprisionarme sino para darme alas.

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Aprendí a crecer bajo el influjo de los infinitos dioses que se sumaron a la celebración durante unos años que me llevaron a lo más hermoso que puedo imaginar: ser yo mismo de una puñetera vez. No cabe duda: aunque ha sido lento hay peores maneras de crecer. Una nueva década prodigiosa que se inició cuando yo tenía 48 años me ha llevado a embellecer con renovada serenidad mi vida porque esta vez no son los dioses los que al otorgarme sus dones me otorgan también sabiduría. No. Esta vez soy yo quien toma la delantera para ofrendarles mi mirada adulta. Hoy, muchos de sus pretéritos regalos han dejado de conmoverme, por eso concedo tanta importancia a aquellos que aún siguen avivando un renovado pero eterno aprendizaje, el que creo que incluso la muerte enriquecerá porque gracias a ellos y a mi entrega a ellos me enfrentaré a la parca agradecido y hasta satisfecho de haber vivido peleándome por sentir al máximo la verdad, la belleza, la ternura y la grandeza de un puñado de pequeños seres humanos que con su trabajo tuvieron la delicadeza de entregarme su amor en un paraíso fugaz hecho de claroscuros que llamamos Cine.

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La materia de la que están hechos los sueños.

 

El cuarto mandamiento es una obra maestra que nos duele porque no es una obra maestra. Y no lo es porque la vileza de unos indocumentados masacró su montaje sin contemplaciones en el momento de su estreno. La volví a ver hace apenas una semana y muy a mi pesar esa agresión se percibe como una herida que nunca dejará de sangrar. Nada puede robar la grandeza de lo que pertenece a su autor, pero tampoco nada puede curar su (y mi) dolor al sentir que lo que se le (me) robó con infamia permanecerá en el territorio de los sueños quebrados. A El cuarto mandamiento le deberé siempre haberme abierto los ojos y el espíritu a la presencia oculta del cineasta, del director como realidad y metáfora del creador, del maestro de ceremonias, del dios pagano, llámenlo como prefieran. Tal vez ya no ocupará un lugar preeminente en esa lista de clásicos incombustibles que aún hoy me siguen sorprendiendo como si los viera por primera vez, lo cual es y no es cierto, porque la clave de este nuevo renacer está en la mirada siempre renovada hacia lo que apareció en nuestra vida para permanecer, ese gran milagro indescifrable del que no me queda más remedio que seguir disfrutando.

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Hoy entiendo con melancolía que el nombre de este blog mío es más un homenaje a mi renacer de entonces que a la película en sí. Siempre amaré esta obra maestra incompleta y eterna que la mediocridad humana convirtió en un fracaso descorazonador. Pero también sabré por eso mismo que la injusticia puede malograr los más hermosos de los sueños. Ese es el delicado equilibrio que creo haber descubierto en mi espíritu al renacer una vez más gracias a la magnificencia de los Ambersons.

Continuará…

JAVIER ARAZOLA

Síguele en Twitter: @AmbersonsI y en su blog The Magnificent Ambersons

 

Foto Ataraxia

JAVIER ARAZOLA
(Barcelona, 1961)
A la dirección de cine y la realización de televisión he acabado prefiriendo el oficio de vivir. Enamorado del cine desde siempre me vuelvo a adentrar en esa parte del pasado que viví ante pantallas preferiblemente inmensas, para regresar a un puñado de clásicos inagotables capaces aún hoy de inflamar mi mente, mi corazón y mi espíritu de adulto como lo hicieron cuando yo era un niño al que le gustaba soñar despierto.

 

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