Réquiem por Cataluña

Publicidad La Vuelta al Año en 80 mundos.jpgRéquiem CataluñaPlantilla Julio Murillo

Barcelona y las principales ciudades catalanas han vivido la peor de las pesadillas imaginables a lo largo de siete interminables días que difícilmente podremos olvidar. Días de ira, odio y fuego; una semana trágica que arroja un balance estremecedor en cuanto a heridos, detenidos, pérdidas económicas y caos se refiere. Este artículo repasa la cronología de todo lo sucedido.

Sin que el contexto histórico, los hechos, y la chispa desencadenante que prendió el fuego guarde relación alguna con la realidad actual, podemos afirmar, 110 años después, que Barcelona, y toda Cataluña con ella, ha vivido una segunda Semana Trágica. Y el incendio, que amenaza con convertirse en una devastadora ekpirosis a la griega –según la cosmología estoica, una conflagración o consunción por fuego que pone fin a periodos y ciclos–, puede abrasarnos a todos. No me malinterpreten, no es mi intención subir a la tribuna de oradores a vender miedo y apocalipsis a granel, pero lo que ha ocurrido y puede ocurrir en los próximos días es más que preocupante, gravísimo.

No voy a entrar a evaluar ni a opinar acerca de la sentencia dada a conocer por el Tribunal Supremo durante las primeras horas del pasado lunes. Ahí está. Y doctores tiene la iglesia jurídica infinitamente más capacitados que yo a la hora ofrecer un análisis pormenorizado. Personalmente con decir que la acato –aunque no comparto en absoluto ese enrevesado argumento sofista que tilda de añagaza todo lo que hemos vivido día a día durante años– no hay nada más que yo pueda o deba añadir.

 

 

 

Esa sentencia ha sido, pues era esperada por el nacionalismo catalán como agua de mayo, la chispa que ha hecho saltar por los aires la santabárbara, el pañol de los explosivos; barriendo, en su onda expansiva, la poca razón que restaba y la paupérrima conllevancia que a duras penas manteníamos, y que unos cuantos acariciaban como último recurso, desde que su referéndum ilegal se diera de bruces con la realidad, el Estado de derecho, las fugas, las detenciones y el comienzo de la vía judicial.

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Durante la pasada semana una legión de abducidos alteró y casi bloqueó por completo el normal funcionamiento del segundo aeropuerto más importante de España, forzando la cancelación de cientos de vuelos, dejando a miles de viajeros y turistas en tierra, obligando a personas de todas las edades, tripulaciones, azafatas y personal aeroportuario a caminar kilómetros para acceder a sus responsabilidades y trabajos. Muchos tuvieron que pernoctar tirados sobre cartones, indignados, sin comprender qué ocurría. Uno de ellos, un visitante francés, con problemas cardíacos, que tuvo que caminar varios kilómetros tirando de su equipaje, falleció a consecuencia de un infarto. Junto a los policías nacionales y mossos lesionados —288 agentes: 153 mossos d’esquadra, 134 efectivos de la Policía Nacional y 1 de la Guardia Urbana— varios héroes de la «republiqueta» han perdido ojos y un testículo debido a las pelotas de goma. Los destrozos en El Prat se elevan a dos millones de euros. Y a nivel global, en toda Catalunya, el saldo asciende a 600 heridos —13 continúan aún hospitalizados, entre ellos un policía en estado muy grave, en el hospital Sant Pau de Barcelona, y otras siete personas cuyo pronóstico es grave—, más de 100 detenidos, 28 encarcelados, y daños que superan los 2,5 millones de euros. La imagen de Barcelona ha quedado seriamente dañada en esa primera semana de furia y caos.

 

 

 

Pero lo peor estaba por llegar tras el asedio al aeropuerto de Barcelona. Unas horas después, cuando muchos pensábamos que quizá todo tendería a calmarse, la ANC y Òmnium, tomando el relevo en la convocatoria de “Tsunamis y Hecatombes”, llamaban a sus huestes a sitiar la Delegación del Gobierno en el Ensanche barcelonés. Y al punto unos 40.000 enajenados, según la Guardia Urbana, respondían a la convocatoria. La noche del martes, durante horas, se sucedieron las cargas, se desató la violencia y ardió Barcelona en infinidad de puntos. El espectáculo, desde la óptica de una sociedad moderna, democrática y europea, recogido en infinidad de vídeos y fotografías que han dado la vuelta al mundo, y retransmitido en directo por la televisión, fue dantesco, inaceptable, triste, desesperanzador. Un absoluto despropósito. El independentismo, en su último embate, perdía la careta, la máscara tras la que se ha ocultado todos estos años. No hay sonrisas, ni fraternidad, ni buen rollo, solo un rostro grotesco y repugnante. En el resto de capitales catalanas el escenario, a menor escala, era muy similar: barricadas, contenedores ardiendo, kale borroka a la catalana, mobiliario urbano destrozado, cargas, vías cortadas, lucha cuerpo a cuerpo y tiendas en llamas.

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Viviendo como vivimos en una sociedad hiperconectada, global, resultaba asombroso ver todas esas imágenes, con el corazón atenazado y leer, al mismo tiempo, los mensajes lanzados en las redes por los apóstoles y adláteres de la intolerancia. Marta Pascal, Elsa Artadi, Pilar Rahola, y muchos otros, se llevaban las manos a la cabeza, rasgando sus vestiduras de Armani. “Ese no es el camino”, clamaban. “Así no; así, nunca”, alertaban. Demasiado tarde. El monstruo que han contribuido a crear, alimentado a base de infinitas dosis de ponzoña inyectadas desde sus púlpitos y escaños, había escapado a su control por completo y anda libre, arrasándolo todo a su paso.

 

 

 

Son muchos los culpables de este orden de cosas. Muchos. Desde Roger Torrent, que ha llegado a efectuar llamamientos a desbordar al Estado y su “represión”, hasta paniaguados como el infumable Toni Soler o Mònica Terribas, que en su habitual monserga matutina, llamaba, a primeras horas del miércoles, a la contrición general y al sosiego, acaso consciente de haber abonado durante años la peor de las cizañas. La vergüenza caiga sobre ellos. A mi juicio, y creo que al de cientos de miles de catalanes hartos de esta vergüenza, son, todos ellos, gentuza. Y de la peor calaña. No cabe en la cabeza de ningún ciudadano normal, educado, cívico y demócrata, tanto odio, tanta mala leche, tanta sinrazón.

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Durante el miércoles partieron, desde diversos puntos de Cataluña, las denominadas “Marchas por la Libertad”. Y ahí iba, en una de ellas, por la autopista de Gerona, el fanático presidente Quim Torra, anda que te andarás —“patim, patam, patum”, como en la canción infantil catalana del Patufet— en dirección a Barcelona. No dio la cara ante los medios tras el desastre de los dos primeros días hasta verse obligado a condenar, aunque de forma muy tibia, la violencia, pasada la medianoche del miércoles. Él está ahí únicamente, y así lo viene a decir, para servir a una parte del pueblo de Cataluña, y para obedecer a Carles Puigdemont, amo y señor de todos los Tsunamis, deleznable alfeñique cuyo nombre quedará escrito, junto al que le precedió y al que le sucedió en el cargo, en la página más negra y nauseabunda de la historia de Cataluña.

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Y mientras tanto, mientras a lo largo del tercer día de furia proseguían los cortes en carreteras y vías urbanas y férreas, Pedro Sánchez recibía en La Moncloa a Pablo Casado, Pablo Iglesias y Albert Rivera. “No se tomarán por ahora —dijo el Presidente en funciones, usando a Fernando Grande-Marlaska de altavoz—, más allá del envío de más contingente policial a Cataluña el próximo fin de semana, medidas especiales”. Como explicó poco después José Luis Ábalos, “el Gobierno tiene a su alcance todos los mecanismos necesarios para actuar como dique de contención del caos cuando sea preciso”. Y añadió, preguntado sobre lo inconveniente o no de los pactos que el PSC mantiene con el nacionalismo en muchos ayuntamientos e instituciones catalanas, que “gracias a esos acuerdos hemos (el PSOE) frenado al independentismo”. No sé cómo lo verán ustedes, pero desde mi punto de vista es para echarse a reír por no llorar.

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La noche del miércoles los disturbios afectaron a la zona de la Consejería de Interior, tras una marcha de unas 13.000 personas, cuyo trazado discurría por el centro de la ciudad; el jueves el vandalismo se centró en diversos puntos: Plaza Artós, Jardinets de Gràcia, Provenza y Rosellón/Balmes. Se produjeron violentos enfrentamiento entre CDR y elementos (unos 200 manifestantes) de extrema derecha. Finalmente la peor de las pesadillas se materializó el viernes, cuando tras la masiva manifestación de las «marchas por la libertad» —que congregaron a unas 525.000 personas, según la Guardia Urbana— los independentistas radicales libraron batalla campal contra las fuerzas del orden en la zona de Plaza Urquinaona y Pau Claris, asediando el cuartel de la Policía Nacional en Barcelona. Esa noche dejó imágenes que los barceloneses tardarán décadas en olvidar, y un paisaje lunar, arrasado, devorado por las llamas, en el que todo fue destruido: contenedores, señales de tráfico, mobiliario urbano, terrazas de bares, escaparates. Otras zonas afectadas fueron Plaza de Cataluña, Gran Vía y Plaza Universidad. La quinta noche de protestas fue de una virulencia jamás vista.

 

 

 

La semana se cerró con dos días de relativa tregua, solo salpicados por incidentes menores. Probablemente “la mano negra que mece la cuna de todos los CDR y Tsunamis” —imaginen ustedes de quién o de quiénes hablamos— dio orden de “aflojar”, del mismo modo que en su día dio orden de “apretar”, mientras intentaba en vano poder hablar con Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno en funciones se negó a mantener contacto alguno con Quim Torra mientras no condenara con absoluta rotundidad y sin ambages la violencia. A falta de charlas telefónicas, el uno y el otro desempolvaron el viejo arte de la epístola, que siempre marca más distancia y reviste carácter más oficial.

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Cataluña se sume, totalmente desgarrada en su tejido social, en la incertidumbre más absoluta. Los CDR amenazan: “Hemos comenzado un camino de no retorno”. Todo puede pasar en los próximos días. Miles de ciudadanos comparten, ante ese panorama, su desesperación en las redes sociales. Dicen sentirse abandonados, solos, sin salida, incapaces de ver el final de esta pesadilla.

Cataluña a día de hoy es una tierra desolada, quemada, maldita, sin futuro, sin posibilidad de reconciliación. No habrá ni olvido ni perdón por parte de nadie, porque ya es, sencillamente, imposible. En el futuro, durante décadas, convivirán sin volverse a mirar a la cara, sin relacionarse, sin mezclarse, dos comunidades antagónicas, ulsterizadas, que se detestan y desprecian profundamente. 

La única música futura será un canto fúnebre, un réquiem.

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Autor- Julio MurilloImagen de cierre de artículos