Más divididos que nunca

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Más divididos

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Aunque escrito por el autor hace más de tres semanas, este artículo es de obligatoria lectura, por su excelencia. Una reflexión y guía para comprender el presente desde una historia reciente, que muchos jóvenes desconocen por completo.

Bueno, pues ya está. Otros quince días de estado de alarma y el país está más dividido que nunca… ¿Por qué?

Intentaré trasladar mi impresión personal, que como toda impresión personal no pretende ser objetiva y que seguramente no será compartida, pero es la mía.

Y ya advierto a los más jóvenes (si alguno hay), se remonta a más de 20 años atrás, así que hará referencia no a hechos, sino a percepciones subjetivas que quienes no hayan vivido en edad consciente los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI no entenderán.

Todo empezó con Aznar. Aznar llegó a la Moncloa tras 14 años de gobierno socialista (1982-1996) o, para ser más precisos, de gobierno de Felipe González. Recuerdo aquellos 14 años como una época donde se lograron cosas muy importantes: desarrollo tecnológico, entrada en la UE, creación de universidades, internacionalización de nuestra economía, integración plena en la OTAN. Claro que cuando un partido gobierna tanto tiempo seguido acaba teniendo tics de régimen. El partido lo era casi todo y penetraba todos los ámbitos, la derecha estaba como escondida… hasta que empezaron los escándalos: Roldán, Filesa, los GAL… Había un cambio de escenario y tras las Olimpiadas de 1992 y los fastos del Quinto Centenario parecía que el país ya no tenía un objetivo vital que perseguir y todo se empezó a liar. Llegó la alternancia y Aznar fue presidente del gobierno.

Y sus primeros cuatro años en el gobierno (1996-2000), cuando no tenía mayoría absoluta, no fueron malos, excepción hecha de que le dio a Pujol todo lo que quiso y más (ríanse de las hipotéticas concesiones de Sánchez, aquello sí que era deshacer el Estado; pero, claro, necesitaba los votos de CiU para gobernar). En otro orden de cosas, sin embargo, se hicieron las cosas bien. Por ejemplo, la situación de los trabajadores mejoró (y ahora diréis que cómo es posible; pero sí, fue así, también como consecuencia de una mejoría económica, claro) y se hizo una Ley de Extranjería que no estaba mal.

Y ahora os preguntaréis que por qué meto aquí la Ley de Extranjería. Bien, porque es una metáfora. La Ley se aprobó en el último pleno de las Cortes antes de las elecciones del año 2000 y en ella la oposición (Aznar no tenía mayoría absoluta) introdujo unas cuántas modificaciones a la propuesta del gobierno que dejó la ley niquelada, muy bien. Aznar sonrió tras su bigote, esperó a las elecciones y tras ganarlas con mayoría absoluta lo primero que hizo fue modificar la Ley de Extranjería para convertirla en una norma inconstitucional (así lo declaró años después el Tribunal Constitucional) que limitaba de manera grave los derechos de los extranjeros.

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Una metáfora, como digo. Aznar, que había estado cuatro años sometido a la necesidad de pactarlo todo ahora gobernaba con poder absoluto.

Y pensó que no era solamente necesario mandar, sino dejar claro que él marcaría historia. Así empezó un relato que hacía que su gobierno no fuera un gobierno de alternancia, como es habitual en las democracias, sino el fundador de una nueva transición. Se trataba de instaurar un cambio de régimen y los socialistas, que no se esperaba que recuperaran nunca el poder fueron tratados con desdén cuando no desprecio.

Hago un inciso. Esta es mi percepción de aquellos años y podría introducir detalles para desarrollar cada punto; pero como es una impresión personal no creo que sea necesario justificarlo con digresiones que harían esto todavía más largo. Admito ya aquí y ahora que haya quien lo vea de manera radicalmente distinta. Así pues, ya concedo que haya quien sostenga hasta con razón que no es cierto que se tratara con desdén o desprecio a los socialistas.

En fin, volviendo al tema. Las cosas iban tan bien que Aznar decidió perpetuarse nombrando un sucesor, que fue Rajoy, quien estaba destinado a ser presidente en 2004 para que el PP siguiera gobernando otros 4, 8 o los años que fueran.

Pero tuvimos el 11-M.

Y aquello lo cambió todo.

Mi hipótesis es que el resultado de las elecciones no vino condicionado tanto por el atentado en sí como por el burdísimo intento del gobierno de Aznar de echar la culpa a ETA cuando la investigación policial ya apuntaba al terrorismo islámico. Lo que percibimos muchos fue que se intentaba retrasar la noticia de que no había sido ETA hasta después de las elecciones con el fin de favorecer al PP.

Los más jóvenes quizás no entiendan la relación entre una cosa y otra. Muy brevemente les diré que una de las decisiones más discutibles de Aznar en su segunda legislatura fue meter de tapadillo a España en la guerra de Estados Unidos contra Irak. Aquello no nos gustó a la mayoría de los españoles, quienes nos manifestamos en vano para intentar impedirlo. Si el atentado del 11-M había sido terrorismo islámico podría pensarse que eso perjudicaría al PP porque supondría una consecuencia directa de la participación de España en la guerra de Irak.

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Mi impresión personal es que Aznar se equivocó al no reconocer desde el primer momento que lo más probable era que el atentado había sido obra del terrorismo islámico, y al no haberse dirigido a la nación como si fuéramos adultos y manteniendo que España, que estaba ya en vías de derrotar al terrorismo de ETA, derrotaría también al terrorismo islamista (o cosa semejante). Creo que si lo hubera hecho así el PP hubiera ganado las elecciones.

Pero no lo sabremos porque lo que hizo el PP fue seguir con la matraca de ETA aprovechando que controlaban TVE y sin contar con que en 2004 ya había móviles, mensajes de texto e Internet, y que era difícil ocultar una cosa así. El tiro les salió por la culata y llegó al poder Zapatero.

Y Zapatero, que había llegado al poder como había llegado, en medio de una división de la sociedad española muy profunda, ayudó a profundizar en dicha división al lanzarse a un discurso de recuperación del espíritu republicano y guerracivilista que a mi me parece que casaba muy poco con el espíritu de la transición.

Había culpas del PP también, por supuesto. Por ejemplo, su rechazo a investigar las fosas comunes que hay todavía por toda España. Y sería largo entrar en los detalles de este debate; pero quedémonos con lo principal: en aquella legislatura (2004-2008) nos encontramos conque parecía que la Guerra Civil había acabado cinco años antes y no 70 años antes y que, además, todos habíamos combatido en ella, pues chavales que no habían perdido completamente el acné juvenil tenían clarísimo en qué bando hubieran estado en 1936.

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Este espíritu guerracivilista no nos ha abandonado desde entonces Ahora ya tenemos una generación que no ha conocido otra cosas. Una guerra civil que nunca se acaba y a la que siempre volvemos.

Para acabar de rematar la faena, en el año 2010 nos cayó encima la crisis económica de 2008. La crisis fue brutal -aunque pequeña para la que ahora nos espera- y se salió de ella de la peor manera posible. Zapatero fue sacrificado a las agencias de calificación internacionales y llegó Rajoy a salvarnos.

Y Rajoy se creyó que podía torear al Banco Central Europeo y a la Comisión y retrasó la presentación de los presupuestos del año 2012 con el resultado de que en el mes de junio de aquel año nuestra prima de riesgo estaba en 600 puntos básicos (los más jóvenes quizás no se acuerden del pavor que nos daba entonces mirar cada mañana cómo estaba la prima de riesgo) y a puntito estuvimos de dejar el euro.

Finalmente nos quedamos en el euro; pero desde el punto de vista social la crisis fue un desastre porque al paro, dificultades y recortes se añadió que el gobierno de Rajoy se dedicó a decirnos que toda la culpa la teníamos nosotros por haber vivido por encima de nuestras posibilidades.

¡Acabáramos!

La indignación que surgió de aquello acabó en lo que fue el 15-M y de ahí Podemos y todo su entorno. Un fenómeno político que, además, se agarró como lapa al guerracivilismo que arrastramos desde la época de Zapatero.

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Ya no había debate, contraste de opiniones e intercambio de ideas, sino un frentismo cada vez más acendrado en el que nuestros políticos se regodean en chapotear.

Hubo oportunidad de que esto cambiara; pero llegó a la Secretaría General del PSOE Sánchez, quien no creo que tenga grandes planteamientos ideológicos, pero que sí ha descubierto (él o sus asesores) las ventajas de la confrontación y de la división. Para unir a los tuyos di que todos los demás son fachas y todo será más fácil, te ahorrarás la necesidad de elaborar excesivamente propuestas y planteamientos. Quien no está contigo es un facha, lo que implicará también que sea machista, homófobo y… lo que queráis.

Y esa es la política que tenemos en España desde hace unos años. Una reedición de la guerra civil en el sentido de que la autoproclamada izquierda se considera heredera de la República y todos los que no se someten a sus dictados son herederos de Franco o Franco mismo reencarnado.

Con estos mimbres nos enfrentamos al coronavirus.

Hoy Sánchez y, sobre todo Lastra, la portavoz del grupo socialista, se han dedicado a atizar y bien a la oposición; una oposición que ha cometido el pecado -me refiero aquí al PP- de apoyar la prórroga del estado de alarma pedida por Sánchez pero osando criticar la gestión que de ese estado de alarma había hecho el gobierno, así como las medidas (no) adoptadas en los meses y semanas previos al estallido de la pandemia.

A mí me parece que la oposición no está solamente en el derecho, sino en la obligación de cuestionar al gobierno. Y tanto da que estemos en estado de alarma como que no. El estado de alarma no ha de suponer que se ponga fin al control del gobierno y a la posibilidad de preguntarle y cuestionarle. Si no es así ¿para qué sirve el parlamento?

Desconfío de esos planteamientos que pretenden que no digamos nada de momento hasta que no pase la pandemia… ¿por qué? ¿no será necesario hacer un análisis riguroso de lo que se ha hecho hasta ahora, reconocer qué cosas se podían haber hecho mejor y a partir de ahí, todos juntos, ver cuáles son las medidas para salir de esto?

Pues no; porque el PSOE está extraordinariamente preocupado en construir un relato exculpatorio, y para eso necesita tiempo. Tiempo para poder montar lo que ya ha empezado a montar: que las culpas de todo vienen de los recortes (recortes que, por cierto, no son patrimonio exclusivo del PP); y tiempo también -es triste decirlo, pero me temo que es así- para que la situación en otros países se ponga tan mal o peor que la situación española, para así consolidar el mensaje de que a todos nos ha pillado esto con el pie cambiado.

¿Y el PP? Bueno, pues el PP apoya, de momento, las medidas orientadas a controlar la epidemia; pero no se le deja meter cuchara en las medidas económicas y, claro, en esas circunstancias pues no las apoya y el PSOE aprovecha para cargar contra él como si fuera el PP el culpable de todo lo que está pasando.

Cuando se está en la oposición hacer oposición al gobierno y cuando se está en el gobierno hacer oposición a la oposición.

Así pues no nos quedan más alternativas: o estamos divididos o habrá que decir que sí a todo lo que plantee el gobierno.

Susto o muerte.

Rafael Arenas-Firma

Puedes seguir a Rafael Arenas en Twitter y también en su página personal “El Jardín de las Hipótesis”

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