Cuando éramos felices…

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Éramos felicesJoan Puig

Días de encierro y distanciamiento social. Miro el reloj: la 1.03 de la madrugada y aquí estoy, escribiendo estas líneas. Suena de fondo, muy suave, el clásico “The River” de Bruce Springsteen…

No me alargaré explicando lo que es obvio y todos sufrimos y llevamos como podemos, el hecho de que vivimos una situación excepcional, en Estado de Alarma… Infinidad de países cierran sus fronteras, los hospitales están punto de explotar, el personal sanitario está al borde de la extenuación. Sólo en España la mayor parte de una población de 47 millones de personas permanecemos confinadas.  Nadie sabe qué ocurre realmente ni qué nos deparará el futuro. Pero tenemos claro, intuimos, que lo que venga no será muy bueno y que de esta vamos a salir, si salimos, muy muy tocados.

Somos una generación que jamás ha sufrido el horror de una guerra, o la miseria y carestía de una postguerra; no hemos visto estallar bombas a nuestro alrededor, morir a seres queridos, arrastrarnos por el suelo buscando un mendrugo de pan para no morir de hambre. Y me temo que precisamente por esta razón hemos olvidado que la felicidad es frágil, mucho, y que hay que cuidarla, mimarla, disfrutarla cuando la tenemos. ¡Hemos olvidado tantas cosas los humanos!

Cosas tan simples y plenas como quedar con los amigos y tomarnos unas tapas con una copa de vino; bañarnos en el mar y tumbarnos en la arena; leer un libro en el campo, rodeados de flores; visitar a familiares que queremos, charlar con ellos… Cierren los ojos: ¿recuerdan esas cosas? Disfrutábamos de esos placeres sencillos sin darles importancia. Eran normales, estaban ahí. Como la salud –¡ay, qué mal momento para citarla!– de la que sólo nos acordamos cuando no la tenemos.

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«Mary y yo nos conocimos en la secundaria / Cuando solo tenía diecisiete años / Salíamos de este valle hacia donde los campos eran verdes / Bajábamos al río y en el río nos zambullíamos / Oh, al río nos encaminábamos»

Bruce me regala, en esta madrugada melancólica, estas frases, estos placeres tan sencillos… ¡Qué daríamos por acabar con el encierro y bañarnos en un río de aguas limpias y frescas o corretear por un bosque! Mientras escucho estos versos, en dirección al corazón de la noche, todo me parece irreal.

Sí, son tantas las cosas que hemos olvidado.

Creo que no me equivoco si afirmo que somos la generación que más calidad de vida ha disfrutado. Claro que teníamos problemas, pero en las manifestaciones la gente llevaba un iPhone último modelo. En Francia las protestas sociales en las calles son… porque la edad de jubilación se retrasa 2 años, porque el sistema no se aguanta. Pero en lugar de entenderlo, y asumir que de seguir así esto es insostenible nos sumimos en gritos y protestas: “¿Qué hay de lo mío”? —exigimos malcarados—. En España, un país privilegiado por mil razones, siempre protestamos, y no digo yo que a veces no tengamos toda la razón del mundo, pero por favor, ¡un poco de sentido común!

En Cataluña, la tierra en la que vivo, 2 millones de catalanes siguen sumergidos en un brote psicótico que resumió de forma brillante el periodista del Diari de Girona, Albert Soler, en el título de su libro: “Estábamos cansados de vivir bien”. Sí, esa es Cataluña, donde la gente se va a esquiar o la Costa Brava cada fin de semana. 

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Ahora se nos pide disciplina, que permanezcamos confinados en nuestras casas, que cortemos la cadena de transmisión de la enfermedad. Pero en vez de cumplir ante una situación tan tremendamente grave, ahí tenemos a gente que no es capaz, que sale a la calle, que se escapa al Pirineo, o a su segunda residencia en Navarra, o que pasea perros imaginarios, o que se va a tirar la basura a 5 kilómetros de su casa, o que se mete en discotecas clandestinas. Dios mío, la mayoría cumplimos a rajatabla, pero unos pocos, por inconsciencia y absoluto egoísmo, harán que no sirva para nada… Pero si tenemos de todo: internet, películas, libros, buena música, nevera, teléfono, comodidad… ¿Que pueden ser 2 semanas, o tres, o un mes y medio?  ¡Qué más da, por Dios!

Espero que no llegue nunca ese día, pero imagínense que llega el momento en que abocados a una catástrofe, por la mala praxis de unos cuantos, nos tienen que encerrar en gigantescos barracones o hangares militares bajo la tutela del ejército.  Si eso ocurriera, entonces añoraríamos nuestro internet, nuestra intimidad, nuestra ducha, y las muchísimas comodidades que hoy disfrutamos.

Sí, tantas cosas hemos olvidado.

Empezamos a comprobar que las aborrecibles, frías y lejanas estadísticas empiezan a tener rostro humano, nombres y apellidos; ya tenemos conocidos infectados, acaso pronto familiares de edad avanzada. Imparable el miedo y el peligro.

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Sospecho, me temo, que no aprenderemos nada de esta terrible crisis. Confío en que volvamos en unos meses a la normalidad, y con la normalidad volveremos a nuestra rutinaria felicidad, para olvidar, una vez más, que esta felicidad es delicada, frágil, huidiza; que es como un movimiento de danza, efímera. Y volveremos a quejarnos.

En fin, me quedo con la emoción de escuchar los aplausos en toda España a los sanitarios. A uno se le pone la piel de gallina. Necesito, necesitamos, agarrarnos a las emociones positivas.

«Recuerdo su bronceado y húmedo cuerpo / yacer a mi lado, tumbados por las noches / a la orilla del lago / Solía yacer cerca de ella, / para oírla respirar a mi lado / Todos esos recuerdos / vuelven a mí persiguiéndome / como una maldición / Es un sueño, una mentira / si no se hace realidad.»

“The River”… Así acaba. Los protagonistas añoran la felicidad perdida, los recuerdos les persiguen. Y no hay peor maldición que el recuerdo que no se puede volver a vivir, a materializar.

Cuando éramos felices… ¿Recuerdan?

Mucha suerte para todos.

Joan Puig-FirmaPuedes seguir a Joan Puig en twitter como @avecesensayo

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