Nosotros y el dolor ajeno

Publicidad libro entrevistasEl dolor ajeno

Plantilla Jorge R. Rueda

Fue en noviembre de 1985. Una niña de trece años llamada Omayra, quedó atrapada entre el lodo y los restos derrumbados de su casa, como consecuencia de la erupción del volcán Nevado del Ruiz, en Colombia.

Durante tres días todos fuimos testigos de su angustia que finalmente acabó con su fallecimiento, al ser imposible el rescate. Sus ojos tristes y a la vez resignados, mirando directamente a la cámara mientras se despedía de su mamá, dejaron en nuestra memoria una huella imborrable.

Personalmente aquel suceso me provocó bastante inquietud, tristeza, y también estupefacción, pues no podía entender que, a pesar de todos los medios y personas que trabajaban a su alrededor, fuesen incapaces de sacarla de allí. Mientras tanto, millones de personas la observaban desde sus hogares como quien mira una película, independientemente del efecto que provocara en cada uno la visualización de aquel tristísimo y desgarrador “espectáculo”.

Yo era aún muy joven, y aquella emisión televisiva no tenía ningún precedente para mí. Era la primera vez que veía en directo el sufrimiento de una persona con las consecuencias fatales posteriores. Cuando finalmente anunciaron que Omayra había muerto, no me lo podía creer. Recuerdo que me sentí profundamente mal, al haber ejercido de testigo de su agonía. Incluso llegué a sentir un cierto grado de culpabilidad por su pérdida. A pesar de los miles de kilómetros que me separaban de aquella niña, no podía evitar la idea de que debí extender mi mano y tratar de sacarla de allí. Una idea absurda, pero que estoy seguro de que pasó por la mente de muchas otras personas.

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Quizás en aquella época éramos más inocentes como sociedad, o puede que ahora seamos menos sensibles al sufrimiento de los demás. O tal vez es que, como aquel a quien se le encallecen las manos a fuerza del duro trabajo, nuestra mente y nuestro corazón se haya acostumbrado de tal modo a ciertas imágenes, que cada vez resulte más difícil sorprendernos, emocionarnos, perturbarnos. Prefiero pensar que la correcta es esta última opción.

Los ausentesDespués de aquello, han sido muchas las ocasiones en las que la televisión —y en los últimos años, internet— nos han presentado noticias en las que el sufrimiento de otro ser humano era el absoluto protagonista. En ocasiones, de manera discreta y hasta respetuosa, y en otras —la mayoría de ellas—, como si se tratara de un auténtico espectáculo circense.

Hemos asistido a la búsqueda de niños desaparecidos. Semanas enteras, mañana tarde y noche, en las que diferentes cadenas de televisión nos informaban puntualmente de cualquier cambio producido en la rutina diaria de la búsqueda. Con pelos y señales, ofreciéndonos todo tipo de detalles intrascendentes y en algunos casos truculentos con tal de mantener atada a la audiencia. Convirtiendo el infierno de unos padres desesperados en el centro de atención de unos espectadores ávidos de morbo, en algunos casos, o incapaces de sustraerse a la curiosidad de saber cómo iba a acabar todo, en otros. Rescates que se prolongaban en el tiempo —como el del pequeño Julen, que cayó en un pozo en un pueblo de Málaga—, tuvieron una repercusión mediática desmesurada desde mi punto de vista. Posteriormente decenas de programas informativos de las diferentes cadenas de televisión, han acaparado las horas de mayor audiencia incidiendo en las secuencias más trágicas del suceso y repitiendo las imágenes más impactantes, una y otra vez. No limitándose a ofrecer datos objetivos sobre los hechos, sino debatiendo y elucubrando sobre el posible sufrimiento de la víctima y los presuntos grados de implicación de familiares, o amigos, o cualquier otra persona potencialmente sospechosa. Determinados programas, que no voy a nombrar, se repiten hasta la saciedad tratando de buscar darle a la noticia una nueva vuelta de tuerca, llegando en muchos casos a pisar terrenos que, así lo creo, rozan lo inmoral. Todo por la audiencia.

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En ocasiones han pasado hasta meses hablando del mismo tema; otras, solo unos días. Todo depende de si entre tanto se produce alguna otra noticia trágica que, por sus características, pueda desplazar a la anterior, creando un nuevo y más productivo foco de atención. Si no surge nada, siempre se puede entrevistar a la familia del desaparecido o asesinado. Ahondando en su sufrimiento bajo una discreta capa de falsa solidaridad. Si además la víctima es un personaje público, el valor de la noticia crece y se dispara. Entonces la perspectiva se diversifica, no limitándose solo al suceso, sino indagando en los posibles rincones oscuros que puedan existir en torno a la vida del sujeto. Se recuerdan, obviamente, sus méritos, lo que me parece muy loable. Pero también se sugieren siniestras posibilidades, como el suicidio, el asesinato, la muerte accidental por consumo abusivo de determinadas sustancias, etcétera. Lo que vulgarmente se conoce como exhibir todos los “trapos sucios” del protagonista.

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¿Dónde están los límites entre el derecho a la privacidad y/o la dignidad de la persona, y el derecho de los medios periodísticos a divulgar las noticias? 

Todo esto me lleva a preguntarme si la libertad de información debe prevalecer a toda costa, por encima de las demás consideraciones. ¿Dónde están los límites entre el derecho a la privacidad y/o la dignidad de la persona, y el derecho de los medios periodísticos a divulgar las noticias? ¿Debería existir algún tipo de control o —por qué no decirlo— censura, sobre las imágenes que se emiten y los comentarios que a veces se hacen? Sin duda, este es un debate complejo, sobre el que resultaría muy difícil llegar a un consenso general. Personalmente, y es solo mi visión subjetiva, yo creo que sí. Pero, en caso de haberla… ¿Quién debería imponer esa censura? En mi opinión es la responsabilidad de cada uno de nosotros la que debería imponerla. Como individuos guiados por el sentido común, el respeto y la decencia, debemos decidir si mostramos tal foto, o si emitimos tal imagen, o si hacemos tal pregunta, o en última instancia, si nos recreamos frente al televisor con las miserias ajenas o sencillamente cambiamos de canal. Si preferimos ser espectadores impasibles o decidimos implicarnos seriamente, preguntándonos en qué medida está en nuestras manos el poder hacer algo por los demás. Si hacemos que “solidaridad” sea tan solo una palabra más en nuestro vocabulario cotidiano, o estamos dispuesto a ir más allá y convertirla en algo tangible, real…

Porque es bueno y necesario estar informado, pero no sirve de nada si las noticias las trivializamos, convirtiéndolas en un mero entretenimiento, en un vulgar objeto de consumo que, como cualquier otro, es desechado de inmediato en cuanto pierde su vigencia e interés, para ser sustituido por otro más reciente. Una y otra, y otra, y otra vez.

Jorge R. Rueda-FirmaPuedes seguir al escritor Jorge Rodríguez Rueda en Facebook y en Twitter Si su novela, “Gente Corriente”, no está disponible en tu librería habitual puedes adquirirla en Amazon.

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Autor- JJorge Rodríguez RuedaImagen de cierre de artículos

 

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