¿Se comporta la Tierra como un ser vivo?

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Tierra, ser vivo

Hoy en día, uno de los temas preocupantes del mundo es “el cambio climático”, que constituye, sin lugar a dudas, la mayor amenaza que se cierne sobre nuestro planeta por culpa de los grandes excesos de la industrialización y el despilfarro de la sociedad de consumo…

Sociedad de consumo que abusa del uso desmedido de las energías llamadas sucias como son el petróleo, el gas natural y el carbón, capaces de producir el llamado efecto invernadero al juntarse el vapor de agua, el dióxido de carbono, el metano y el óxido de nitrógeno principalmente, resultando letales para todos los seres vivos de la Tierra a lo largo del tiempo, si antes no se toman serias medidas sustituyendo la energía necesaria para nuestro desarrollo por energías limpias y renovables, procedentes de fuentes naturales e inagotables como la energía solar, la hidroeléctrica y la eólica. 

Por lo tanto, se quiera ver o no, es precisamente el progreso tecnológico e industrial, es decir, la actividad humana, la que pone en peligro la vida sobre la Tierra de los vegetales, los animales y el propio hombre, amén del calentamiento global con el aumento del agua de las costas oceánicas, capaz de inundar una buena parte del planeta; de manera que los científicos, importantes instituciones y algunos Estados intentan crear un nuevo paradigma que entienda el urgente abandono de las energías sucias baratas, por las energías limpias y caras, pero que a la larga se irán abaratando, precisamente por el imparable avance tecnológico. Por otro lado, implementar medidas educativas y pedagógicas tendentes a sensibilizar a la sociedad para la correcta eliminación de los desechos del consumo, especialmente los plásticos que terminan en el mar, envenenando sus aguas y afectando considerablemente a las colonias de peces y el plancton marino.

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Sin embargo, hay algo que cuesta entender… ¿Por qué son los países más poderosos del mundo como EE UU, China y Rusia los que se oponen frontalmente a ese cambio de paradigma, si no es por el enorme poder de sus empresas multinacionales dependientes de esas energías? Probablemente ese sea uno de los motivos, pero a algunos nos cuesta creer que en esos países no existan catalizadores de vehículos y máquinas de todo tipo que puedan suprimir en gran medida la emisión de dióxido de carbono y óxido de nitrógeno, cuestión que nos lleva a pensar que los mandatarios políticos, asesorados por expertos e incluso científicos, piensan que todavía no es tan grave el problema o tengan otra visión distinta del mismo.

La reflexión de todo ello nos lleva a pensar que puede haber algún tipo de teoría acorde con ese pensamiento permisivo de esos grandes y poderosos Estados que todavía creen en el poder autorregulador de la atmósfera de nuestro planeta azul, y eso me lleva a ofrecer una síntesis de la llamada hipótesis Gaia, basada en una interpretación de que la presencia de la vida en la Tierra produce unas condiciones adecuadas para la conservación atmosférica de la misma, o lo que es lo mismo: la Tierra es un organismo autorregulado por los propios organismos vivos que la habitan y regulan de forma global para su propio interés.

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LA HIPÓTESIS GAIA

El científico inglés James Lovelock, nacido en el año 1919 y con vida (101 años), fue elegido por la Nasa para formar un equipo de científicos para analizar las atmósferas de Marte y de Venus, como especialista en meteorología, química y ciencias de la Tierra. Fruto de esas investigaciones se dio cuenta de que sus atmósferas se encontraban en un equilibrio químico casi perfecto, sin ningún tipo de reacción, mientras que la atmósfera de la Tierra es un torbellino en el que algunos gases chocan violentamente entre sí, produciendo importantes reacciones en presencia del Sol. A partir de esa observación el científico inglés decidió comparar las atmósferas de Marte y de la Tierra y reflexionar sobre las grandes diferencias observadas, pues mientras que la atmósfera de Marte estaba formada por solo dióxido de carbono sin ningún tipo de actividad química, la biosfera de la Tierra era un hervidero de gases que en presencia de la luz solar chocaban unos con otros, produciendo muchas reacciones químicas, como era el caso del oxígeno y el metano, que al juntarse producían agua y dióxido de carbono.

Como consecuencia de los datos aportados por las naves que orbitaron y se posaron en Marte en las misiones Viking (1975-1976), complementaron las importantes observaciones efectuadas desde la Tierra de que no existían compuestos orgánicos en su superficie y la seguridad de que las atmósferas de ambos planetas no eran iguales, ni siquiera parecidas. Fue esa gran diferencia entre la atmósfera de Marte y la de la Tierra la que encendió la luz de la curiosidad científica de James Lovelock y le hizo pensar que existía una correlación muy interesante entre ambas, de forma que, sería precisamente la presencia de vida en la Tierra la que produciría oxígeno a través de la fotosíntesis de las plantas y el fitopláncton marino que, utilizando la energía del Sol, serían capaces de romper o descomponer la molécula del agua en hidrógeno y oxígeno y liberar esos gases a la atmósfera. 

El segundo paso del químico inglés consistió en acudir a las fuentes de la antigua edad griega a través de su entorno para ver si existía algún referente a su idea embrionaria de que la Tierra fuera considerada como un ente “vivo” o capaz de autorregularse, encontrándolo en una mitología griega ideada por el poeta y pensador griego Hesiodo (750-600 a.C.), contemporáneo de Homero. Concretamente fue probablemente en la lectura de “La Teogonía” –“Origen de los dioses”– donde se relata una de las más antiguas visiones del cosmos y de los numerosos dioses de la mitología griega, y como a partir del caos surgió la diosa Gaia “la del amplio pecho” que representaba la Tierra Madre que daba la vida y acogía la muerte.

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Uno de los caminos emprendido por Lovelock junto con sus colaboradores fue descubrir el concepto de vida y poderlo identificar con claridad a la hora de compararlo con los datos obtenido en Marte, siendo el análisis atmosférico el más atractivo para la detección de vida en dicho planeta y usando indicadores imprescindibles para observarlo, como los océanos, la radiación solar y la composición química. Como resultado de una minuciosa comparación, llegan a la única explicación factible: la biosfera del planeta azul era tremendamente inestable y ello procedía de una manipulación diaria desde la superficie, y ese agente era, ni más ni menos, que la vida misma, o como dirían los científicos de la meteorología y ecología “el significativo decremento de la entropía” –que como se sabe mide el grado de desorden molecular de un sistema– o el persistente estado de desequilibrio entre los gases atmosféricos era por sí mismo prueba evidente de actividad biológica en un astro que recibiera energía calorífica adecuada. La reacción química que pudo producirse en la Tierra en los 4600 millones de años de su existencia debió ser la siguiente: En presencia de la luz solar, el oxígeno y el metano reaccionaron químicamente y produjeron dióxido de carbono y vapor de agua. No obstante, para conseguir una masa de metano constante en la atmósfera se necesitaría una cantidad aproximada de 1000 millones de toneladas de ese gas y para reemplazar el oxígeno gastado en la oxidación del metano, se necesitaría el doble de masa, luego la presencia de seres vivos era inevitable para que la Tierra tuviera un desorden de sus gases capaces de reaccionar entre sí y descomponer el dióxido de carbono con una entropía casi infinita como la que tenía el planeta Marte.

Al llegar a este punto muchos científicos de la rama geoquímica consideraban la atmósfera como el producto final del desprendimiento de gases del sistema planetario que, por medio de posteriores reacciones químicas, el oxígeno procedería del vapor de agua y el hidrógeno escaparía, motivo por el cual, mantener la composición de la atmósfera en 78% de nitrógeno y el 21% de oxígeno y 1% de otros gases y vapor de agua, debería contar con un factor añadido capaz de regular esa composición. Dicho factor no sería otro que la propia vida, es decir: vegetales y fitoplancton gracias a la fotosíntesis, además de animales y el propio hombre.

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Tanto James Lovelock como la famosa bióloga americana Lynn Margulis (1938-2011), profundizaron mucho en todos los aspectos químicos, biológicos y evolutivos que les llevó a desarrollar la hipótesis Gaia que, en la década de los setenta, tuvo una gran resonancia y fue considerada como una forma de entender el mundo de forma más sencilla al considerarlo como un organismo vivo –de forma metafórica– capaz de mantener sus constantes de temperatura y composición química en unas condiciones adecuadas para la vida, desde hace millones de años. Teniendo en cuenta que la energía calorífica del Sol, desde sus inicios –la friolera cifra de más de 4500 millones de años–, no ha dejado de aumentar hasta un 30%, mientras que la de la Tierra solo se ha calentado un 5% como máximo.

Uno de los aportes más importantes de Margulis consistió en estudiar la infraestructura biológica del planeta y descubrir que los microorganismos del suelo y subsuelo son los productores de gases que se encuentran en la atmósfera como son el vapor de agua, el dióxido de carbono o el amonio, capaces de reducir la radiación al espacio de la energía calorífica y producir el efecto invernadero que en la actualidad no se considera importante como lo fue en los principios de la vida, sino incluso dañino; pero que en los inicios jugó un papel principal puesto que en esos momentos la energía calorífica del Sol era todavía muy débil. Y fue la liberación de gases como el dióxido de carbono y el metano emanados de la respiración y/o la descomposición de materia orgánica los que atrapaban el calor procedente de la radiación solar impidiendo que el mismo se perdiera en el espacio exterior y mantuviera el calor necesario que los vivientes necesitaban.

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El resumen consistiría en considerar a la Tierra globalmente –incluyendo también a los seres vivos–, como un super organismo capaz de modificar su composición interna y así asegurar su supervivencia, y no un planeta muerto, formado de rocas, océanos y atmósfera inanimada, donde ha emergido la vida vegetal y animal gracias a la energía solar, el agua y ciertos elementos químicos, y bajo este punto de vista la Tierra no tendría que ser conscientemente protegida continuamente por los seres vivos que viven en ella, puesto que tiene la capacidad de autorregularse por sí misma creando los propios mecanismo de autodefensa.

Sin embargo, una pregunta que surgiría de inmediato sería la siguiente: ¿Qué podría hacer la Tierra para impedir el “envenenamiento” de las aguas fluviales y oceánicas por el vertido de substancias químicas y productos plásticos? Pues, aunque parezca que este enorme problema no podría ser resuelto, es seguro que el sistema autorregulador de la Tierra lo podría resolver, por más que dichos productos y elementos químicos pertenezcan a la química inorgánica y necesitaran cientos o miles de años para llegar a degradarlos y eliminarlos. En síntesis se podría decir que lo mismo que los vivientes pueden crear anticuerpos para su defensa, la tierra es capaz de producir microorganismos que pueden eliminar los elementos agresivos de su entorno, por lo tanto, la hipótesis Gaia puede dar respuesta a cualquier provocación procedente de su propio sistema o entorno propio, incluso la agresión del hombre por culpa de su avance tecnológico o su descuido en el tratamiento de residuos.

El problema es que esa autorregulación de la que habla dicha hipótesis no tiene en cuenta el tiempo que nuestro planeta necesita para regular cualquier anomalía producida por el hombre en su biosfera, que suele medirlo en años geológicos, mientras que la vida del hombre es a muy corto plazo. Hemos de tener en cuenta que una bolsa fabricada por materia orgánica como el papel se puede degradar en días, y en cambio una de plástico puede necesitar más de cien años, y ya no consideremos un fabricado consistente de plástico como una botella que podría tardar un milenio en desaparecer. Pero la capacidad de nuestro planeta para evolucionar y crear un sistema de autorregulación y defensa es impresionante y probablemente a la larga sea capaz de encontrar la forma de eliminar en menos tiempo los materiales perjudiciales para su sostenibilidad como planeta. Recordemos que, en los inicios de la formación de una atmósfera sobre la biosfera, el oxígeno del aire era letal para la vida animal por ser un elemento químico tremendamente oxidante, pero que, poco a poco, a través de los milenios fue adaptado por los vivientes como imprescindible para la respiración y por lo tanto para la vida. Se sabe también que existe ya algún tipo de bacteria que literalmente se “come” el plástico de los mares, descomponiendo sus moléculas para acabar degradándolo. Por otra parte, no sabemos si en un futuro el calor recibido del Sol pueda variar disminuyéndolo o aumentándolo durante periodos largos de tiempo que afectarían la biosfera terrestre y a su vez la vida de la misma. Pero de lo que si podemos estar bastante seguros es que la Tierra encontrará la forma de resolver el problema en beneficio de la vida.

No obstante, de lo que si podemos estar seguros es que con la ayuda del hombre inteligente, suprimiendo el uso y abuso de energía sucia, impidiendo incendios forestales que poco a poco van desertizando el planeta, y sobre todo limpiando la superficie de la biosfera de material desechable de industria y consumo, conseguiremos evitar a la Tierra ese enorme trabajo que le puede llevar siglos o milenios realizar y que probablemente ya no nos serviría para nada, ya que la vida animal con el hombre inteligente a la cabeza, por desgracia, es demasiado corta.

Alberto Vázquez-Firma

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Autor- AlbertoVázquez BragadoImagen de cierre de artículos