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Publicidad La Vuelta al Año en 80 mundos.jpgtenemos ataraxia.jpgPlantilla Ricardo Ruiz de la serna

Bruce Chatwin creó un personaje fascinante cuyo apellido dio título a su último libro: «Kaspar Joachim Utz». Noble alemán de los Sudetes, en la Praga de la década de los 70, Utz atesora cerámica de Meissen y su colección es, al mismo tiempo, su atadura y su fortaleza.

Cada vez que viaja a Occidente, siente la necesidad de regresar. Al mismo tiempo, vive recluido en un universo de belleza, cultura e inteligencia que los comunistas pueden destruir, pero no penetrar. Les hace frente viviendo como si no existiesen. Sin embargo, a veces, es inevitable contemplar el rostro del totalitarismo que los comunistas y los nazis representan para Utz. El espíritu de Mitteleuropa, es decir, la alta cultura centroeuropea, termina siendo la víctima de los enemigos de la civilización, la razón y la justicia.

Hace ahora dos años, Cataluña y el resto de España sufrieron un golpe de Estado cuyas heridas tardarán mucho tiempo en superarse. El proceso que los nacionalistas iniciaron hace mucho tiempo, cuando casi nadie creía que tal cosa fuese posible en nuestra tierra, condujo a una fractura social que ha enfrentado a amigos, ha roto familias y ha creado un clima irrespirable.

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El mal llamado “procès” —¿por qué aceptar un nombre tan racional como “proceso” para una irracionalidad tan descarada?— se remonta a 2012, aunque seguramente sus raíces sean mucho más profundas. El secuestro simbólico del catalán a manos de los nacionalistas; el control casi absoluto de la sociedad civil por parte de organizaciones afines a ellos; el uso del sistema educativo y los medios de comunicación autonómicos para el adoctrinamiento… Todas estas cosas empezaron mucho antes de 2012 y podrían haberse detenido si los gobiernos de la nación —la española, que es la única que hay en España— hubiesen sido más firmes, más valientes y menos acomodaticios. Con los diferentes partidos nacionalistas se intentó todo salvo hacerles frente. Así nos ha ido.

Recordemos la neolengua que fueron acuñando y la vulgaridad que se adueñó de todo. La Revolución de las Sonrisas, la República, el Mambo. Me viene a la memoria aquella galería de mediocres —cuyos nombres no hace falta recordar— que empujaban una furgoneta en aquel anuncio de la CUP y terminaban bailando mientras rompían huevos para hacer tortilla. Hay imágenes tenebrosas y oníricas: el diputado del Parlamento de Cataluña que formulaba preguntas a Rodrigo Rato empuñando una sandalia; un diputado ciego zarandeado por la muchedumbre que rodeaba la cámara mientras le intentan arrebatar el perro guía; la diputada hoy residente en Suiza que se presentaba a sí misma en una asamblea popular como “puta, traidora, amargada y mal follada”. La ficción de los “països catalans” poblada por falsos hippies y de personajes de cine negro. Esa vulgaridad y esa neolengua, ¡ay!, siguen presentes por doquier. Su última creación es invertir el orden de las palabras para referirse a los políticos presos mientras esperan sentencia por los gravísimos delitos de los que se los acusa.

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«En España, hoy, si uno llama idiota a un idiota puede tener problemas, pero si da un golpe de Estado y se fuga a tiempo pasa a ser un mártir. Vivimos tiempos en que la razón duerme a menudo.»

Sería gracioso si no fuese trágico. El acoso a los opositores, la obstrucción a la justicia, el desprecio de la ley, la desobediencia a los tribunales y el populismo totalitario que condujo al siglo XX a sus peores horas dinamitaron las relaciones entre vecinos, compañeros de trabajo y amigos. A los policías y guardias civiles los hostigaron por la calle, los rodearon y los agredieron. Una comisión judicial tuvo que abandonar el edificio por la azotea. Las ciudades y los pueblos se llenaron de una propaganda amarilla que excluía de la convivencia a más de la mitad de los catalanes y al resto de los españoles. En las filas del constitucionalismo abundaban los abogados del Estado y en las de los separatistas proliferaban los publicistas. No se sorprendan de los resultados.

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Sigo evocando imágenes de aquellos días. La campaña de intoxicación que los nacionalistas desplegaron contra España con resultados desiguales. La mentira de los dedos rotos por los policías sigue circulando, pero no pudieron impedir las concentraciones de Madrid y Barcelona que rompieron el muro de silencio que pretendían alzar los golpistas. Ellos no representaban a Cataluña. Por encima de décadas de ingeniería social, seguía habiendo una mayoría de catalanes no nacionalistas. La razón no había abandonado por completo nuestra tierra.

No todo comenzó en 2012. Entre los amigos más siniestros de los siniestros nacionalistas catalanes, estaban los nacionalistas vascos. Alguien que se saca una foto amistosa con Arnaldo Otegui no permite augurar otra cosa que esa misma que Otegui representa. ¿Qué cabía esperar de los nostálgicos de Terra Lliure o del Front d´Alliberament? ¿Alguien creía que los herederos de los Maulets y de Arrán iban a hacer otra cosa que romper, quemar y golpear? Los ilusos —esos que creían que la República era cenar helado todas las noches— no estaban sólo entre los nacionalistas.

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Hubo momentos de lucidez genial y dramática como cuando Vives convirtió “Que viva España” de Manolo Escobar en una canción de resistencia. Me acuerdo del mosso Octavi, que dio una lección de Derecho y de sentido común a un tipo que le increpaba cuando le dijo en un catalán perfecto que «¡Qué República ni qué cojones!, ¡la República no existe, idiota!». Tengo en mi despacho una taza con su efigie y estas palabras casi oraculares. En España, hoy, si uno llama idiota a un idiota puede tener problemas, pero si da un golpe de Estado y se fuga a tiempo pasa a ser un mártir. Vivimos tiempos en que la razón duerme a menudo.

Nos queda, sin embargo, la dignidad de no ceder ante los bárbaros, la de defender la razón y el derecho por encima del populismo que, so pretexto de defender la democracia, sólo impone el imperio de la demagogia. Tenemos, como tenía Utz, la belleza, la cultura y la inteligencia como armas para librar un combate que dista de haber terminado.

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No está todo perdido.

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Ricardo Ruiz de la Serna, entre otras cosas, escribe crítica de cine y libros. Le gustan el blues, el klezmer y el flamenco. Lee con devoción a Joseph Roth, a Bashevis Singer y a Anna Ajmatova. Es taurino, viajero y coleccionista. Ama el mar, el desierto y la montaña. Toma el café como los árabes, el té como los marroquíes y el arroz como los chinos. 

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